Panamá, 9 de febrero de 2001
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El niño 'bravo'

Este ‘Edutips’ le brinda consejos a los padres y a los maestros, con el propósito de que ayuden a sus hijos o alumnos a enfrentar la rabia

Wendy Tribaldos
De La Prensa
wtribaldos@prensa.com

Cuando un niño pierde el control y se pone (como decimos los panameños) bravo, usualmente toca a los adultos ponernos igual o peor de malhumorados. Pero la bravura no es necesariamente mala cosa. Lo que sucede es que poco se nos enseña a verla como algo normal; se nos ha dicho que ponerse bravo es malo; sentirse así hasta provoca sentimientos de culpabilidad en nosotros.

Pero el ponerse bravo de vez en cuando es inevitable. La idea no es reprimir estos sentimientos, sino aceptarlos y canalizarlos para mostrarlos de una manera aceptable. Este Edutips le brinda consejos a los padres y maestros, con el propósito de que ayuden a sus hijos y alumnos a enfrentar la rabia.

Es imperativo distinguir entre el ponerse bravo y el comportarse agresivamente. Los sentimien-tos de rabia jamás deben generar agresión física en los niños, ya sea hacia ellos mismos o hacia otras personas u objetos.

La rabia normal es ocasional, no una situación constante. Puede ser síntoma de un problema emotivo el que un niño sufra constantemente de ataques de rabia y actúe agresivamente. Pida ayuda profesional en estos casos.

Al enfrentarnos con un niño bravo, nuestras acciones deben ir encaminadas a ayudarle a enfrentar la situación y buscarle un fin constructivo, y no meramente otorgar un castigo en represalia por el mal comportamiento. Sabemos que la tentación es mucha para castigar y olvidarnos del asunto, pero esto no soluciona gran cosa; la rabia puede permanecer latente en el niño, propicia para salir a flote a la próxima oportunidad.

Un niño bravo necesita tiempo para tranquilizarse. Seguro que cuando ha visto a un adulto bravo, ha determinado apartarse de su camino y esperar a que se le pase la rabia. Con los niños es más o menos igual: cuando se encuentran realmente furiosos, es mejor darles un tiempo prudencial para que “se les bajen los humos”. Si puede, ignore al niño y su comportamiento por un lapso de tiempo o mándelo a sentarse en una silla hasta que se tranquilice.

Ante todo, no responda con una cucharada de la misma medicina.Si el niño, furioso, le levanta la voz o le pega, ni se le ocurra a usted hacer lo mismo. Use las tácticas del último punto, y luego háblele pausada y tranquilamente. Dígale al niño que usted acepta que él/ella esté bravo, pero no acepta golpes ni gritos salvajes.

Ignorar del todo tampoco es bueno. En un ataque de rabia, su moderación como adulto es clave. La rabia de su niño es una manera de expresar que él/ella necesita ayuda para manejar una situación. Si usted ignora la rabia por completo, le estará expresando un “poco me importa”. Si le presta demasiada atención, el mensaje será probablemente “he encontrado una manera de lograr lo que yo quiero”.

La situación es importante. Hay situaciones tentadoras, donde el niño tiene mayor oportunidad para ponerse bravo. Por ejemplo, evite colocar al niño en espacios muy pequeños y darle demasiadas reglas y regulaciones; ambas son situaciones productivas para el malhumor.

Maneje la rabia en privado, preferiblemente. Los niños son muy susceptibles al “que dirán”. Si la rabia ocurre en público, los demás niños y adultos pueden reaccionar con palabras burlescas o risas inapropiadas que pueden provocar más malhumor, o peor aún, depresión.

Aproveche los buenos momentos. Esto es prevención más que cura: para evitar rabietas, refuerce positivamente las situaciones donde su hijo se comporte adecuadamente. Ejemplos para papá: “me alegro que compartas el chocolate con tu hermano” o “gracias por decir la verdad de lo que ocurrió”. Para maestros: “gracias por sentarte en tu puesto sin hacer ruido” o “trabajaste muy duro en este proyecto”.

Use su presencia. Colóquese físicamente cerca del niño. Sobre todo en los pequeños, la presencia de un adulto interesado en sus actividades les ayuda.

Muestre afecto y/o humor. Un abrazo poco esperado puede eliminar la bravura. O tal vez, si su hijo es adepto al humor, haga algún chiste (ojo, no burlas, por favor) para desinflar la situación negativa.

Los límites son siempre los límites. Los niños deben conocer hasta donde pueden llegar a la hora de comportarse. No permita que ignoren estos límites.

Modele comportamientos. Si su hijo lo ve a usted bravucón en muchas ocasiones, no espere que se comporte como un angelito.

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