Bush en la Casa Blanca: Adolfo
L. Suárez A.
Independientemente de quién sea presidente, Estados Unidos trabaja
en política exterior en base solo a su interés nacional
George W. Bush, nuevo presidente de Estados Unidos, llega a la
Casa Blanca luego de ser protagonista de la más disputada contienda
electoral en la historia estadounidense. Un fallo de la Corte
Suprema finalmente motivó a su rival, Al Gore, a aceptar a Bush
como presidente.
Entre otras particularidades, Bush llega a la Casa Blanca como
el primer hijo de un ex presidente desde 1825, cuando John Quincy
Adams alcanzara el solio presidencial 28 años después que su padre,
John Adams; segundo presidente de ese país (1797-1803). También
alcanza la presidencia, ganando solo con los votos del Colegio
Electoral, mas no en la votación popular. Es el primer presidente
del nuevo siglo y el nuevo milenio.
Los analistas coinciden en que George W. Bush tendrá que gobernar
a través del consenso para lograr la ejecución de su programa
de gobierno; especialmente en temas de su interés como la distribución
del superávit económico, la explotación de las reservas petrolíferas
en Alaska o el apoyo a la pena de muerte. En primer lugar, todas
las dudas que envolvieron la elección presidencial del pasado
7 de noviembre, hacen que el nuevo presidente llegue rodeado de
falta de legitimidad, según muchos analistas. En segundo lugar,
Bush encuentra un Congreso levemente favorable al partido Republicano,
con una Cámara Baja con 221 representantes republicanos frente
a 212 demócratas y 2 independientes; mientras que en el Senado
hay igualdad de fuerzas entre los republicanos y los demócratas
(50-50). Por otra parte, encontrará un país fortalecido económicamente,
producto de un superávit alcanzado por los ocho años de la administración
Clinton.
Sobre las personas designadas para acompañar a Bush, tenemos entre
las más conocidas a su vicepresidente, Richard “Dick” Cheeney,
quien ejerció el cargo de secretario de Defensa en el periodo
del padre de Bush entre 1989-1993; el ex general Colin Powell,
quien fue jefe de las Fuerzas Armadas y persona clave durante
las operaciones militares ocurridas durante la gestión del ex
presidente Bush, en especial Panamá e Irak.
Por último, la nueva administración ha generado una serie de expectativas
en materia de política exterior, debido a que Bush propuso durante
la campaña electoral una reducción del intervencionismo, a través
de una “redefinición de intereses estratégicos”. Evidentemente,
durante los próximos cuatro años, no podrá ejercer la función
de fiscalizador internacional de las elecciones en los países
en vías de desarrollo. China ha solicitado que las relaciones
diplomáticas se mantengan al mismo nivel en que han estado durante
las administraciones anteriores (nexos establecidos en 1979).
El área del Cercano Oriente, con el problema entre los israelíes
y palestinos será uno de los grandes retos que enfrentará Bush,
debido a la necesidad de reactivar el proceso de paz en una región
vital para la paz mundial. América Latina en conjunto, esperará
de la administración Bush la consecución del Area de Libre Comercio
de las Américas (ALCA), lo que se comprobará en la próxima reunión
de mandatarios de marzo. México tratará el tema de los inmigrantes
y trabajadores; Puerto Rico con su nueva gobernadora, ha puesto
clara su intención de detener el uso de la isla de Vieques por
parte de la marina estadounidense. En Colombia, habrá que esperar
si el denominado Plan Colombia será modificado o ejecutado por
la nueva administración, conjuntamente con el gobierno del presidente
colombiano. Según los medios, Africa está fuera de los planes
de la administración Bush. Recordemos que independientemente de
Bush o Gore, Estados Unidos trabaja en política exterior en base
solo a su interés nacional. Las preocupaciones que generan las
declaraciones de Bush sobre el Canal , deben motivarnos a continuar
manejando la vía con eficiencia.
En fin, la administración Bush tendrá una serie de retos que deberá
enfrentar con mucha habilidad. En esta administración, serán planteadas,
en algún momento, reformas o mecanismos para evitar situaciones
como las sucedidas en las pasadas elecciones, ya que el país necesita
que su sistema político asimile la lección. A la nueva administración
presidencial y al pueblo estadounidense, lo mejor.
El autor es educador
Dejad que los muertos hablen: Félix
Wing Solís
Permitamos que laComisión de la Verdad haga su trabajo
“Pero,
si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará
los pecados y nos limpiará de toda injusticia.” 1 Juan 1, 9
Recuerdo que, siendo apenas un adolescente, muchas preguntas sobre
la dictadura pasaban por mi mente. ¿Por qué el golpe de Estado?
¿Por qué la desaparición de un cura que enseñaba a los pobres
a dejar de serlo? ¿Por qué la decapitación de un ser humano? ¿Por
qué la vejación de tantas personas desarmadas que intentaban protestar
pacíficamente? ¡Qué preguntas tan difíciles de contestar!
¡Y
qué decir de las familias de los desaparecidos! En un día nefasto,
que siempre quedará grabado en sus corazones, sus padres, hijos,
hermanos, esposos y amigos, fueron sustraídos para siempre de
sus vidas. Nunca se supo más de ellos. Ni siquiera les quedaba
el consuelo de saber que estaban muertos, cómo habían muerto o
dónde habían sido enterrados. Sus cadáveres no recibieron nunca
el honor de un funeral. Y esa horrible incertidumbre se ha prolongado
ya por varias décadas.
Hoy la tierra devuelve a sus muertos. Su ropa, sus huesos y hasta
su estructura molecular nos dirán quiénes son. Pero ellos tienen
mucho más que contarnos, si les dejamos hablar. ¡Y es que sigue
habiendo tantas preguntas sin respuestas!
Ni siquiera los juicios de algunos de esos crímenes, con todos
sus expedientes, hojas, recursos y formalismos, han podido aclararnos
lo que pasó.
¿Por
qué no cerrar por fin este capítulo de nuestra historia? ¿Por
qué no dejar que la verdad brille y acabe con la oscuridad de
tantos años? A todos los que saben algo, no podemos sino rogarles
de corazón: ¡dejad que los muertos hablen! ¡Que hablen a través
de ustedes, que les vieron en sus últimos momentos! A ellos no
se les concedió la gracia de morir entre los suyos, pues les fue
negada por mano de los hombres. Y ya que no obtuvieron la misericordia
por la que imploraban entre tormentos, al menos permítanles a
los suyos escuchar por última vez la voz de sus muertos.
Durante todos estos años, muchos han callado, respetando un código
de silencio. Otros lo habrán hecho por miedo a ser encarcelados.
No obstante, muchos de estos casos probablemente ya habrán prescrito.
De ser así, la mano de los hombres no podría entonces hacerle
nada a los responsables, y las leyes de Dios y de los hombres
tampoco permiten que nadie obre en ellos, lo mismo que hicieron.
¿Qué otra cosa podrá privarnos ahora de conocer la verdad?
Permitamos que la Comisión de la Verdad haga su trabajo, que es
harto difícil y arriesgado. Que reciba todos los testimonios,
investigue todos los hechos, siga todas las pistas sin excepción.
Que haga públicos sus hallazgos para que esas viejas heridas,
que nunca sanaron, se cierren definitivamente. Y por esa misma
razón, no descartemos la posibilidad de que se amplíe en su momento
su mandato, para que también puedan aclararse las desapariciones
ocurridas durante la invasión militar de 1989. No es asunto de
política partidista ni de ‘cacería de brujas’. Es asunto de humanidad.
Jesús mismo, que murió entre tormentos siendo él un inocente,
nos invita a no temer a la verdad: “Conoceréis la verdad y la
verdad os hará libres” (Juan 8, 32). Pidamos a Dios que, como
fruto del Año Jubilar que acaba de terminar, nos llene con la
gracia del arrepentimiento, el perdón y la reconciliación. Y es
que no puede haber perdón sin arrepentimiento, ni puede haber
reconciliación sin perdón.
El autor es directivo de la Fundación Libertad Ciudadana
¿Defensor
político?: H. L. Francisco J. Ameglio S.
Desde la eterna Roma -donde asisto invitado por el Congreso y
el Senado Italianos a la Primera Conferencia Mundial de Parlamentarios
de ascendencia italiana, en la que se han cubierto temas como
la asistencia económica social de Italia a nuestros países latinoamericanos
en desarrollo y la responsabilidad que tenemos los parlamentos
del mundo de asumir un rol humanizador y sensibilizador de la
globalización- he leído en algunos diarios panameños, la noticia
de que hay cuatro candidatos DC para la Defensoría del Pueblo
y que esto corresponde a lo pactado entre telones por el “Acuerdo
Meta”, y que incluyó el compromiso de apoyar un candidato DC.
Esta noticia me impacta como lo más contradictorio al principio
de existencia de la Defensoría del Pueblo. El defensor del pueblo
debe gozar de un prestigio intachable, pero sobre todo de un carácter
ecuánime y objetividad indiscutibles; no puede ser impuesto por
pactos políticos que tenderían a convertirle en títere de corrientes
e ideologías políticas.
La más importante de sus cualidades, debe ser su absoluta objetividad
e imparcialidad y su conocimiento indiscutible de que “los derechos
humanos son innatos al ser y no a su carácter”.
De ser realidad esta componenda, no solamente se desvirtuaría
la escogencia de tan alta figura a nivel nacional e internacional,
sino que confirmaría mis sospechas de que el famoso “Pacto Meta”
no es sino el “pacto teta”, que pretende mantener a la DC succionando
al estado para así poder subsistir.
Por el bien de Panamá y por el prestigio de la Defensoría del
Pueblo, espero equivocarme.
¿Qué
crisis?: José Ardila
El momento actual exige grandes esfuerzos nacionales
El enfoque tradicional de la economía política, mediante el cual
se observa el desarrollo económico de cada país, se basa en el
principio de la correspondencia de los valores y estructura material
del producto social global; es decir, todo el conjunto de mercancías
(máquinas, pan, zapatos, etc.) producidos en las diferentes ramas
de la producción material durante un periodo determinado, y de
la renta nacional, que es el nuevo valor creado en toda la producción
social, en el mismo periodo.
Basta solo mencionar que existen esquemas del producto social
que asocian los principales problemas de la acumulación del capital
y de la ampliación de la producción, con la unidad de las diferentes
partes de los aspectos de la reproducción.
El análisis del comportamiento de la economía panameña, en los
últimos años, no escapa a ese enfoque tradicional. Por lo tanto,
los conceptos que se presentan en este escrito, son el resultado
del análisis de esas categorías económicas.
A causa de la ausencia total de producción de instrumentos productivos
(herramientas, maquinarias, equipo), Panamá no puede por sí sola
abastecer la parte significativa de la ampliación y restauración
del capital básico.
Analizando las cifras de los últimos años se puede determinar
que en Panamá, la dinámica de la reproducción ampliada (reanudación
de la producción a un nivel superior) no adquirió una clara expresión
de carácter cíclico, tal como se observa en los ritmos de crecimiento
descendentes del producto social global, de la remuneración de
los empleados, del excedente neto de explotación y del consumo
del capital fijo. Y aunque la formación bruta del capital fijo
mostró un crecimiento considerable, el componente que se refiere
a los bienes de capital sufrió una caída vertiginosa.
Otro indicador convincente que refleja la situación económica
son las finanzas públicas. En el proceso de circulación de todo
el capital social participa el Estado al definir, mediante el
presupuesto, la política relacionada con la reproducción de los
elementos materiales de las fuerzas productivas.
Igualmente, el movimiento de los medios presupuestarios está ligado
a la reproducción del capital fijo.
El presupuesto del sector público ejerce influencia multilateral
en el proceso de la reproducción ampliada. Primeramente, el presupuesto
y la política presupuestaria contribuyen al proceso de acumulación,
que determina el crecimiento económico. En segundo lugar, con
la ayuda de los medios presupuestarios, el Estado influye en el
proceso de realización del producto social global en general y
de la plusvalía en particular.
Y finalmente, los medios del presupuesto juegan un papel fundamental
en el proceso de la reproducción de las fuerzas productivas.
La política presupuestaria, como parte esencial de la política
económica del Estado, debe ayudar al crecimiento de la cuota de
acumulación; y aunque no lo muestre de forma total, el presupuesto
refleja el proceso de formación del fondo nacional de acumulación.
El estímulo por parte del Estado hacia la acumulación del capital
se explica por causas de carácter político, económico y social.
Causas estas que conducen a un objetivo común: la defensa y mantenimiento
del sistema económico vigente.
No obstante, en Panamá, el papel que le concierne al Estado en
la realización de la política económica se ha visto minimizado.
Esto lo demuestran las cifras correspondientes a los últimos presupuestos,
donde los egresos crecieron aproximadamente un 10%. Sin embargo,
los gastos de inversión efectuados por el Gobierno central han
mostrado crecimientos negativos. No así el servicio de la deuda,
que ha llegado a incrementar su participación dentro del presupuesto,
hasta un 45% (en 1997).
También se puede observar en los coeficientes para el análisis
del desenvolvimiento de la economía panameña, un déficit fiscal
corriente del Gobierno central crónico, con respecto al PIB (-8.7,
en 1997; -7.2, en 1998; -3.1, en 1999).
Ahora bien, de la teoría de la reproducción se desprende que la
única fuente de acumulación es la plusvalía, es decir, el trabajo
no remunerado; y la acumulación es la única premisa para ampliar
la producción. En este sentido, los propietarios de los medios
de producción (los capitalistas) con el fin de aumentar el valor
y lograr mayores porcentajes de ganancia amplían ilimitadamente
la producción, lanzando al mercado grandes cantidades de mercancías.
Al mismo tiempo, y gracias a la competencia, implantan nuevos
procedimientos técnicos e incrementan la productividad e intensidad
del trabajo, haciendo todo lo posible por mantener el salario
de los trabajadores en los niveles mínimos.
Bajo esta situación, el poder adquisitivo y la demanda de la población
se rezagan con relación a las posibilidades de producción. En
consecuencia, las mercancías se quedan sin vender; las empresas
no pueden compensar sus gastos y no tienen la posibilidad de continuar
la producción. Se rompe el proceso productivo y las únicas condiciones
que pueden asegurar una reproducción en escala ampliada son la
proporcionalidad entre la producción y el consumo.
En fin, disminuye la producción, no porque se hayan satisfecho
todas las necesidades de la sociedad, sino porque disminuye la
ganancia y la producción deja de ser rentable para los capitalistas.
El aumento de la plusvalía es pues, el objetivo de la producción
capitalista; objetivo que estimula y a la vez frena su crecimiento.
Precisamente de este aspecto característico de la producción capitalista
y únicamente de él, se deriva la causa específica de la crisis
económica.
Significa entonces que, de acuerdo con la causa, la situación
por la que atraviesa la economía panameña no puede ser identificada
como de crisis.
Por el contrario, ha sido la falta de medios económicos en la
acumulación y reproducción del capital la que ha provocado la
caída económica. Y a pesar de que ciertos fenómenos que se observan
-reducción de la construcción y pedido de equipo, quiebra de firmas
comerciales y de pequeñas empresas, trastorno en el sistema financiero
y crediticio, crecimiento del desempleo y disminución del poder
adquisitivo- son propios de las crisis, no podemos identificar
esta situación como tal.
El momento actual exige no solo de grandes esfuerzos nacionales,
sino también la inmediata creación de la base sobre la cual se
levante toda una nueva estructura socio económica que les facilite
la existencia a las nuevas generaciones.
El autor es economista
Foro Económico: hacia una visión
compartida: Jaime A. Porcell Alemán
El crecimiento de la economía resulta demasiado modesto para que
el bienestar nos alcance
En el primer semestre de gobierno arnulfista discutían si lo que
vivíamos era o no desaceleración por el mal de ojo echado por
Balladares. Luego de año y medio con una economía que crece al
2.3%, todavía discuten si es o no recesión. Lo que nadie discute
es que la economía anda dando tumbos. Quienes la comparan con
la de finales de los ochenta suenan desmemoriados, cuando menos.
La interpretación de la crisis resume aquella muy nuestra propensión
de tomar partido: para unos, herencia de Balladares y sus medidas
neoliberales, para otros, consecuencia del gobierno de Moscoso
con un gabinete demasiado político. Sorteando la discusión sobre
quién derramó la olla de leche, hay dos verdades: la apretazón
resulta muy democrática: la sufrimos todos, Gobierno y empresa
privada; pero el costo político lo asume el Gobierno.
El crecimiento de la economía resulta demasiado modesto para que
el bienestar nos alcance. Padecemos “agotamiento del modelo de
crecimiento”. En buen romance, el pan que queda luego del intercambio
entre nosotros mismos y con el resto del mundo, resulta mendrugo
que ya no estira para todos.
Pero la actividad que genera riqueza la realiza, en su mayoría,
el sector privado. En teoría, el Estado regula y facilita, aunque
los empresarios sufren trabas e interminable papeleo para poner
un negocio. Tal ineficiencia afecta a la sociedad entera. Entonces,
no albergan suficiente razón quienes aúpan a empresarios y sociedad
civil a mantenernos al margen de las decisiones gubernamentales.
La empresa privada cuestiona el tamaño de una burocracia que distrae
la inversión en planilla, mientras el Estado cocina una reforma
tributaria para sufragarla. Pero resultaría incapaz de absorber
la mano de obra cesante del Estado, con resultados desastrosos
sobre el consumo.
Los Gobiernos resultan muy panameños cuando trátase de facultar
a los gobernados para que influyan en decisiones. La tradición
autocrática llega a su clímax con gobernantes del tamaño de Arnulfo,
Torrijos y Balladares. Solo cuando sienten que el agua les sube
demasiado, establecen aquello que llaman consulta. Pero indefectiblemente,
terminarán decidiendo ellos el futuro de todos. Por hacerse costumbre,
la autocracia adquiere visos de legítima y natural, sobre todo
cuando alcanza expresiones legales. Poder, para el pueblo pero
sin el pueblo.
Tampoco por la falta de una tradición de consulta o por los peligros
de caer en apologías de sectores económicos con vocación redentora
que claman protección, de prestar tribunas para que nuevos mesías
promuevan su elíxir, o de caer en tramoyas para justificar un
falso consenso, debieran los gobernados abstenerse ante el llamado.
La consulta, como vía para que ideas e intereses de los gobernados
impregnen la visión del Estado, aporta sustancia a la democracia
participativa. Así los riesgos que encierra, bien vale la pena
correrlos.
Nuestro país resulta pleno en oportunidades. El turismo con atractivos
únicos, posición geográfica envidiable más nuestro canal, población
bilingüe, economía dolarizada, estabilidad política, nivel educativo
promedio relativamente alto, centro de transporte multimodal en
gestión, cultura cosmopolita. No estamos inermes ante la globalización,
poseemos nuestras ventajas, pero resultamos caros en producción.
Afrontamos también nuestros retos. Necesitamos producir más por
hora para mejorar salarios y ahorrar. Pero más dinero no necesariamente
redunda en mayor bienestar, hay ricos pobres de espíritu. Más
que tener más, aspiraríamos a ser más, lo que también cuesta.
Para ser y tener más, no hay como fortalecer el nivel educativo
en general y la mano de obra, estimular el ahorro individual y
la capacidad emprendedora. Pero sin crecimiento económico, tampoco
hay agenda social del Gobierno, y menos de un sector privado que
tendrá que restringirse para sobrevivir.
Todas las economías de rápido crecimiento disponen en común que
logran un gran acuerdo nacional, tutelado por un Gobierno fuerte.
Pero nuestro sector empresarial carece de visión común. Existe
acuerdo, eso sí, en la necesidad de flexibilizar el Código de
Trabajo y de no cargar tributos adicionales en época de recesión.
Pero no observamos consenso en cuanto al modelo a implantar. Los
sectores industrial y agropecuario abogan por una economía cerrada
que proteja mientras reconvierten, mientras el comercio añora
los productos más baratos de ultramar.
La máxima panameñista de Panamá para los panameños, lleva implícita
la generación de suficiente riqueza como para que alcance para
todos. La inversión nacional dispone de oportunidades. Pero también
la extranjera con su aporte de tecnología y capital. Para lograr
una visión compartida sobre cómo generar esta riqueza requerimos
de un acuerdo nacional que defina para todos un país-propósito;
y no conozco mejor herramienta que el Foro Económico.
El autor es investigador de mercado
Una presidencia encogida: Michiko
Kakutani
Con un tipo común como presidente de Estados Unidos, el cargo
se encoge
En la última cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa
Blanca durante la primavera pasada, el presidente de Estados Unidos
Bill Clinton mostró un vídeo ahora famoso en el que elevaba su
propio estatus como un presidente debilitado en su último año
-el vídeo mostraba al mandatario del mundo libre comprando jamones
ahumados por “eBay”, lavando su ropa, ajustando los setos del
Jardín de las Rosas, mirando la televisión con su perro y corriendo
detrás de la limusina de Hillary Clinton con una bolsita de café
de papel que llevaba su almuerzo.
En los días siguientes, Clinton fue acogido por sus dones como
un actor que sobreactuaba, además de ser criticado por trivializar
la estatura de su cargo. La pérdida de gravedad, por supuesto,
no comenzó con el video, como tampoco con el caso de Monica Lewinsky
y su vestido manchado. Estuvo ahí desde el principio.
Era, después de todo, un hombre que había hecho campaña en pos
de la presidencia tocando en su saxofón “Heartbreak Hotel” en
el programa “The Arsenio Hall Show”; un presidente que imitó a
Don Corleone en “Larry King Live'', y quien concluyó su discurso
de despedida ante la Convención Demócrata con una cita de Fleetwood
Mac. Sabemos quién era el Beatle favorito de este presidente (Paul),
qué clase de calzoncillos usaba (trusas, no bóxers), y qué estampilla
de Elvis Presley prefería (la de cuando era joven).
En retrospectiva, Clinton puede ser visto no solo como el primer
presidente de la postguerra, sino como el primer mandatario “fácil
de usar”: el presidente no como una figura paternal, de líder
visionario, símbolo nacional o cualquiera de los otros roles tradicionales
del cargo, sino como el presidente que es como el tipo de la casa
contigua, un invitado al programa de Oprah que siente nuestro
dolor porque él lucha, como el resto de nosotros, con su peso,
su matrimonio y su juego de golf.
En su anhelo adolescente de agradar, su evasión leguleya, así
como el burdo espectáculo de sus aventuras con otras mujeres,
Clinton le dio a Estados Unidos una presidencia que abarcaba las
páginas noticiosas y las columnas de chismes en los tabloides,
así como la edición política de los domingos y los programas de
comedia ya entrada la noche; una presidencia hecha a la medida
para nuestra terapéutica, era de relativismo y anormalidad: reducida,
sin lustre y accesible.
Si bien el presidente ha pasado sus últimas semanas en el cargo
tratando de impulsar una frenética agenda que ayude al apuntalamiento
de su legado -incluyendo esfuerzos de último momento para alcanzar
un acuerdo de paz en Oriente Medio y ordenando la protección de
millones de hectáreas de bosques- su estilo ha seguido siendo
casual hasta el final. Ha concedido diversas entrevistas en las
que se ha quejado del proceso de impugnación y ha expresado regocijo
en cuanto a que la opinión pública nunca “encontrará a alguien
que se divierta tanto” siendo presidente, como él.
De hecho, viajes recientes a Nueva Hamsphire, la región norcentral
de Estados Unidos y Arkansas, junto con su discurso al país por
la noche del jueves, han adquirido un toque de la clase de los
recorridos de despedida que efectúan estrellas de la NBA e ídolos
del rock cuando se retiran. Y en su discurso de ayer, el presidente
saliente dijo que no había título que llevara con más orgullo
que el de ser un ciudadano (estadounidense).
El mandato del ciudadano Clinton en la Oficina Oval ayudó a marcar
el tono de la campaña presidencial del 2000 -campaña inusualmente
centrada en personalidades y defectos de carácter, en suspiros
y sonrisas afectadas y besos con los consortes- y también presagió
muchos de los sucesos rencorosos que ocurrirían durante la disputada
elección, desde un partidismo cada vez más virulento, hasta un
enfoque cada vez mayor sobre legalismos y abogados. Indudablemente,
el encogimiento de la presidencia que se aceleró bajo Clinton
continuará, dadas las circunstancias bajo las que George W. Bush
ingresará en la Casa Blanca: tras perder el voto popular y habiendo
ascendido a la presidencia con la ayuda de la Suprema Corte.
Asimismo, la campaña perpetua de Clinton para ascender en las
encuestas y popularidad, sin duda serán asumida también por la
administración entrante, dadas las dificultades que Bush enfrenta
para gobernar a un Congreso y a una opinión pública amargamente
divididos.
Si bien la presidencia de Clinton perdió su aire mítico, en parte
a causa de la autoridad moral que perdió tras sus relaciones con
Gennifer (Flowers) y Monica (Lewinsky), se trató también de una
función de su estilo campechano y de su deseo, como le dijo a
Joe Klein en una entrevista reciente para la New Yorker, “de acabar
con el misterio del cargo”, de tratarlo como si fuera una posición
gerencial. “Es un empleo”, declaró, y ”hay mucho que decir con
respecto a llegar todos los días y tratar de empujar la roca hasta
la cima”.
Si la presidencia de Estados Unidos ha sufrido una pérdida del
respeto en años recientes -una encuesta de 1996, efectuada por
la Knight-Ridder, señalaba que casi dos terceras partes de los
estadounidenses no querían que su hijo se convirtiera en presidente--
difícilmente lo hizo Clinton por sí solo. En 1981, Arthur M. Schlesinger
Jr. -el mismo hombre que acuñó el término “presidencia imperial”
un decenio antes- convocó a una conferencia sobre la impotencia
presidencial, debatiendo si deberían o no efectuarse cambios constitucionales
para ayudar a un presidente a gobernar con mayor eficacia. Por
la misa época, Jospeh Kraft declaró que “la Presidencia, como
institución, está en aprietos”.
El cargo estaba plagado de una desigualdad entre las expectativas
y los recursos, argumentó. Había sido disminuida por la declinación
de la Guerra Fría, por un cuerpo de prensa pos-Watergate cada
vez más adverso y por una “nueva serie de asuntos -criminalidad,
control de armas, aborto, drogas, rezos en las escuelas- no susceptibles
de una resolución del liderazgo presidencial”.
En este ambiente político, el gregario y familiar estilo de Clinton
para hacer campaña tocó una fibra entre el electorado, desencantado
por su adversario republicano, el aristocrático y sencillo George
Herbert Walker Bush y más tarde, por un Bob Dole igualmente carente
de empatía. Clinton, sin embargo, ingresó en el cargo en 1993
con apenas 43 por ciento del voto y su indecisión y aversión por
los conflictos le granjearon una temprana reputación en Washington
como un presidente desprovisto de visión, un político que podría
ser dirigido.
En junio de 1993, tras las consecuencias de la conmoción de la
oficina de viajes y una serie de polémicas nominaciones, la revista
Time puso a Clinton en la portada bajo el encabezado, “El increíble
presidente que se encoge”, y dos años más tarde, tras la victoria
republicana en el Congreso, un petulante Clinton de hecho se vio
obligado a insistir en que seguía siendo relevante como presidente,
que la “Constitución me da relevancia”.
Aunque las ostentosas habilidades políticas del presidente Clinton
le permitirían salir avante de estas dificultades -así como del
embrollo de la destitución- su misma decisión de adoptar una postura
táctica y defensiva contribuyó ulteriormente con la disminución
de su cargo. Los constantes sondeos de opinión que condujo Dick
Morris (sobre todo, desde dónde debía el presidente pasar sus
vacaciones de verano hasta si debía o no decir la verdad sobre
el caso Lewinsky) tuvieron el efecto de tornar difusas las líneas
entre el gobernar y la política; además, cuando Clinton abandonó
grandes y ambiciosos planes como el de la atención médica en favor
de iniciativas de poco impacto, como los uniformes en las escuelas
y sobre el hábito de fumar entre adolescentes, provocó que un
historiador calificara su contienda del '96 como “la campaña Seinfeld”.
Más aún, muchos de los logros más aplaudidos de su administración
-desde la reforma a la Asistencia Social, pasando por el libre
comercio, hasta la reducción del déficit- resultarían de hecho,
a partir de la apropiación de principios republicanos.
Al mismo tiempo, hubo repercusiones sobre la política originadas
por los problemas personales de Clinton. Un ex asesor de Clinton,
David Gergen, ha sugerido que el fracaso del presidente para tomar
el control de la reforma de la atención médica estuvo relacionado
con su falta de voluntad para desafiar a su esposa, cuando él
estaba en grandes aprietos maritales a causa de acusaciones respecto
a que había usado a efectivos policiales de Arkansas para que
le consiguieran mujeres. Asimismo, el tiempo y la energía que
invirtió en combatir su destitución -un proceso de desafuero que
llegaría a parecer minúsculo comparado con el Watergate y Richard
M. Nixon, dada la naturaleza salaz de las ofensas de Clinton y
el ruidoso partidismo de sus detractores- serían tiempo y energía
que pudiera haber invertido en el Seguro Social y la reforma al
Plan de Salud.
Clinton declaró en alguna ocasión que el carácter “es un viaje,
no un destino”, y su carrera, sin mencionar su presidencia de
dos mandatos, a menudo semejó algo más vernáculo, lleno de melodramas
como los de los talk shows, grandes esperanzas dando paso a errores
sobrecogedores, seguidos por negaciones, confesiones y regresos
increíbles.
De alguna forma, los sensacionalistas problemas de Clinton funcionaron
para reducir el nivel esperado de los candidatos, para inocularlos
a ambos -a George W. Bush de revelaciones sobre comportamiento
errático en sus días de juventud, y al vicepresidente Al Gore
de acusaciones relativas a exageraciones y alardes. En comparación
con el rococó, el talón de Aquiles del saliente ocupante de la
Casa Blanca, los lapsos de ambos aspirantes a la presidencia de
Estados Unidos a menudo dan una impresión de extraña palidez.
Tanto Bush como Gore adoptaron métodos tácticos de Clinton en
sus campañas, esmerándose por evitar temas polémicos y candentes
puntos ideológicos. Ambos hicieron eco de Clinton en lo concerniente
a unir confesiones personales con sus biografías oficiales: Bush
con respecto a sus problemas con la bebida en alguna época; Gore
en lo tocante a la crisis de edad madura que sufrió luego de que
su hijo fuera atropellado por un automóvil.
Ambos hombres también recorrieron de nuevo la ruta de talk shows
que Clinton tomó con Arsenio Hall hace ocho años y por carecer
de su encanto y dominio de la política con cuentagotas, lo hicieron
con un celo desesperado. Aparecieron por la televisión ya entrada
la noche con una regularidad preocupante e incluso hicieron parodias
de sí mismos en el programa Saturday Night Live, rivalizando con
las brillantes caricaturas que presenta semanalmente Darrell Hammond
y Will Ferrel. Bush apareció también en Live with Regis, vestido
como Philbin, en tanto que Gore respondía torpemente a preguntas
de la Reina Latifah con respecto a si le gustaban las mujeres
vestidas de cuero o encaje.
De hecho, una de las muchas ironías de la campaña del 2000, conducida
a la sombra de la tortuosa travesía de Clinton, tanto personal
como políticamente, es que tanto Bush como Gore sintieron la necesidad
de trabajar muy duro para humanizarse, para demostrar que eran
personas comunes: algo no muy diferente a lo que hizo el presidente
saliente, quien siguió ganando concursos de popularidad incluso
tras el proceso para destituirle, además de haber contribuido
con las nuevas proporciones diminutas de la Oficina Oval.
The New York Times News Service
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