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Si
pidiéramos a los panameños que listaran los rasgos de
la identidad nacional por los que sienten orgullo, seguro
que mencionarían el Canal y nuestra biodiversidad, incluirían
la pollera, nuestra gente y su espíritu jovial, pero no
incluirían el sistema de gobierno, y ello no porque crean
que la democracia no es el mejor sistema de gobierno,
sino porque no acaban de percibir una moral pública sólidamente
arraigada. Por incómodo y doloroso que pueda sonar, hay
que reconocer que desde el difícil arte de conciliar el
interés propio y la atención por los demás, drama de nuestras
vidas, asistimos al desarrollo de una democracia enferma
por el comportamiento de quienes periódicamente, en cada
momento electoral, terminan por traicionar la fe pública
depositada en ellos. En una era en la que en el hemisferio
prevalece, con sus contadas excepciones, la observancia
de los derechos civiles y políticos, nos corresponde fortalecer
la institucionalidad democrática frente a las nuevas amenazas
del narcotráfico, la impunidad y la corrupción. El sitio
de honor está reservado para aquellos hombres y mujeres
recios, dispuestos a optar por la transparencia y la honestidad
de su proceder. Eso y no otra cosa nos hará dignos de
respeto ante el concierto de naciones y orgullosos de
nuestra identidad nacional.
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