Panamá, 3 de mayo de 2001
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De política

La tercera fuerza

En el PDC se están cociendo habas, los fogones están prendidos, seguramente habrá un buen caldo y no precisamente de hueso

Guillermo Márquez Amado

Las naciones, una vez que superan las inmaduras etapas del absolutismo, normalmente avanzan a una etapa de gobiernos aristocráticos que degeneran en oligarquías, como las define Aristóteles, y luego en democracias que degeneran a su vez en demagogias.

Las democracias actuales, por otra parte, se han caracterizado por tener sistemas multipartidistas generalmente, y en algunos casos bipartidistas, siendo en estos últimos mayor la propensión al desgaste y a la corrupción política. Parece entonces razonable deducir, que son preferibles las democracias en que más de dos partidos políticos fuertes, quizás entre 3 y 5, participen en la vida política del país.

En nuestro país ha sido tradicional un pluripartidismo exacerbado, con muchos partidos políticos débiles y solo uno o dos fuertes.

Evolucionar a un sistema pluripartidista de pocos partidos parece aconsejable en la situación actual, de donde derivarían ciertamente algunos beneficios para la sociedad, entre los cuales el que más destaca es el de que los ciudadanos tengan más y mejores opciones para escoger de entre las ofertas políticas.

Con estos conceptos en mente, particularmente el Partido Demócrata Cristiano viene reflexionando y haciendo ajustes en su organización y planteamientos con el fin de posicionarse como una opción real frente a los dos partidos más fuertes del país.

Primero invita a los miembros de otros partidos que no alcanzaron la cuota de subsistencia en las últimas elecciones, a integrarse a la Democracia Cristiana; acto seguido pone a su disposición algunos cargos directivos, sin perjuicio de que por vía de las elecciones internas tengan acceso aún a otros más. A continuación plantea públicamente su iniciativa de llegar más a las bases de la población; esto es, a los sectores más populares. Siendo como es un partido fundado por académicos e idealistas, propone justamente la adopción de este nombre -partido popular-, pero sin perder su ideología social cristiana.

Estas expresiones sin embargo requieren ser percibidas por la población como que efectivamente se materializan. Esto no está ocurriendo aún. Un cambio de nombre por sí solo no significa que haya una nueva persona; pero si la persona se torna enérgica y activa al tiempo que crítica sin ser ofensiva, programática sin caer en fanatismos, vanguardista con prudencia, combatiente sin excesos y extrovertida en conceptos, seguramente podrá lograr su propósito de posicionarse en lugar cimero.

Es necesario también que los cambios se perciban auténticos, genuinos y no cosméticos; que haya distintos dirigentes, caras nuevas inclusive, haciendo los mismos planteamientos y que se trabaje en equipo. Es de presumir que hacia allá vamos.

Además es imprescindible, en estos tiempos sobre todo, que sea absolutamente transparente en sus actos y motivaciones, y que así se perciba públicamente. Por otra parte, los argumentos y contra argumentos deben plantearse dentro del partido, “a lo interno” como por ahí dicen. Las diferencias en las familias son trapos y los trapos se lavan en casa.

Sí, en el PDC se están cociendo habas, los fogones están prendidos, seguramente habrá un buen caldo y no precisamente de hueso.

El autor fue magistrado del Tribunal Electoral y miembro del PDC


Por el camino verde

La orgullosa DC resulta admirable: moriría con las botas puestas antes que cejar

Jaime A. Porcell Alemán

Durante siete lustros de brega política, el poder se le escurre a la DC, como agua entre los dedos. Los reacomodos típicos de un partido chico que lucha por mantener vigencia, no pocas veces exponen su ropa interior.

El fuerte sentido de orgullo que da la convicción, la impulsa a compensar su falta de tamaño con acciones agresivas. Así, se da el tupé de concurrir seis veces a presidenciales y abanderar cuatro de ellas, aunque llegara rezagada. Sin embargo, tuvo siempre el honor de terminar con suficientes votos como para quedar vigente como partido. La historia nunca podrá regatearle la eficiencia en lograr permanencia.

La historia de la DC resulta inmersa en la confrontación de ideas en el Istmo. 1933 termina con tres décadas en las que la lucha por la Presidencia implica confrontación exclusiva entre liberales y conservadores. Harmodio Arias, con Acción Comunal, resulta el primer presidente independiente de estos grupos que se alternaban desde 1903. Los conservadores irán desapareciendo del panorama político durante la década en que gobiernan Harmodio y su hermano Arnulfo, mientras la lucha ideológica tenderá a radicalizarse entre liberalismo y marxismo.

El Social Cristianismo, por su parte, significa la propuesta clericalista que, durante la posguerra, toma fuerza en Italia y Alemania contra liberalismo y marxismo ateo.

No es hasta los ´60 que las ideas democristianas desembarcan en Panamá. Su purismo inicial, ya resulta conflictivo. Las posturas ideológica y ética, en una era en que las ideas ceden ante el hambre popular, generarán demasiadas ronchas entre aliados y adversarios. Tampoco resultan el mejor atractivo ante un electorado más apurado de pan que de virtud.

Un poder insinuante le deja aspirar perfumes y rozar su piel de terciopelo, mas nunca hincarle el diente. Así, en el ´68, Arnulfo nombra ministro al DC Rubén Arosemena Guardia, por aquellos once días previos al golpe. En el ´89, a Ricardo Arias Calderón y a la DC se les escapa la oportunidad de ser cabeza de la nómina ADO Civilista, cuando Joaquín Franco proclama a Endara.

RAC demostraría que disponía del caudal que legitimaba su aspiración como candidato a presidente. De ser un partidito purista de solo 3% de votos, en aquella contienda ´89 y con un arnulfismo ausente en las papeletas, brinca a 37%, obteniendo además 28 legisladores. Después de 17 meses cogobernando, Endara los echa, reconfirmando aquella vocación de generar ronchas.

A partir del ´94, declaran presurosa alianza con Mireya y el arnulfismo. Juntos guerrean contra Balladares y el PRD, pero tragando harina. Convencidos de que no mezclan, deciden dispararse con la tercera fuerza mientras oxigenan a Alberto Vallarino. Aunque llegarán en la cola, mantienen su vigencia como partido con un grato 11% de los votos presidenciales, difícil de alcanzar bajo la sombra del arnulfismo.

Ahora aparecen insuflando un proyecto color azul, con la usual matriz europea. En el ´93, y luego de largo reinado en Italia, el partido demócrata cristiano se desploma bajo el peso de la corrupción. Cambia su nombre a Partido Popular Italiano. Así, a mediados de la década pasada, cuando Arias Calderón asume la Presidencia de la Internacional Democristiana, la tesis de la reconversión a un Partido Popular que sume otras corrientes, ya exhibe éxitos.

Cierto es que en el debate electoral la propuesta profunda de la democracia cristiana, que parece presumir un Panamá casi europeo, resultará derrotada una y otra vez por el clientelismo vernacular y su estilo de cambiar prebendas por votos. Pero cuando se es poco, hay que apostar a ser algo, o resignarse y desaparecer.

El proyecto criollo de Partido Popular pretende exorcizar aquel destino de escalón para otros. De sumarse Alberto Vallarino con su capacidad de convocar, la maniobra adquiría todo el sentido del mundo. Pero, luego de aquella aventura de tercera fuerza, este prefiere apostar a un partido metedor de votos, como el arnulfismo, para tener opción.

Y otra vez la posibilidad de sumar otras fuerzas para alcanzar el poder se le escurre entre los dedos. Aspirarían, como siempre, a una vicepresidencia con su aliado del pacto META, el PRD. Así, sin Vallarino, el proyecto de Partido Popular luce igual de descolorido que aquellas vallas de carretera que una vez, con un azul entusiasta, lo pregonaron. Pero la orgullosa DC resulta admirable: moriría con las botas puestas antes que cejar.

Investigador de mercado

 
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