El niño 'bravo'
Este ‘Edutips’ le brinda consejos a los padres y a los maestros,
con el propósito de que ayuden a sus hijos o alumnos a enfrentar
la rabia
Wendy
Tribaldos
De La Prensa
wtribaldos@prensa.com
Cuando un niño pierde el control y se pone (como decimos los panameños)
bravo, usualmente toca a los adultos ponernos igual o peor de
malhumorados. Pero la bravura no es necesariamente mala cosa.
Lo que sucede es que poco se nos enseña a verla como algo normal;
se nos ha dicho que ponerse bravo es malo; sentirse así hasta
provoca sentimientos de culpabilidad en nosotros.
Pero el ponerse bravo de vez en cuando es inevitable. La idea
no es reprimir estos sentimientos, sino aceptarlos y canalizarlos
para mostrarlos de una manera aceptable. Este Edutips le brinda
consejos a los padres y maestros, con el propósito de que ayuden
a sus hijos y alumnos a enfrentar la rabia.
Es imperativo distinguir entre el ponerse bravo y el comportarse
agresivamente. Los sentimien-tos de rabia jamás deben generar
agresión física en los niños, ya sea hacia ellos mismos o hacia
otras personas u objetos.
La rabia normal es ocasional, no una situación constante. Puede
ser síntoma de un problema emotivo el que un niño sufra constantemente
de ataques de rabia y actúe agresivamente. Pida ayuda profesional
en estos casos.
Al enfrentarnos con un niño bravo, nuestras acciones deben ir
encaminadas a ayudarle a enfrentar la situación y buscarle un
fin constructivo, y no meramente otorgar un castigo en represalia
por el mal comportamiento. Sabemos que la tentación es mucha para
castigar y olvidarnos del asunto, pero esto no soluciona gran
cosa; la rabia puede permanecer latente en el niño, propicia para
salir a flote a la próxima oportunidad.
Un niño bravo necesita tiempo para tranquilizarse. Seguro que
cuando ha visto a un adulto bravo, ha determinado apartarse de
su camino y esperar a que se le pase la rabia. Con los niños es
más o menos igual: cuando se encuentran realmente furiosos, es
mejor darles un tiempo prudencial para que “se les bajen los humos”.
Si puede, ignore al niño y su comportamiento por un lapso de tiempo
o mándelo a sentarse en una silla hasta que se tranquilice.
Ante todo, no responda con una cucharada de la misma medicina.Si
el niño, furioso, le levanta la voz o le pega, ni se le ocurra
a usted hacer lo mismo. Use las tácticas del último punto, y luego
háblele pausada y tranquilamente. Dígale al niño que usted acepta
que él/ella esté bravo, pero no acepta golpes ni gritos salvajes.
Ignorar del todo tampoco es bueno. En un ataque de rabia, su moderación
como adulto es clave. La rabia de su niño es una manera de expresar
que él/ella necesita ayuda para manejar una situación. Si usted
ignora la rabia por completo, le estará expresando un “poco me
importa”. Si le presta demasiada atención, el mensaje será probablemente
“he encontrado una manera de lograr lo que yo quiero”.
La situación es importante. Hay situaciones tentadoras, donde
el niño tiene mayor oportunidad para ponerse bravo. Por ejemplo,
evite colocar al niño en espacios muy pequeños y darle demasiadas
reglas y regulaciones; ambas son situaciones productivas para
el malhumor.
Maneje la rabia en privado, preferiblemente. Los niños son muy
susceptibles al “que dirán”. Si la rabia ocurre en público, los
demás niños y adultos pueden reaccionar con palabras burlescas
o risas inapropiadas que pueden provocar más malhumor, o peor
aún, depresión.
Aproveche los buenos momentos. Esto es prevención más que cura:
para evitar rabietas, refuerce positivamente las situaciones donde
su hijo se comporte adecuadamente. Ejemplos para papá: “me alegro
que compartas el chocolate con tu hermano” o “gracias por decir
la verdad de lo que ocurrió”. Para maestros: “gracias por sentarte
en tu puesto sin hacer ruido” o “trabajaste muy duro en este proyecto”.
Use su presencia. Colóquese físicamente cerca del niño. Sobre
todo en los pequeños, la presencia de un adulto interesado en
sus actividades les ayuda.
Muestre afecto y/o humor. Un abrazo poco esperado puede eliminar
la bravura. O tal vez, si su hijo es adepto al humor, haga algún
chiste (ojo, no burlas, por favor) para desinflar la situación
negativa.
Los límites son siempre los límites. Los niños deben conocer hasta
donde pueden llegar a la hora de comportarse. No permita que ignoren
estos límites.
Modele comportamientos. Si su hijo lo ve a usted bravucón en muchas
ocasiones, no espere que se comporte como un angelito.
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