Sobre tumbas, verdades e infamias
Tenemos derecho a conocer la verdad aunque queden algunas estatuas sin pedestal
Rubén M. Castillo G.
El mundo que sufrimos se gestó con precisión celestial. Dios creó el Universo a partir de la idea de que el hombre lo dominara para que la raza humana viviera, armónicamente, con la naturaleza. El hombre, ser imperfecto y en ocasiones vil, le pagó al Ser Supremo con la instauración del ejercicio de la mentira y el ocultamiento de la verdad.
Adán y Eva, Caín y Abel, iniciaron el largo calvario de la especie humana al evidenciar que su estirpe no podía vivir sin las miserias que surgen como consecuencia del egoísmo, la hipocresía y la pasión por el poder.
A partir de los antecedentes referidos, la humanidad ha transitado por los caminos de la iniquidad. Millares de seres humanos han padecido el ejercicio ilegítimo del poder, sin que se hayan ahorrado dolores y tristezas.
Parece que las malas conciencias le dan veracidad a la expresión que indica que el ser humano nace bueno y la realidad cotidiana lo corrompe.
Sin lugar a dudas, el poder es el eje de todos los abusos, si no existe, claramente definida, una real y contundente separación del ejercicio del mismo. Lo anterior nos indica que la democracia solo es viable si el poder se limita y si los valores que nos permiten asociarnos, no se olvidan.
Resulta evidente que los regímenes de excepción, que rompen el esquema de la pluralidad, producen el ocultamiento de la verdad y la distorsión de los valores que sirven de cordón umbilical de toda sociedad. Lo absurdo del poder desmedido está representado por la lucha frenética para ocultar la verdad, sobre la base de principios que se imponen a sangre y fuego.
En la Alemania nazi, el delirio y la estupidez prometieron un milenio de supremacía aria. La propaganda fascista arremetió contra todo lo que se le oponía, y a partir de un pensamiento irracional, le declaró la guerra al mundo.
Los demenciales procesos de Moscú demostraron cómo la mentira oficial liquidó a los propios hijos de la Revolución Bolchevique, imponiéndole al conjunto de la sociedad una verdad que no era fruto del consenso, sino de la deformación de las realidades.
Resulta impactante el testimonio de Bujarin, teórico de la Revolución Rusa, quien a través de su esposa, pudo describir la verdad de un régimen huérfano de temperamento democrático. Bujarin, dramáticamente, le pidió a su esposa que memorizara su testamento político, con la convicción de que algún día la verdad limpiaría su nombre. La verdad, hasta entonces confundida con el mísero pensamiento de un dictador, pudo resurgir, y, a través del célebre XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, se reveló el drama y comenzó un proceso de rehabilitación de aquellos que fueron presa de la ferocidad del régimen staliniano. El descubrimiento de la verdad permitió, a la postre, que cayera el ignominioso muro de Berlín y que se abatiera, definitivamente, el absurdo culto a la personalidad.
Nuestra América no se liberó de las garras de la demencia convertida en poder. Las décadas de los 60 y 70 nos trajeron el equipaje dramático de las dictaduras militares.
En Argentina y Chile, por ejemplo, los ejércitos se erigieron en supuestos salvadores de sus sociedades y, cuales modernos Torquemadas, decidieron que su visión de la vida debía ser profesada por todos los ciudadanos, conculcando el derecho al disenso y el derecho a existir. Nuevamente la conciencia de la verdad pudo sobrevivir a los avatares del tiempo y, hoy, podemos regocijarnos con el hecho de que los culpables comienzan, tímidamente, a pagar por sus desafueros.
La verdad histórica, como resultado de la lucha de millones de personas que la buscan, surge luego de un doloroso proceso que se asienta sobre valores. ¿Quién puede honrar la conciencia humana si conculca el derecho a discutir? ¿Quién puede erigirse en salvador de los pueblos, si irrespeta la vida y los principios básicos de la sociedad plural?
La verdad no ofende, sino que dignifica a los que luchan por descubrirla y genera las bases para un mundo más equilibrado.
Cuando se descubrió que el presidente chileno Salvador Allende no fue asesinado, sino que se suicidó, ello no demeritó el sacrificio de alguien que, equivocado o no, actuó con arreglo a su conciencia y a lo que él consideraba su deber, tal como lo señaló el ex presidente Patricio Aylwin, a propósito del sepelio oficial de aquél. Así las cosas, la verdad no fue un baldón para sus seguidores, sino la expresión cierta de un hecho que no debía ser falsificado, aunque tal conducta resultara importante para oponerse al régimen militar.
En Panamá, también se abre un espacio para la verdad. Espíritus subalternos con el alma arrugada y el corazón desértico, con la “conciencia limpia porque nunca la usaron”, creen que abrir la historia no conduce a nada bueno, ignorando que la verdad descubierta se convierte en lección permanente para que hechos irracionales no vuelvan a ocurrir y para que no exista ningún panameño que no tenga un lugar cierto para llorar a sus muertos.
La verdad puede ser irreverente si descubrimos que la historia se falsificó y que ciertos personajes la recorrieron ocultando sus vicios y pasiones, y que el engaño colectivo nos hizo ponerles lámparas votivas a ídolos de barro. A fin de cuentas, ello no importa; hoy tenemos derecho a conocer la verdad aunque queden algunas estatuas sin pedestal.
El autor es abogado
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