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Si
el Gobierno cumple con su papel al promulgar el rumbo
social de su gestión y vela porque el marco jurídico y
político enrumbe a ello, y los empresarios aceptan que
de manera complementaria y no por oposición es que pueden
lograrse resultados de un auténtico beneficio, no nos
explicamos porqué subsiste la pobreza y la marginación
de tantos. Una respuesta que puede ensayarse es la de
que como sociedad estamos ante la ausencia de una máxima
ética para el verdadero desarrollo y, en consecuencia,
los actos carecen de fundamentación aunque respondan a
la más buena de las intenciones. Cuando el Estado deja
de ser un espacio social para promover la conducta virtuosa
y que como se ha señalado, esta no es otra que la solidaridad,
no queda más regla que la del provecho propio traducido
en una censurable rapacidad. Garantizar las condiciones
de la vida humana es tarea de la economía y hemos de hacer
de ello un principio que no acepta negociación. La economía
no es un espacio vacío a la moral y quienes tienen el
encargo de definirla no pueden ignorarlo. Aceptarlo alimentará
la tan necesaria ética de la responsabilidad y nos permitirá
superar la conveniente caridad. Obras son amores y no
buenas razones.
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