Presentación
Tradicionalmente, a los militares que en el pasado derrocaban gobiernos constitucionales con una ganzúa en una mano como diría Unamuno para saquear la hacienda pública y con un garrote en la otra para descalabrar a todo el que protestara contra sus raterías, les pasaba una de dos cosas: o que un levantamiento popular obligara a sus camaradas de cuartel a sacarlo del poder y a enviarlo a un exilio dorado generalmente a Europa donde podía disfrutar a gusto de los millones hurtados, o que fuerzas extrañas intervinieran para deshacerse de él, porque su presencia en el mando supremo embarazaba a una potencia o a una corriente política. Esto ocurrió con García Meza y con Noriega, quienes habían puesto todo el aparato de sus respectivos estados al servicio de las drogas. Hasta la propia Revolución mexicana envió a Porfirio Díaz en un tren cómodo y bien protegido por los propios soldados revolucionarios a un puerto desde el que embarcó para Europa, donde vivió como Rosas lujosamente, con el producto de sus bienes malhabidos, hasta su muerte. Por desgracia, don Porfirio dejó simiente en México y una cultura de la corrupción, y los revolucionarios llegaron al poder provistos no de una ganzúa, sino de una nueva fórmula mágica para desvalijar a su Nación sin que los castigaran.
Otra historia que, como los cuentos para dormir niños, se repetía sin fin: los militares asaltaban el poder en los períodos de bonanza económica; cuando habían arruinado al país, llamaban a los civiles para que arreglaran lo que ellos habían destrozado. Cuando la economía estaba de nuevo en auge, los gorilas volvían a golpear. Esto contenía la mano de los militares para evitar las represiones en gran escala, la soluciones finales criollas que harían imposible la conveniente alternación. Semejante técnica de llamar a los civiles para que repusieran lo que ellos habían malbaratado, funcionó durante muchos años. Es cierto que encarcelaban, torturaban y exiliaban a sus adversarios políticos y a algunos gorilas, excepcionalmente brutos, se les iba la mano y despachaban al otro mundo a los más molestos; pero jamás, como lo observó un comentarista muy inteligente, fueron tan lejos como para que no pudieran devolver el poder sin miedo a que los juzgaran y castigaran por sus crímenes. Dejaban puentes tendidos entre ellos y los civiles.
Cuando el binomio Isabel Perón-López Rega fue derrocado, apareció en el continente un fenómeno político de especie nueva. Grupos de ultras, tan amantes de la violencia como sus enemigos fascistas, se entregaron a una saturnal de terrorismo, que sirvió como pretexto ideal para que los militares en el poder, que andaban todos mal de la cabeza, desataran una sangrienta orgía de represión. Represión indiscriminada, irracional porque no se dirigía contra los verdaderos terroristas, sino contra la población general. Adolescentes sospechosos de haber leído a Marx desaparecían para siempre en los centros de tortura y muerte, camino que era seguido después por padres, abuelos y hasta parientes lejanos. A otros les allanaban las casas simplemente para robarles sus bienes incunables, cuadros de autores famosos, joyas familiares, cuentas bancarias, porque, además de asesinos, resultaron todos ladrones vulgares. El poder judicial simplemente desapareció, o muchos de sus miembros como aquí en Panamá se pusieron incondicionalmente a las órdenes de los forajidos que gobernaban el país. No había a quién recurrir en busca de amparo, porque la Iglesia con raras y muy honrosas excepciones, olvidando el apotegma del cardenal Sim (La Iglesia que se casa con una dictadura, es viuda de las futuras generaciones) optó por guardar un silencio cómplice. Como, por un proceso que nadie ha explicado satisfactoriamente, todos los criminales encharretados se convierten en viejas moralistas, llegaron al extremo ridículo de censurar y prohibir la exhibición de películas y obras de teatro, cuadros y óperas que atentaran contra la moral. El colmo: les bajaban las faldas a las mujeres que sus novios y modistas querían levantarles.
Todo terminó cuando estos fronterizos se embarcaron en la aventura insensata de Las Malvinas, donde fueron ignominiosamente derrotados por el piorreico imperialismo británico. Cuando retornó la democracia a Argentina, el presidente Alfonsín, acuciado por los gritos y protestas de las madres de la Plaza de Mayo (uno de los mayores crímenes de los militares fue arrebatarles a las mujeres sospechosas sus hijos recién nacidos para venderlos en el mercado negro de adopciones) y presionado por una clamorosa corriente de opinión pública, nombró una comisión investigadora imparcial de los desaparecidos, comisión que encabezó el gran escritor Ernesto Sábato. Quien quiera conocer los detalles de este descenso a los infiernos, que lea el escalofriante informe Nunca más
Ahora bien, un tribunal condenó a los grandes culpables y todos quedaron en la cárcel; pero cuando regresaron al poder los peronistas, Menem que también fue torturado los indultó a todos, con el pretexto de la reconciliación nacional. Las cosas parecían ir muy bien para los asesinos, hasta que a la justicia española se le ocurrió exigir el castigo de los culpables de haber matado a ciudadanos españoles y hasta monjas de esa nacionalidad. Simultáneamente o quizás un poco antes un capitán naval habló por televisión jactándose de los horrores que él personalmente, por instrucciones de sus superiores, había cometido. Y las heridas, nunca bien cerradas, se abrieron de nuevo y comenzaron a manar una sangre purulenta que salpicó a los héroes del terror estatal. Y el caso quedó reabierto. Y ahí estamos.
Augusto Pinochet es lobo de la misma camada. El y sus conmilitones, no conformes con haber derrocado a un gobierno constitucional elegido por la mayoría del pueblo chileno, ni con exiliar a los cabecillas del allendismo, sembró un terror tan feroz y tan irracional como el de sus espantosos colegas argentinos. La irracionalidad multiplica muchas veces el miedo colectivo. Nadie sabe a quién le toca el turno después, ni por qué. ¿Por qué liquidan a un profesor de filología apolítico y dejan irse a un notorio organizador sindical o a un líder estudiantil maoísta? Lo cierto es que a menudo soldados escogidos entraban en los lugares donde tenían concentraciones de presos políticos, y señalando al azar como si fuera el dedo del Destino decían: Tú, tú y tú, vengan conmigo. Sus compañeros de concentración sabían lo que eso significaba: los iban a matar. Esta siniestra lotería centuplicaba el pavor. Todo esto sin contar los millares de presos políticos y los cientos de miles de chilenos los mejores hijos del país que tuvieron que marcharse al exilio para salvar el pellejo. Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre los casos de Argentina y Chile. En este último país la Iglesia católica se le enfrentó valientemente al régimen y logró salvar muchas vidas. Llegó a tener hasta una batería de abogados voluntarios, cuya única misión era rescatar desaparecidos o poner en libertad a seres humanos injustamente encarcelados.
En el suplemento que tienes en tus manos, lector amigo, podrás leer todo esto pormenorizadamente. Consiste en la recopilación de algunos horrores ya publicados en el informe que la Comisión Investigadora rindió al Gobierno chileno. Pero tiene, además, una gran originalidad, que es su verdadera contribución a esta antología del espanto, y que forma el grueso del suplemento. Los reporteros autores de él entrevistaron y grabaron numerosas entrevistas, nunca antes publicadas ni conocidas, de chilenos residentes en Panamá, chilenos que vinieron exiliados y que para suerte de nosotros se quedaron viviendo en Panamá. Estos testimonios de viva voz, nunca divulgados, constituyen una absoluta novedad, y nuestra verdadera contribución al escalerecimiento de una de las etapas más oscuras de la historia latinoamericana. Representan muchas horas de trabajo de periodistas que siempre están demasiado ocupados a la caza de noticias, y que tuvieron que robar horas preciosas al sueño y al descanso, para recoger el material de este suplemento y transcribirlo para beneficio de nuestros lectores y como aviso a todos los que vivimos en este hemisferio atormentado.
Unas palabras más ya para terminar. Antes los grandes monstruos Porfirio Díaz, Rosas, Batista, Pérez Jiménez, etc. vivían en Europa sin que nadie los molestara, disfrutando sus fortunas malhabidas, en calidad de huéspedes de honor de regímenes que se llaman democráticos. Con Pinochet han hecho un penoso descubrimiento. El mundo civilizado ya no está para celebrar sus crímenes todos imprescriptibles, inolvidables e imperdonables y payasadas. Y ya ni el pasaporte diplomático les sirve de escudo contra la justicia, ni a nadie le importa un comino que disfruten de inmunidad parlamentaria en sus países. De ahora en adelante, tendrán que tragarse sus fortunas en mansiones perdidas en la inmensidad argentina o traspuestas en la así llamada loca geografía de Chile. Y este descubrimiento, que les amargará los años que les quedan sobre la tierra, bien vale un Perú.