Panamá, 22 de enero de 2001
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Nostalgia por lo perdido

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

Título: Retrato en sepia
Autora: Isabel Allende
Género: novela
Editorial: Suramericana
Año de publicación: 2000

Isabel Allende es la escritora latinoamericana más leída en nuestro continente. Esta bruja de más de 50 años de edad, como a ella le gusta describirse, ha publicado nueve novelas, algunas de las cuales han terminado en la pantalla chica y en el séptimo arte. Hay quienes la consideran una verdadera maravilla, y otros piensan que esta dama, radicada en California (Estados Unidos), ha recibido demasiada atención.

Como para muchos, su ingreso a la industria del libro fue difícil. Como es normal en estas lides, fue rechazada varias veces por las editoriales, hasta que una dijo el sí esperado y salió a la calle su debut en el oficio, La casa de los espíritus, que enseguida la encadenó con un estilo muy caribeño y cuyo dueño absoluto es Gabriel García Márquez, el realismo mágico.

Aunque la sobrina de Salvador Allende abandonó el realismo mágico en sus trabajos, todavía hay un sector de sus receptores que todavía la asocian con aquello. Lo que sí no abandona es su gusto por el barroco y por las metáforas, aunque debo admitir que en Retrato en sepia, su más reciente cosecha, hay un ejercicio de contención. Como una muralla que impide un desborde, la propia autora de Eva Luna se ha impuesto un ‘‘hasta aquí’’ a la hora de utilizar un sabor rosa en sus páginas, hecho responsable de que sus novelas, generalmente, parezcan excelentes folletines y no soberbias narraciones.

Algo que le resta valor a sus libros, y Retrato en sepia no es la excepción a la regla, es que uno siente que esto lo ha leído antes, no entendiéndose como plagio sino como repetición, como que no hay mayor exploración de estilo, que lo suyo es mantener una fórmula que le ha dado execelentes resultados de ventas.

Retrato en Sepia es una novela puente entre La casa de los espíritus y la Hija de la fortuna. Como sus anteriores, esta lo comenzó un 8 de enero, y como el resto de su labor, aquí hay sentimentalismo a borbotones, que está un tanto mediatizado gracias a detalladas y largas descripciones del paisaje, a una forma de escribir en la que predomina lo visual y lo fotográfico, virtud que le permite al lector ubicarse de inmediato en la escena que le están contando.

Con esta obra mantiene otras tradiciones propias. Siguen siendo sus personajes femeninos los puntos clave, los que nos presentan los acontecimientos, aquellos responsables de preservar la memoria colectiva, los que son sinónimo de desafío y subversión. De igual manera, en sus libros es frecuente que los hombres encuentren el amor después de muchos años, y solo son buenos padres cuando no son biológicamente responsable de esas criaturas que cuidan y aman. Ese sustituto paterno puede guardar relación con su propia experiencia, ya que su padre abandonó a su madre cuando Isabel Allende era muy pequeña, y como sucede en sus obras, fueron sus abuelos y tíos los encargados de guiarla por el buen camino.

A esa orfandad del padre ausente hay que sumarle un sentimiento de añoranza, que se fundamenta en que la dictadura militar le obligó a dejar su casa y buscar hogar en otras latitudes. Ambos motivos pueden explicarnos por qué Isabel Allende es la escritora que más hondo ha llegado en eso que podríamos definir como nostalgia por lo perdido.

Reafirma este planteamiento una entrevista que se le realizó el año pasado en Argentina. Al diario La Nación explicó que la protagonista de Retrato en sepia es ‘‘una niña que ha sufrido un trauma terrible en algún momento de su vida. Y no recuerda nada de lo que pasó antes del trauma, en parte porque la familia se encarga de borrar el pasado. Es un poco una metáfora de lo que ha pasado en Chile, un Chile que entra en un proceso de amnesia consciente y trata de ignorar lo que sucedió. La niña vive con las sombras hasta que inicia el proceso de encontrar la respuesta a esas pesadillas, saber qué pasó. Así empieza a curarse’’.

Su trama transcurre fundamentalmente dentro de la alta burguesía chilena del siglo XIX que, de acuerdo a su parecer, fue precisamente esa época la que forjó el carácter imperialista y expansionista de su país. Es más, cuando en Retrato en sepia ofrece aquellas escenas llenas de crueldad y violencia entre partidos políticos rivales, plantea la hipótesis de que aquello fue el gérmen que permitió, varios decenios más tarde, la brutal ascensión al poder del general Augusto Pinochet, cuyo gobierno dictatorial cometió las más horrendas violaciones de los derechos humanos.

Como era de esperarse de una trilogía, ella misma le ha dado tal categoría, hay personajes de Hija de la fortuna que entran en Retrato en Sepia, aunque hay independencia entre una y otra. Mientras que la primera se iniciaba en el puerto de Valparaíso y terminaba en una California enferma de tanta fiebre del oro, la última comienza en la ciudad que hoy es centro del séptimo arte y finaliza en la tierra natal de su creadora. Así cumple, en vida, su sueño Isabel Allende: tener un pie en Estados Unidos y otro en Chile.

Después de dos novelas históricas, que la obligaron a extensas investigaciones, Isabel Allende (casada a los 45 años con un abogado estadounidense) promete entrar en el mundo de la literatura infantil. Veremos qué descubre.


Ese es amigo mío

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

Título: Aquellos años con Gabo
Autor: Plinio Apuleyo Mendoza
Género: biografía
Editorial: Plaza & Janés
Año de publicación: 2000

Aunque ha dejado de ser mi escritor favorito, todavía admiro profundamente a Gabriel García Márquez. Fue uno de esos narradores que alegraron mi adolescencia. Hoy, hay otros en el nicho máximo de mi fe ciega, él aún mantiene un lugar especial en mi gusto como lector.

Cuando hace varios lustros leí El Olor de la guayaba, aquella extensa entrevista que le realizó Plinio Apuleyo Mendoza, quedé fascinado. Fue un encuentro íntimo con un hombre que vino de abajo y ahora es toda una institución. Fue un encuentro cercano con alguien estimado, una manera de aprender sus lecciones y sus acciones.

Cuando ahora me enfrento a Aquellos tiempos con Gabo, el asunto cambió considarablemente. Sé que es difícil tener a un amigo ultra famoso, me imagino que debe ser muy duro tener talento y que tus cuentas finales de éxito no se asemejan, ni se parezcan, a los de tu compañero. Pero caer en el error de perder la perspectiva, es una de esas cosas que uno se espera de alguien con tanta experiencia como Apuleyo Mendoza.

Sé que los amigos son las personas que más nos conocen. Por eso es lógico que nuestros mejores biógrafos, después de uno mismo, sean aquellas personas entrañables a las que nos hemos confiado. Pero en el caso de Plinio Apuleyo Mendoza fue al revés, al presentarnos por segunda vez detalles íntimos de su compadre, Gabriel García Márquez.

Sé que el título es bastante explícito. Entiendo que la idea era contar con sus ojos todo lo acontecido en la vida y obra de su amigo, pero está tan presente, y se incluye tanto en la historia, que uno no sabe si el libro es sobre él o sobre el ganador del Nobel de literatura.

Desde que se conocieron en un café en Bogotá, hasta los días posteriores a la ceremonia del galardón en Suecia, Apuleyo Mendoza no deja de incluirse en todo momento. Lo que al principio fue un sentido ejercicio de recordar, de contarnos hechos inéditos, tomó un giro que no debió sorprenderme, se transformó en un texto con un único objetivo a cumplir: informarnos de lo importante que es él en la vida del creador de Aureliano Buendía.

Así nos enteramos de que Apuleyo Mendoza fue uno de los primeros en decirle un comentario crítico e inteligente a García Márquez cuando publicó La hojarasca, cuando le confió que uno de sus capítulos estaba de más, que los monólogos utilizados eran reminiscencias de Mientras agonizo, de William Faulkner; de que le envidia su don intuitivo y su arrojo; que evalúan e interpretan los hechos de forma increíblemente parecida, y que su único punto en discordia es el apoyo que le ha brindado siempre Gabo a la revolución cubana.

También nos enteramos de quién le consiguió trabajo en varias ocasiones a un García Márquez todavía desconocido, y frecuentemente desempleado; de que fue uno de sus confesores, el primero en leer sus originales, el que siempre estaba atento a cualquier necesidad del amigo, en fin, una lista de favores dados. ¿Es la amistad la oportunidad para decirle al mundo lo mucho que ayudo a la gente que quiero? Definitivamente que no.

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