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Cuando
nuevas voces se alzan en contra de la misión de la
Comisión de la Verdad, es bueno recordar la historia reciente
de los países que han recuperado la institucionalidad
democrática perdida y que nos habla de manera clara de
los procesos de concertación que se dieron para permitir,
garantizar y fortalecer esta transición. Con defensores
y detractores y aún con un incómodo sabor a impunidad,
allí están el Pacto de la Moncloa en España, la Ley del
Punto Final del Uruguay y el Proceso de Chile. Proyectos
de desarme y ley de incorporación de quienes actuaron
al margen del sistema desde la guerrilla como en El Salvador
y Guatemala también sirven de ejemplo. El elemento común
es que de alguna manera hubo iniciativas que permitieron
a estas sociedades re-encontrarse con su pasado, por doloroso
que pueda ser. Panamá, a diferencia de estos y otros países,
se vio enfrentada de manera traumática con el retorno
a la civilidad como producto tanto de la soberbia de quienes
presidían sobre los destinos de la nación como por la
cruenta invasión norteamericana. La Comisión de la Verdad
más que una amenaza es tal vez la última oportunidad que
podemos darnos los panameños para cerrar esta herida.
La reconciliación pendiente que nos merecemos y nos debemos
no puede cimentarse sobre la falsa paz de los sepulcros
anónimos. Se trata de reconocer y aceptar los errores
cometidos.
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