Panamá, 27 de abril de 2001
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Violencia sin soluciones

La intervención de Estados Unidos a través del Plan Colombia, no ha contribuido, hasta ahora, con la pacificación del país, y el “avance” en la lucha contra el narcotráfico es poco visible.

HERASTO REYES
hreyes.prensa.com

Lo que ha recibido el pueblo colombiano del Plan Colombia ha sido el incremento de la violencia.

La definición real del Plan Colombia se encuentra en los hechos. Durante las últimas semanas, el tema ha ocupado la atención de gobernantes, líderes guerrilleros, sindicalistas y del ciudadano común. Ha sido así por el recrudecimiento de la guerra y el incremento de las masacres; por la semiparalización de las negociaciones de paz entre el Gobierno colombiano y los grupos guerrilleros; por la reafirmación de sus negocios por parte de paramilitares y narcotraficantes, y por los atropellos contra campesinos y líderes sindicales. También han llamado la atención las promesas de donaciones multimillonarias por parte de Estados Unidos a los países que apoyen sin condiciones su política intervencionista.

Panamá no está fuera del alcance de esta política. Todo lo contrario, el país se ve involucrado por su vecindad con el epicentro de la guerra y por cierto interés de Estados Unidos de volver a tener alguna presencia militar en el Istmo, después de su retiro en diciembre de 1999, en toda la política que define al Plan Colombia. Aunque, hasta ahora ha logrado mantener cierta resistencia a las presiones norteamericanas de utilizar nuestro territorio como trampolín para sus tropas.

El Plan Colombia es la propuesta del presidente Andrés Pastrana para combatir, por la vía armada, el narcotráfico. Tiene el aval de Estados Unidos y la promesa de sus millones. Ha encontrado ciertas aprehensiones en la Comunidad Europea y en algunos países vecinos de Colombia como Brasil y Panamá, que refutan el plan por razones políticas y como Venezuela y Ecuador, que cuestionan el componente militar de la propuesta.

Estados Unidos, pese a todas las evaluaciones negativas del uso de la fuerza en la eliminación de los sembradíos e instalaciones, productores y procesadores, de coca y de cocaína, insiste en que la vía armada es el método para combatir la actividad; pero detrás de esta insistencia está el afán de combatir a las organizaciones guerrilleras, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y al Ejército de Liberación Nacional (ELN).

El propio presidente estadounidense, George Bush, ha manifestado su disposición de cooperar con Colombia y sus vecinos en aspectos que van más allá del combate al narcotráfico. Aseguró, durante una reunión con los presidentes de Colombia, Ecuador, Venezuela, Bolivia, Brasil y Panamá, que “el Plan Colombia significa más que el solo país de Colombia”. Esta reunión se verificó dentro del marco de la Cumbre de las Américas en Quebec, Canadá.

Estados Unidos considera imposible evitar que la ayuda militar incluida en el Plan Colombia no sea utilizada para el combate a la guerrilla, ya que de acuerdo con sus apreciaciones “hay una vinculación entre la guerrilla y el narcotráfico” por la vía de la protección a los cultivos de coca y a los laboratorios de cocaína. Esta consideración es la que define, como parte del plan, el peligro de que la guerra tenga extensiones que alcancen a las organizaciones guerrilleras. Evidentemente que estas responderían en el terreno del combate.

The New York Times, probablemente el periódico más influyente de Estados Unidos, ha hablado de que la “primera crisis” en política exterior para el gobierno de Bush puede ser Colombia, donde hay fuerzas militares norteamericanas expuestas a “peligros letales”.

Estados Unidos tiene en Colombia, según el diario, de 250 a 300 militares dedicados al manejo de las estaciones de radar y al entrenamiento militar. Esta cantidad se duplica, si se cuenta a los empleados civiles.

De los mil 300 millones de dólares destinados al Plan Colombia, para dos años de operaciones, la mayor parte corresponde a la ayuda militar.

Finalmente, el diario advierte que, aunque la asistencia militar está destinada a las fuerzas gubernamentales, también hay que considerar que existe una amplia “colaboración entre el Ejército colombiano y las unidades paramilitares”. La ayuda militar de Estados Unidos a Colombia asciende a dos millones de dólares diarios.

Andrés Pastrana, en declaraciones que hacían eco a los planteamientos que vinculan a la guerrilla con el narcotráfico y a la detención de un capo narcotraficante, el brasileño Luis Fernando Da Costa (Fernandiño), dijo que “los grupos subversivos van a tener que demostrarle al mundo que no tienen ningún nexo con los carteles de las drogas”.

Fernandiño fue detenido por la Fuerza de Despliegue Rápido del Ejército colombiano cuando se movía acompañado por dos supuestos miembros de las FARC, según informes del Ejército. Este capo de la droga había convertido a Brasil en el reino de su poder. Fernandiño dijo que pagaba 10 millones de dólares mensuales a la guerrilla colombiana por la colaboración con su negocio ilícito. Ahora está detenido, Colombia más rápido que ligero lo expulsó rumbo a Brasil.

En la detención de Fernandiño intervino directamente Estados Unidos a través del Departamento Antidrogas en coordinación con las autoridades de Paraguay, Colombia y Brasil . Sea cual sea el desenlace de la “treta Fernandiño”, lo cierto es que es un ingrediente que se suma a los afanes de probar la vinculación de las FARC con el narcotráfico en un terreno, donde los límites son borrosos.

Puede ser que se detengan a otros grandes capos del narcotráfico con el método de la guerra, pero lo que se deben preguntar quienes financian y arman a los ejércitos en una red de trincheras sin fin es ¿por qué las masacres de colombianos inocentes siguen y se recrudecen cada vez que se presentan hechos como el comentado?, ¿acaso los narcotraficantes (que cuentan “con todo el dinero del mundo”, como lo reconoció Fernandiño) no promueven este clima de sangre y dolor para salirse con las suyas?

Colombia se caracteriza hoy por una creciente desconfianza social, una situación económica que no despega, la ausencia de la autoridad de las instituciones estatales en gran parte del país, controlada o con fuerte presencia de los grupos armados, y con más de 120 mil hectáreas destinadas al cultivo de coca y, en menor cantidad, de amapola.

Colombia también se caracteriza por el número plural de masacres de todo tipo y de orígenes diversos y por los constantes asesinatos de dirigentes políticos y sindicales.

Las noticias cotidianas de los diarios, ilustran al respecto: “La violencia se destacó este fin de semana con el ataque de rebeldes a un pueblo que dejó al menos nueve muertos y los nuevos datos de la masacre cometida por paramilitares en las montañas del sureste, que habría cobrado la vida de una veintena de personas”.

El New York Times interpreta que “el narcotráfico, apretado en un lugar, simplemente surge en otro”. Lo irónico del Plan Colombia, según el diario, es que entre más éxito se logra en erradicar las plantaciones de coca en Colombia, más serio será el problema para los países vecinos, porque tanto refugiados como narcotraficantes y guerrilleros sencillamente se mudarán de lugar.

En Panamá, un alto vocero de la Cancillería, el viceministro Harmodio Arias, ha dicho que “el problema de Colombia es de Colombia, y nosotros como país limítrofe queremos que haya paz, pero no nos vamos a involucrar en una guerra o problema que tienen ellos, los colombianos”.

Arias cuestionó la ayuda económica (1.8 millones de dólares) de Estados Unidos a Panamá en el marco del Plan Colombia, porque “al final nuestro país va a quedar involucrado en un problema por recibir esa mínima cantidad de dinero”. Recalcó su convencimiento de que esa ayuda “son migajas”, y no millones.

Son pocos, pero significativos, los incidentes o situaciones que buscan que Panamá se involucre en acciones colaterales de la guerra colombiana. Por ejemplo: en febrero del 2001, seis helicópteros militares tipo UH-60 Black Hawk, de fabricación estadounidense y de propiedad de las Fuerzas Armadas de Colombia, aterrizaron en el aeropuerto Enrique Malek de David y de ahí se trasladaron a Tocumen en Panamá, donde pernoctaron bajo la custodia del Servicio Aéreo Nacional (SAN). Su destino final era Colombia. Los helicópteros forman parte de la donación de 30 de estos aparatos que ha hecho Estados Unidos a Colombia; los mismos ingresaron a Panamá con la autorización de la Oficina de Relaciones Internacionales de la Cancillería.

Más recientemente, el Servicio Marítimo Nacional (SMN) participó con fuerzas estadounidenses y colombianas en la captura de una embarcación de narcotraficantes en alta mar (a 180 millas náuticas de la isla Jicarita, localizada en el golfo de Montijo). En la acción fueron detenidos cuatro colombianos a los que no se identificó y que después de estar bajo el régimen panameño los entregaron en extradición al Gobierno de Estados Unidos.

Esta vez fue en aguas internacionales, pero Estados Unidos busca que estos operativos conjuntos, entre sus fuerzas militares y los funcionarios policiales panameños, se den en el espacio aéreo y marítimo de Panamá. El embajador de Panamá en Washington, Guillermo Ford, reconoció que existe un borrador de acuerdo y que se dan conversaciones al respecto.

Por su parte, el canciller José Miguel Alemán reconoció, según informaciones del diario El Panamá América, que se está “conversando para actualizar” un acuerdo afín, que se firmó en 1991. Las gestiones sobre este tema de las fuerzas conjuntas para combatir el narcotráfico se han prolongado, sin que hasta ahora se haya llegado a permitir que las acciones estadounidenses se den en aguas o cielos panameños.

Estados Unidos también ha insistido en fórmulas similares a la de las llamadas Fuerzas Visitantes, que permitirían a las tropas norteamericanas utilizar el suelo istmeño bajo un régimen de negación de la jurisdicción por parte de Panamá. La propuesta original se vino al agua cuando en el 2000 fue negada, tras lo cual Estados Unidos ha mantenido la presión para que Panamá ceda espacio a fin de que sus tropas, destinadas al combate en Colombia, tengan en Panamá un asiento. Hasta ahora, Panamá no ha permitido esa posibilidad.

La guerra sigue; la presencia de Estados Unidos en los combates se mantiene; los narcotraficantes continúan su accionar con los violentos métodos de las masacres y asesinatos y la guerrilla hace lo propio en el campo de batalla más que en la mesa de negociaciones; el pueblo colombiano pone la sangre que corre por su suelo.

Por ejemplo, durante el año 2000 fueron asesinados unos 112 sindicalistas y en lo que va del 2001 el número de dirigentes sindicales asesinados es de 31 víctimas. Se considera que estos crímenes selectivos son obra de los paramilitares y de matones a sueldo, financiados por los narcotraficantes. El gobierno, según lo expresan dirigentes sindicales, “está actuando como el dejar hacer, dejar pasar. No establece mecanismos para neutralizar el problema de la impunidad”, mientras que el sindicalismo colombiano sigue siendo golpeado persistentemente.

En síntesis, la guerra es un mal que vive Colombia, pero que puede extenderse al vecindario y lejos de plantear las soluciones al problema, móvil del conflicto, lo profundiza. El narcotráfico es un poder organizado que no se resuelve por la vía de las armas. Eso parece estar claramente demostrado.

 
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