De
política
La
tercera fuerza
En
el PDC se están cociendo habas, los fogones están
prendidos, seguramente habrá un buen caldo y no precisamente
de hueso
Guillermo
Márquez Amado
Las naciones,
una vez que superan las inmaduras etapas del absolutismo, normalmente
avanzan a una etapa de gobiernos aristocráticos que degeneran
en oligarquías, como las define Aristóteles, y luego
en democracias que degeneran a su vez en demagogias.
Las democracias
actuales, por otra parte, se han caracterizado por tener sistemas
multipartidistas generalmente, y en algunos casos bipartidistas,
siendo en estos últimos mayor la propensión al desgaste
y a la corrupción política. Parece entonces razonable
deducir, que son preferibles las democracias en que más
de dos partidos políticos fuertes, quizás entre
3 y 5, participen en la vida política del país.
En nuestro
país ha sido tradicional un pluripartidismo exacerbado,
con muchos partidos políticos débiles y solo uno
o dos fuertes.
Evolucionar
a un sistema pluripartidista de pocos partidos parece aconsejable
en la situación actual, de donde derivarían ciertamente
algunos beneficios para la sociedad, entre los cuales el que más
destaca es el de que los ciudadanos tengan más y mejores
opciones para escoger de entre las ofertas políticas.
Con estos
conceptos en mente, particularmente el Partido Demócrata
Cristiano viene reflexionando y haciendo ajustes en su organización
y planteamientos con el fin de posicionarse como una opción
real frente a los dos partidos más fuertes del país.
Primero invita
a los miembros de otros partidos que no alcanzaron la cuota de
subsistencia en las últimas elecciones, a integrarse a
la Democracia Cristiana; acto seguido pone a su disposición
algunos cargos directivos, sin perjuicio de que por vía
de las elecciones internas tengan acceso aún a otros más.
A continuación plantea públicamente su iniciativa
de llegar más a las bases de la población; esto
es, a los sectores más populares. Siendo como es un partido
fundado por académicos e idealistas, propone justamente
la adopción de este nombre -partido popular-, pero sin
perder su ideología social cristiana.
Estas expresiones
sin embargo requieren ser percibidas por la población como
que efectivamente se materializan. Esto no está ocurriendo
aún. Un cambio de nombre por sí solo no significa
que haya una nueva persona; pero si la persona se torna enérgica
y activa al tiempo que crítica sin ser ofensiva, programática
sin caer en fanatismos, vanguardista con prudencia, combatiente
sin excesos y extrovertida en conceptos, seguramente podrá
lograr su propósito de posicionarse en lugar cimero.
Es necesario
también que los cambios se perciban auténticos,
genuinos y no cosméticos; que haya distintos dirigentes,
caras nuevas inclusive, haciendo los mismos planteamientos y que
se trabaje en equipo. Es de presumir que hacia allá vamos.
Además
es imprescindible, en estos tiempos sobre todo, que sea absolutamente
transparente en sus actos y motivaciones, y que así se
perciba públicamente. Por otra parte, los argumentos y
contra argumentos deben plantearse dentro del partido, a
lo interno como por ahí dicen. Las diferencias en
las familias son trapos y los trapos se lavan en casa.
Sí,
en el PDC se están cociendo habas, los fogones están
prendidos, seguramente habrá un buen caldo y no precisamente
de hueso.
El autor
fue magistrado del Tribunal Electoral y miembro del PDC
Por
el camino verde
La
orgullosa DC resulta admirable: moriría con las botas puestas
antes que cejar
Jaime A.
Porcell Alemán
Durante siete
lustros de brega política, el poder se le escurre a la
DC, como agua entre los dedos. Los reacomodos típicos de
un partido chico que lucha por mantener vigencia, no pocas veces
exponen su ropa interior.
El fuerte
sentido de orgullo que da la convicción, la impulsa a compensar
su falta de tamaño con acciones agresivas. Así,
se da el tupé de concurrir seis veces a presidenciales
y abanderar cuatro de ellas, aunque llegara rezagada. Sin embargo,
tuvo siempre el honor de terminar con suficientes votos como para
quedar vigente como partido. La historia nunca podrá regatearle
la eficiencia en lograr permanencia.
La historia
de la DC resulta inmersa en la confrontación de ideas en
el Istmo. 1933 termina con tres décadas en las que la lucha
por la Presidencia implica confrontación exclusiva entre
liberales y conservadores. Harmodio Arias, con Acción Comunal,
resulta el primer presidente independiente de estos grupos que
se alternaban desde 1903. Los conservadores irán desapareciendo
del panorama político durante la década en que gobiernan
Harmodio y su hermano Arnulfo, mientras la lucha ideológica
tenderá a radicalizarse entre liberalismo y marxismo.
El Social
Cristianismo, por su parte, significa la propuesta clericalista
que, durante la posguerra, toma fuerza en Italia y Alemania contra
liberalismo y marxismo ateo.
No es hasta
los ´60 que las ideas democristianas desembarcan en Panamá.
Su purismo inicial, ya resulta conflictivo. Las posturas ideológica
y ética, en una era en que las ideas ceden ante el hambre
popular, generarán demasiadas ronchas entre aliados y adversarios.
Tampoco resultan el mejor atractivo ante un electorado más
apurado de pan que de virtud.
Un poder insinuante
le deja aspirar perfumes y rozar su piel de terciopelo, mas nunca
hincarle el diente. Así, en el ´68, Arnulfo nombra
ministro al DC Rubén Arosemena Guardia, por aquellos once
días previos al golpe. En el ´89, a Ricardo Arias
Calderón y a la DC se les escapa la oportunidad de ser
cabeza de la nómina ADO Civilista, cuando Joaquín
Franco proclama a Endara.
RAC demostraría
que disponía del caudal que legitimaba su aspiración
como candidato a presidente. De ser un partidito purista de solo
3% de votos, en aquella contienda ´89 y con un arnulfismo
ausente en las papeletas, brinca a 37%, obteniendo además
28 legisladores. Después de 17 meses cogobernando, Endara
los echa, reconfirmando aquella vocación de generar ronchas.
A partir del
´94, declaran presurosa alianza con Mireya y el arnulfismo.
Juntos guerrean contra Balladares y el PRD, pero tragando harina.
Convencidos de que no mezclan, deciden dispararse con la tercera
fuerza mientras oxigenan a Alberto Vallarino. Aunque llegarán
en la cola, mantienen su vigencia como partido con un grato 11%
de los votos presidenciales, difícil de alcanzar bajo la
sombra del arnulfismo.
Ahora aparecen
insuflando un proyecto color azul, con la usual matriz europea.
En el ´93, y luego de largo reinado en Italia, el partido
demócrata cristiano se desploma bajo el peso de la corrupción.
Cambia su nombre a Partido Popular Italiano. Así, a mediados
de la década pasada, cuando Arias Calderón asume
la Presidencia de la Internacional Democristiana, la tesis de
la reconversión a un Partido Popular que sume otras corrientes,
ya exhibe éxitos.
Cierto es
que en el debate electoral la propuesta profunda de la democracia
cristiana, que parece presumir un Panamá casi europeo,
resultará derrotada una y otra vez por el clientelismo
vernacular y su estilo de cambiar prebendas por votos. Pero cuando
se es poco, hay que apostar a ser algo, o resignarse y desaparecer.
El proyecto
criollo de Partido Popular pretende exorcizar aquel destino de
escalón para otros. De sumarse Alberto Vallarino con su
capacidad de convocar, la maniobra adquiría todo el sentido
del mundo. Pero, luego de aquella aventura de tercera fuerza,
este prefiere apostar a un partido metedor de votos, como el arnulfismo,
para tener opción.
Y otra vez
la posibilidad de sumar otras fuerzas para alcanzar el poder se
le escurre entre los dedos. Aspirarían, como siempre, a
una vicepresidencia con su aliado del pacto META, el PRD. Así,
sin Vallarino, el proyecto de Partido Popular luce igual de descolorido
que aquellas vallas de carretera que una vez, con un azul entusiasta,
lo pregonaron. Pero la orgullosa DC resulta admirable: moriría
con las botas puestas antes que cejar.
Investigador
de mercado
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