Panamá, 22 de enero de 2001
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Bush en la Casa Blanca: Adolfo L. Suárez A.

Independientemente de quién sea presidente, Estados Unidos trabaja en política exterior en base solo a su interés nacional

George W. Bush, nuevo presidente de Estados Unidos, llega a la Casa Blanca luego de ser protagonista de la más disputada contienda electoral en la historia estadounidense. Un fallo de la Corte Suprema finalmente motivó a su rival, Al Gore, a aceptar a Bush como presidente.

Entre otras particularidades, Bush llega a la Casa Blanca como el primer hijo de un ex presidente desde 1825, cuando John Quincy Adams alcanzara el solio presidencial 28 años después que su padre, John Adams; segundo presidente de ese país (1797-1803). También alcanza la presidencia, ganando solo con los votos del Colegio Electoral, mas no en la votación popular. Es el primer presidente del nuevo siglo y el nuevo milenio.

Los analistas coinciden en que George W. Bush tendrá que gobernar a través del consenso para lograr la ejecución de su programa de gobierno; especialmente en temas de su interés como la distribución del superávit económico, la explotación de las reservas petrolíferas en Alaska o el apoyo a la pena de muerte. En primer lugar, todas las dudas que envolvieron la elección presidencial del pasado 7 de noviembre, hacen que el nuevo presidente llegue rodeado de falta de legitimidad, según muchos analistas. En segundo lugar, Bush encuentra un Congreso levemente favorable al partido Republicano, con una Cámara Baja con 221 representantes republicanos frente a 212 demócratas y 2 independientes; mientras que en el Senado hay igualdad de fuerzas entre los republicanos y los demócratas (50-50). Por otra parte, encontrará un país fortalecido económicamente, producto de un superávit alcanzado por los ocho años de la administración Clinton.

Sobre las personas designadas para acompañar a Bush, tenemos entre las más conocidas a su vicepresidente, Richard “Dick” Cheeney, quien ejerció el cargo de secretario de Defensa en el periodo del padre de Bush entre 1989-1993; el ex general Colin Powell, quien fue jefe de las Fuerzas Armadas y persona clave durante las operaciones militares ocurridas durante la gestión del ex presidente Bush, en especial Panamá e Irak.

Por último, la nueva administración ha generado una serie de expectativas en materia de política exterior, debido a que Bush propuso durante la campaña electoral una reducción del intervencionismo, a través de una “redefinición de intereses estratégicos”. Evidentemente, durante los próximos cuatro años, no podrá ejercer la función de fiscalizador internacional de las elecciones en los países en vías de desarrollo. China ha solicitado que las relaciones diplomáticas se mantengan al mismo nivel en que han estado durante las administraciones anteriores (nexos establecidos en 1979). El área del Cercano Oriente, con el problema entre los israelíes y palestinos será uno de los grandes retos que enfrentará Bush, debido a la necesidad de reactivar el proceso de paz en una región vital para la paz mundial. América Latina en conjunto, esperará de la administración Bush la consecución del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), lo que se comprobará en la próxima reunión de mandatarios de marzo. México tratará el tema de los inmigrantes y trabajadores; Puerto Rico con su nueva gobernadora, ha puesto clara su intención de detener el uso de la isla de Vieques por parte de la marina estadounidense. En Colombia, habrá que esperar si el denominado Plan Colombia será modificado o ejecutado por la nueva administración, conjuntamente con el gobierno del presidente colombiano. Según los medios, Africa está fuera de los planes de la administración Bush. Recordemos que independientemente de Bush o Gore, Estados Unidos trabaja en política exterior en base solo a su interés nacional. Las preocupaciones que generan las declaraciones de Bush sobre el Canal , deben motivarnos a continuar manejando la vía con eficiencia.

En fin, la administración Bush tendrá una serie de retos que deberá enfrentar con mucha habilidad. En esta administración, serán planteadas, en algún momento, reformas o mecanismos para evitar situaciones como las sucedidas en las pasadas elecciones, ya que el país necesita que su sistema político asimile la lección. A la nueva administración presidencial y al pueblo estadounidense, lo mejor.

El autor es educador


Dejad que los muertos hablen: Félix Wing Solís

Permitamos que laComisión de la Verdad haga su trabajo

“Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia.” 1 Juan 1, 9

Recuerdo que, siendo apenas un adolescente, muchas preguntas sobre la dictadura pasaban por mi mente. ¿Por qué el golpe de Estado? ¿Por qué la desaparición de un cura que enseñaba a los pobres a dejar de serlo? ¿Por qué la decapitación de un ser humano? ¿Por qué la vejación de tantas personas desarmadas que intentaban protestar pacíficamente? ¡Qué preguntas tan difíciles de contestar!

¡Y qué decir de las familias de los desaparecidos! En un día nefasto, que siempre quedará grabado en sus corazones, sus padres, hijos, hermanos, esposos y amigos, fueron sustraídos para siempre de sus vidas. Nunca se supo más de ellos. Ni siquiera les quedaba el consuelo de saber que estaban muertos, cómo habían muerto o dónde habían sido enterrados. Sus cadáveres no recibieron nunca el honor de un funeral. Y esa horrible incertidumbre se ha prolongado ya por varias décadas.

Hoy la tierra devuelve a sus muertos. Su ropa, sus huesos y hasta su estructura molecular nos dirán quiénes son. Pero ellos tienen mucho más que contarnos, si les dejamos hablar. ¡Y es que sigue habiendo tantas preguntas sin respuestas!

Ni siquiera los juicios de algunos de esos crímenes, con todos sus expedientes, hojas, recursos y formalismos, han podido aclararnos lo que pasó.

¿Por qué no cerrar por fin este capítulo de nuestra historia? ¿Por qué no dejar que la verdad brille y acabe con la oscuridad de tantos años? A todos los que saben algo, no podemos sino rogarles de corazón: ¡dejad que los muertos hablen! ¡Que hablen a través de ustedes, que les vieron en sus últimos momentos! A ellos no se les concedió la gracia de morir entre los suyos, pues les fue negada por mano de los hombres. Y ya que no obtuvieron la misericordia por la que imploraban entre tormentos, al menos permítanles a los suyos escuchar por última vez la voz de sus muertos.

Durante todos estos años, muchos han callado, respetando un código de silencio. Otros lo habrán hecho por miedo a ser encarcelados. No obstante, muchos de estos casos probablemente ya habrán prescrito. De ser así, la mano de los hombres no podría entonces hacerle nada a los responsables, y las leyes de Dios y de los hombres tampoco permiten que nadie obre en ellos, lo mismo que hicieron. ¿Qué otra cosa podrá privarnos ahora de conocer la verdad?

Permitamos que la Comisión de la Verdad haga su trabajo, que es harto difícil y arriesgado. Que reciba todos los testimonios, investigue todos los hechos, siga todas las pistas sin excepción. Que haga públicos sus hallazgos para que esas viejas heridas, que nunca sanaron, se cierren definitivamente. Y por esa misma razón, no descartemos la posibilidad de que se amplíe en su momento su mandato, para que también puedan aclararse las desapariciones ocurridas durante la invasión militar de 1989. No es asunto de política partidista ni de ‘cacería de brujas’. Es asunto de humanidad.

Jesús mismo, que murió entre tormentos siendo él un inocente, nos invita a no temer a la verdad: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8, 32). Pidamos a Dios que, como fruto del Año Jubilar que acaba de terminar, nos llene con la gracia del arrepentimiento, el perdón y la reconciliación. Y es que no puede haber perdón sin arrepentimiento, ni puede haber reconciliación sin perdón.

El autor es directivo de la Fundación Libertad Ciudadana


¿Defensor político?: H. L. Francisco J. Ameglio S.

Desde la eterna Roma -donde asisto invitado por el Congreso y el Senado Italianos a la Primera Conferencia Mundial de Parlamentarios de ascendencia italiana, en la que se han cubierto temas como la asistencia económica social de Italia a nuestros países latinoamericanos en desarrollo y la responsabilidad que tenemos los parlamentos del mundo de asumir un rol humanizador y sensibilizador de la globalización- he leído en algunos diarios panameños, la noticia de que hay cuatro candidatos DC para la Defensoría del Pueblo y que esto corresponde a lo pactado entre telones por el “Acuerdo Meta”, y que incluyó el compromiso de apoyar un candidato DC.

Esta noticia me impacta como lo más contradictorio al principio de existencia de la Defensoría del Pueblo. El defensor del pueblo debe gozar de un prestigio intachable, pero sobre todo de un carácter ecuánime y objetividad indiscutibles; no puede ser impuesto por pactos políticos que tenderían a convertirle en títere de corrientes e ideologías políticas.

La más importante de sus cualidades, debe ser su absoluta objetividad e imparcialidad y su conocimiento indiscutible de que “los derechos humanos son innatos al ser y no a su carácter”.

De ser realidad esta componenda, no solamente se desvirtuaría la escogencia de tan alta figura a nivel nacional e internacional, sino que confirmaría mis sospechas de que el famoso “Pacto Meta” no es sino el “pacto teta”, que pretende mantener a la DC succionando al estado para así poder subsistir.

Por el bien de Panamá y por el prestigio de la Defensoría del Pueblo, espero equivocarme.


¿Qué crisis?: José Ardila

El momento actual exige grandes esfuerzos nacionales

El enfoque tradicional de la economía política, mediante el cual se observa el desarrollo económico de cada país, se basa en el principio de la correspondencia de los valores y estructura material del producto social global; es decir, todo el conjunto de mercancías (máquinas, pan, zapatos, etc.) producidos en las diferentes ramas de la producción material durante un periodo determinado, y de la renta nacional, que es el nuevo valor creado en toda la producción social, en el mismo periodo.

Basta solo mencionar que existen esquemas del producto social que asocian los principales problemas de la acumulación del capital y de la ampliación de la producción, con la unidad de las diferentes partes de los aspectos de la reproducción.

El análisis del comportamiento de la economía panameña, en los últimos años, no escapa a ese enfoque tradicional. Por lo tanto, los conceptos que se presentan en este escrito, son el resultado del análisis de esas categorías económicas.

A causa de la ausencia total de producción de instrumentos productivos (herramientas, maquinarias, equipo), Panamá no puede por sí sola abastecer la parte significativa de la ampliación y restauración del capital básico.

Analizando las cifras de los últimos años se puede determinar que en Panamá, la dinámica de la reproducción ampliada (reanudación de la producción a un nivel superior) no adquirió una clara expresión de carácter cíclico, tal como se observa en los ritmos de crecimiento descendentes del producto social global, de la remuneración de los empleados, del excedente neto de explotación y del consumo del capital fijo. Y aunque la formación bruta del capital fijo mostró un crecimiento considerable, el componente que se refiere a los bienes de capital sufrió una caída vertiginosa.

Otro indicador convincente que refleja la situación económica son las finanzas públicas. En el proceso de circulación de todo el capital social participa el Estado al definir, mediante el presupuesto, la política relacionada con la reproducción de los elementos materiales de las fuerzas productivas.

Igualmente, el movimiento de los medios presupuestarios está ligado a la reproducción del capital fijo.

El presupuesto del sector público ejerce influencia multilateral en el proceso de la reproducción ampliada. Primeramente, el presupuesto y la política presupuestaria contribuyen al proceso de acumulación, que determina el crecimiento económico. En segundo lugar, con la ayuda de los medios presupuestarios, el Estado influye en el proceso de realización del producto social global en general y de la plusvalía en particular.

Y finalmente, los medios del presupuesto juegan un papel fundamental en el proceso de la reproducción de las fuerzas productivas.

La política presupuestaria, como parte esencial de la política económica del Estado, debe ayudar al crecimiento de la cuota de acumulación; y aunque no lo muestre de forma total, el presupuesto refleja el proceso de formación del fondo nacional de acumulación.

El estímulo por parte del Estado hacia la acumulación del capital se explica por causas de carácter político, económico y social. Causas estas que conducen a un objetivo común: la defensa y mantenimiento del sistema económico vigente.

No obstante, en Panamá, el papel que le concierne al Estado en la realización de la política económica se ha visto minimizado. Esto lo demuestran las cifras correspondientes a los últimos presupuestos, donde los egresos crecieron aproximadamente un 10%. Sin embargo, los gastos de inversión efectuados por el Gobierno central han mostrado crecimientos negativos. No así el servicio de la deuda, que ha llegado a incrementar su participación dentro del presupuesto, hasta un 45% (en 1997).

También se puede observar en los coeficientes para el análisis del desenvolvimiento de la economía panameña, un déficit fiscal corriente del Gobierno central crónico, con respecto al PIB (-8.7, en 1997; -7.2, en 1998; -3.1, en 1999).

Ahora bien, de la teoría de la reproducción se desprende que la única fuente de acumulación es la plusvalía, es decir, el trabajo no remunerado; y la acumulación es la única premisa para ampliar la producción. En este sentido, los propietarios de los medios de producción (los capitalistas) con el fin de aumentar el valor y lograr mayores porcentajes de ganancia amplían ilimitadamente la producción, lanzando al mercado grandes cantidades de mercancías. Al mismo tiempo, y gracias a la competencia, implantan nuevos procedimientos técnicos e incrementan la productividad e intensidad del trabajo, haciendo todo lo posible por mantener el salario de los trabajadores en los niveles mínimos.

Bajo esta situación, el poder adquisitivo y la demanda de la población se rezagan con relación a las posibilidades de producción. En consecuencia, las mercancías se quedan sin vender; las empresas no pueden compensar sus gastos y no tienen la posibilidad de continuar la producción. Se rompe el proceso productivo y las únicas condiciones que pueden asegurar una reproducción en escala ampliada son la proporcionalidad entre la producción y el consumo.

En fin, disminuye la producción, no porque se hayan satisfecho todas las necesidades de la sociedad, sino porque disminuye la ganancia y la producción deja de ser rentable para los capitalistas.

El aumento de la plusvalía es pues, el objetivo de la producción capitalista; objetivo que estimula y a la vez frena su crecimiento. Precisamente de este aspecto característico de la producción capitalista y únicamente de él, se deriva la causa específica de la crisis económica.

Significa entonces que, de acuerdo con la causa, la situación por la que atraviesa la economía panameña no puede ser identificada como de crisis.

Por el contrario, ha sido la falta de medios económicos en la acumulación y reproducción del capital la que ha provocado la caída económica. Y a pesar de que ciertos fenómenos que se observan -reducción de la construcción y pedido de equipo, quiebra de firmas comerciales y de pequeñas empresas, trastorno en el sistema financiero y crediticio, crecimiento del desempleo y disminución del poder adquisitivo- son propios de las crisis, no podemos identificar esta situación como tal.

El momento actual exige no solo de grandes esfuerzos nacionales, sino también la inmediata creación de la base sobre la cual se levante toda una nueva estructura socio económica que les facilite la existencia a las nuevas generaciones.

El autor es economista


Foro Económico: hacia una visión compartida: Jaime A. Porcell Alemán

El crecimiento de la economía resulta demasiado modesto para que el bienestar nos alcance

En el primer semestre de gobierno arnulfista discutían si lo que vivíamos era o no desaceleración por el mal de ojo echado por Balladares. Luego de año y medio con una economía que crece al 2.3%, todavía discuten si es o no recesión. Lo que nadie discute es que la economía anda dando tumbos. Quienes la comparan con la de finales de los ochenta suenan desmemoriados, cuando menos.

La interpretación de la crisis resume aquella muy nuestra propensión de tomar partido: para unos, herencia de Balladares y sus medidas neoliberales, para otros, consecuencia del gobierno de Moscoso con un gabinete demasiado político. Sorteando la discusión sobre quién derramó la olla de leche, hay dos verdades: la apretazón resulta muy democrática: la sufrimos todos, Gobierno y empresa privada; pero el costo político lo asume el Gobierno.

El crecimiento de la economía resulta demasiado modesto para que el bienestar nos alcance. Padecemos “agotamiento del modelo de crecimiento”. En buen romance, el pan que queda luego del intercambio entre nosotros mismos y con el resto del mundo, resulta mendrugo que ya no estira para todos.

Pero la actividad que genera riqueza la realiza, en su mayoría, el sector privado. En teoría, el Estado regula y facilita, aunque los empresarios sufren trabas e interminable papeleo para poner un negocio. Tal ineficiencia afecta a la sociedad entera. Entonces, no albergan suficiente razón quienes aúpan a empresarios y sociedad civil a mantenernos al margen de las decisiones gubernamentales.

La empresa privada cuestiona el tamaño de una burocracia que distrae la inversión en planilla, mientras el Estado cocina una reforma tributaria para sufragarla. Pero resultaría incapaz de absorber la mano de obra cesante del Estado, con resultados desastrosos sobre el consumo.

Los Gobiernos resultan muy panameños cuando trátase de facultar a los gobernados para que influyan en decisiones. La tradición autocrática llega a su clímax con gobernantes del tamaño de Arnulfo, Torrijos y Balladares. Solo cuando sienten que el agua les sube demasiado, establecen aquello que llaman consulta. Pero indefectiblemente, terminarán decidiendo ellos el futuro de todos. Por hacerse costumbre, la autocracia adquiere visos de legítima y natural, sobre todo cuando alcanza expresiones legales. Poder, para el pueblo pero sin el pueblo.

Tampoco por la falta de una tradición de consulta o por los peligros de caer en apologías de sectores económicos con vocación redentora que claman protección, de prestar tribunas para que nuevos mesías promuevan su elíxir, o de caer en tramoyas para justificar un falso consenso, debieran los gobernados abstenerse ante el llamado. La consulta, como vía para que ideas e intereses de los gobernados impregnen la visión del Estado, aporta sustancia a la democracia participativa. Así los riesgos que encierra, bien vale la pena correrlos.

Nuestro país resulta pleno en oportunidades. El turismo con atractivos únicos, posición geográfica envidiable más nuestro canal, población bilingüe, economía dolarizada, estabilidad política, nivel educativo promedio relativamente alto, centro de transporte multimodal en gestión, cultura cosmopolita. No estamos inermes ante la globalización, poseemos nuestras ventajas, pero resultamos caros en producción.

Afrontamos también nuestros retos. Necesitamos producir más por hora para mejorar salarios y ahorrar. Pero más dinero no necesariamente redunda en mayor bienestar, hay ricos pobres de espíritu. Más que tener más, aspiraríamos a ser más, lo que también cuesta.

Para ser y tener más, no hay como fortalecer el nivel educativo en general y la mano de obra, estimular el ahorro individual y la capacidad emprendedora. Pero sin crecimiento económico, tampoco hay agenda social del Gobierno, y menos de un sector privado que tendrá que restringirse para sobrevivir.

Todas las economías de rápido crecimiento disponen en común que logran un gran acuerdo nacional, tutelado por un Gobierno fuerte. Pero nuestro sector empresarial carece de visión común. Existe acuerdo, eso sí, en la necesidad de flexibilizar el Código de Trabajo y de no cargar tributos adicionales en época de recesión. Pero no observamos consenso en cuanto al modelo a implantar. Los sectores industrial y agropecuario abogan por una economía cerrada que proteja mientras reconvierten, mientras el comercio añora los productos más baratos de ultramar.

La máxima panameñista de Panamá para los panameños, lleva implícita la generación de suficiente riqueza como para que alcance para todos. La inversión nacional dispone de oportunidades. Pero también la extranjera con su aporte de tecnología y capital. Para lograr una visión compartida sobre cómo generar esta riqueza requerimos de un acuerdo nacional que defina para todos un país-propósito; y no conozco mejor herramienta que el Foro Económico.

El autor es investigador de mercado


Una presidencia encogida: Michiko Kakutani

Con un tipo común como presidente de Estados Unidos, el cargo se encoge

En la última cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca durante la primavera pasada, el presidente de Estados Unidos Bill Clinton mostró un vídeo ahora famoso en el que elevaba su propio estatus como un presidente debilitado en su último año -el vídeo mostraba al mandatario del mundo libre comprando jamones ahumados por “eBay”, lavando su ropa, ajustando los setos del Jardín de las Rosas, mirando la televisión con su perro y corriendo detrás de la limusina de Hillary Clinton con una bolsita de café de papel que llevaba su almuerzo.

En los días siguientes, Clinton fue acogido por sus dones como un actor que sobreactuaba, además de ser criticado por trivializar la estatura de su cargo. La pérdida de gravedad, por supuesto, no comenzó con el video, como tampoco con el caso de Monica Lewinsky y su vestido manchado. Estuvo ahí desde el principio.

Era, después de todo, un hombre que había hecho campaña en pos de la presidencia tocando en su saxofón “Heartbreak Hotel” en el programa “The Arsenio Hall Show”; un presidente que imitó a Don Corleone en “Larry King Live'', y quien concluyó su discurso de despedida ante la Convención Demócrata con una cita de Fleetwood Mac. Sabemos quién era el Beatle favorito de este presidente (Paul), qué clase de calzoncillos usaba (trusas, no bóxers), y qué estampilla de Elvis Presley prefería (la de cuando era joven).

En retrospectiva, Clinton puede ser visto no solo como el primer presidente de la postguerra, sino como el primer mandatario “fácil de usar”: el presidente no como una figura paternal, de líder visionario, símbolo nacional o cualquiera de los otros roles tradicionales del cargo, sino como el presidente que es como el tipo de la casa contigua, un invitado al programa de Oprah que siente nuestro dolor porque él lucha, como el resto de nosotros, con su peso, su matrimonio y su juego de golf.

En su anhelo adolescente de agradar, su evasión leguleya, así como el burdo espectáculo de sus aventuras con otras mujeres, Clinton le dio a Estados Unidos una presidencia que abarcaba las páginas noticiosas y las columnas de chismes en los tabloides, así como la edición política de los domingos y los programas de comedia ya entrada la noche; una presidencia hecha a la medida para nuestra terapéutica, era de relativismo y anormalidad: reducida, sin lustre y accesible.

Si bien el presidente ha pasado sus últimas semanas en el cargo tratando de impulsar una frenética agenda que ayude al apuntalamiento de su legado -incluyendo esfuerzos de último momento para alcanzar un acuerdo de paz en Oriente Medio y ordenando la protección de millones de hectáreas de bosques- su estilo ha seguido siendo casual hasta el final. Ha concedido diversas entrevistas en las que se ha quejado del proceso de impugnación y ha expresado regocijo en cuanto a que la opinión pública nunca “encontrará a alguien que se divierta tanto” siendo presidente, como él.

De hecho, viajes recientes a Nueva Hamsphire, la región norcentral de Estados Unidos y Arkansas, junto con su discurso al país por la noche del jueves, han adquirido un toque de la clase de los recorridos de despedida que efectúan estrellas de la NBA e ídolos del rock cuando se retiran. Y en su discurso de ayer, el presidente saliente dijo que no había título que llevara con más orgullo que el de ser un ciudadano (estadounidense).

El mandato del ciudadano Clinton en la Oficina Oval ayudó a marcar el tono de la campaña presidencial del 2000 -campaña inusualmente centrada en personalidades y defectos de carácter, en suspiros y sonrisas afectadas y besos con los consortes- y también presagió muchos de los sucesos rencorosos que ocurrirían durante la disputada elección, desde un partidismo cada vez más virulento, hasta un enfoque cada vez mayor sobre legalismos y abogados. Indudablemente, el encogimiento de la presidencia que se aceleró bajo Clinton continuará, dadas las circunstancias bajo las que George W. Bush ingresará en la Casa Blanca: tras perder el voto popular y habiendo ascendido a la presidencia con la ayuda de la Suprema Corte.

Asimismo, la campaña perpetua de Clinton para ascender en las encuestas y popularidad, sin duda serán asumida también por la administración entrante, dadas las dificultades que Bush enfrenta para gobernar a un Congreso y a una opinión pública amargamente divididos.

Si bien la presidencia de Clinton perdió su aire mítico, en parte a causa de la autoridad moral que perdió tras sus relaciones con Gennifer (Flowers) y Monica (Lewinsky), se trató también de una función de su estilo campechano y de su deseo, como le dijo a Joe Klein en una entrevista reciente para la New Yorker, “de acabar con el misterio del cargo”, de tratarlo como si fuera una posición gerencial. “Es un empleo”, declaró, y ”hay mucho que decir con respecto a llegar todos los días y tratar de empujar la roca hasta la cima”.

Si la presidencia de Estados Unidos ha sufrido una pérdida del respeto en años recientes -una encuesta de 1996, efectuada por la Knight-Ridder, señalaba que casi dos terceras partes de los estadounidenses no querían que su hijo se convirtiera en presidente-- difícilmente lo hizo Clinton por sí solo. En 1981, Arthur M. Schlesinger Jr. -el mismo hombre que acuñó el término “presidencia imperial” un decenio antes- convocó a una conferencia sobre la impotencia presidencial, debatiendo si deberían o no efectuarse cambios constitucionales para ayudar a un presidente a gobernar con mayor eficacia. Por la misa época, Jospeh Kraft declaró que “la Presidencia, como institución, está en aprietos”.

El cargo estaba plagado de una desigualdad entre las expectativas y los recursos, argumentó. Había sido disminuida por la declinación de la Guerra Fría, por un cuerpo de prensa pos-Watergate cada vez más adverso y por una “nueva serie de asuntos -criminalidad, control de armas, aborto, drogas, rezos en las escuelas- no susceptibles de una resolución del liderazgo presidencial”.

En este ambiente político, el gregario y familiar estilo de Clinton para hacer campaña tocó una fibra entre el electorado, desencantado por su adversario republicano, el aristocrático y sencillo George Herbert Walker Bush y más tarde, por un Bob Dole igualmente carente de empatía. Clinton, sin embargo, ingresó en el cargo en 1993 con apenas 43 por ciento del voto y su indecisión y aversión por los conflictos le granjearon una temprana reputación en Washington como un presidente desprovisto de visión, un político que podría ser dirigido.

En junio de 1993, tras las consecuencias de la conmoción de la oficina de viajes y una serie de polémicas nominaciones, la revista Time puso a Clinton en la portada bajo el encabezado, “El increíble presidente que se encoge”, y dos años más tarde, tras la victoria republicana en el Congreso, un petulante Clinton de hecho se vio obligado a insistir en que seguía siendo relevante como presidente, que la “Constitución me da relevancia”.

Aunque las ostentosas habilidades políticas del presidente Clinton le permitirían salir avante de estas dificultades -así como del embrollo de la destitución- su misma decisión de adoptar una postura táctica y defensiva contribuyó ulteriormente con la disminución de su cargo. Los constantes sondeos de opinión que condujo Dick Morris (sobre todo, desde dónde debía el presidente pasar sus vacaciones de verano hasta si debía o no decir la verdad sobre el caso Lewinsky) tuvieron el efecto de tornar difusas las líneas entre el gobernar y la política; además, cuando Clinton abandonó grandes y ambiciosos planes como el de la atención médica en favor de iniciativas de poco impacto, como los uniformes en las escuelas y sobre el hábito de fumar entre adolescentes, provocó que un historiador calificara su contienda del '96 como “la campaña Seinfeld”.

Más aún, muchos de los logros más aplaudidos de su administración -desde la reforma a la Asistencia Social, pasando por el libre comercio, hasta la reducción del déficit- resultarían de hecho, a partir de la apropiación de principios republicanos.

Al mismo tiempo, hubo repercusiones sobre la política originadas por los problemas personales de Clinton. Un ex asesor de Clinton, David Gergen, ha sugerido que el fracaso del presidente para tomar el control de la reforma de la atención médica estuvo relacionado con su falta de voluntad para desafiar a su esposa, cuando él estaba en grandes aprietos maritales a causa de acusaciones respecto a que había usado a efectivos policiales de Arkansas para que le consiguieran mujeres. Asimismo, el tiempo y la energía que invirtió en combatir su destitución -un proceso de desafuero que llegaría a parecer minúsculo comparado con el Watergate y Richard M. Nixon, dada la naturaleza salaz de las ofensas de Clinton y el ruidoso partidismo de sus detractores- serían tiempo y energía que pudiera haber invertido en el Seguro Social y la reforma al Plan de Salud.

Clinton declaró en alguna ocasión que el carácter “es un viaje, no un destino”, y su carrera, sin mencionar su presidencia de dos mandatos, a menudo semejó algo más vernáculo, lleno de melodramas como los de los talk shows, grandes esperanzas dando paso a errores sobrecogedores, seguidos por negaciones, confesiones y regresos increíbles.

De alguna forma, los sensacionalistas problemas de Clinton funcionaron para reducir el nivel esperado de los candidatos, para inocularlos a ambos -a George W. Bush de revelaciones sobre comportamiento errático en sus días de juventud, y al vicepresidente Al Gore de acusaciones relativas a exageraciones y alardes. En comparación con el rococó, el talón de Aquiles del saliente ocupante de la Casa Blanca, los lapsos de ambos aspirantes a la presidencia de Estados Unidos a menudo dan una impresión de extraña palidez.

Tanto Bush como Gore adoptaron métodos tácticos de Clinton en sus campañas, esmerándose por evitar temas polémicos y candentes puntos ideológicos. Ambos hicieron eco de Clinton en lo concerniente a unir confesiones personales con sus biografías oficiales: Bush con respecto a sus problemas con la bebida en alguna época; Gore en lo tocante a la crisis de edad madura que sufrió luego de que su hijo fuera atropellado por un automóvil.

Ambos hombres también recorrieron de nuevo la ruta de talk shows que Clinton tomó con Arsenio Hall hace ocho años y por carecer de su encanto y dominio de la política con cuentagotas, lo hicieron con un celo desesperado. Aparecieron por la televisión ya entrada la noche con una regularidad preocupante e incluso hicieron parodias de sí mismos en el programa Saturday Night Live, rivalizando con las brillantes caricaturas que presenta semanalmente Darrell Hammond y Will Ferrel. Bush apareció también en Live with Regis, vestido como Philbin, en tanto que Gore respondía torpemente a preguntas de la Reina Latifah con respecto a si le gustaban las mujeres vestidas de cuero o encaje.

De hecho, una de las muchas ironías de la campaña del 2000, conducida a la sombra de la tortuosa travesía de Clinton, tanto personal como políticamente, es que tanto Bush como Gore sintieron la necesidad de trabajar muy duro para humanizarse, para demostrar que eran personas comunes: algo no muy diferente a lo que hizo el presidente saliente, quien siguió ganando concursos de popularidad incluso tras el proceso para destituirle, además de haber contribuido con las nuevas proporciones diminutas de la Oficina Oval.

The New York Times News Service

 
     

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