Panamá, 29 de abril de 2001
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De la inspección a los parásitos

Guillermo Sánchez Borbón

A pesar de todo, pienso que Mireya es una mujer afortunada. Cuando todavía hay tiempo, la opinión pública -ver la última encuesta de Dichter y Neira- le ha hecho una advertencia -campanada de alerta- que podemos, sin violentar los resultados, resumir así: si usted quiere rescatar su presidencia y pasar a la historia como un buen gobernante, tiene que emprender resueltamente una serie de rectificaciones y tomar otras tantas medidas para enfrentar los problemas que han arrinconado al país. Deshágase de la garulilla de parásitos que la rodea y que le impide ver las cosas como realmente son, no como aparecen cuando se miran por el prisma deformador de los cortesanos. Ante todo, hay que cumplir la promesa electoral de luchar contra la corrupción. (Cuando yo andaba metido en esas cosas, los tratadistas distinguían entre parásitos eficientes y parásitos ineficientes. Los eficientes eran los que vivían del hospedero, pero lo dejaban vivir. Los ineficientes eran aquellos tan angurrientos, que mataban a su hospedero, y se quedaban, por tanto, sin comedero y sin comida. Los que han reptado hasta el Palacio de las Garzas, pertenecen a este último grupo).

Permíteme intercalar aquí un ejemplo sacado de la historia de nuestro siglo. Cuando se reintegró al trabajo después del atentado en que resultó herido, Lenin quedó horrorizado por las proporciones de pesadilla kafkiana que había llegado a tener la burocracia soviética. Esto no pasaba de ser una ingenuidad. Cualquiera se lo hubiera podido pronosticar. Si la burocracia es un espantoso problema en países que se rigen por el leseferismo hoy en boga, tiene que ser infinitamente peor si además de las funciones que le son propias, el Estado socialista concentra y maneja toda la economía. A Lenin -que también era un burócrata de alma- se le ocurrió una solución típicamente burocrática: crear la Inspección de Obreros y Campesinos para combatir la burocracia en los otros ministerios. Naturalmente, a la vuelta de pocos meses la flamante Inspección era un hervidero de burócratas que en tan breve tiempo se habían multiplicado frenéticamente como por fisión binaria o por gemación. Lenin tuvo un accidente cerebrovascular antes de que se le hubiera ocurrido una Inspección para que inspeccionara la Inspección, la cual, por su misma naturaleza, pronto hubiera sido una nueva fuente caudalosa de burocracia.

En vista de la grita contra la corrupción, a este gobierno no se le ha ocurrido mejor expediente que crear una oficina para luchar contra ella. Es fácil predecir lo que ocurrirá: pronto esa oficina -encima de no servir para nada-, será acusada de los mismos actos de corrupción que hoy se propone combatir. Alguien muy allegado a doña Mireya le dio un buen consejo (que ella no ha seguido): la mejor forma de luchar contra la corrupción consiste en meter a la cárcel a los corruptos. No a un pobre empleaducho de quinta categoría, sino a los pejes grandes y gordos, vividores insaciables, a fin de que todos los otros, no tan grandes y gordos, escarmienten. Siga el sabio consejo, doña Mireya, valientemente, y verá cómo pronto se ganará el apoyo de todos los panameños, y se acabarán bruscamente los escándalos, y su popularidad volverá a subir en las encuestas. Los escándalos aquí y allá. También es hora de limpiar los establos de Augías que hoy son los servicios diplomático y consular. En general, se trata de miserables que no sienten amor ninguno por su patria. Salga de ellos, doña Mireya, y devuélvale a nuestros conciudadanos residentes en el extranjero el orgullo de ser panameños.

¿Por qué digo que la encuesta es buena para Mireya? Hombre, para que no le pase lo que le pasó al toro. Hasta bien entrado su período, las encuestas mostraban que un considerable porcentaje de los panameños aprobaba su gestión presidencial. El toro malinterpretó los resultados y se convenció (con la ayuda de sus chupamedias) de que el pueblo lo quería por él mismo, para siempre. ¿Que las encuestas de La Prensa revelaban, en vísperas del plebiscito, una pronunciada tendencia contra él? Es cierto, dijo el toro, pero las encuestas más serias (las hacían Talassinos y Fito Duque) de La Estrella de Panamá indicaban que la opinión pública estaba con él. “No hay”, dice Martín Fierro, “como un buen susto para curar a un mamao; hasta la vista se le aclara, por mucho que haiga chupao”. Excepto a los borrachos de poder. Vino y pasó el plebiscito... y todavía el toro no se ha repuesto del resultado. El no lo sabe aún, pero ese día también terminó su carrera política.


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