¿Mal
sin remedio?
El número de indigentes se mantiene alto y tiende a crecer
en las calles de la ciudad de Panamá; los esfuerzos reducidos
que buscan la superación del problema son insuficientes frente
a la pobreza extrema que es la causa del mal.
Herasto Reyes y José Arcia
hreyes@prensa.com
|
|
Cuando la vida pierde la dignidad, los tinacos se convierten
en comedores.
|
La
indigencia parte de la pobreza en la que vive la mayoría de la
población panameña, y la baja calidad de vida que tiene este grupo
humano está visible en cualquier calle y en cada plaza de la ciudad
de Panamá.
Están los indigentes enajenados de la sociedad a tal punto,
que mientras alguno de ellos duerme, a media mañana, sobre cartones
en un paso elevado del centro bancario, los peatones pasan,
lo e
squivan
y hacen de él caso omiso, como si no existiera. Y él está allí,
cubierto con hojas del periódico de ayer, también ajeno a la
gente que camina apresurada, y más ajeno aún a los millones
que se mueven de un banco a otro, de una empresa a otra, de
una computadora a otra.
La médula del problema, según las apreciaciones de algunos profesionales
que han estudiado el tema, radica en la mala distribución de
la riqueza que conduce a la falta de atención de la población
más empobrecida, a las carencias educativas que caracterizan
a la familia panameña y a los niveles de drogadicción a los
que se somete a cientos de jóvenes de las ciudades: faltos de
trabajo, de escuela, de campos deportivos, y faltos también
de cariño, afecto y amor familiar.
Los indigentes no son un problema de ornato de la ciudad, son
el síntoma más deprimente de una crisis social en la cual ellos
son las víctimas más agraviadas. Que llegan a los extremos de
la inanición, la desnudez y la desvergüenza. Llegan al lugar
donde los hombres han perdido todo vestigio de dignidad.
Hay programas de asistencia, desarrollados casi exclusivamente
por la Alcaldía de Panamá, que buscan ayudar parcialmente a
los indigentes, recogiéndolos de la calle y trasladándolos a
centros de rehabilitación. Ninguna otra entidad tiene programas
dirigidos a este sector de la sociedad. Las razones parecen
claras: estas personas son una carga totalmente improductiva,
de tratamiento costoso y de difícil manejo. Son personas sin
una estructura mental mínimamente organizada, sin capacidad
para resolver los problemas básicos de su existencia y sin conciencia
del mundo en el que se mueven. Por ello son personas difíciles
de tratar.
El Hospital Psiquiátrico Nacional toca el problema solo en los
casos en que los indigentes muestran los síntomas de alguna
enfermedad mental. En este centro, según las explicaciones de
su sub-director Carlos Smith, se atiende la enfermedad mental,
no así un problema social como el de la indigencia; no es este
el papel del hospital que, además, no tiene los recursos económicos
y humanos para enfrentar este mal.
Los ministerios de Salud, Educación y Familia no tienen ningún
programa que contribuya a la superación de las causas de la
indigencia ni que enfrente el mal con miras a devolverle la
vida a estas personas. Algunas iglesias evangélicas desde hace
algún tiempo, y recientemente la Iglesia católica, ejecutan
algunos programas de atención mínima a indigentes. Pero en general,
un problema que concierne al conjunto de la sociedad no despierta
interés en los empresarios, las autoridades, ni en los políticos,
probablemente porque ven a los indigentes como un voto perdido.
La
preocupación principal del alcalde Juan Carlos Navarro y de
los trabajadores alcaldicios en relación al problema de la indigencia
es tratar de mejorar las condiciones de vida de un sector poblacional
que, aunque pequeño aún, va en crecimiento. Para ello, la Alcaldía
hizo un convenio con el centro REMAR de rehabilitación social,
que tiene experiencia en el tratamiento de adictos a las drogas
y que funciona al amparo de las iglesias evangélicas.
La ejecución del acuerdo comenzó en septiembre del 2000. Se
creó una oficina, en el departamento de Desarrollo Social, desde
la cual opera el Proyecto de Captación de Indigentes, bajo la
dirección de Orieta Medina. Este plan implica la captación de
los indigentes en sus lugares de pernoctación para conducirlos
a los centros de rehabilitación de REMAR, en donde son atendidos
por varios meses con el propósito de reubicarlos en la sociedad.
|
|
Junto al portón de una iglesia que abriga fe y esperanza,
un ciuda- dano duerme sobre cartones. Está clasifi- cado
simplemente co- mo indigente.
|
Esta
tarea no es fácil, según cuentan los funcionarios Agustín Hinestroza
y Doris Guevara, encargados de la ejecución del proyecto. Se
trata de llegar hasta el lugar donde están los indigentes y
convencerlos de que los acompañen a los hogares de REMAR. Los
funcionarios van acompañados por miembros de la Seguridad Municipal
y la Policía Nacional. El equipo es interdisciplinario. El individuo
es tomado del medio donde habita y trasladado en un autobús;
tras llegar a los locales de REMAR se le baña, se le viste y
se le proporcionan alimentos. Dos o tres días después, los sicólogos,
técnicos en gerontología (tratamiento de ancianos) y trabajadores
sociales del municipio entrevistan al indigente y caracterizan
su situación específica: ¿dónde y con quién vive, por qué abandonó
su familia y optó por la calle como hogar de refugio?
No está permitida la detención de una persona por razones de
enfermedad o de indigencia. Los captados pueden optar por abandonar
el hogar de REMAR cuando quieran y volver a la calle. Con los
que son finalmente retenidos en estos centros se intenta su
mejoramiento en cuanto a modo de vida, comportamiento social
y capacitación en algún oficio de baja responsabilidad.
Desde septiembre del año pasado, cuando comenzó el programa,
se han recogido 686 indigentes, de los cuales actualmente están
en los programas 154 personas, distribuidas en siete campamentos.
Según los funcionarios del Municipio relacionados con el programa,
se han recuperado 75 indigentes que han vuelto a la sociedad
productiva. A ellos se les ha impulsado en la práctica de trabajos
artesanales que les permiten algún dinero para su sustento.
A los indigentes que participan de los programas de rehabilitación
se trata de contactarlos de manera estable y continua con sus
familiares, con el propósito de que el afectado recupere los
lazos sociales con sus parientes y de que éstos comprendan que
entre las causas de la indigencia está la segregación que de
parte de la familia recibe la persona que abandona su hogar
y toma la calle como albergue.
Los que no aceptan quedarse en REMAR vuelven a la calle. Siguen
con su andar indefinido y sufren las consecuencias de esa vida
dura y amarga que caracteriza a ese mundo marginal que ocupan
los pobres más pobres, los más olvidados. Hay que sumar a los
indigentes tradicionales y censados a aquellos nuevos, los que
se incorporan a los ambientes que la ciudad no quiere reconocer.
La causa fundamental del asunto es la pobreza, eso ya se ha
dicho; pero dentro de ella destacan como causas, la drogadicción
y el alcoholismo. Muchos de los indigentes consumen drogas de
la peor calidad como es la llamada “piedra” y toman los alcoholes
más dañinos, aquellos que ellos mismos combinan con sustancias
etílicas altamente venenosas. Viven en las condiciones de higiene
y alimentación que parecieran ser mortales para cualquier ser
humano, sin embargo manifiestan con hechos una inmunidad insuperable.
Cualquier individuo que entre en contacto directo con semejante
situación (tanto en el aspecto físico como en el de las relaciones
sociales del grupo) podría verse afectado severamente por enfermedades
infecciosas; sin embargo, los indigentes resisten. Los pocos
reales que consiguen, mediante la recolección y reciclaje de
envases vacíos, los destinan a la droga que les llega a través
de vendedores que los proveen de estas sustancias.
También se destaca como mal dentro del mundo de la indigencia,
el abandono, más que todo de los ancianos; según reporte de
los funcionarios municipales, hay en la calle personas que han
vivido en ese estado por más de 20 años, “eso convierte a su
área en su territorio y resulta imposible o difícil cambiarles
el modo de vida”. Ellos, así como manifiestan sus problemas,
también manifiestan su experiencia de vida e incluso “algunos
tienen esperanzas de volver a ser lo que antes fueron”, comenta
uno de los funcionarios que cita una carta de amor entre un
hombre y una mujer indigentes que viven en centros distintos.
Es casi seguro que mientras no se ataque el problema de la pobreza
y sus afines que crean este mundo del abandono, los corregimientos
de Calidonia, San Felipe y Santa Ana y la ciudad en su conjunto
mantengan los niveles de indigencia que actualmente existen.
Carlos Smith, el subdirector del Hospital Psiquiátrico Nacional,
es muy claro al definir el papel que corresponde a la institución
donde trabaja. “El hospital atiende y aplica terapia a enfermos,
en este caso a enfermos mentales, pero una vez que el paciente
manifiesta la superación de la crisis que lo llevó al centro
hospitalario se le da de alta. Esto funciona así en todos los
hospitales; una persona, por ejemplo, es afectada por una apendicitis,
se le interviene quirúrgicamente y se le da salida. Así también
debe funcionar el Psiquiátrico”.
Tras una larga tradición de varios conceptos equivocados sobre
los pacientes mentales, la comunidad ha considerado que el Psiquiátrico
debe asumir la responsabilidad de mantener en sus instalaciones,
por tiempo indefinido, a las personas enajenadas. La propia
familia del enfermo se niega a atenderlo y busca descargarlo
en esta institución hospitalaria: “¡quédense con él, porque
nosotros no lo aguantamos!
Otro mito muy generalizado es el de que todo indigente es loco.
De esta forma, tan pronto se ve a una persona vestida con harapos,
mal alimentada, que deambula por la calle, se considera que
está “loco”; eso no es cierto, y en todo caso, no es el policía
ni el parroquiano común quien tiene que diagnosticar esta enfermedad.
Pero como esa es la concepción común, muchas veces “nos traen
acá a personas con características de indigencia para que nosotros
nos quedemos con ellas”, comenta Smith.
Este fenómeno social de la indigencia proviene, según la confirmación
del médico, de “las difíciles circunstancias de pobreza extrema
en las que vive una gran parte de la sociedad panameña”, que
lleva no solamente a la inanición, sino que se amplía a la falta
de educación, de vivienda, de empleo y de amparo social.
Mientras no se atienda el problema en sus raíces, “seguiremos
con la presencia de enajenados sociales en las calles de Panamá”,
asegura Smith.