Panamá, 15 de abril de 2001
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Teresa: tan humana y tan mística

Jorge De Las Casas
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Hirióme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con su Criador” - Teresa de Jesús

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515 en la bellísima y almenada Avila, en las riberas del río Adaja, de la cual dijo Cela que es “quizá la más castellana de las ciudades españolas”. Ciudad hoy llena de recuerdos de la santa, que habría de ser conocida en la historia como Teresa de Avila, o por su nombre en la religión carmelita, Teresa de Jesús.

Por el amor de Cristo

Teresa amaba mucho a sus padres -don Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila y Ahumada- y formaba, junto con sus hermanos, un batallón de doce hijos. Entre ellos, Rodrigo, el más cercano en edad, era su compañero de juegos infantiles. Impresionados por las vidas de los santos, ambos trataron de escapar de la casa (tenía Teresa 7 años), para ir a tierras de moros, a que los “descabezasen por Cristo”. Pero fueron interceptados por un tío que los envió de vuelta al hogar.

Un amor prohibidoA los 14 años, Teresa pierde a su madre y se encomienda a la Virgen. Hasta aquí su vida transcurría normalmente, como era propio de una chica con formación religiosa. Pero era tan normal, que las tentaciones y los simples placeres del mundo la ilusionaron. Se enamoró de un primo suyo, al parecer Pedro Alvarez Cimbrón, pero su padre, don Alonso, se opuso a sus relaciones. Por eso, al casarse su hermana María, Teresa es enclaustrada a su pesar en el monasterio de las agustinas de Nuestra Señora de Gracia. Tiene apenas 16 años. En ese entonces era “enemiguísima de ser monja” y continuó teniendo correspondencia con el primo.

Primera “conversión”

Mas también en aquel convento, el afecto y buen trato de las monjas encienden otro amor y otro deseo más espiritual, y el antiguo afecto carnal se apaga pronto. Teresa experimenta así, paulatinamente, bajo el efecto de la educación religiosa, una primera conversión, una vuelta a “el bien de mi primera edad”. “Comenzó a desterrar las malas costumbres, ...a sentir deseos de las cosas eternas, a hacer muchas oraciones mentales”. (Llamas Martínez).

Recordemos que fue en este primer monasterio donde Teresa tuvo que afrontar una decisión sobre su estado de vida: o seglar o monja. No sabía si optar por el matrimonio o no. Y se encomendó a las oraciones de las monjas. Llevaba un año y medio en el convento cuando enfermó y tuvo que retirarse a casa de su hermana.

Teresa vive otra etapa

Por este tiempo, conversa con un tío muy piadoso, viudo y que desea entrar a una orden conventual, y lee las cartas de san Jerónimo. Conversaciones y cartas que influyen en su ánimo y la determinan hacia la vida religiosa. Su padre le dijo que para ingresar al monasterio debía aguardar a su muerte. Teresa comprendió que sus planes peligraban y huyó. Fue desgarradora la violencia que sufrió en su alma cuando partió. Con 20 años, ingresa al monasterio de la Encarnación, de monjas carmelitas, donde profesaba una amiga suya. Era otro momento crucial en la vida de Teresa.

Que sí... y que no...

En el convento tampoco vivió un ambiente muy fervoroso. Y es que la clausura era laxa. Teresa empleaba mucho tiempo recibiendo visitas -igual que el resto de la comunidad- y abandonó por completo la oración mental. Estuvo muy enferma y pronto estuvo de vuelta en casa. Su tío le regaló el Tercer alfabeto espiritual, de Osuna, donde aprende la oración de recogimiento. Pero le falta un maestro espiritual. Es un momento de altibajos.

Oración y devoción

Tras la muerte de su padre, volvió a la oración por consejos de un confesor. Si bien este retorno inclaudicable a la oración mental fue una gran ayuda para su entrega y perfección espiritual, la otra fue la devoción por sus santos. Teresa tuvo devoción por dos grandes conversos (ya reseñados por nosotros): san Agustín y María Magdalena.

El monasterio en que había estado como seglar era de San Agustín, y 30 años después, al escribir su vida, recordaría esta herencia espiritual que dejó huellas significativas en su alma. Especialmente le llamaba la atención el hecho de que él “había sido pecador”.

Conversión radical

En las Confesiones de san Agustín, se siente retratada vivamente y se identifica con las luchas del santo númida. También se impresiona vivamente ante una imagen de Cristo Crucificado y, conmovida, llora. “Sentí que María Magdalena venía en mi auxilio”. Teresa se siente culpable de la Pasión del Señor y anhela la perfección. Después de veinte años de sequedades, rutina, tibiezas, arideces en la oración y en la vida religiosa, Teresa de Jesús alcanza la conversión definitiva. No es la de quien ha sido ateo, pero sí la del que ha descuidado las cosas de Dios por vivir para otros afanes.

Dones místicos

Tras esta experiencia y su decidida actitud de entregarse a Dios sin dar marcha atrás, Teresa empezó a ser objeto de muchas gracias místicas. Oración de quietud y de unión fue su primer gozo, pero luego vinieron las visiones y revelaciones. Teresa se asustó, desconfiando de sí misma, y consultó con varias personas. No todas fueron discretas y el secreto de su trato con Dios dejó de serlo.

Finalmente la santa tuvo también fuertes éxtasis, pues oía palabras “más claras y distintas que las que pronuncian los hombres”, y adem´ás tenían la virtud operativa de producir una transformación en ella (adelantos en la vida espiritual). Nos dejó su descripción. Se elevaba del suelo hasta un metro en la oración.

Acusada de presunción e hipocresía por los envidiosos, y de ser víctima del demonio por los que no comprendían su don, Teresa tuvo que soportar estas persecuciones y estados de desolación espiritual.

En uno de sus éxtasis vio el martirio de los jesuitas del Brasil (hoy en los altares), en el momento en que ocurría y un mes antes de que la noticia llegara a Europa. Y en otra ocasión recibió la gracia que a continuación describimos.

La transverberación

Teresa cuenta que vio un ´ángel a su izquierda en forma humana. No era visión intelectual, sino física. Debió ser de los más elevados, un querubín, porque llevaba el rostro todo encendido, como de fuego.

“Llevaba en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido verme libre de ella”.

Luego de esto, Teresa hizo el difícil voto de hacer siempre lo más perfecto. Porque era tan activa como contemplativa. “Obras, no palabras” era su lema.

Escritora y doctora

Teresa escribió su biografía por mandato de su confesor. Y allí palpita con fuerza la huella de san Agustín.

Ella y san Juan de la Cruz son las máximas figuras de la mística experimental. Sus escritos forman parte de los clásicos españoles y, por supuesto, de la cultura religiosa universal.

Como poetisa Teresa refleja la gracia de Dios tal como ella la percibe en estos bellos versos:

Hirióme con una flecha

enherbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su Criador;

Ya yo no quiero otro amor,

pues a mi Dios me he entregado,

y mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

Quizá esas líneas sean las más a propósito para expresar la gracia de la transverberación. Pero para referirnos a su conversión y el alto sentido de la vida sobrenatural que Teresa posee desde entonces, quiz´´á su poesía más famosa sea la que mejor lo cuenta, y lo hace de este modo:

Esta divina unión,

y el amor con que yo vivo,

hace a mi Dios mi cautivo

y libre mi corazón;

y causa en mí tal pasión

ver a mi Dios prisionero,

que muero porque no muero.

Para sus religiosas escribió, además, el libro de las Fundaciones y para los cristianos en general el Castillo interior o Las moradas donde revela un verdadero magisterio de vida espiritual. Más que su doctrina, sin embargo, el mejor testimonio sobre la santidad de Teresa lo dieron su paciencia ante las persecuciones, acusaciones y enfermedades, la confianza en Cristo y su enorme trabajo de oración.

Su labor de fundadora —que brevemente reseñaremos— sería inexplicable sin su auténtica conversión y su espíritu místico.

Teresa, fundadora

Los conventos de su época estaban muy relajados, y Teresa quiso fundar conventos reformados. Recibió el apoyo de gente como san Pedro Alcántara, san Luis Beltrán y san Juan de la Cruz, que sería su compañero en la extensión de la reforma carmelita. Teresa fundó un régimen conventual de vida en la austeridad total: sin rentas o con muy pocas, con sandalias en vez de zapatos (de allí el sobrenombre de “descalzas” y “descalzos” para los carmelitas), con silencio total. Pero fue perseguida por sus enemigos que veían con recelo la reforma y que, dentro de la orden, creían que aquella se impondría a todos los monasterios relajados. Los colaboradores de Teresa fueron perseguidos. El lugar de reposo de san Juan de la Cruz fue asaltado. El santo fue arrestado de noche y encarcelado durante nueve meses, sin que nadie —ni la madre Teresa—, supiese de él en ese tiempo. A ella se le ordenó recluirse en un convento de su elección y no hacer más fundaciones.

Pero Felipe II intervino en su favor y, finalmente, se disolvió el vínculo entre los calzados y los descalzos, dejando estos de estar bajo la autoridad de aquellos.

La Reforma del Catolicismo (llamada Contrarreforma por oposición a la históricamente mal denominada “Reforma” protestante) estaba segura con la obra de Teresa y Juan de la Cruz y de su compatriota Ignacio de Loyola.

Un gran carácter

Bondadosa, tierna, graciosa en sus dichos, pero también madura e intuitiva, Teresa se hacía amar. Para ella la alegría era imprescindible en el cristiano. Y procuraba contagiarla. Bella, inteligente y santa mujer, dotada de un gran equilibrio en su trato humano y llena de sentido común. No dudó en increpar a una priora que se había baldado por hacer excesiva penitencia. Era muy realista.

No quería monjas tontas aunque piadosas. Consideraba que la madurez de juicio era más importante que la piedad. La piedad se puede aprender. Pero si le llegaban monjas no inteligentes (no maduras) no estarían dispuestas a aprender y a enmendarse de sus errores. Una persona inteligente es humilde, decía.

Por eso, a una madre que alababa las dotes de oración de su hija, para que la admitiese en el convento, Teresa le preguntó: “¿Es también inteligente? Aquí podemos dar nosotras lecciones de piedad; pero no conocemos el medio de dar inteligencia” (Sackville-West; Nigg).

Dolores domésticos

Al final de su vida, Teresa fue tratada con prepotencia y atropello por su propia familia, cuando tuvo que intervenir en la causa testamentaria de su difunto hermano Lorenzo, que le había dejado como albacea. Por este asunto, tres semanas antes de morir, una de sus sobrinas la expulsó del convento de Valladolid que ella había fundado. La santa apenas pudo soportar el dolor y el asombro.

Tránsito

En Alba de Tormes, adonde Teresa llega muy enferma y cansada de un mal viaje y de otro maltrato a su persona en Medina del Campo, la muerte espera.

En un transporte extático, visible a los presentes, la santa muere la noche del 4 de octubre de 1582. Es enterrada al día siguiente —15 de octubre por la reforma del calendario decretada por el Papa Gregorio XIII—. El indiscreto sentido de piedad de la época decretó una carnicería sobre su cuerpo. Se le extrajeron el corazón, los dedos, etc., órganos que se guardan como reliquias en diversos conventos. Cuarenta años después fue canonizada. Y en 1970 Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia.

 
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