La crisis de la Facultad de Medicina
Un especialista de primeracategoría recibe cinco veces menos dinero que un legislador, ministro o magistrado
Xavier Sáez-Llorens
En las sensibles palabras del estudiante José Miguel Samudio se evidencia una falta de visión y anticipación al futuro de los pasados dirigentes médicos de la primera casa de estudios. Su angustiosa narración traduce una sincera súplica a todos los egresados de nuestra querida Facultad de Medicina para que encontremos una sabia solución a esta “crónica de una crisis anunciada”.
En esta crisis no hay que culpar a las universidades privadas ya que tienen el completo derecho a aventurarse (como en casi todos los países del mundo) y, más importante, han recibido el aval académico y comercial para concretar su aventura. Tampoco hay que adversar a los médicos contratados para impartir docencia remunerada y mucho menos recordarles sus ancestros simiescos (genética común de cada ser humano).
La capacidad docente es una virtud limitada a profesionales selectos, requiere de tiempo, preparación y dedicación, lo que coarta substancialmente el ejercicio de la medicina privada. Esta habilidad intelectual y sacrificio académico merece alguna retribución monetaria. En Estados Unidos y Europa, los hospitales académicos basan la contratación de los profesionales en sus atributos docentes y créditos en la investigación científica; sus honorarios asignados son tan elevados, que ellos no necesitan buscar fuentes extramurales de dinero y así se benefician el hospital, el profesional y los jóvenes en formación.
Por el contrario, los hospitales públicos de Panamá ofrecen salarios paupérrimos a su personal médico, el cual debe desempeñar actividades de atención, docencia, administración e investigación. Un especialista de primera categoría recibe cinco veces menos dinero que cualquier legislador, ministro o magistrado, no tiene acceso a prebendas, viáticos ni a “partidas circuitales”, y ni siquiera le pagan sus turnos.
No me parece pecaminoso contratar preceptores para encargarse de las rotaciones clínicas de los estudiantes. Quizás la Universidad de Panamá deba hacer lo mismo, ya que actualmente solo los catedráticos reciben emolumentos y los múltiples profesores asistentes ayudan bajo el título ad honorem. Aunque estos lo hacen de forma desinteresada y altruista, hay que recordar que los tiempos de Hipócrates acontecieron hace mucho y ningún médico actual puede pagar sus deudas ni con su cara apostólica ni con trueques sanitarios.
Es cierto el argumento que las universidades privadas tienen usualmente hospitales propios para culminar el programa curricular de sus estudiantes (aunque en Latinoamérica no siempre ocurre así) pero, desafortunadamente, esta no fue una condición obligatoria, fijada con antelación, para que las universidades privadas iniciaran sus labores. A sus estudiantes de medicina nunca les dijeron que su acceso a los hospitales “escuela” iba a resultar belicoso. Lo que tampoco se puede permitir es que a los egresados de la Universidad de Panamá los traten como marionetas y sean relegados al aislamiento académico.
Esta aparente discriminación mercantil no parece suceder en el Hospital del Niño; en esta institución pediátrica, existen preceptores que se encargan de las actividades clínicas de cada grupo de estudiantes y las sesiones académicas generales del hospital son abiertas para todos ellos, independientemente de dónde procedan.
¿Cómo podemos solucionar este complejo problema? Mis neuronas se debaten en una encrucijada, pero motivadas por un genuino deseo de que el camino a recorrer sea menos espinoso para todo estudiante de medicina. Por una parte, quisiera solidarizarme con mi querida Facultad de Medicina; allí me formé, allí acontecieron los mejores años de mi vida estudiantil y ahí empecé a labrar mi futura carrera académica. Por otra parte, no quisiera que haya dos tipos de médicos en Panamá, unos con formación urbana y otros con formación rural (como en Cuba o en algunos países del antiguo régimen soviético).
Los únicos hospitales “escuela” de la capital que cuentan con la logística, estructura académica y personal docente idóneo para la formación clínica inicial son el Complejo Metropolitano, el Hospital Santo Tomás y el Hospital del Niño. Si queremos tener buenos profesionales en salud al servicio de todos los panameños, resulta imperioso que todos los estudiantes de medicina del país inicien su peregrinaje académico en estas instituciones.
Propongo las siguientes alternativas de solución:
1. Lograr que las rotaciones clínicas de los estudiantes procedentes de las tres facultades de medicina (y de los que vengan de otros países) no se superpongan y puedan intercalarse en el tiempo para evitar aglomeraciones en los hospitales docentes
2. Lograr que cada universidad contrate preceptores (y los remunere adecuadamente) para la enseñanza clínica y que estos se programen para no causar hacinamiento intra-hospitalario
3. Incentivar a los hospitales “escuela” para organizar sesiones académicas generales (revisiones bibliográficas, discusión de casos interesantes, sesiones clínico-patológicas, charlas magistrales, auditorías médicas, etc.) en las que participen todos los estudiantes de medicina. Las universidades privadas podrían donar equipo audiovisual a estos hospitales para facilitar la ejecución de estos programas docentes generales
4. Fomentar la posibilidad de que, a mediano plazo, las universidades privadas dispongan de hospitales propios para sus estudiantes. Tal vez sería buena idea que establezcan alianzas con los hospitales más susceptibles a padecer crisis económicas (San Judas Tadeo, Santa Fe, América, Bella Vista) para que estos adquieran una estructura académica óptima (rotación de internos, residentes de especialidades, preceptores docentes) y lograr un beneficio mutuo.
Apelo a la inteligencia del ministro de Salud y de los profesores docentes de las universidades y hospitales académicos para tratar de resolver este complejo problema de forma rápida y salomónica. La imagen del médico se ha deteriorado profundamente en los últimos años (huelgas, acusaciones de negligencia, infecciones nosocomiales, atención privada en hospitales públicos, reclamación de días adicionales de asueto, pleito novelesco en la AMOACSS, etc.) y no debemos permitir que el futuro de nuestra profesión camine por la incertidumbre.
El autor es infectólogo
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