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De política
Las pugnas
internas de los partidos
Las
pugnas internas de los partidos obedecen más a intereses
personales y de grupos
Oydén
Ortega Durán
La verdadera
democracia supone la confrontación de ideas y opiniones.
Siendo nuestras sociedades plurales y estando los partidos políticos
ligados a la aparición de formas colectivas de participación,
tales como el Parlamento, la integración de los partidos
debe ser igualmente plural. La palabra partido viene
del latín pars que significa parte o partidario; o sea,
partidario de algo en común o identificación con
una idea.
Con el correr
del tiempo, los partidos han ido dejando de lado sus fines generales
y no se les ve como verdaderos intermediarios entre los intereses
nacionales y los gobiernos. De allí que las pugnas internas
de los partidos obedezcan más a intereses personales y
de grupos que a la necesidad de lograr una organización
política que, sobre bases programáticas, contribuya
al desarrollo de los fines del Estado en beneficio de las mayorías
y el interés general.
No toda pugna
o debate interno en los partidos debe merecer la crítica
de los ciudadanos. Lo lamentable es que estas pugnas se produzcan
para hacer prevalecer intereses personales o de grupos.
No nos parece
conveniente que en el PRD se repitan constantemente recriminaciones
mutuas entre personas integrantes de este mismo colectivo político,
sin propuestas de fondo; sobre todo, cuando este partido está
trabajando para realizar un Congreso Nacional en julio próximo,
con un carácter programático, lo que permitirá
debatir sobre su línea ideológica y la reforma de
su Declaración de Principios y Estatutos.
Igualmente,
es evidente que la reciente disputa interna dentro del PDC tampoco
tuvo como motivación intereses nacionales.
Reiteramos:
no nos oponemos al debate interno en los partidos; creemos que
tal hecho mejora la democracia interna de los mismos, más
aun si se respeta el derecho a disentir. Pero, muchos de los que
plantean cambios en los partidos lo hacen para cambiar a quienes
los dirigen y no para cambiar el funcionamiento y estructura de
los mismos.
Si algo bueno
tiene el financiamiento de los partidos por el Estado, es que
no necesariamente deba buscarse a sus dirigentes entre personas
que puedan financiarlos. Este comportamiento es muy propio de
los Partidos de Cuadros, en los cuales, según
el sociólogo francés Maurice Duverger, se confiere
una influencia moral por la calidad de los miembros o a causa
de los recursos económicos que se tengan.
Insistimos
en que los partidos deben reflejar la necesidad de participación
y responder al interés nacional, independientemente de
quien gobierna.
El autor
es abogado, docente y miembro del PRD
Amenaza
de muerte
No
pueden haber verdaderos combates de idearios y principios en el
seno de estructuras partidistas que no se definen a sí
mismas ideológicamente
Sabrina
Bacal
La última
expresión de la pugna existente dentro del PRD, nos llegó
en forma de amenaza de muerte. Para que no olvidemos su candente
imaginación, el H.L. Miguel Bush nos advirtió recientemente
que a Martín Torrijos lo quieren desaparecer de la
faz de la tierra. Tras las requeridas explicaciones sobre
el carácter metafórico de la aseveración,
ha quedado claro que, aunque la misma distó mucho de ser
una revelación fidedigna de los recursos que piensan utilizar
los adversarios internos del hijo del desaparecido general, sí
fue una buena manifestación del grado de desprecio que
existe entre- por llamarlos de alguna forma- toristas
y martinistas.
El hecho de
que las facciones, tomen en mi escrito, el nombre de sus líderes
más visibles, no es producto de la improvisación.
Después de todo, este distanciamiento tiene suficiente
tiempo de haberse evidenciado, como para que tantos comentaristas,
periodistas o analistas no le hallan asignado categorías
más apropiadas. La razón para que los grupos carguen
con nombre y apellido, tiene que ver, más bien, con su
propia naturaleza. No solo la de los toristas y martinistas,
también la de los albertistas, mireyistas,
o cualquiera otra división interna que ocurra en los partidos
políticos panameños. Se debe recurrir a los nombres
propios cuando no hay explicaciones ideológicas que justifiquen
el enfrentamiento dentro de un partido político. Y, claro
está, no pueden haber verdaderos combates de idearios y
principios en el seno de estructuras partidistas que no se definen
a sí mismas ideológicamente.
Se dirá
que los nombres y apellidos han dejado su huella también
en los dos grandes partidos del Panamá contemporáneo:
el arnulfismo y el torrijismo. Ese fenómeno,
de equiparación de ciertas doctrinas políticas y
ciertas misiones nacionales con la figura de un solo hombre, es
probablemente uno de los fundamentos de la ausencia de parámetros
ideológicos en la actualidad. No estamos, pues, ante más
de lo mismo, más bien somos testigos de su natural
evolución en un mundo, en el que es cada vez más
difícil diferenciarse ideológicamente.
¿Qué
define entonces a pugnas como las de los toristas
y los martinistas? Pues, elementos que siempre han
estado y seguirán estando cerca del poder político:
las rivalidades personales, las ansias de poder, la imposibilidad
de remunerar igualitariamente el esfuerzo de todos los prosélitos,
la disconformidad de algunos con el statu-quo, la oposición
de otros al cambio. Sentimientos humanos, al fin y al cabo, que
se dan en todo tipo de agrupaciones.
La diferencia
es que en un sistema político, donde los partidos son verdaderos
interlocutores entre el Estado y la sociedad civil, esas emociones
de índole privada se ven supeditadas a cuestiones de carácter
público. Los sentimientos existen, sin lugar a dudas, pero
no es legítimo andar haciendo alarde de ellos, sin enseñar
una razón ideológica, programática o de principios
que los justifique.
La pugna interna
del PRD, aunque lejana de albergar esa clase de causalidad ideológica,
es sintomática de un proceso de democratización
dentro de esa colectividad política. El enfrentamiento
surgió en el ambiente de conmoción, que trajo consigo
la necesaria adaptación a la democracia de una estructura
partidista creada para ejercer el poder en tiempos dictatoriales.
Para que su transformación continúe siendo exitosa,
el partido político con mayor número de adherentes
del país deberá comprometerse con planteamientos
ideológicos actuales, viables y alejados de la demagogia.
Esa necesidad de cambio se aplica de igual manera a las otras
colectividades políticas del país. Si no asumen
el reto, podrían ser ellas las llamadas a enfrentar una
verdadera amenaza de muerte.
Especial para La Prensa
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