Panamá, 9 de febrero de 2001
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Un brindis por Verdi

Caius Apicius De EFE

MADRID, España. –Hace 100 años, en los últimos días de enero de 1901, los milaneses se concentraban en silencio a las puertas del Hotel Milán, cuyas calles próximas estaban cubiertas de paja para que ningún ruido molestase al agonizante Giuseppe Verdi.

Verdi dejó este mundo el vigésimo séptimo día del siglo recién estrenado, pero permanece para siempre en la inmortalidad.

Todo el mundo conoce su música, incluso quien no es consciente de ello, pero ha entonado, con más voluntad que arte, piezas como el “Va pensiero”, de Nabucco; “La donna é mobile”, de Rigoletto; la “Marcha triunfal”, de Aida, o el “Brindis”, de La Traviata.

El maestro gozó en vida de gran popularidad; en la época de su trilogía más conocida (Rigoletto, La Traviata e Il Trovatore), coincidente con el proceso de unidad italiana, los patriotas pintaban en las paredes la frase “Viva Verdi”, en la que Verdi era el anagrama de Vittorio Emmanuelle, Re d'Italia.

Sabemos que por entonces no faltaron cocineros que crearon platos dedicados a Verdi; pero, a diferencia de lo ocurrido con otro gran compositor Gioacchino Rossini, que fue un gran gastrónomo, no han permanecido esas creaciones en la gran cocina mundial.

Verdi nació en el Ducado de Parma, bajo dominación francesa por entonces. Su padre tenía un almacén de comestibles y el que después sería su protector (y su suegro unos años), Antonio Barezzi, tenía en Busseto otro establecimiento similar.

Es de suponer que en ambos casos, el joven Verdi tendría contactos con dos de las más conocidas joyas de la despensa de Parma: el jamón y el queso.

Parma, en la región de Emilia-Romagna, es una de las zonas de Italia con mejor cocina. Es de suponer que Verdi, al menos hasta que empezó en la madurez a tener problemas de estómago, disfrutaría con la gran cocina parmesana; lo que se come de niño marca mucho, sobre todo cuando se crece en una región que como Parma presume, y con razón, de su gastronomía.

Hay, claro, grandes platos como los anoloti alla parmigiana o las patatas Duquesa de Parma, en honor de María Luisa de Austria, que antes de ser Duquesa de Parma fue emperatriz de Francia, como segunda esposa de Napoleón I.

Pero también hay cosas que no por ser sencillas son desdeñables, como estos espárragos alla parmigiana.

Para ello limpien e igualen unos buenos espárragos verdes y átenlos en mazos. Pongan a hervir agua con sal y, cuando llegue a ebullición, pongan en la olla (que debe ser alta y estrecha) los espárragos, en posición vertical y cuidando que el agua solo roce las yemas. Déjenlos cocer no más de cinco o seis minutos.

Escúrranlos, desátenlos y colóquenlos en una fuente de horno. Pongan sobre ellos trocitos de buena mantequilla y rallen encima una generosa cantidad de queso parmesano. Metan la fuente en el horno y déjenla ahí hasta que se gratine y el queso forme una costra dorada sobre los espárragos, que servirán inmediatamente.

Un plato sencillo, pero sabroso, que podemos hacer en honor del maestro.

Y aunque los espárragos no se llevan bien con casi ningún vino, yo les sugeriría que en este caso los acompañen con un buen champaña: así podrán brindar, como el Alfredo de La Traviata, y repetir lo de “Libiamo, libiamo ne'lieti calici che la belleza infiora...”

Si no confían en sus facultades vocales, pongan un disco de esa ópera; la versión de Alfredo Kraus y María Callas, cuando el español era aún “il giovane tenore”, irá a las mil maravillas.

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