La agonía de una fiesta
HERMES SUCRE SERRANO
hsucre@prensa.com
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La sonrisa de un diablo-pide plata le da la bienvenida a
un turista.
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“El que quiere conocer el Carnaval capitalino que venga porque se
acaba”. La frase no tiene nada que ver con el colombiano Rufino
J. Cuervo, sino con el clamor de miles de panameños que piensan
que esta fiesta tocó fondo.
De antemano, hay que reconocer que lo poco que se pudo ver ayer
es producto del esfuerzo de tres sectores: la Junta de Carnaval,
los expendedores de comidas y bebidas, y del público que acude
a darle oxígeno a una festividad que tiene más de una década de
estar en cuidados intensivos.
El llamado “Carnaval del Arranque´” tuvo un buen inicio con la
coronación de Maite Bilbao. La presentación de los hermanos Sandoval
y de las demás agrupaciones musicales fue buenísima. También se
sintió el respaldo del público.
Pero el desfile de ayer estuvo muy flojo. La Vía España quedó
convertida en un callejón, donde los puestos de comida y bebida
hacían calle de honor a un público aburrido, que caminaba de un
lado a otro, como el que busca una moneda perdida.
De vez en cuando se veía a un turista tomándole foto a un diablo
pide-plata o reiterativo “Increíble Hulk”', al que ya le está
saliendo limo en su verdoso cuerpo. Por todos lados había promontorios
de saquitos de confeti en espera de un alma caritativa que los
comprara.
Los encargados de los puestos de cerveza anunciaban su producto
como si se tratara de venta de telas. Ni Diógenes, con su famosa
lámpara diurna, sería capaz de encontrar un borracho, debido al
pobre consumo de cerveza.
En Carnaval, la Vía España se convierte en el alma de la monotonía.
Los niños no tienen nada que ver. Los pocos puestos de música
no despertaban ni sospechas.
Un
muchacho, con el pelo pintado de rojo, quiso galantear a una diva
que, molesta por el piropo, retomó su voz de hombre para lanzar
palabrotas que hicieron retumbar el centro bancario.
De repente se formó un tumulto que puso a los policías (que están
haciendo un gran trabajo) en alerta. La multitud casi tumba unos
puestos de carne en palito. ¿Qué pasaba? Nada, que el locutor
de una emisora estaba repartiendo gorras.
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| Maite
Bilbao, durante el desfile de ayer sábado |
Por
fin apareció el esperado desfile. La reina en un modesto carro
alegórico, seguido de una bella comparsa y la carroza en la que
venían sus dos princesas. Detrás algunos pequeños proyectos de
alegorías y por último las comparsas populares, por cierto muy
alegres.
De nada vale buscar culpables porque en realidad no los hay. Se
trata de un asunto complejo que requiere de hilar muy delgado.
En otras épocas de esplendor no había tantas opciones para carnavalear
en el interior. Una buena fiesta no sale en cartucho de cofio,
se necesita de una organización multisectorial que trabaje todo
el año.
Tampoco hay respaldo popular, porque todo el que puede sale de
la capital en busca de otra atmósfera. Los que se quedan o no
tienen dinero o no les interesa la fiesta.
El Carnaval capitalino está etiquetado: “no sirve”. Como diría
José Salvador Muñoz hay que “darle un revolcón”, con disciplina,
organización y dinero, porque el turismo no se promueve con cascaritas
de huevo. Animo Julio Crespo, que todavía quedan tres días.
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