Panamá, 12 de abril de 2001
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De política

La evolución democrática de Alberto Vallarino

Ojalá que la decisión de Alberto Vallarino, de reasumir su protagonismo político, esté fundamentada en un compromiso democrático más profundo

Carlos Guevara Mann

En su discurso del 21 de marzo, Alberto Vallarino atinadamente destacó la necesidad de democratizar la política panameña, tanto en la esfera partidista como a nivel del Estado. El ex candidato habló de participación, de incorporación, de transparencia y de otros valores que, sin duda, son necesarios aplicar a la política para transformarla en la actividad pública que procure, mediante el gobierno del Estado, el bienestar de la colectividad.

Es de esperar que la atención que Alberto Vallarino dedicó al sistema democrático, sea indicio de una positiva evolución en su aproximación a este tema, producto de una más aguda comprensión de la naturaleza y fines del proceso electoral, así como del deber de los políticos de promover la democracia a través de sus declaraciones y actuaciones. Esta observación hace referencia a la renuencia del ex candidato Vallarino a asumir su derrota en las elecciones internas del Partido Arnulfista, en marzo de 1998, así como a la presentación de su candidatura presidencial, por los partidos Demócrata Cristiano, Liberal, Renovación Civilista y Nacionalista Popular, en enero de 1999.

En su momento, aquella decisión de Alberto Vallarino, basada en fundamentos conceptuales harto frágiles -como aquello de que perder la elección interna de un partido no lo descalificaba para presentarse en la elección general como candidato presidencial de otra agrupación- significó un retroceso en el desarrollo político del país.

Por una parte, negarse a admitir las consecuencias de un ejercicio, cuyas reglas se aceptaron con anterioridad, desvaloriza y menoscaba el propio ejercicio.

Por otra, pretender que la elección interna no guarda relación con la elección general equivale a proponer una concepción atomizada -y, por ello, equivocada y peligrosa- del proceso electoral. En el proceso de renovación de los poderes públicos, el éxito de cada una de las etapas posteriores depende de la transparencia, virtud y legalidad de las etapas anteriores, por lo que todos los eslabones de la cadena deben ajustarse a ciertas normas básicas de justicia y transparencia.

Tal cual lo indica el renombrado académico Robert Dahl en La democracia y sus críticos -cuya lectura podría contribuir al progreso intelectual de muchos políticos criollos- el acatamiento de la voluntad de la mayoría es una de estas normas. Permitir, a quien perdió la elección primaria, presentarse a la elección general implica un desconocimiento de la regla mayoritaria, pilar del régimen democrático, del que Alberto Vallarino se ha declarado partidario en su discurso del 21 de marzo.

En Estados Unidos, donde se introdujo el sistema de elecciones internas en 1912, varias legislaciones estatales prohíben la candidatura, por otra agrupación, de quien perdió una primaria. Conocida como Sore Loser Law o “Ley contra malos perdedores”, la disposición aspira a promover la vigencia del sistema democrático y salvaguardar la integridad de los partidos, objetivos que el Estado y los políticos deben impulsar.

Ojalá, pues, que la decisión de Alberto Vallarino de reasumir su protagonismo político esté fundamentada en un compromiso democrático más profundo y sensible a las sutilezas del proceso electoral, que muchos de los que aspiran a la confianza pública aún no logran entender.


El autor es consultor político y financiero y miembro del Partido Arnulfista


Especulando sobre el 2004

Alberto Vallarino está ya en campaña, sin los inconvenientes de tener que mantener unido a un partido que no tiene

Guillermo Márquez Amado

Quizás resulte algo temprano para hablar de la futura campaña política, pero serán los hechos que comiencen a darse desde ahora los que permitirán perfilarse como candidatos a quienes aspiren a cargos de elección.

Por lo pronto, luce bastante claro que dos conocidos políticos del PRD tienen interés en ser postulados: Martín Torrijos y Juan Carlos Navarro, quienes por el momento se dedican a atraer la mayor simpatía posible de sus copartidarios con miras a sus respectivas postulaciones, procurando mantener la cohesión del partido que a ratos parece acusar recibo de las expresiones altisonantes de los adláteres de quien se percibe como el tutor de Juan Carlos.

El Partido Arnulfista, si bien no tiene miembros que desde ahora hayan expresado abiertamente sus pretensiones, también tiene aspirantes que se dejan ver entre líneas. Las expectativas insatisfechas, la carencia de efectividad en su ejercicio como principal responsable actual de la gestión de gobierno y una creciente ola de imputaciones de corrupción que toca y hasta quema a allegados del Gobierno, sin que se vean medidas disuasivas contundentes, tienen desencantada a la población. Estos serán los mayores inconvenientes a ser superados por quienes se lancen a la carrera por la presidencia.

Por su parte, Alberto Vallarino está ya en campaña, sin los inconvenientes de tener que mantener unido a un partido que no tiene. En su lugar son varios -hasta cinco- los partidos que necesitan un candidato, en torno al cual unirse. Tampoco tiene los lodos que trae consigo la corrupción, ni las expectativas insatisfechas, ni la falta de efectividad en su gestión. Estos males solo aquejan a quienes han ejercido el gobierno, principalmente en cabeza de los dos más grandes partidos políticos con raíces que se extienden hasta las últimas tres quintas partes del siglo pasado y lo que va de este.

Si consideramos, además, que podría aprobarse en la Asamblea Legislativa una reforma electoral que prohíbe a los candidatos que pierdan en primarias de un partido, volver a correr por otro -propuesta que parece contar con la abrumadora mayoría de las bancadas del PRD y del Arnulfismo como consecuencia del que he llamado síndrome de Alberto y de Riley Puga en el Partido Arnulfista y en el PRD respectivamente- las posibilidades de que Alberto corra por cualquiera de estos dos partidos, particularmente del arnulfista como se ha especulado, son aún más remotas.

Si alguna candidatura tiene en este momento visos de tornarse fuerte, es la de Vallarino, en la unión de 5 partidos pequeños, sin los antecedentes de los dos grandes. Aquí hay más ganancias políticas que en cualquier otra alternativa. Sin embargo, cualquiera de los partidos chicos que se sustraiga a apoyar la candidatura de Vallarino, puede hacer una diferencia sustancial en su contra.

Una gran incógnita en este sentido, es la Democracia Cristiana. Si bien está comprometida en el Meta, que no debe verse más que como un acuerdo en torno a la Asamblea Legislativa, puede derivar en otra cosa. En sus filas hay una corriente importante procurando cambios sustanciales dentro del PDC, pero por otro lado, se necesitará un manejo de filigrana y seda por parte del candidato de los pequeños para obtener una nominación viable, sólida y coherente.

Una conclusión es ya cierta, la candidatura de Alberto Vallarino está en marcha.


El autor es abogado y fue magistrado del Tribunal Electoral

 
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