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La
deuda social crece en nuestro país cada día que pasa,
con cada niño que nace sin atención médica, y con cada
familia que habita en una vivienda inapropiada. Como es
deber del Estado transformar las necesidades humanas en
derechos de las personas, es un valioso aporte el contar
con una ley que incentive la construcción de viviendas
de interés social. Ahora bien, la mera aprobación de una
ley no equivale a hacer realidad las aspiraciones básicas
de nuestros congéneres, y es de esperar que el Gobierno,
en su conjunto, ponga especial atención en la ejecución
de dicho instrumento legal. No basta con declarar su importancia;
hay que crear los mecanismos para que no se trastoquen
sus verdaderos propósitos. El Estado, a sus tareas de
promotor y facilitador, no debe dejar de añadir su rol
fiscalizador: tan crucial es para una cantidad sustancial
de panameños –cifra que se calcula en unas 700 mil personas–
que esta normativa se lleve a la práctica, como que no
se cometa ningún tipo de corruptela bajo su amparo, porque
ello empañaría su sana finalidad e iría forzosamente a
contramano de lo que se espera del Gobierno y los sectores
organizados de la sociedad. Si se ponen manos a la obra
pronto, y se cumple con las regulaciones mundialmente
establecidas sobre las características mínimas de la vivienda
humana, habremos dado un paso firme hacia la reducción
de la pobreza y la ampliación de las oportunidades de
todos.
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