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La
reforma, modernización, o simplificación tributaria
–el bautismo no importa– es cuestión de vieja data que
tiene sus raíces en el gobierno anterior. En cuanto al
actual, habla mucho sobre el tema, pero es muy poco lo
que produce. A comienzos del pasado mes de junio, la presidenta
de la República anunció que convocaría a la Asamblea Legislativa
a sesiones extraordinarias para considerar las reformas
tributarias. Ante las justificadas críticas por el apresurado
método para discutir un asunto de tanta trascendencia,
el Ejecutivo desistió de su propósito. Todo autorizaba
a suponer que si se pretendía aprobar las reformas tributarias
en sesiones extraordinarias, era porque existía un anteproyecto
de ley que se aprobaría en Gabinete para ser propuesto
ante la Asamblea. Aparentemente, no era y todavía no es
así. La Asamblea inició su siguiente legislatura ordinaria
y la terminó sin que se presentara proyecto tributario
alguno. Tampoco parece haberlo, porque todo lo que el
Ministerio de Economía y Finanzas ha divulgado, son conceptos
abstractos sobre los cuales se puede discutir para siempre
sin llegar jamás a conclusión alguna. Hace falta un anteproyecto
concreto con artículos que definan con precisión y claridad
lo que se propone. Mientras no se presente y discuta,
continuará la incertidumbre entre los inversionistas,
lo que sin duda es un factor que influye negativamente
sobre la reactivación de la economía. ¿Hasta cuándo?
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