|
La aspiración del empresariado panameño de lograr que
el Estado adopte una política de comercio exterior por
encima de los acostumbrados vaivenes de los gobiernos
de turno, es una expectativa legítima y no debiera caer
en saco roto. Sin embargo, no se puede dejar pasar la
ocasión sin comentar lo que a fuerza de ser obvio, no
se quiere ver. Las políticas de apoyo y promoción de las
exportaciones panameñas no pueden tratarse de modo aislado.
Ellas tienen que ser parte de una política económica más
general, la cual a su vez supone una visión del desarrollo,
como de sus medios. De lo contrario, la formulación de
dichas políticas sería como el intento de diseñar un edificio
a partir del segundo piso, sin bases ni planta baja ni
primer piso. Es decir, un imposible lógico que se manifiesta
en una frustración ante la promesa incumplida. Todos los
ciudadanos tienen como expectativa legítima que el Estado
sea un instrumento de desarrollo y no su obstáculo. Eso
incluye al millón de panameños que vive en condiciones
de pobreza. Las respuestas no provendrán de un grupo político,
sino de la acción concertada del Estado y la sociedad;
ni surtirán efectos sostenidos para solo un sector de
la economía, si no benefician a todos. Pensemos en el
país que verdaderamente tenemos, y dejemos que la solidaridad
nos impulse a garantizar mejores niveles de acceso a una
buena salud y a una mejor educación; así descubriremos
que juntos podemos despegar hacia el siglo XXI. El precio
de buscar soluciones sectoriales podría ser muy alto.
|