Teresa:
tan humana y tan mística
Jorge De
Las Casas
jdelascasas@prensa.com
Hirióme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó
hecha una con su Criador” - Teresa de Jesús
Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada nació el 28 de marzo
de 1515 en la bellísima y almenada Avila, en las riberas del río
Adaja, de la cual dijo Cela que es “quizá la más castellana de
las ciudades españolas”. Ciudad hoy llena de recuerdos de la santa,
que habría de ser conocida en la historia como Teresa de Avila,
o por su nombre en la religión carmelita, Teresa de Jesús.
Por el amor de Cristo
Teresa amaba mucho a sus padres -don Alonso Sánchez de Cepeda
y Beatriz Dávila y Ahumada- y formaba, junto con sus hermanos,
un batallón de doce hijos. Entre ellos, Rodrigo, el más cercano
en edad, era su compañero de juegos infantiles. Impresionados
por las vidas de los santos, ambos trataron de escapar de la casa
(tenía Teresa 7 años), para ir a tierras de moros, a que los “descabezasen
por Cristo”. Pero fueron interceptados por un tío que los envió
de vuelta al hogar.
Un amor prohibidoA los 14 años, Teresa pierde a su madre y se
encomienda a la Virgen. Hasta aquí su vida transcurría normalmente,
como era propio de una chica con formación religiosa. Pero era
tan normal, que las tentaciones y los simples placeres del mundo
la ilusionaron. Se enamoró de un primo suyo, al parecer Pedro
Alvarez Cimbrón, pero su padre, don Alonso, se opuso a sus relaciones.
Por eso, al casarse su hermana María, Teresa es enclaustrada a
su pesar en el monasterio de las agustinas de Nuestra Señora de
Gracia. Tiene apenas 16 años. En ese entonces era “enemiguísima
de ser monja” y continuó teniendo correspondencia con el primo.
Primera “conversión”
Mas también en aquel convento, el afecto y buen trato de las monjas
encienden otro amor y otro deseo más espiritual, y el antiguo
afecto carnal se apaga pronto. Teresa experimenta así, paulatinamente,
bajo el efecto de la educación religiosa, una primera conversión,
una vuelta a “el bien de mi primera edad”. “Comenzó a desterrar
las malas costumbres, ...a sentir deseos de las cosas eternas,
a hacer muchas oraciones mentales”. (Llamas Martínez).
Recordemos que fue en este primer monasterio donde Teresa tuvo
que afrontar una decisión sobre su estado de vida: o seglar o
monja. No sabía si optar por el matrimonio o no. Y se encomendó
a las oraciones de las monjas. Llevaba un año y medio en el convento
cuando enfermó y tuvo que retirarse a casa de su hermana.
Teresa vive otra etapa
Por este tiempo, conversa con un tío muy piadoso, viudo y que
desea entrar a una orden conventual, y lee las cartas de san Jerónimo.
Conversaciones y cartas que influyen en su ánimo y la determinan
hacia la vida religiosa. Su padre le dijo que para ingresar al
monasterio debía aguardar a su muerte. Teresa comprendió que sus
planes peligraban y huyó. Fue desgarradora la violencia que sufrió
en su alma cuando partió. Con 20 años, ingresa al monasterio de
la Encarnación, de monjas carmelitas, donde profesaba una amiga
suya. Era otro momento crucial en la vida de Teresa.
Que sí... y que no...
En el convento tampoco vivió un ambiente muy fervoroso. Y es que
la clausura era laxa. Teresa empleaba mucho tiempo recibiendo
visitas -igual que el resto de la comunidad- y abandonó por completo
la oración mental. Estuvo muy enferma y pronto estuvo de vuelta
en casa. Su tío le regaló el Tercer alfabeto espiritual, de Osuna,
donde aprende la oración de recogimiento. Pero le falta un maestro
espiritual. Es un momento de altibajos.
Oración y devoción
Tras la muerte de su padre, volvió a la oración por consejos de
un confesor. Si bien este retorno inclaudicable a la oración mental
fue una gran ayuda para su entrega y perfección espiritual, la
otra fue la devoción por sus santos. Teresa tuvo devoción por
dos grandes conversos (ya reseñados por nosotros): san Agustín
y María Magdalena.
El monasterio en que había estado como seglar era de San Agustín,
y 30 años después, al escribir su vida, recordaría esta herencia
espiritual que dejó huellas significativas en su alma. Especialmente
le llamaba la atención el hecho de que él “había sido pecador”.
Conversión radical
En las Confesiones de san Agustín, se siente retratada vivamente
y se identifica con las luchas del santo númida. También se impresiona
vivamente ante una imagen de Cristo Crucificado y, conmovida,
llora. “Sentí que María Magdalena venía en mi auxilio”. Teresa
se siente culpable de la Pasión del Señor y anhela la perfección.
Después de veinte años de sequedades, rutina, tibiezas, arideces
en la oración y en la vida religiosa, Teresa de Jesús alcanza
la conversión definitiva. No es la de quien ha sido ateo, pero
sí la del que ha descuidado las cosas de Dios por vivir para otros
afanes.
Dones místicos
Tras esta experiencia y su decidida actitud de entregarse a Dios
sin dar marcha atrás, Teresa empezó a ser objeto de muchas gracias
místicas. Oración de quietud y de unión fue su primer gozo, pero
luego vinieron las visiones y revelaciones. Teresa se asustó,
desconfiando de sí misma, y consultó con varias personas. No todas
fueron discretas y el secreto de su trato con Dios dejó de serlo.
Finalmente la santa tuvo también fuertes éxtasis, pues oía palabras
“más claras y distintas que las que pronuncian los hombres”, y
adem´ás tenían la virtud operativa de producir una transformación
en ella (adelantos en la vida espiritual). Nos dejó su descripción.
Se elevaba del suelo hasta un metro en la oración.
Acusada de presunción e hipocresía por los envidiosos, y de ser
víctima del demonio por los que no comprendían su don, Teresa
tuvo que soportar estas persecuciones y estados de desolación
espiritual.
En uno de sus éxtasis vio el martirio de los jesuitas del Brasil
(hoy en los altares), en el momento en que ocurría y un mes antes
de que la noticia llegara a Europa. Y en otra ocasión recibió
la gracia que a continuación describimos.
La transverberación
Teresa cuenta que vio un ´ángel a su izquierda en forma humana.
No era visión intelectual, sino física. Debió ser de los más elevados,
un querubín, porque llevaba el rostro todo encendido, como de
fuego.
“Llevaba
en la mano una larga espada de oro, cuya punta parecía un ascua
encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada en mi
corazón y me traspasaba las entrañas y, cuando sacaba la espada,
me parecía que las entrañas se me escapaban con ella y me sentía
arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso,
que me hacía gemir, pero al mismo tiempo, la dulcedumbre de aquella
pena excesiva era tan extraordinaria, que no hubiese yo querido
verme libre de ella”.
Luego de esto, Teresa hizo el difícil voto de hacer siempre lo
más perfecto. Porque era tan activa como contemplativa. “Obras,
no palabras” era su lema.
Escritora y doctora
Teresa escribió su biografía por mandato de su confesor. Y allí
palpita con fuerza la huella de san Agustín.
Ella y san Juan de la Cruz son las máximas figuras de la mística
experimental. Sus escritos forman parte de los clásicos españoles
y, por supuesto, de la cultura religiosa universal.
Como poetisa Teresa refleja la gracia de Dios tal como ella la
percibe en estos bellos versos:
Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.
Quizá esas líneas sean las más a propósito para expresar la gracia
de la transverberación. Pero para referirnos a su conversión y
el alto sentido de la vida sobrenatural que Teresa posee desde
entonces, quiz´´á su poesía más famosa sea la que mejor lo cuenta,
y lo hace de este modo:
Esta divina unión,
y el amor con que yo vivo,
hace a mi Dios mi cautivo
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a mi Dios prisionero,
que muero porque no muero.
Para
sus religiosas escribió, además, el libro de las Fundaciones y
para los cristianos en general el Castillo interior o Las moradas
donde revela un verdadero magisterio de vida espiritual. Más que
su doctrina, sin embargo, el mejor testimonio sobre la santidad
de Teresa lo dieron su paciencia ante las persecuciones, acusaciones
y enfermedades, la confianza en Cristo y su enorme trabajo de
oración.
Su labor de fundadora —que brevemente reseñaremos— sería inexplicable
sin su auténtica conversión y su espíritu místico.
Teresa, fundadora
Los conventos de su época estaban muy relajados, y Teresa quiso
fundar conventos reformados. Recibió el apoyo de gente como san
Pedro Alcántara, san Luis Beltrán y san Juan de la Cruz, que sería
su compañero en la extensión de la reforma carmelita. Teresa fundó
un régimen conventual de vida en la austeridad total: sin rentas
o con muy pocas, con sandalias en vez de zapatos (de allí el sobrenombre
de “descalzas” y “descalzos” para los carmelitas), con silencio
total. Pero fue perseguida por sus enemigos que veían con recelo
la reforma y que, dentro de la orden, creían que aquella se impondría
a todos los monasterios relajados. Los colaboradores de Teresa
fueron perseguidos. El lugar de reposo de san Juan de la Cruz
fue asaltado. El santo fue arrestado de noche y encarcelado durante
nueve meses, sin que nadie —ni la madre Teresa—, supiese de él
en ese tiempo. A ella se le ordenó recluirse en un convento de
su elección y no hacer más fundaciones.
Pero Felipe II intervino en su favor y, finalmente, se disolvió
el vínculo entre los calzados y los descalzos, dejando estos de
estar bajo la autoridad de aquellos.
La Reforma del Catolicismo (llamada Contrarreforma por oposición
a la históricamente mal denominada “Reforma” protestante) estaba
segura con la obra de Teresa y Juan de la Cruz y de su compatriota
Ignacio de Loyola.
Un gran carácter
Bondadosa, tierna, graciosa en sus dichos, pero también madura
e intuitiva, Teresa se hacía amar. Para ella la alegría era imprescindible
en el cristiano. Y procuraba contagiarla. Bella, inteligente y
santa mujer, dotada de un gran equilibrio en su trato humano y
llena de sentido común. No dudó en increpar a una priora que se
había baldado por hacer excesiva penitencia. Era muy realista.
No quería monjas tontas aunque piadosas. Consideraba que la madurez
de juicio era más importante que la piedad. La piedad se puede
aprender. Pero si le llegaban monjas no inteligentes (no maduras)
no estarían dispuestas a aprender y a enmendarse de sus errores.
Una persona inteligente es humilde, decía.
Por eso, a una madre que alababa las dotes de oración de su hija,
para que la admitiese en el convento, Teresa le preguntó: “¿Es
también inteligente? Aquí podemos dar nosotras lecciones de piedad;
pero no conocemos el medio de dar inteligencia” (Sackville-West;
Nigg).
Dolores domésticos
Al final de su vida, Teresa fue tratada con prepotencia y atropello
por su propia familia, cuando tuvo que intervenir en la causa
testamentaria de su difunto hermano Lorenzo, que le había dejado
como albacea. Por este asunto, tres semanas antes de morir, una
de sus sobrinas la expulsó del convento de Valladolid que ella
había fundado. La santa apenas pudo soportar el dolor y el asombro.
Tránsito
En Alba de Tormes, adonde Teresa llega muy enferma y cansada de
un mal viaje y de otro maltrato a su persona en Medina del Campo,
la muerte espera.
En un transporte extático, visible a los presentes, la santa muere
la noche del 4 de octubre de 1582. Es enterrada al día siguiente
—15 de octubre por la reforma del calendario decretada por el
Papa Gregorio XIII—. El indiscreto sentido de piedad de la época
decretó una carnicería sobre su cuerpo. Se le extrajeron el corazón,
los dedos, etc., órganos que se guardan como reliquias en diversos
conventos. Cuarenta años después fue canonizada. Y en 1970 Pablo
VI la declaró doctora de la Iglesia.
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