Panamá, 12 de abril de 2001
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Si el Gobierno cumple con su papel al promulgar el rumbo social de su gestión y vela porque el marco jurídico y político enrumbe a ello, y los empresarios aceptan que de manera complementaria y no por oposición es que pueden lograrse resultados de un auténtico beneficio, no nos explicamos porqué subsiste la pobreza y la marginación de tantos. Una respuesta que puede ensayarse es la de que como sociedad estamos ante la ausencia de una máxima ética para el verdadero desarrollo y, en consecuencia, los actos carecen de fundamentación aunque respondan a la más buena de las intenciones. Cuando el Estado deja de ser un espacio social para promover la conducta virtuosa y que como se ha señalado, esta no es otra que la solidaridad, no queda más regla que la del provecho propio traducido en una censurable rapacidad. Garantizar las condiciones de la vida humana es tarea de la economía y hemos de hacer de ello un principio que no acepta negociación. La economía no es un espacio vacío a la moral y quienes tienen el encargo de definirla no pueden ignorarlo. Aceptarlo alimentará la tan necesaria ética de la responsabilidad y nos permitirá superar la conveniente caridad. Obras son amores y no buenas razones.

 
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