Panamá, 20 de abril de 2001
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¿Mal sin remedio?

El número de indigentes se mantiene alto y tiende a crecer en las calles de la ciudad de Panamá; los esfuerzos reducidos que buscan la superación del problema son insuficientes frente a la pobreza extrema que es la causa del mal.

Herasto Reyes y José Arcia
hreyes@prensa.com

Cuando la vida pierde la dignidad, los tinacos se convierten en comedores.

La indigencia parte de la pobreza en la que vive la mayoría de la población panameña, y la baja calidad de vida que tiene este grupo humano está visible en cualquier calle y en cada plaza de la ciudad de Panamá.

Están los indigentes enajenados de la sociedad a tal punto, que mientras alguno de ellos duerme, a media mañana, sobre cartones en un paso elevado del centro bancario, los peatones pasan, lo e

squivan y hacen de él caso omiso, como si no existiera. Y él está allí, cubierto con hojas del periódico de ayer, también ajeno a la gente que camina apresurada, y más ajeno aún a los millones que se mueven de un banco a otro, de una empresa a otra, de una computadora a otra.

La médula del problema, según las apreciaciones de algunos profesionales que han estudiado el tema, radica en la mala distribución de la riqueza que conduce a la falta de atención de la población más empobrecida, a las carencias educativas que caracterizan a la familia panameña y a los niveles de drogadicción a los que se somete a cientos de jóvenes de las ciudades: faltos de trabajo, de escuela, de campos deportivos, y faltos también de cariño, afecto y amor familiar.

Los indigentes no son un problema de ornato de la ciudad, son el síntoma más deprimente de una crisis social en la cual ellos son las víctimas más agraviadas. Que llegan a los extremos de la inanición, la desnudez y la desvergüenza. Llegan al lugar donde los hombres han perdido todo vestigio de dignidad.

Hay programas de asistencia, desarrollados casi exclusivamente por la Alcaldía de Panamá, que buscan ayudar parcialmente a los indigentes, recogiéndolos de la calle y trasladándolos a centros de rehabilitación. Ninguna otra entidad tiene programas dirigidos a este sector de la sociedad. Las razones parecen claras: estas personas son una carga totalmente improductiva, de tratamiento costoso y de difícil manejo. Son personas sin una estructura mental mínimamente organizada, sin capacidad para resolver los problemas básicos de su existencia y sin conciencia del mundo en el que se mueven. Por ello son personas difíciles de tratar.

El Hospital Psiquiátrico Nacional toca el problema solo en los casos en que los indigentes muestran los síntomas de alguna enfermedad mental. En este centro, según las explicaciones de su sub-director Carlos Smith, se atiende la enfermedad mental, no así un problema social como el de la indigencia; no es este el papel del hospital que, además, no tiene los recursos económicos y humanos para enfrentar este mal.

Los ministerios de Salud, Educación y Familia no tienen ningún programa que contribuya a la superación de las causas de la indigencia ni que enfrente el mal con miras a devolverle la vida a estas personas. Algunas iglesias evangélicas desde hace algún tiempo, y recientemente la Iglesia católica, ejecutan algunos programas de atención mínima a indigentes. Pero en general, un problema que concierne al conjunto de la sociedad no despierta interés en los empresarios, las autoridades, ni en los políticos, probablemente porque ven a los indigentes como un voto perdido.

La preocupación principal del alcalde Juan Carlos Navarro y de los trabajadores alcaldicios en relación al problema de la indigencia es tratar de mejorar las condiciones de vida de un sector poblacional que, aunque pequeño aún, va en crecimiento. Para ello, la Alcaldía hizo un convenio con el centro REMAR de rehabilitación social, que tiene experiencia en el tratamiento de adictos a las drogas y que funciona al amparo de las iglesias evangélicas.

La ejecución del acuerdo comenzó en septiembre del 2000. Se creó una oficina, en el departamento de Desarrollo Social, desde la cual opera el Proyecto de Captación de Indigentes, bajo la dirección de Orieta Medina. Este plan implica la captación de los indigentes en sus lugares de pernoctación para conducirlos a los centros de rehabilitación de REMAR, en donde son atendidos por varios meses con el propósito de reubicarlos en la sociedad.

Junto al portón de una iglesia que abriga fe y esperanza, un ciuda- dano duerme sobre cartones. Está clasifi- cado simplemente co- mo indigente.

Esta tarea no es fácil, según cuentan los funcionarios Agustín Hinestroza y Doris Guevara, encargados de la ejecución del proyecto. Se trata de llegar hasta el lugar donde están los indigentes y convencerlos de que los acompañen a los hogares de REMAR. Los funcionarios van acompañados por miembros de la Seguridad Municipal y la Policía Nacional. El equipo es interdisciplinario. El individuo es tomado del medio donde habita y trasladado en un autobús; tras llegar a los locales de REMAR se le baña, se le viste y se le proporcionan alimentos. Dos o tres días después, los sicólogos, técnicos en gerontología (tratamiento de ancianos) y trabajadores sociales del municipio entrevistan al indigente y caracterizan su situación específica: ¿dónde y con quién vive, por qué abandonó su familia y optó por la calle como hogar de refugio?

No está permitida la detención de una persona por razones de enfermedad o de indigencia. Los captados pueden optar por abandonar el hogar de REMAR cuando quieran y volver a la calle. Con los que son finalmente retenidos en estos centros se intenta su mejoramiento en cuanto a modo de vida, comportamiento social y capacitación en algún oficio de baja responsabilidad.

Desde septiembre del año pasado, cuando comenzó el programa, se han recogido 686 indigentes, de los cuales actualmente están en los programas 154 personas, distribuidas en siete campamentos. Según los funcionarios del Municipio relacionados con el programa, se han recuperado 75 indigentes que han vuelto a la sociedad productiva. A ellos se les ha impulsado en la práctica de trabajos artesanales que les permiten algún dinero para su sustento.

A los indigentes que participan de los programas de rehabilitación se trata de contactarlos de manera estable y continua con sus familiares, con el propósito de que el afectado recupere los lazos sociales con sus parientes y de que éstos comprendan que entre las causas de la indigencia está la segregación que de parte de la familia recibe la persona que abandona su hogar y toma la calle como albergue.

Los que no aceptan quedarse en REMAR vuelven a la calle. Siguen con su andar indefinido y sufren las consecuencias de esa vida dura y amarga que caracteriza a ese mundo marginal que ocupan los pobres más pobres, los más olvidados. Hay que sumar a los indigentes tradicionales y censados a aquellos nuevos, los que se incorporan a los ambientes que la ciudad no quiere reconocer.

La causa fundamental del asunto es la pobreza, eso ya se ha dicho; pero dentro de ella destacan como causas, la drogadicción y el alcoholismo. Muchos de los indigentes consumen drogas de la peor calidad como es la llamada “piedra” y toman los alcoholes más dañinos, aquellos que ellos mismos combinan con sustancias etílicas altamente venenosas. Viven en las condiciones de higiene y alimentación que parecieran ser mortales para cualquier ser humano, sin embargo manifiestan con hechos una inmunidad insuperable. Cualquier individuo que entre en contacto directo con semejante situación (tanto en el aspecto físico como en el de las relaciones sociales del grupo) podría verse afectado severamente por enfermedades infecciosas; sin embargo, los indigentes resisten. Los pocos reales que consiguen, mediante la recolección y reciclaje de envases vacíos, los destinan a la droga que les llega a través de vendedores que los proveen de estas sustancias.

También se destaca como mal dentro del mundo de la indigencia, el abandono, más que todo de los ancianos; según reporte de los funcionarios municipales, hay en la calle personas que han vivido en ese estado por más de 20 años, “eso convierte a su área en su territorio y resulta imposible o difícil cambiarles el modo de vida”. Ellos, así como manifiestan sus problemas, también manifiestan su experiencia de vida e incluso “algunos tienen esperanzas de volver a ser lo que antes fueron”, comenta uno de los funcionarios que cita una carta de amor entre un hombre y una mujer indigentes que viven en centros distintos.

Es casi seguro que mientras no se ataque el problema de la pobreza y sus afines que crean este mundo del abandono, los corregimientos de Calidonia, San Felipe y Santa Ana y la ciudad en su conjunto mantengan los niveles de indigencia que actualmente existen.

Carlos Smith, el subdirector del Hospital Psiquiátrico Nacional, es muy claro al definir el papel que corresponde a la institución donde trabaja. “El hospital atiende y aplica terapia a enfermos, en este caso a enfermos mentales, pero una vez que el paciente manifiesta la superación de la crisis que lo llevó al centro hospitalario se le da de alta. Esto funciona así en todos los hospitales; una persona, por ejemplo, es afectada por una apendicitis, se le interviene quirúrgicamente y se le da salida. Así también debe funcionar el Psiquiátrico”.

Tras una larga tradición de varios conceptos equivocados sobre los pacientes mentales, la comunidad ha considerado que el Psiquiátrico debe asumir la responsabilidad de mantener en sus instalaciones, por tiempo indefinido, a las personas enajenadas. La propia familia del enfermo se niega a atenderlo y busca descargarlo en esta institución hospitalaria: “¡quédense con él, porque nosotros no lo aguantamos!

Otro mito muy generalizado es el de que todo indigente es loco. De esta forma, tan pronto se ve a una persona vestida con harapos, mal alimentada, que deambula por la calle, se considera que está “loco”; eso no es cierto, y en todo caso, no es el policía ni el parroquiano común quien tiene que diagnosticar esta enfermedad. Pero como esa es la concepción común, muchas veces “nos traen acá a personas con características de indigencia para que nosotros nos quedemos con ellas”, comenta Smith.

Este fenómeno social de la indigencia proviene, según la confirmación del médico, de “las difíciles circunstancias de pobreza extrema en las que vive una gran parte de la sociedad panameña”, que lleva no solamente a la inanición, sino que se amplía a la falta de educación, de vivienda, de empleo y de amparo social.

Mientras no se atienda el problema en sus raíces, “seguiremos con la presencia de enajenados sociales en las calles de Panamá”, asegura Smith.

 
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