Panamá, 22 de enero de 2001
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Cuando nuevas voces se alzan en contra de la misión de la Comisión de la Verdad, es bueno recordar la historia reciente de los países que han recuperado la institucionalidad democrática perdida y que nos habla de manera clara de los procesos de concertación que se dieron para permitir, garantizar y fortalecer esta transición. Con defensores y detractores y aún con un incómodo sabor a impunidad, allí están el Pacto de la Moncloa en España, la Ley del Punto Final del Uruguay y el Proceso de Chile. Proyectos de desarme y ley de incorporación de quienes actuaron al margen del sistema desde la guerrilla como en El Salvador y Guatemala también sirven de ejemplo. El elemento común es que de alguna manera hubo iniciativas que permitieron a estas sociedades re-encontrarse con su pasado, por doloroso que pueda ser. Panamá, a diferencia de estos y otros países, se vio enfrentada de manera traumática con el retorno a la civilidad como producto tanto de la soberbia de quienes presidían sobre los destinos de la nación como por la cruenta invasión norteamericana. La Comisión de la Verdad más que una amenaza es tal vez la última oportunidad que podemos darnos los panameños para cerrar esta herida. La reconciliación pendiente que nos merecemos y nos debemos no puede cimentarse sobre la falsa paz de los sepulcros anónimos. Se trata de reconocer y aceptar los errores cometidos.

 
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