De
política
La
evolución democrática de Alberto Vallarino
Ojalá
que la decisión de Alberto Vallarino, de reasumir su
protagonismo político, esté fundamentada en un
compromiso democrático más profundo
Carlos
Guevara Mann
En
su discurso del 21 de marzo, Alberto Vallarino atinadamente
destacó la necesidad de democratizar la política
panameña, tanto en la esfera partidista como a nivel
del Estado. El ex candidato habló de participación,
de incorporación, de transparencia y de otros valores
que, sin duda, son necesarios aplicar a la política para
transformarla en la actividad pública que procure, mediante
el gobierno del Estado, el bienestar de la colectividad.
Es
de esperar que la atención que Alberto Vallarino dedicó
al sistema democrático, sea indicio de una positiva evolución
en su aproximación a este tema, producto de una más
aguda comprensión de la naturaleza y fines del proceso
electoral, así como del deber de los políticos
de promover la democracia a través de sus declaraciones
y actuaciones. Esta observación hace referencia a la
renuencia del ex candidato Vallarino a asumir su derrota en
las elecciones internas del Partido Arnulfista, en marzo de
1998, así como a la presentación de su candidatura
presidencial, por los partidos Demócrata Cristiano, Liberal,
Renovación Civilista y Nacionalista Popular, en enero
de 1999.
En
su momento, aquella decisión de Alberto Vallarino, basada
en fundamentos conceptuales harto frágiles -como aquello
de que perder la elección interna de un partido no lo
descalificaba para presentarse en la elección general
como candidato presidencial de otra agrupación- significó
un retroceso en el desarrollo político del país.
Por
una parte, negarse a admitir las consecuencias de un ejercicio,
cuyas reglas se aceptaron con anterioridad, desvaloriza y menoscaba
el propio ejercicio.
Por
otra, pretender que la elección interna no guarda relación
con la elección general equivale a proponer una concepción
atomizada -y, por ello, equivocada y peligrosa- del proceso
electoral. En el proceso de renovación de los poderes
públicos, el éxito de cada una de las etapas posteriores
depende de la transparencia, virtud y legalidad de las etapas
anteriores, por lo que todos los eslabones de la cadena deben
ajustarse a ciertas normas básicas de justicia y transparencia.
Tal
cual lo indica el renombrado académico Robert Dahl en
La democracia y sus críticos -cuya lectura podría
contribuir al progreso intelectual de muchos políticos
criollos- el acatamiento de la voluntad de la mayoría
es una de estas normas. Permitir, a quien perdió la elección
primaria, presentarse a la elección general implica un
desconocimiento de la regla mayoritaria, pilar del régimen
democrático, del que Alberto Vallarino se ha declarado
partidario en su discurso del 21 de marzo.
En
Estados Unidos, donde se introdujo el sistema de elecciones
internas en 1912, varias legislaciones estatales prohíben
la candidatura, por otra agrupación, de quien perdió
una primaria. Conocida como Sore Loser Law o Ley contra
malos perdedores, la disposición aspira a promover
la vigencia del sistema democrático y salvaguardar la
integridad de los partidos, objetivos que el Estado y los políticos
deben impulsar.
Ojalá,
pues, que la decisión de Alberto Vallarino de reasumir
su protagonismo político esté fundamentada en
un compromiso democrático más profundo y sensible
a las sutilezas del proceso electoral, que muchos de los que
aspiran a la confianza pública aún no logran entender.
El autor es consultor político y financiero y miembro
del Partido Arnulfista
Especulando
sobre el 2004
Alberto
Vallarino está ya en campaña, sin los inconvenientes
de tener que mantener unido a un partido que no tiene
Guillermo
Márquez Amado
Quizás
resulte algo temprano para hablar de la futura campaña
política, pero serán los hechos que comiencen
a darse desde ahora los que permitirán perfilarse como
candidatos a quienes aspiren a cargos de elección.
Por
lo pronto, luce bastante claro que dos conocidos políticos
del PRD tienen interés en ser postulados: Martín
Torrijos y Juan Carlos Navarro, quienes por el momento se dedican
a atraer la mayor simpatía posible de sus copartidarios
con miras a sus respectivas postulaciones, procurando mantener
la cohesión del partido que a ratos parece acusar recibo
de las expresiones altisonantes de los adláteres de quien
se percibe como el tutor de Juan Carlos.
El
Partido Arnulfista, si bien no tiene miembros que desde ahora
hayan expresado abiertamente sus pretensiones, también
tiene aspirantes que se dejan ver entre líneas. Las expectativas
insatisfechas, la carencia de efectividad en su ejercicio como
principal responsable actual de la gestión de gobierno
y una creciente ola de imputaciones de corrupción que
toca y hasta quema a allegados del Gobierno, sin que se vean
medidas disuasivas contundentes, tienen desencantada a la población.
Estos serán los mayores inconvenientes a ser superados
por quienes se lancen a la carrera por la presidencia.
Por
su parte, Alberto Vallarino está ya en campaña,
sin los inconvenientes de tener que mantener unido a un partido
que no tiene. En su lugar son varios -hasta cinco- los partidos
que necesitan un candidato, en torno al cual unirse. Tampoco
tiene los lodos que trae consigo la corrupción, ni las
expectativas insatisfechas, ni la falta de efectividad en su
gestión. Estos males solo aquejan a quienes han ejercido
el gobierno, principalmente en cabeza de los dos más
grandes partidos políticos con raíces que se extienden
hasta las últimas tres quintas partes del siglo pasado
y lo que va de este.
Si
consideramos, además, que podría aprobarse en
la Asamblea Legislativa una reforma electoral que prohíbe
a los candidatos que pierdan en primarias de un partido, volver
a correr por otro -propuesta que parece contar con la abrumadora
mayoría de las bancadas del PRD y del Arnulfismo como
consecuencia del que he llamado síndrome de Alberto y
de Riley Puga en el Partido Arnulfista y en el PRD respectivamente-
las posibilidades de que Alberto corra por cualquiera de estos
dos partidos, particularmente del arnulfista como se ha especulado,
son aún más remotas.
Si
alguna candidatura tiene en este momento visos de tornarse fuerte,
es la de Vallarino, en la unión de 5 partidos pequeños,
sin los antecedentes de los dos grandes. Aquí hay más
ganancias políticas que en cualquier otra alternativa.
Sin embargo, cualquiera de los partidos chicos que se sustraiga
a apoyar la candidatura de Vallarino, puede hacer una diferencia
sustancial en su contra.
Una
gran incógnita en este sentido, es la Democracia Cristiana.
Si bien está comprometida en el Meta, que no debe verse
más que como un acuerdo en torno a la Asamblea Legislativa,
puede derivar en otra cosa. En sus filas hay una corriente importante
procurando cambios sustanciales dentro del PDC, pero por otro
lado, se necesitará un manejo de filigrana y seda por
parte del candidato de los pequeños para obtener una
nominación viable, sólida y coherente.
Una
conclusión es ya cierta, la candidatura de Alberto Vallarino
está en marcha.
El autor es abogado y fue magistrado del Tribunal Electoral