Chile giró a la izquierda y chocó con el ejército

Franco Rojas
De La Prensa


Socialistas, marxistas, comunistas y uno que otro socialdemócrata, es decir, todos los que están en la recta numérica a la izquierda, pero muchos de ellos con el bolsillo a la derecha, celebraban en grande el triunfo electoral, en 1970, del doctor en medicina Salvador Allende Gossens tras varios intentos fallidos por hacerse del poder en Chile.

Era la primera vez que Chile giraba en 180 grados al socialismo luego de más de 160 años de regímenes de derecha. La diferencia estribaba en que los comunistas y socialistas chilenos habían entrado a la ‘Moneda’ (Palacio de Gobierno) por la fuerza de los votos y no por las balas de la revolución.


Augusto Pinochet y Salvador Allende

Estas ‘‘ataduras políticas’’ obligaban al nuevo régimen socialista chileno a llevar adelante los cambios en forma gradual y espaciosa en el tiempo, pero los asesores comunistas del régimen pedían celeridad y profundidad en la transición de la derecha a la izquierda.

Lo primero era dar la batalla por la producción. El cantautor asesinado en el Estadio Chile, Víctor Jara, tenía un programa en la Televisión Nacional, en el que animaba a los chilenos a producir el pan para los pobres, para los campesinos, para los obreros, los asalariados y los llamaba a dar la batalla por la educación contra la ignorancia y la explotación.

Desde las escuelas secundarias y universidades, los estudiantes de principios de la década del 70 se impregnaban de las doctrinas de Carlos Marx, Engels, Lenín y estudiaban con entusiasmo las diversas facetas de la revolución del 17 de octubre de 1917 en Rusia y del asalto de Fidel Castro al cuartel Moncada, en la isla. Los otros, los de ‘‘Patria y Libertad’’, de la derecha empresarial o ‘‘momios’’, no se quedaban atrás y devoraban toda la literatura sobre el capitalismo y sus bondades en la superación del hombre y le buscaban el talón de Aquiles a los comunistas y socialistas a la hora del debate.

Dichos debates entre socialistas, comunistas, socialcristianos, radicales, demócratas y derechistas eran exquisitos, bien documentados, cargados de argumentos sólidos, y los escenarios lindos, entre ellos los famosos cafetines de la Avenida Ahumada, en el Café Do Brasil, cuna de trostkistas, en el Haití o bien en el ‘Il Negro Bueno’, de la avenida Alameda, frente a la antiquísima Iglesia San Francisco, detrás de la cual se encuentra un barrio al más puro estilo francés-parisino, con calles estrechas, de adoquín encerado, desde cuyas ventanas se asomaban preciosas mujeres de la vida alegre rentada.

Tras el golpe militar, esos mismos cafetines fueron normalmente usados por muchos jubilados y ancianos de izquierda como ‘‘centro de operaciones de discusiones’’ contra el régimen militar. Desde allí querían arreglar el mundo. Lamentablemente el reloj biológico de la vida no les dejó disfrutar del Pinochet enjaulado en Londres.

La nacionalización del cobre y de las minas en general fue una de las tareas inmediatas que adoptó el gobierno socialista de Allende, cuya explotación del mineral estaba a cargo de los ejecutivos norteamericanos.

Washington sintió el golpe al hígado que le dejó sin aire por un buen rato hasta que recobró el aliento. Cuando volvió en sí lo primero que se le vino a la mente fue derrocar al régimen de Allende a como diera lugar, porque la industria estadounidense iba a resentir esa medida con un déficit muy grande en pérdidas económicas. La materia prima mineral era vital para Estados Unidos y su comercio mundial.

Los empresarios, por su parte, empezaron un pulso con el régimen de Allende en protesta por una serie de medidas políticas que reñían con sus intereses particulares, pero que el presidente consideraba necesarias para la población.

En cada empresa comenzaron a abundar los dirigentes políticos de izquierda, los sindicatos de obreros. Y vinieron también las reglas en los lugares de trabajo, el necesario alineamiento con la política del presidente y crecieron como hongos los comités populares que repartían a la población, con tarjeta de afiliación política, en sus barrios los artículos de primera necesidad, porque supuestamente escaseaban.

Pero no escaseaban por la sencilla razón de que los empresarios, en su afán de derrocar al régimen socialista, entraron de lleno en un boicot contra el gobierno. Almacenaron en sus bodegas desde alimentos y medicinas hasta las piezas de recambio de los vehículos.

Mientras la gente corría a hacer ‘‘cola’’ en los lugares donde alguien les decía que estaban vendiendo aceite, cigarrillos, azúcar y otros productos, los empresarios y sus empleados jugaban ping pong, billar o cartas para cumplir con la hora de salida de su trabajo. Todos recibían el salario mensual como si hubiesen trabajado. La cuestión era ‘‘torpedear’’ a Salvador Allende. Las marchas de protesta y los enfrentamientos subían de tono con el tiempo.

Las esposas de los empresarios, sus hijas y lo más exquisito y granado de la sociedad capitalista-derechista chilena se armaron de canastos y se hicieron de varios sacos de maíz -ese mismo que se echan las gallinas al buche- y se fueron muy organizadas a la Escuela Militar ‘Bernardo O’Higgins’, Alma Mater de Pinochet, y comenzaron a lanzar el maíz por las verjas a los cadetes, en su afán comunicativo de llamarlos ‘‘gallinas’’ por no pronunciarse militarmente contra los comunistas, sus enemigos por naturaleza.

El aire se hizo pesado, hubo un conato de golpe llamado ‘‘Tacnaso’’. Luego el ruido de sables se sintió por los pasillos de los cuarteles, y antes de que saliera el sol, salieron a la calle a cortar cabezas.

La población, estupefacta por el golpe, sólo atinaba en esos momentos a quemar los libros de Marx, Engels y de autores chilenos o de otros que olieran a socialismo o comunismo. Para los militares, que comenzaron los allanamientos casa por casa, barrio por barrio y ciudad por ciudad, era signo de grave delito tener una obra de esas.

Mientras los militares no dejaban piedra sobre piedra en las calles y sobre todo en las universidades, que eran ‘‘nidos de comunistas’’, el estadio nacional, que tiene capacidad para 80 mil personas, se comenzó a llenar de presos políticos y de otros que fueron ‘‘cazados’’ por la infantería simplemente porque estaban en el lugar menos apropiado y en el momento menos preciso.

Desde el moderno edificio de la UNCTAD, en la Alameda, antes sede de conferencias mundiales, el general y sus hombres tomaron posesión de sus cargos, quemaron la Constitución, cerraron el Congreso, la Cámara de Diputados y empezaron a gobernar el país por ‘‘bandos’’.

El primer bando ordenaba el estado de guerra, el segundo declaraba el estado de sitio y el toque de queda la mayor parte de las veinticuatro horas. El que no acatara alguno de los bandos se exponía a perder la vida y se le recordaba a la población que los militares tenían orden para matar.

En las escuelas secundarias los profesores rogaban a los estudiantes, en su mayoría entre los 13 y los 18 años, que no desafiaran a los militares ni a los carabineros en las calles, que en Chile había pasado algo sumamente grave que ellos, como jóvenes normales y por ende rebeldes, no entendían por ahora. Sólo les pedían que cuidaran su vida y que se fueran directo a sus casas tras la jornada de clases. Chile vivía un estado de terror.

Eran como las tres de la tarde de un día tibio de mediados de septiembre de 1973. Yo iba en un taxi con mi hermana mayor en dirección al Cerro San Cristóbal. El vehículo debía cruzar unos de los puentes del famoso río Mapocho, que baja de la cordillera y serpentea caudaloso por el corazón de Santiago. Llegábamos al parque forestal, hermoso, grande e imponente. El taxista paró el vehículo y nos dijo...‘‘miren eso...’’. Abajo, en los bordes empedrados del río, grupos de personas corrían de un lado para otro provistos con grandes palos a modo de gancho sacando cadáveres. ‘‘Ahí viene otro...’’, gritaban algunos, mientras el resto corría a sacarlos a como diera lugar. Ese día y otros más anduve con la garganta seca y sentía culebrillas en el estómago. Pienso que fue el impacto de las escenas.

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