Panamá, 19 de enero de 2001
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La Comisión de la Verdad ya está instalada, y donde antes había una pregunta, ahora hay un desafío. Las tumbas han hablado hasta hoy con la muda elocuencia de su lenguaje de restos, de fosa clandestina, de sepultura anónima al pie de un cuartel. Esa expresión silenciosa debe convertirse, luego de los meses de trabajo de la comisión, en una clara y pormenorizada –aunque seguramente sobrecogedora– historia. La Verdad que constituye el predicado de esta comisión no emanará revelada, sino que se alcanzará solo como producto de una investigación concienzuda y precisa. En propiedad, esta es una Comisión Investigadora de la Verdad, que dará nombre a restos hasta hoy anónimos, que seguramente llevará a descubrir otros, que podrá relatar los últimos minutos de sus vidas, que logrará identificar a parte de sus verdugos, que describirá la cadena de órdenes, trámites y responsabilidades que culminaron en el asesinato y la desaparición; que interpretará tanto las doctrinas como los silencios cómplices que los cohonestaron y encubrieron. El resultado será seguramente un informe de difícil lectura, no por abstruso sino por doloroso. Pero de esa verdad emergerá una nación mejor, que ha encontrado a sus desaparecidos, dado la paz a sus muertos y entregado los hechos a la justicia aún posible. Nadie con un mínimo de honestidad puede oponerse a los trabajos de esta comisión, ni intentar adulterarlos. A sus miembros les deseamos lucidez y entereza.

 
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