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Vuelta de hoja
Guillermo Sánchez Borbón
Cada vez me cuesta más comprender a los políticos panameños. Un
dirigente intermedio de la Democracia Cristiana salta la cerca
y corre a abrazarse con el toro. En premio por su temeridad, lo
nombran procurador. Creí que inmediatamente la DC fulminaría anatema
y excomunión contra el tránsfuga. Pero no, parece que una vez
bautizados, los miembros de la organización conservan la gracia
hasta la muerte, a menos, claro está, que hagan una trastada mayúscula,
como inscribirse en el Partido Arnulfista, por ejemplo. Por si
no bastara, cuando el procurador comenzó a perseguir a los periodistas
de La Prensa y demandar a todo el mundo -menos a Marc Harris,
por supuesto-, la DC se enfureció con La Prensa por haber puesto
en tela de juicio la honorabilidad de su ungido. Luego los jefes
del ex partido se aliaron al PRD, y todo quedó claro. Tienen tan
mala suerte, que apenas repartido el suculento pastel de la Asamblea,
la tierra, parafraseando un versículo de la Biblia, empezó a devolver
sus muertos. El procurador trató de enterrarlos de nuevo, pero
entonces intervino la misma presidenta y lo obligó a airearlos.
El líder de la DC tachó de vengativos a cuantos quieren identificar
los cadáveres de Tocumen.
Nuestro país está erizado de tumbas anónimas, en que yacen cientos
de personas que lucharon por la democracia desde el primer día.
Fueron muertos por los mismos gorilas que engendraron al PRD.
Hay que desenterrarlos, identificarlos, entregárselos a sus familiares
para que les den cristiana sepultura y castigar a los criminales.
Cuando leí en La Prensa del 5 de febrero el artículo de Brittimarie
Janson Pérez, ya no me cupo la menor duda: el PRD efectivamente
está intentando apoderarse de La Prensa, o, si eso no es posible,
al menos emascularlo.
El proceso nunca aprendió a lidiar con este periódico. Probó de
todo: desde las zalamerías hasta la violencia más cruda, y nada
le dio resultado. Hasta que Noriega, en 1988, ordenó a sus paniaguados
que la cerraran definitivamente y destruyeran su equipo. Pero
el Diario Libre de Panamá tiene la propiedad, como el Ave Fénix,
de renacer de sus cenizas. En cuanto fueron a Noriega, volvimos
a la brecha, a analizar los nuevos problemas del país, a señalar
errores y sugerir rumbos, actitud independiente que algunos de
nuestros amigos de ayer -que, no sé por qué, esperaban nuestro
apoyo incondicional- jamás nos perdonaron.
Nadie duda de la probidad y buenas intenciones de Ricardo Alberto
Arias, con quien, en la época heroica pasamos juntos las verdes
y las maduras. Fue, durante todo ese tiempo peligrosísimo, un
magnífico y valeroso compañero, que llegó hasta jugarse la vida
en el momento decisivo. Le sobran méritos, pues, para ser presidente
de La Prensa. Pero...
Apenas llegado el toro al poder, Ricardo Alberto se pasó con armas
y bagaje a su gobierno. Jamás protestó por la persecución a los
periodistas; al contrario: en todas las tribunas públicas se dedicó
a defender la política oficial. No dudo de sus buenas intenciones,
pero en cualquier conflicto serio que surja, la lógica de los
hechos lo empujará al campo enemigo. Empezó como embajador en
Washington y terminó como ministro de Relaciones Exteriores. No
se trataba de prestar al país (no importa quién sea su presidente)
un servicio técnico. Se trataba de una colaboración política,
dirigida toda ella a lograr para él la postulación del PRD en
las elecciones del 2004. Y aquí pido permiso para asombrarme por
la ingenuidad de los políticos: creer que el PRD -organismo sectario
por excelencia- va a postular a un recién llegado, es no saber
nada de ese partido, ni de política. Sin embargo, Ricardo Alberto
va a establecer un punto de contacto del diario con el toro, posibilidad
para mí intolerable.
Por eso anuncio que si lo que tanto he temido sucede, después
de la junta de accionistas me desvincularé por completo de La
Prensa. Cesarán del todo mis colaboraciones y pediré que borren
mi nombre de la lista de directores en la que he permanecido desde
que tuve que retirarme por la edad y por problemas de salud.
Además
en opinión
- ¿Y
a mí qué me toca?: Edsel A. Wong S.
- ¡Viva
la anarquía!: Marta De la Guardia
-
Objetivos para el desarrollo nacional: Nicolás Ardito Barletta
-
El INAC: Hugo E. Bonilla M.
-
La abrumadora victoria de Sharon: M. A. Bastenier
-
La amenaza Falun Gong: Orville Schell
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