Panamá, 25 de febrero de 2001
RESEÑA
RAICES
HOY EN LA RED
PORTADAS DEL DÍA
REPORTAJES ESPECIALES
DIRECTORIO DE E-MAIL
TITULARES POR E-MAIL
EDICIONES ANTERIORES
TRANSPORTE
EMPLEOS
SERVICIOS
ANUNCIOS VARIOS
BIENES RAICES
ALQUILER
VENTA
ARTÍCULOS VARIOS
FINANZAS
JUDICIALES

 

 

  ..  
 

La agonía de una fiesta

HERMES SUCRE SERRANO
hsucre@prensa.com

La sonrisa de un diablo-pide plata le da la bienvenida a un turista.

“El que quiere conocer el Carnaval capitalino que venga porque se acaba”. La frase no tiene nada que ver con el colombiano Rufino J. Cuervo, sino con el clamor de miles de panameños que piensan que esta fiesta tocó fondo.

De antemano, hay que reconocer que lo poco que se pudo ver ayer es producto del esfuerzo de tres sectores: la Junta de Carnaval, los expendedores de comidas y bebidas, y del público que acude a darle oxígeno a una festividad que tiene más de una década de estar en cuidados intensivos.

El llamado “Carnaval del Arranque´” tuvo un buen inicio con la coronación de Maite Bilbao. La presentación de los hermanos Sandoval y de las demás agrupaciones musicales fue buenísima. También se sintió el respaldo del público.

Pero el desfile de ayer estuvo muy flojo. La Vía España quedó convertida en un callejón, donde los puestos de comida y bebida hacían calle de honor a un público aburrido, que caminaba de un lado a otro, como el que busca una moneda perdida.

De vez en cuando se veía a un turista tomándole foto a un diablo pide-plata o reiterativo “Increíble Hulk”', al que ya le está saliendo limo en su verdoso cuerpo. Por todos lados había promontorios de saquitos de confeti en espera de un alma caritativa que los comprara.

Los encargados de los puestos de cerveza anunciaban su producto como si se tratara de venta de telas. Ni Diógenes, con su famosa lámpara diurna, sería capaz de encontrar un borracho, debido al pobre consumo de cerveza.

En Carnaval, la Vía España se convierte en el alma de la monotonía. Los niños no tienen nada que ver. Los pocos puestos de música no despertaban ni sospechas.

Un muchacho, con el pelo pintado de rojo, quiso galantear a una diva que, molesta por el piropo, retomó su voz de hombre para lanzar palabrotas que hicieron retumbar el centro bancario.

De repente se formó un tumulto que puso a los policías (que están haciendo un gran trabajo) en alerta. La multitud casi tumba unos puestos de carne en palito. ¿Qué pasaba? Nada, que el locutor de una emisora estaba repartiendo gorras.

Maite Bilbao, durante el desfile de ayer sábado

Por fin apareció el esperado desfile. La reina en un modesto carro alegórico, seguido de una bella comparsa y la carroza en la que venían sus dos princesas. Detrás algunos pequeños proyectos de alegorías y por último las comparsas populares, por cierto muy alegres.

De nada vale buscar culpables porque en realidad no los hay. Se trata de un asunto complejo que requiere de hilar muy delgado. En otras épocas de esplendor no había tantas opciones para carnavalear en el interior. Una buena fiesta no sale en cartucho de cofio, se necesita de una organización multisectorial que trabaje todo el año.

Tampoco hay respaldo popular, porque todo el que puede sale de la capital en busca de otra atmósfera. Los que se quedan o no tienen dinero o no les interesa la fiesta.

El Carnaval capitalino está etiquetado: “no sirve”. Como diría José Salvador Muñoz hay que “darle un revolcón”, con disciplina, organización y dinero, porque el turismo no se promueve con cascaritas de huevo. Animo Julio Crespo, que todavía quedan tres días.

Además en portada

 

 
 

[ Regresar ]

Derechos reservados, Corporación La Prensa.
internet@prensa.com