|
El transporte público, colectivo y selectivo, es
un problema que tiene muchos lustros de antigüedad, sin
que ningún gobierno le encuentre solución. El diagnóstico
es simple, pero la solución muy compleja. A través de
los años, los famosos “cupos”, su concesión y su transferencia
han sido objeto de tráfico de influencias, favoritismos
políticos y toda clase de componendas que burlan el Código
Administrativo y hasta el Penal. Mucho hay podrido en
el transporte, y sobran razones muy legítimas para protestar.
No obstante, los medios que se han utilizado para expresar
la inconformidad de los que se consideran afectados, vician
la legitimidad de sus reclamos. Privar a miles de personas
de trasladarse al lugar en donde deben cumplir sus obligaciones
laborales o personales, atenta contra la economía nacional
y hasta los derechos humanos. El transporte es un servicio
público de primera necesidad, y si no se presta, el Estado
debe hacer lo que sea necesario para suministrarlo. Los
“cupos” son una concesión, y si sus beneficiarios no cumplen
con la prestación del servicio, es necesario rescindirlos
y adjudicarlos a quienes puedan y quieran cumplir con
sus obligaciones. El paro de los transportistas del sector
este de la ciudad capital fue injusto porque convirtió
en rehenes a miles de personas que carecen de otro medio
de transporte. Peor todavía, los conductores pretendieron
cerrar vías públicas y conculcar la libertad constitucional
de tránsito, lo que produjo enfrentamientos con la Policía
Nacional. La ceguera de los extremismos llegó incluso
más allá, porque los transportistas agredieron de palabra
y de hecho a los periodistas y reporteros gráficos que
pretendían informar sobre lo que ocurría. Con esos métodos,
en lugar de conquistar simpatías para su causa, cualquiera
que sea, obtendrán la animadversión ciudadana. Ojalá aprendan
la lección.
|