Panamá, 29 de marzo de 2001
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De política

Las pugnas internas de los partidos

Las pugnas internas de los partidos obedecen más a intereses personales y de grupos

Oydén Ortega Durán

La verdadera democracia supone la confrontación de ideas y opiniones. Siendo nuestras sociedades plurales y estando los partidos políticos ligados a la aparición de formas colectivas de participación, tales como el Parlamento, la integración de los partidos debe ser igualmente plural. La palabra “partido” viene del latín pars que significa parte o partidario; o sea, partidario de algo en común o identificación con una idea.

Con el correr del tiempo, los partidos han ido dejando de lado sus fines generales y no se les ve como verdaderos intermediarios entre los intereses nacionales y los gobiernos. De allí que las pugnas internas de los partidos obedezcan más a intereses personales y de grupos que a la necesidad de lograr una organización política que, sobre bases programáticas, contribuya al desarrollo de los fines del Estado en beneficio de las mayorías y el interés general.

No toda pugna o debate interno en los partidos debe merecer la crítica de los ciudadanos. Lo lamentable es que estas pugnas se produzcan para hacer prevalecer intereses personales o de grupos.

No nos parece conveniente que en el PRD se repitan constantemente recriminaciones mutuas entre personas integrantes de este mismo colectivo político, sin propuestas de fondo; sobre todo, cuando este partido está trabajando para realizar un Congreso Nacional en julio próximo, con un carácter programático, lo que permitirá debatir sobre su línea ideológica y la reforma de su Declaración de Principios y Estatutos.

Igualmente, es evidente que la reciente disputa interna dentro del PDC tampoco tuvo como motivación intereses nacionales.

Reiteramos: no nos oponemos al debate interno en los partidos; creemos que tal hecho mejora la democracia interna de los mismos, más aun si se respeta el derecho a disentir. Pero, muchos de los que plantean cambios en los partidos lo hacen para cambiar a quienes los dirigen y no para cambiar el funcionamiento y estructura de los mismos.

Si algo bueno tiene el financiamiento de los partidos por el Estado, es que no necesariamente deba buscarse a sus dirigentes entre personas que puedan financiarlos. Este comportamiento es muy propio de los “Partidos de Cuadros”, en los cuales, según el sociólogo francés Maurice Duverger, se confiere una influencia moral por la calidad de los miembros o a causa de los recursos económicos que se tengan.

Insistimos en que los partidos deben reflejar la necesidad de participación y responder al interés nacional, independientemente de quien gobierna.

El autor es abogado, docente y miembro del PRD


Amenaza de muerte

No pueden haber verdaderos combates de idearios y principios en el seno de estructuras partidistas que no se definen a sí mismas ideológicamente

Sabrina Bacal

La última expresión de la pugna existente dentro del PRD, nos llegó en forma de amenaza de muerte. Para que no olvidemos su candente imaginación, el H.L. Miguel Bush nos advirtió recientemente que a Martín Torrijos “lo quieren desaparecer de la faz de la tierra”. Tras las requeridas explicaciones sobre el carácter metafórico de la aseveración, ha quedado claro que, aunque la misma distó mucho de ser una revelación fidedigna de los recursos que piensan utilizar los adversarios internos del hijo del desaparecido general, sí fue una buena manifestación del grado de desprecio que existe entre- por llamarlos de alguna forma- “toristas” y “martinistas”.

El hecho de que las facciones, tomen en mi escrito, el nombre de sus líderes más visibles, no es producto de la improvisación. Después de todo, este distanciamiento tiene suficiente tiempo de haberse evidenciado, como para que tantos comentaristas, periodistas o analistas no le hallan asignado categorías más apropiadas. La razón para que los grupos carguen con nombre y apellido, tiene que ver, más bien, con su propia naturaleza. No solo la de los “toristas” y “martinistas”, también la de los “albertistas”, “mireyistas”, o cualquiera otra división interna que ocurra en los partidos políticos panameños. Se debe recurrir a los nombres propios cuando no hay explicaciones ideológicas que justifiquen el enfrentamiento dentro de un partido político. Y, claro está, no pueden haber verdaderos combates de idearios y principios en el seno de estructuras partidistas que no se definen a sí mismas ideológicamente.

Se dirá que los nombres y apellidos han dejado su huella también en los dos grandes partidos del Panamá contemporáneo: “el arnulfismo” y el “torrijismo”. Ese fenómeno, de equiparación de ciertas doctrinas políticas y ciertas misiones nacionales con la figura de un solo hombre, es probablemente uno de los fundamentos de la ausencia de parámetros ideológicos en la actualidad. No estamos, pues, ante “más de lo mismo”, más bien somos testigos de su natural evolución en un mundo, en el que es cada vez más difícil diferenciarse ideológicamente.

¿Qué define entonces a pugnas como las de los “toristas” y los “martinistas”? Pues, elementos que siempre han estado y seguirán estando cerca del poder político: las rivalidades personales, las ansias de poder, la imposibilidad de remunerar igualitariamente el esfuerzo de todos los prosélitos, la disconformidad de algunos con el statu-quo, la oposición de otros al cambio. Sentimientos humanos, al fin y al cabo, que se dan en todo tipo de agrupaciones.

La diferencia es que en un sistema político, donde los partidos son verdaderos interlocutores entre el Estado y la sociedad civil, esas emociones de índole privada se ven supeditadas a cuestiones de carácter público. Los sentimientos existen, sin lugar a dudas, pero no es legítimo andar haciendo alarde de ellos, sin enseñar una razón ideológica, programática o de principios que los justifique.

La pugna interna del PRD, aunque lejana de albergar esa clase de causalidad ideológica, es sintomática de un proceso de democratización dentro de esa colectividad política. El enfrentamiento surgió en el ambiente de conmoción, que trajo consigo la necesaria adaptación a la democracia de una estructura partidista creada para ejercer el poder en tiempos dictatoriales. Para que su transformación continúe siendo exitosa, el partido político con mayor número de adherentes del país deberá comprometerse con planteamientos ideológicos actuales, viables y alejados de la demagogia. Esa necesidad de cambio se aplica de igual manera a las otras colectividades políticas del país. Si no asumen el reto, podrían ser ellas las llamadas a enfrentar una verdadera amenaza de muerte.


Especial para La Prensa

 
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