Exiliados chilenos en panamá narran su tragedia

Manolo Alvarez Cedeño
De La Prensa


Los chilenos exiliados en Panamá no olvidan, porque no lo pueden hacer, el olor a muerte, la desesperación, el horror de la picana eléctrica en los testículos de muchos y en los genitales de muchas, la muerte misma, los huesos resquebrajados de sus connacionales, el tableteo de las ametralladoras en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, las mujeres violadas o manoseadas, las oscuras capuchas de la tortura y el dedo acusador que indicaba el turno del próximo que sería fusilado.

 

Jorge Osses Maria Elena Osses Sergio Vergara

Y aunque el tiempo transcurra lentamente o de manera rápida, sus horrorosos recuerdos jamás se irán, porque ellos, al igual que todas las víctimas de la ‘‘era Pinochet’’, se han convertido en testimonios vivientes de lo que la sevicia puede hacer en contra del género humano.

Lo que sucede es que aunque han pasado 25 años del golpe militar en Chile, los que sufrieron en carne propia los horrores de una guerra sucia, aún sienten en los poros de su piel el temor que el recuerdo de la tragedia les trae, ya que muchos sienten que a pesar del tiempo transcurrido, ‘‘continúa intacto el aparato de tortura’’ que sustentó a Pinochet.

Las historias hay que contarlas para que el presente invoque al pasado, a fin de que el futuro se convierta en cauteloso guardián de los derechos humanos.

Siempre hay que contar lo sucedido; hay que hablar de los muertos, que nunca caen por el gusto, de los fusilados y mutilados, de las mujeres que perdieron a sus maridos y de los hijos que nunca volvieron a ver a sus padres.

Claro que sí; hay que contarlo todo, porque todo tiene que salir para que el futuro se convierta en el fiero y celoso guardián que impida que el nefasto pasado intente tragarse nuevamente la vida.

Por esa razón, los chilenos exiliados en Panamá abrieron las cajas de sus recuerdos, para que se sepa con fidelidad hasta dónde el amor te hace resistir los más crueles tratos y torturas, y hasta dónde, también, el dolor te hace gritar con todas las fuerzas de tu alma, ‘‘mátenme por favor, para acabar de una vez con todo esto’’.

El cuerpo de Ropert apareció

destrozado en el río Mapocho

Juan Galáz, que ahora tiene 50 años, estuvo detenido en Tres Alamos. Jardinero de profesión, era militante del Partido Socialista, en la comuna Los Condes, en Lobanechea.

‘‘Cuando supimos lo del golpe nos reunimos con unos amigos, entre ellos Enrique Ropert Contreras, quien era hijo de Mirian Contreras, conocida como ‘La Payita’. Ella era secretaria del presidente Salvador Allende’’, dijo Galáz.

Luego de la reunión, Ropert Contreras se dirigió al Palacio de la Moneda, pero ‘‘cuatro días después su cuerpo apareció en el lecho del río Mapocho’’, dijo Galáz.

El cuerpo de Ropert Contreras ‘‘que estaba junto con otros cadáveres, se encontraba totalmente destrozado y sus manos resquebrajadas’’.

Durante los días siguientes al golpe, Juan trató de evitar a los militares, porque ‘‘uno se acostaba en su casa, y a las doce de la noche llegaban los del ejército, cerraban toda una manzana, te metían en buses y te arrestaban’’.

Al principio Juan tuvo éxito, pero en octubre de 1973, recuerda que ‘‘estaba en mi casa, cuando de repente entraron, me colocaron una capucha y me dirigieron hasta la escuela militar, donde constantemente me preguntaban por Carlos Altamirano, quien era secretario general del PS’’.

De los Tres Alamos, lo trasladaron al campo de concentración de Chacabuco. Juan toma aire y deja que sus recuerdos fluyan hasta sus labios. Su mano izquierda fricciona repetidamente su frente. ‘‘Se burlaban de nosotros y me preguntaban por armas, cuyo paradero yo desconocía’’.

También recuerda que allí ‘‘los detenidos desfilábamos a punta de patadas entre una calle de honor. No recuerdo bien, pero creo que llegué a recibir 30 patadas’’.

Posteriormente, fue conducido al cuartel de Investigaciones, en el centro de Santiago de Chile, en la calle general Maquenas. Estuvo atado de pies y manos, mientras que un soldado lo mantenía contra el piso, pisándole con fuerza la cabeza.

Juan se levanta de su asiento, y camina un par de pasos, antes de indicar que ‘‘me llevaron a un subterráneo llamado La Patilla, en el que había cien personas, a pesar de que solo medía quince metros por quince metros’’.

Había dos baños, uno para hacer las necesidades y otro para beber agua, mientras que el agua ‘‘bajaba cada quince minutos’’.

‘‘A la gente la sacaban para interrogarla, pero cuando volvían estaban todos maltrechos y sangrantes. Lo de la noche era horroroso, porque a cada hora, a las 7, a las 8, a las 9, a las 10, pasaban a la celda haciendo ruidos para que uno no durmiera’’, sostiene.

Juan se sintió muy asustado, porque ‘‘no sabía lo que me iba a pasar, cuando al tercer día me volvieron a llamar para interrogarme. Los golpes que recibí en el estómago y las costillas me dejaron muy mal’’.

Dos días después fue liberado, pero la libertad le duró solamente 15 días, ya que los soldados se volvieron a aparecer en su casa para arrestarlo, cuando estaba en compañía de su cuñado, Manuel Tapia.

Desde lejos los vio venir y al cuarto de hora, su casa estaba rodeada por quince militares vestidos de civiles que tocaron la puerta con insistencia, y uno de ellos ‘‘me puso el cañón de su ametralladora en el cuello’’.

Empezaron a registrar la casa, ‘‘lo rompieron todo, porque buscaban libros de política. Hijo de puta, si no dices dónde está el compa Beto [Francisco Piraces] te matamos aquí mismo’’, le decían.

Luego de esto, fue llevado en un pick up hasta la calle Londres 38, a la sede del Partido Socialista en Santiago de Chile, donde lo introdujeron en una casa, le vendaron los ojos con cinta adhesiva y lo ataron a una silla.

‘‘Allí estuve ocho días amarrado a la silla sin comer ni beber absolutamente nada. Recuerdo que en ese lapso cayó arrestado el compañero Beto’’.

Tres días después, ‘‘nos montaron amarrados en un camión frigorífico que empezó a dar vueltas por todos lados, hasta que se detuvo en Tejos Verdes, donde nos dieron comida por primera vez, y posteriormente nos pasaron a unas cabinas de 3 metros de ancho por siete de largo. Allí había otras cuarenta personas’’.

Capucha, yugo y picana

eléctrica

Recuerda bien que allí estuvo 21 días, y que a los detenidos los sacaban encapuchados para interrogarlos, pero ‘‘apenas uno salía de esa celda lo agarraban por la capucha a la altura del cuello, y nos estrellaban la cabeza contra la puerta para abrirla de esa manera’’.

También recuerda que ‘‘nos ponían una especie de yugo en la nuca... todo eso lo tengo todavía en la mente’’.

‘‘Nos desnudaban y nos obligaban a acostarnos en mesas de aluminio, cuyas superficies estaban bien frías. Nuestras piernas y manos eran amarrados de una manera bien tensa; tan tenso estaba uno que todo el cuerpo como que se paralizaba’’.

Pero eso no era todo, porque luego venía lo otro: ‘‘nos colocaban electrodos en las muñecas, los tobillos y en el pene... entonces venían los choques eléctricos, seguidos de preguntas que no podíamos responder, porque desconocíamos sus respuestas’’, añadió.

Llovían ‘‘los golpes con una tabla, en las plantas de los pies, y el estómago, y mientras que un tipo decía, déle maestro, otro golpeaba con fuerza’’

‘‘Estuvimos seis días allí. La sesión de golpes empezaba a las 8:00 a.m. hasta las 6:00 p.m., el miedo nos hacía aguantar, pero siempre que uno los veía llegar [a los torturadores], todo el cuerpo le empezaba a temblar’’, dijo.

Al compañero Beto, que era un líder de la junta local, lo colgaron de los brazos, y por eso ‘‘estuvo mucho tiempo enfermo de los hombros, además de que constantemente sangraba por la nariz’’.

Un mes después fuimos trasladados al Estadio Nacional de Chile, que en ese tiempo ‘‘era de recuperación, porque ya no torturaban allí. Cuando llegué apenas pesaba 40 kilos, ya que me encontraba flaquito y lleno de pulgas que no me dejaban vivir’’, añadió.

Su víacrucis no terminó, porque un día fue trasladado a Chacabuco en el norte de Chile, donde estuvo once meses, hasta que fue devuelto a los Tres Alamos, y en 1974, cuando pensé ‘‘que todo estaba perdido, llegó la ayuda de Panamá’’.

Juan sostiene que ‘‘nunca se nos acusó de un cargo específico ni se nos llevó a juicio, ya que éramos detenidos por la Ley de Seguridad Interior del Estado’’

El asegura que Pinochet ‘‘no es el único culpable de todo lo sucedido, ya que también hay otras personas tan involucradas o más que él en la violación de los derechos humanos, como el general Manuel Contreras, que jefaturaba la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y el coronel Pedro Espinoza’’

También dijo que ‘‘hay momentos en que esos recuerdos me molestan, pero uno tiene que tratar de olvidar, porque de lo contrario uno se vuelve loco, por eso siento que ellos también tienen que pagar por los muertos y desaparecidos chilenos’’.

Solidaridad entre los

detenidos

Juan Galaz es otro exiliado que ha vivido en Panamá después del derrocamiento de Salvador Allende. El es otra de las personas que vivió los sufrimientos que nacen y mueren en una mazmorra.

Pero Galaz recuerda que a pesar de los momentos difíciles que se vivían en las prisiones y campos de concentración chilenas, la solidaridad entre los detenidos nunca dejó de existir, porque todos sabían que si perdían la capacidad de ayudarse mutuamente, sería como si la dictadura les hubiera robado sus almas.

‘‘Las camas en los campos de concentración se las cedíamos a los antiguos, los más viejos, los más enfermos y a las mujeres’’, sostiene al evocar aquella época.

A Yacaman Yoca le quemaron los dedos con cerillos

El odontólogo Jorge Yacamán Yoca llegó al Estadio Nacional de Chile con las manos ‘‘todas quemadas, y con restos de cerillos hundidos entre sus uñas. Tenía la cabeza rota en diez partes y profundas heridas en sus muñecas, porque lo habían atado con alambre’’, sostiene Galaz.

Porque lo vio ‘‘en tan malas condiciones’’, Galaz cree que Yacamán Yoca ‘‘nunca más pudo ejercer su profesión, ya que mientras estuvo en la prisión sus manos nunca dejaron de temblarle’’.

Galaz sostiene que ‘‘muchas personas fueron detenidas debido a falsas denuncias que hacían algunos vecinos resentidos’’.

Juan sostiene que ‘‘yo sueño todos los días con Chile, pero no he vuelto porque no tengo dinero para hacerlo’’.

Salir de Chile, la única opción de continuar con vida

Para Jorge Osses, quien actualmente tiene 51 años de edad, ‘‘el brazo del régimen de Pinochet continúa siendo muy largo, tan largo que en muchas ocasiones ha alcanzado a inocentes fuera de Chile’’.

Cuando el golpe militar, Jorge, que tenía 25 años, era un militante más del Partido Socialista (PS), y vivía en San Fernando, a 140 kilómetros de Santiago de Chile.

‘‘Mi testimonio no es absolutamente nada; no es nada espectacular porque estoy vivo para contarlo, pero recuerdo que el día 13 me capturó un militar cuando estaba en mi oficina, y luego me trasladó a un cuartel’’, recordó.

Al principio, a Jorge no le atribuyeron ningún cargo, pero luego le informaron que estaba acusado de ‘‘asociación ilícita’’, lo que ‘‘me pareció una contradicción, porque yo pertenecía a un partido legalmente constituido’’.

Estuvo 18 días incomunicado, sin que sus familiares supieran sobre su paradero, pero en prisión ‘‘recibía una constante ración de golpes, patadas y puñetazos, que aún no olvido’’.

Los días transcurrieron, al igual que los meses, y en abril de 1975, fue trasladado al campo de concentración de los Tres Alamos, en Santiago de Chile, donde enviaban a los que serían exiliados.

A Jorge le preguntaban por nombres de ‘‘compañeros del PS’’ y también le hablaban ‘‘pestes del compañero Allende’’, hasta que en septiembre de 1975, supo que viajaría a Panamá, con otros 109 chilenos, ‘‘gracias a la intervención del general Omar Torrijos’’

‘‘Nuestro deseo era salir de Chile, porque esa era nuestra única opción de vida, ya que sentíamos que en Panamá reconquistaríamos la libertad’’.

Pero también recordó el caso de ‘‘un amigo periodista, Archibaldo Morales, que dirigía el periódico El Guerrillero, y quien estuvo cien días incomunicado’’ en la cárcel pública de San Fernando, porque era considerado ‘‘una persona extremadamente peligrosa’’.

Un día ‘‘lo vi con vida y me contó que sería trasladado a una fiscalía, pero ‘‘nunca lo volví a ver con vida, porque en la tarde conocimos que había muerto y suponemos que sucumbió víctima de la tortura’’.

Muchos compañeros eran liberados, pero luego ‘‘nos enterábamos de que sus cuerpos aparecían sin vida, porque supuestamente habían muerto en enfrentamientos con los militares’’.

Para Jorge, Pinochet ‘‘es un obcecado que está convencido de que la Divina Providencia lo puso donde está’’.

Pero ‘‘yo no puedo perdonar a alguien, si no veo arrepentimiento en él, porque Chile necesita que esta gente reconozca los excesos que cometieron, ya que el país necesita que ellos digan dónde están los cuerpos de los miles de desaparecidos’’, aseguró.

Y es que Jorge sostiene que ‘‘esa es la única forma de que en Chile empiecen a cicatrizar las heridas que ha dejado la dictadura pinochetista’’.

Lo que pasó fue terrible

y doloroso

La señora Marta Castrejo (el nombre no es el verdadero porque ella lo solicitó así por temor), que actualmente tiene 54 años de edad, era militante del Partido Comunista, y cuando el golpe de Pinochet laboraba en el Instituto Pedagógico de la avenida Macul.

‘‘Lo que se vivió en Chile fue algo muy doloroso, y Allende prefirió enfrentarse solo al ejército demostrando así su valor y responsabilidad’’, sostiene.

Ella recuerda que lo sucedido en el Instituto Pedagógico ‘‘fue algo terrible’’, porque los militares entraron al lugar disparando sus armas sin ningún recato, y sin importar que allí había unas 600 personas’’.

Pero lo sucedido en el Estadio Nacional de Chile, también fue ‘‘horroroso’’, como el caso del asesinato del cantante Víctor Jara, quien murió a causa del impacto de 23 disparos, añadió.

Marta define a Pinochet como ‘‘un asesino y una persona solapada, cuyo enjuiciamiento es imprescindible’’, ya que ‘‘los desaparecidos son un enorme recuerdo, mucho más grande que el mismo país, y por eso no podemos olvidarlos’’.

El exiliado dejó de vivir muchas cosas en Chile

María Eugenia Horvit sostiene que su marido, Enrique París, fue asesinado en el Palacio de la Moneda.

‘‘Y desde que salí de Chile, yo prescindí de vivir muchas cosas, porque por ejemplo no pude estar en el sepelio de mi fallecido padre’’, dijo.

También dijo que en Panamá ‘‘hemos sido increíblemente bien acogidos, porque el general Omar Torrijos nos dio posibilidad de trabajo, estudio y salud, y eso hay que agradecerlo profundamente, ya que consideramos a Panamá como nuestra segunda patria’’

Horvit aseguró que ‘‘hay mil hechos tan duros de contar, que si los recopilas todos, entonces sale una verdadera monstruosidad, llena de muchas torturas físicas y psicológicas’’.

La mortandad empezó

mucho antes

María Ileana Oses tiene 66 años. Militaba en el Partido Comunista y vivía en el pueblo de Linares, donde en aquella época habitaban 40 mil personas.

Ella evoca los recuerdos del pasado, para asegurar que ‘‘lo terrible fue antes del golpe, porque la mortandad, el terror y el terrorismo empezaron antes el 30 de junio, cuando se dio la primera intentona de golpe, llamada el Tagnazo, lo que fue el primer aviso de lo que vendría, porque se colocaron bombas en las residencias de las personas afines al gobierno’’.

Pero a pesar de todo, cuando llegó el golpe, ‘‘fue una sorpresa trágica, porque no nos cabía en la cabeza lo que estaba sucediendo, ya que el ejército había prometido defender la democracia, y en ese momento estaban haciendo todo lo contrario’’, añadió.

María Ileana aprieta sus manos contra su pecho, para luego llevárselas a sus labios como queriendo represar los recuerdos convertidos en palabras que por fin desean ser oídas... que quieren salir para convertirse en testimonios de una tragedia que nunca debió suceder.

Y esas mismas manos agarran sus cabellos para tratar de olvidar lo que no se puede olvidar, porque el recuerdo sirve para alertar al mundo de que el fascismo está agazapado y esperando la mínima oportunidad para saltar contra su presa.

‘‘No me cabe en la cabeza [lo que pasó].. fue algo tan grave que todavía no se puede perdonar’’, sostiene María Ileana, mientras sus recuerdos se convierten en un torrente de reminiscencias.

Y es que son cascadas de recuerdos que bajan de sus ojos, que de repente se han convertido en dos lagos cuyas aguas no brillan, porque se han opacado como se apagó la vida de miles de chilenos.

‘‘¡Dios mío!; queremos perdonar pero no se puede... es que las torturas que sufrieron las víctimas... fue un sufrimiento inútil que vivió todo un pueblo... a muchos los arrodillaban y luego los mataban a sangre fría’’, exclamó.

Luego vino un brevísimo silencio, que se eternizó entre los que escuchábamos el testimonio. Ella pareció desvanecerse en el sillón donde estaba sentada, como si quisiera volatilizarse, para luego erguirse por la fuerza del recuerdo.

‘‘A mi esposo lo torturaron... sus oídos quedaron reventados por la picana eléctrica que le aplicaban en todas partes, en sus testículos, en todas partes, porque esos [torturadores] no eran seres humanos normales, y Pinochet es una bestia’’, indicó.

‘‘Cuando fui a ver a mi esposo que estaba detenido, tenía la espalda azul de los golpes que recibió. ¡Mi hijito! ¿Qué te han hecho? ¡Dios mío!, esto no tiene nombre’’, recuerda María Ileana que le dijo a su compañero.

Ahora María Ileana llora abiertamente, porque todos los sucesos se han agolpado en sus ojos.

‘‘No hay horror que no se haya cometido en contra de los detenidos, porque incluso conocemos de una compañera que no sabe de quién era su hijo, por los militares que cometieron tantas atrocidades... hasta ratas por el sexo y los senos le ponían a las mujeres’’, dijo María Ileana.

También dijo que antes del golpe ‘‘éramos ocho personas en la mesa: seis hijos y nosotros dos, pero eso ya no tiene vuelta, porque hasta allí llegó nuestra familia’’.

Para ella, ‘‘la destrucción del entorno familiar es lo más horroroso, porque ver a nuestros hijos que no conocen a sus parientes en Chile, eso es lo más terrible, porque se siente todos los días’’.

‘‘Eso no tiene perdón... Pinochet es el destructor número uno de la familia chilena’’, aseguró María Ileana.

La CIA planificó el golpe

Luis Muñoz militaba en el Partido Comunista. Vivía en Concepción del Sur de Chile, y asegura que la asonada fue planificada por la estadounidense Agencia Central de Inteligencia (CIA), que se gastó hasta once millones de dólares en su preparación.

Recuerda a Pinochet como ‘‘un hombre oscuro, que incluso tenía serios problemas para expresarse’’.

Muñoz tenía 24 años cuando el golpe, y sostiene que fue arrestado cuando su casa fue allanada por los militares que ‘‘estaban en todos lados, haciendo allanamientos’’.

El exiliado afirma que Pinochet ‘‘es un asesino que fue un instrumento de la CIA y de la burguesía chilena’’

También dijo que en aquella época ‘‘ser joven o extranjero era un peligro en Chile, porque enseguida te consideraban un subversivo sospechoso’’.

Una bayoneta debajo

del colchón

Contaba con 17 años cuando el golpe, pero no desea que se mencione su nombre, por lo que la llamaremos Icela Alvarez. Recuerda que su papá, que no tenía militancia política, fue arrestado porque un vecino le dijo a los militares que él tenía armas ocultas, lo que no era cierto.

‘‘Aquella noche, los soldados rodearon nuestra casa, y recuerdo bien que yo me hice la dormida, para que no me molestaran, pero de repente sentí cuando uno de ellos metió la bayoneta de su fusil debajo de mi colchón, y luego empujó con fuerza hacia arriba para que me levantara de la cama. ¡Levántate!, me dijo el militar’’, sostiene Icela.

Luego de eso, se llevaron a su padre ‘‘en una operación de rutina’’ según le dijeron, ‘‘pero pasaron siete meses y no sabíamos si él estaba vivo o muerto.

Finalmente lo liberaron, no sin antes pedirle disculpas, porque según le dijeron los militares, ‘‘se habían equivocado’’.

Icela recuerda que cuando su padre fue liberado, ‘‘se quedó una semana sin hablar, porque no quería decir lo que le sucedió’’, aunque después narró que ‘‘atado de pies y manos, le metieron la cabeza en un barrill lleno de excrementos’’.

Al principio no se apreciaba

la magnitud de lo sucedido

Sergio Vega era activista del Movimiento Acción Popular Unitaria Obrero Campesino (MAPO), y recuerda que cuando el golpe, celebraba el Día del Maestro ya que era profesor en un colegio agrícola de la provincia de Linares.

No fue detenido, porque antes de que allanaran el colegio, todos los que allí habían estado, lograron escapar.

Para Sergio, a los 19 años de edad, ‘‘uno no apreciaba toda la magnitud de lo sucedido con los desaparecidos, los muertos y los cementerios clandestinos’’.

Los riñones me los

destrozaron: Moreno

René Moreno tenía 32 años cuando la asonada, y a pesar de que no pertenecía a ningún partido, fue arrestado. Era el presidente del club de fútbol Benito Juárez.

‘‘Ahora la vas a pagar’’, le gritaron sus captores, que lo golpearon ‘‘hasta que me hicieron mear sangre por todo un mes, porque los riñones me los desbarataron’’, sostiene.

Estuvo detenido en una celda de la Comisaría de Maipu, en Santiago de Chile, donde había tanta gente junta, que ‘‘teníamos que dormir parados y hasta defecar de pie, porque no había espacio para nada, lo que era desastroso’’.

Moreno tampoco puede olvidar que colgado de una escalera, le introdujeron la cabeza en un barril de aguas sucias, a fin de que aceptara la culpabilidad de ‘‘un delito que no había cometido’’.

En Maipu fue testigo de la muerte ‘‘a palos de un ciudadano, que cada vez que se caía del dolor, se levantaba gritando: Viva Salvador Allende. Nunca supe su nombre, pero todo lo vimos a través de un huequito en la celda’’.

El sostiene que ‘‘10 veces me noquearon con un tonto de goma’’ que es una porra de hierro forrada con caucho, con la que ‘‘me daban en la nuca, y cuando me recuperaba me acusaban de comunista, para luego volver a darme con el tonto de goma’’.

Luego de los primeros días de arresto, fue transferido al estadio militar por la Alameda, cerca de la estación Central. ‘‘Eso estaba tan lleno, pero tan lleno de detenidos, que algunos se tiraban de las gradas y se mataban al caer en el piso’’.

Posteriormente fue enviado al Estadio Nacional de Chile, pero al bajar del autobús, fue recibido por varios militares que hicieron ‘‘una calle de honor’’, para saciarse con los golpes que le daban a los detenidos.

‘‘Nos dieron con todo, y me patearon los testículos, pero jamás olvidaré que antes de ingresar sentí un fuerte olor a carne humana quemada, que emanaba de los cuerpos de dos campesinos que habían sido acribillados en ese lugar, lo que me horrorizó’’, sostiene.

El grupo en el que iba René fue metido en uno de los camerinos del Estadio Nacional de Santiago, ‘‘y eso estaba tan lleno, que había mujeres embarazadas, pordioseros y jóvenes, que dormíamos en el suelo, unos al lado de los otros’’.

Pero lo peor era en horas de la noche, ‘‘cuando llegaba al lugar un militar encapuchado que con el dedo índice de su mano derecha señalaba y decía: esos huevones pa’ fuera. Luego de eso se escuchaban unos tiros y los que habían salido nunca regresaban’’.

Era tanto el temor que reinaba en el lugar, que ‘‘en las noches, cuando llegaba el encapuchado, todo el mundo trataba de ocultar su rostro, por miedo a ser señalado por el dedo de ese hombre’’.

Durante los interrogatorios, nos llevaban encapuchados, ‘‘para que no viéramos a los que nos interrogaban. Me preguntaban si era dirigente, y les respondía: Sí señor, soy dirigente del Club Deportivo Benito Juárez, y en seguida, tan, recibía un golpe en la nuca’’, recuerda René.

Manoseaban a las mujeres

Tampoco se le olvida que los militares ‘‘manoseaban y trajinaban a las mujeres en sus genitales y senos’’.

René recuerda, que en una ocasión se sintió tan golpeado y frustrado, que le gritó a sus torturadores: ‘‘Chucha madre mátenme, que ya no aguanto más’’.

Tres meses después de la experiencia en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, René fue trasladado a la cárcel pública, donde cuenta que recibió un trato más humano, porque los detenidos allí ‘‘nos tenían comida preparada, y hubo gente que hasta cinco platos se comió’’.

Gritos aterradores salían

de la sala de torturas

Dionisio Alarcón Castro era presidente de la Federación Provincial Campesina Indígena Ranquil, de la provincia de Linares, afiliada a la Federación Ranquil de Chile.

El 16 de septiembre de 1973, fue confinado en la Escuela de Artillería de Linares, donde también estaban detenidos cientos de dirigentes obreros y campesinos.

‘‘Antes de que me torturaran me hicieron cargar una escalera de 8 pies de largo hacia una sala, donde escuché ‘‘unos gritos aterradores, por lo que me di cuenta de que se trataba de una cuarto de torturas’’, dijo.

Recuerda que cuando ingresó vio ‘‘a unos señores encapuchados, a los que solo se les notaban los ojos... también había un detenido amarrado en sus pies y manos. Dejé la escalera a su lado. Era Ariel Muñoz’’.

Alarcón Castro sostiene que Muñoz ‘‘fue amarrado a la escalera y empezaron a golpearlo y a patearlo en todo el cuerpo. Los torturadores me preguntaron si lo conocía, pero les respondí que no, a pesar de que sí sabía quien era’’.

‘‘No recuerdo la cantidad de personas que en ese lugar fueron torturadas, pero sé que fueron muchas, porque también vi que de esa celda sacaron a Anselmo Cansino del MIR y a otro campesino militante de esa organización. Los sacaron, los desnudaron y dos días después supimos, cuando escuchamos la conversación de dos militares, que habían fallecido porque opusieron resistencia’’, dijo.

Pero Alarcón Castro asegura que ‘‘en verdad todos sabemos que los sacaron directamente para fusilarlos’’.

Alarcón Castro indicó que el 20 de septiembre ‘‘empezaron a torturarme. Me daban con curros de caucho [porras], y de tantos golpes llegué a perder la cuenta de las veces en que fui maltratado’’.

También ‘‘recuerdo que estuve incomunicado en celdas ocultas, y en una de ellas me encontré con Manuel Oliveros, cuyo cuerpo estaba convertido en una bolsa de carne y huesos, en la que no había un solo lugar sano’’.

Fuimos tan golpeados, que en una ocasión ‘‘nos apretábamos la piel y la carne moreteada nos crujía como si fuera galleta. Oliveros me preguntaba si algún día saldríamos de allí, y yo le respondía: no lo sé’’.

Un buen día nos llamó el capellán de la cárcel de Linares, quien nos dijo que ‘‘la junta militar era buena y debía ser apoyada. También nos informó que seríamos liberados, pero antes tendríamos que arrepentirnos de las cosas malignas que habíamos hecho’’, dijo.

Pero Alarcón Castro recordó que ‘‘fue tanta la indignación que sintió que le dijo: ‘‘Señor cura, usted quiere que crea en la junta... Sí, me respondió él. Entonces me quité la camisa y le mostré las huellas que los golpes habían dejado en mi cuerpo’’.

‘‘Mi único delito es luchar por mejores beneficios para el pueblo y si es así, entonces acepto como un premio las torturas, y por eso no lo quiero aquí conmigo ’’, le dije al cura, quien luego me gritó antes de irse: ‘‘Tú sigues endemoniado, Bernardo’’.

Golpes, patadas,

estrangulamiento

También recuerda que ‘‘al compañero Cuevas, una mañana lo sacaron de la celda un día, y luego conocimos que murió, porque no aguantó las torturas’’.

Y es que uno tenía que soportar ‘‘golpes, patadas, estrangulamientos, corrientazos y estiramientos’’, entre otras torturas, añadió.

Posteriormente, Alarcón Castro fue llevado a Concepción y luego a Chacabuco. ‘‘eso era un campo de concentración el estilo nazi, con su perímetro minado, torres y alambrada’’. Allí estuvo siete meses, y luego lo trasladan al campamento Melinca, en Puchuncaví, donde le solicitaron que firmara una nota reconociendo que no había sido torturado, pero no lo hizo. Por eso fue expulsado del país.

‘‘Recordar tanta masacre es un poco difícil a estas alturas, pero vimos a tanta gente masacrada; dirigentes, mujeres, hombres y menores de edad.. fue algo exorbitante que nunca olvidaré’’, dijo Alarcón Castro.

No solo eso. ‘‘Nosotros vivimos la humillación con que nos trataban. A mi madre una vez le entraron a culatazos y a mis hermanos los tomaron de rehenes’’.

Alarcón Castro sostiene que por estar detenido y luego exiliado ‘‘no pude ver crecer a mis hijos. La ilusión más grande era verlos, despedirme cuando tuve que salir de Chile, pero eso no sucedió. Ese fue el martirio más grande de mi vida. No los vi hasta 17 años después, cuando pude regresar a Chile’’.

También resiente que ‘‘no pude estar al lado de mis padres cuando más lo necesitaban... esas son las secuelas del fascismo chileno, y por eso nos alegramos de que la justicia haya alcanzado a Pinochet’’.

Y nos alegramos, porque ‘‘Pinochet se jactaba de su poder, al asegurar que en Chile no se movía una sola hoja sin que él lo supiera’’.

Ráfagas de ametralladora para sembrar el terror

Angel Hinestroza cuenta actualmente con 59 años de edad, y cuando el golpe era el secretario general de la Central Unica de Trabajadores del Departamento del Parral y también militaba en el Sindicato Profesional de Obreros Molirenos de la provincia de Linares y Maure.

Para esa fecha Angel se puso en contacto con Bernardo Cuevas, y alertó a otros dirigentes obreros, para que trataran de evitar a los militares. El 15 de septiembre se enteró de que ambos eran buscados, por lo que decidieron separarse. El viajó a Santiago, pero el 18 de octubre de 1973 se entregó a las autoridades, porque habían amenazado con arrestar a su hermano y a su esposa.

Pasó de la Comisaría de Carabineros a una celda en la cárcel de Parral, donde estuvo 35 días incomunicado. En ese lugar se percató de que 10 compañeros de la juventud comunista y del MOPAM, fueron sacados de sus celdas, ‘‘y nunca más aparecieron con vida’’.

Hinestroza también fue trasladado a la escuela militar de Linares, donde lo condujeron ‘‘a un gran salón en el que había otras 40 personas sentadas en fila’’, custodiadas por dos militares armados con ametralladoras.

‘‘Allí vi a Bernardo Cuevas, y a otro compañero al que le habían arrancado las uñas de los pies y las cejas. Ese compañero estaba bastante golpeado. Posteriormente nos trasladaron a la prisión de Linares. El 3 de enero de 1974 llamaron a Cuevas a declarar, y tampoco regresó más nunca’’, añadió.

Dos días después, Hinestroza fue llamado a declarar. Tenía las manos atadas, y solo fue golpeado una vez ‘‘lo que me pareció extraño’’.

De allí pasó a la escuela de Artillería y luego al campo de concentración de Chacabuco, donde el frío ‘‘era terrible en la noche y la calor horrible en el día. Todo estaba lleno de moscas, y a veces nos sacaban al patio a la 1:00 a.m.’’.

Luego fue enviado al campamento Melinca , donde estuvo siete meses, pero recuerda bien que el Viernes Santo de 1975 se acrecentaron las torturas.

‘‘A las 10:00 de la noche de ese día, primero recibí un culatazo en la nuca, que me tiró al piso, luego me ordenaron que me quitara la ropa y me quedé en calzoncillos, pero eso no fue todo, porque después me pusieron el cañón de una ametralladora cerca del oído izquierdo, y dispararon una ráfaga de fuego, lo que me dejó sordo por un buen rato’’, sostiene Hinestroza. Después lo hicieron correr por el patio, para posteriormente lanzarlo dentro de un barril de agua sucia.

‘‘Luego me sacaron del barril, para que volviera a correr, pero como me caía, un militar me partió un costado y la cabeza a punta de culatazos, por lo que perdí el conocimiento y cuando lo recobré estaba en el cuarto’’, sostiene.

De repente Hinestroza detiene el recuento de su relato para frotarse la frente con sus manos. Respira profundamente como para buscar fuerzas en el interior de su propia vida, pero las palabras se sumergen en sus propios recuerdos.

‘‘Me vas a perdonar, porque esas cosas son... es un golpe fuerte dejar a tu familia’’, sostiene Hinestroza, con un nudo en la garganta.

‘‘Dejé a cinco hijas en Chile... todas esas cosas son golpes y dolores, causados por una persona que dividió a la familia chilena, porque la separación es un trauma muy grande, ya que quedaron muchos viudos y viudas, padres sin hijos e hijos sin padres’’, dijo.

Para Hinestroza, Pinochet ‘‘era el jefe máximo que ordenaba todas esas cosas, y por eso pido que la justicia se haga ahora, porque es la única oportunidad, ya que en Chile es impune, por la constitución que se hizo a su medida’’.

Pero a pesar de todo, ‘‘lo importante es que ahora el mundo entero conozca quién es Pinochet’’, porque ‘‘Pinochet está recibiendo ahora algo que nunca pensó que le sucedería’’, añadió.

La venda: una tortura atroz que te martiriza diariamente

Roberto Díaz Lucero tenía 22 años cuando militaba en la Juventud Radical Revolucionaria. El 28 de abril de 1974 fue arrestado y durante 17 meses ‘‘paseó’’ por varias prisiones, porque incluso lo amenazaron con ‘‘secuestrar a mi esposa si no me entregaba’’.

En Santiago de Chile lo llevaron a la famosa Casa del Terror, en Londres 38, también conocida como la Casa de las Sillas, porque ‘‘pasábamos sentados, vendados y esposados durante el día y la noche’’.

‘‘La venda en los ojos es una de las torturas más atroces, porque día a día te va martirizando y uno se agarra de su familia, para poder sobrevivir. Dos meses estuve vendado’’, sostiene.

El recuerda que en una ocasión ‘‘me colocaron una bolsa plástica en la cabeza, y luego me dieron un fuerte puñetazo en el estómago’’.

También contó sobre una tortura conocida como ‘‘el sapo’’, que consistía en colocarle una pieza de metal con resorte en la boca a un detenido, que al ser liberada se expandía con violencia, rompiéndole los labios a la persona.

Casi lo fusilan

Pero lo que nunca ha olvidado es que a él y a otras 17 personas, un día los llevaron al paredón de fusilamiento. ‘‘Un paso al frente nos dijeron, y entonces me entró un inmenso terror’’.

‘‘El cuerpo me temblaba... Dios mío -pensé- tengo dos hijas que no me dejarás ver crecer. De inmediato sentí una mano en la cabeza, y luego una corriente me recorrió por todo el cuerpo, apoderándose de mí una gran fe, por lo que dejé de sentir miedo’’, sostiene Díaz Lucero.

Entonces de repente, ‘‘llegó un soldado que le dijo al teniente a cargo que lo llamaban. El superior se fue y al retornar, los soldados cambiaron las balas vivas por salvas que dispararon’’.

Después, Díaz Lucero se enteró que ‘‘se había cambiado la orden de fusilamiento, porque la Cruz Roja estaba husmeando mucho, e incluso alguien había amenazado con publicar nuestros nombres como desaparecidos, y eso fue lo que nos salvó’’.

Aquel día, por primera vez, a Díaz Lucero le quitaron las vendas de los ojos, ‘‘y al ponerme las manos cerca de la vista, casi no veía. Junto con otros compañeros empezamos a llorar, porque pensábamos que nos habíamos quedado ciegos, pero después recobramos la visión’’, recuerda.

Díaz Lucero, cuyo cuerpo estaba todo sucio y lleno de pulgas, fue trasladado a Tres Alamos y después a la Casa del Terror, donde se percató que ‘‘había compañeros de hasta 80 años de edad, que habían sido torturados’’.

‘‘Por eso, no puede existir clemencia para Pinochet y su gente’’, porque los torturadores ‘‘violaban a las muchachas frente a nosotros, mientras ellas gritaban ‘‘no, por favor’’.

Recuerda que en el estadio de Chile, donde también estuvo, vio al profesor Carlos Guisel, quien era una eminencia en historia. ‘‘Yo lo vi cuando se enloqueció, cuando hacía como si estuviera montado en una moto, y se la pasaba en eso toda la noche... daba dolor verlo así’’.

Sostiene que ‘‘es muy difícil para uno olvidar toda esa historia, para perdonar a Pinochet’’, porque ‘‘mi madre agonizó un mes esperándome, pero nunca tuve la oportunidad de verla morir, y es que cuando mi hermano le dijo ‘mamita, Roberto no vendrá’, ella falleció al día siguiente’’.

Díaz Lucero afirma que ‘‘nosotros no queremos que esto quede en el olvido. Por eso es que hemos hablado, porque mucha gente murió sin razón y la familia chilena se dividió’’.

Me reventaron los oídos:

Juan Carlos

Un día de junio de 1974, desapareció Román Núñez, y aún Juan Carlos Bicht no olvida. Bicht es uno de los chilenos que se exiliaron en Panamá. En Chile militaba en el Partido Socialista y también colaboraba con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que era el grupo político al que más temía el régimen pinochetista.

Para los días del golpe, Juan Carlos contaba con 18 años de edad, y no olvida que a las 10 de la noche ‘‘me fue a buscar el famoso Guaton Romo, un dirigente del MIR, quien al darse la asonada castrense se puso el uniforme militar’’.

Juan Carlos era ‘‘un correo’’ del MIR. También fue llevado vendado a la famosa Casa del Terror en Londres, donde conoció a Richard Torme, a quien también ‘‘desaparecieron’’ los militares.

Bicht es un hombre joven, con una montaña de recuerdos en su alma, pero esto no le ha impedido hacer su vida en Panamá.

Recuerda que al segundo día de su encierro ‘‘me tiraron en un spring de metal donde me aplicaron picana eléctrica’’, pero no solo eso, porque también ‘‘me reventaron los oídos, ya que constantemente me los golpeaban [los torturadores] con las palmas de sus manos’’.

Y es que la lista de torturas no terminaba, ya que incluso ‘‘me aplicaron picana eléctrica en los testículos’’. También conoció Tres Alamos y Puchuncabí, hasta que fue liberado el 8 de septiembre de 1975.

De la Casa del Terror no guarda ningún recuerdo grato, ya que allí ‘‘no nos daban alimento, sino cáscaras de banano y naranjas’’. Además, ‘‘dormíamos entre excrementos y nos pateaban por cualquier cosa’’.

Al igual que muchos en la Casa del Terror, permaneció ‘‘mucho tiempo vendado’’. Pero también en varias ocasiones lo llamaron para simular que lo fusilarían. ‘‘Ya te llegó tu hora... ya no queremos saber de ti y por eso te fusilaremos’’, le decían.

Esta situación lo llegó a fastidiar tanto, que en varias ocasiones retó con todo su corazón a sus verdugos: ‘‘Péguenme un balazo de una vez por todas... háganlo ya’’.

A pesar de la tragedia que vivió, Juan Carlos conoció ‘‘a mucha gente buena en prisión, porque después de las torturas, el conocer a gente buena fue una experiencia grandiosa que no puedo olvidar, porque mucha gente me orientó en medio del dolor’’.

‘‘Tengo muchas historias que contar, pero eso sería tan largo que no cabría en un libro’’, afirmó Juan Carlos, quien desde que salió de Chile, ‘‘sabía que en cualquier momento le llegaría la hora a Pinochet, quien siempre se creyó superior a Dios’’.

Golpizas y torturas, parte

del trato normal

Rodolfo Alejandro Galarce tiene hoy 44 años, pero en la época del golpe contaba con 18 años de edad. Fue arrestado en agosto de 1974, debido a que también era militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

Cayó en una redada, y fue a dar al Cuartel de Investigaciones, en Santiago de Chile.

Como todos, vivió un suplicio, pero a pesar de todo continúa creyendo en la vida, en las personas, en el amor a la patria, en los niños, en la naturaleza y en la importancia de que todos, desde su propia realidad, profundicen el sentimiento de país y de patria, dondequiera que se encuentren.

‘‘Como parte del trato normal, sufrí mucha hambre y mucho frío. Por ser joven yo era muy impulsivo, porque me sentía con fuerzas y porque me asistía la razón’’, recuerda. Rodolfo estuvo siete meses en Puchuncabí, siete meses, que para él, como para todos los que vivieron aquello, se hicieron eternos.

‘‘Te jode la adversidad, porque todos tus amigos son arrestados’’, pero siempre ‘‘había experiencias bonitas, sobre todo el grado de solidaridad humana y el compañerismo, porque nos sentíamos con fuerza, a pesar de que siempre fui muy solitario’’, sostiene.

Y es que la receta de la tortura no cambia, ya que recibió ‘‘golpes, picana eléctrica, golpes en todo el cuerpo... me dieron bien duro con los tontos de goma’’.

Rodolfo Alejandro evoca en sus propios recuerdos: ‘‘es muy duro, es bien duro quedarse solo y sin familia, sobre todo si eres joven y sin experiencia... esa vaina y esa soledad, incluso te dan disciplina’’.

Y su alma sale de su duro cuerpo y de su valiente mente, para llorar para adentro.

‘‘Mis padres murieron estando yo en el exilio... esas muertes fueron duras, aunque quizás la presión haya sido interna’’, pero ‘‘he soportado los impactos emocionales, lo que no quiere decir que las cosas no me duelen’’.

Reconoce que ‘‘desde hace tiempo que no hablaba de esto, pero esas vainas jamás las olvido, porque se trata de algo que te marca para siempre, hasta cuando te mueras’’.

Lo que sucede, es que ‘‘uno resiste y vive como un incansable luchador social’’, sostiene.

Para Rodolfo Alejandro, ‘‘es saludable todo lo que está sucediendo en relación a Pinochet, no solo para los chilenos, sino también para todos los americanos, ya que por encima de la muerte y de las torturas, se vislumbra una justicia internacional’’.

Se trata de una justicia que le está pidiendo cuentas a Pinochet, ‘‘por los crímenes cometidos y los irrespetos contra la gente’’.

Porque ‘‘si no lo condenan, por lo menos está bien que Pinochet se haya sentido molesto... que lo jodan y le hagan pasar, aunque sea, un desaire’’, sostiene Rodolfo Alejandro.

Y los recuerdos se callan, pero solo por un momento, porque el silencio en este caso tiene que ser temporal, para que cuando los pensamientos vuelvan a caminar al compás de las palabras de los que sufrieron, la gente sepa que está prohibido olvidar, ya que si uno se pierde en los laberintos del olvido, un día despertará con aquella realidad del pasado, que se ha vuelto un irremediable presente.

De vuelta a la página principal