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Pese
a que su nombre indica otra cosa, la llamada Comisión
de Reformas Electorales no prepara una reforma electoral.
Desde hace meses, el Tribunal Electoral se ha dado a la
tarea de proponer y discutir en la comisión integrada
por miembros de los partidos políticos y de organizaciones
no gubernamentales -los últimos con derecho a voz, mas
no a voto- una serie de modificaciones al Código Electoral.
Es una especie de ajuste a un sistema que, presumiblemente,
de acuerdo al sentir de la comisión, no requiere de una
reorientación. En la realidad, nuestro sistema de representación
política está comenzando a dar muestras de agotamiento:
un liderazgo pasivo, un discurso vaciado de todo sentido
de acción, promesas vanas y contradictorias, elites que
resisten exitosamente la renovación en sus filas, generaciones
nuevas que encuentran sus formas de participación política
fuera de los partidos, y un clientelismo rampante y desvergonzado,
son apenas algunas características del actual sistema
electoral. Claro está, los hombres y las mujeres con visión
de los retos que el futuro inmediato le depara a esta
nación piensan que es tiempo de reformar el sistema electoral;
pero para proceder a ello se requiere, entre otras cosas,
reformar la Constitución. Entretanto, cuesta aceptar el
eufemismo implícito en la llamada Comisión de Reformas
electorales.
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