Un
brindis por Verdi
Caius
Apicius
De EFE
MADRID,
España. –Hace 100 años, en los últimos días de enero de 1901,
los milaneses se concentraban en silencio a las puertas del Hotel
Milán, cuyas calles próximas estaban cubiertas de paja para que
ningún ruido molestase al agonizante Giuseppe Verdi.
Verdi dejó este mundo el vigésimo séptimo día del siglo recién
estrenado, pero permanece para siempre en la inmortalidad.
Todo el mundo conoce su música, incluso quien no es consciente
de ello, pero ha entonado, con más voluntad que arte, piezas como
el “Va pensiero”, de Nabucco; “La donna é mobile”, de Rigoletto;
la “Marcha triunfal”, de Aida, o el “Brindis”, de La Traviata.
El maestro gozó en vida de gran popularidad; en la época de su
trilogía más conocida (Rigoletto, La Traviata e Il Trovatore),
coincidente con el proceso de unidad italiana, los patriotas pintaban
en las paredes la frase “Viva Verdi”, en la que Verdi era el anagrama
de Vittorio Emmanuelle, Re d'Italia.
Sabemos que por entonces no faltaron cocineros que crearon platos
dedicados a Verdi; pero, a diferencia de lo ocurrido con otro
gran compositor Gioacchino Rossini, que fue un gran gastrónomo,
no han permanecido esas creaciones en la gran cocina mundial.
Verdi nació en el Ducado de Parma, bajo dominación francesa por
entonces. Su padre tenía un almacén de comestibles y el que después
sería su protector (y su suegro unos años), Antonio Barezzi, tenía
en Busseto otro establecimiento similar.
Es de suponer que en ambos casos, el joven Verdi tendría contactos
con dos de las más conocidas joyas de la despensa de Parma: el
jamón y el queso.
Parma, en la región de Emilia-Romagna, es una de las zonas de
Italia con mejor cocina. Es de suponer que Verdi, al menos hasta
que empezó en la madurez a tener problemas de estómago, disfrutaría
con la gran cocina parmesana; lo que se come de niño marca mucho,
sobre todo cuando se crece en una región que como Parma presume,
y con razón, de su gastronomía.
Hay, claro, grandes platos como los anoloti alla parmigiana o
las patatas Duquesa de Parma, en honor de María Luisa de Austria,
que antes de ser Duquesa de Parma fue emperatriz de Francia, como
segunda esposa de Napoleón I.
Pero también hay cosas que no por ser sencillas son desdeñables,
como estos espárragos alla parmigiana.
Para ello limpien e igualen unos buenos espárragos verdes y átenlos
en mazos. Pongan a hervir agua con sal y, cuando llegue a ebullición,
pongan en la olla (que debe ser alta y estrecha) los espárragos,
en posición vertical y cuidando que el agua solo roce las yemas.
Déjenlos cocer no más de cinco o seis minutos.
Escúrranlos, desátenlos y colóquenlos en una fuente de horno.
Pongan sobre ellos trocitos de buena mantequilla y rallen encima
una generosa cantidad de queso parmesano. Metan la fuente en el
horno y déjenla ahí hasta que se gratine y el queso forme una
costra dorada sobre los espárragos, que servirán inmediatamente.
Un plato sencillo, pero sabroso, que podemos hacer en honor del
maestro.
Y aunque los espárragos no se llevan bien con casi ningún vino,
yo les sugeriría que en este caso los acompañen con un buen champaña:
así podrán brindar, como el Alfredo de La Traviata, y repetir
lo de “Libiamo, libiamo ne'lieti calici che la belleza infiora...”
Si no confían en sus facultades vocales, pongan un disco de esa
ópera; la versión de Alfredo Kraus y María Callas, cuando el español
era aún “il giovane tenore”, irá a las mil maravillas.
[Para
volver a Revista, haga clic aquí]
|