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Album
de familia
Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com
La
sensibilidad más de moda a final del siglo XX fue el recuerdo.
Este oportuno regreso al pasado nos trajo viejas glorias que habíamos
perdido en el camino de crecer. Hoy, la sección Revista recorre
uno de esos senderos, el cine de los setenta.
Hay historiadores que la definen como una época destacada en la
historia del cine, tanto por su desempeño espectacular en las
taquillas como por la realización de filmes de primera categoría.
Otros opinan que el séptimo arte atravesó en este periodo una
desidia creativa notable.
En aquellos 10 años se rodaron más de mil 300 películas en Estados
Unidos. En ese entonces, el costo promedio de una superproducción
rondaba entre los 23 y 35 millones de dólares. Aunque más de 90
películas de gran presupuesto fueron un fracaso en la boletería,
la industria sobrevivió gracias al triunfo de títulos como El
graduado, Tiburón, El Padrino, El Exorcista, La guerra de las
galaxias, Fiebre de sábado por la noche, Grease, Encuentro cercano
del tercer tipo y las dos primeras entregas de Rocky.
Las ganadoras al Oscar como mejor película fueron Patton (1970),
The French Connection (1971), The Godfather (1972), The Sting
(1973), The Godfather II (1974), One Flew Over the Cuckoos Nest
(1975), Rocky (1976), Annie Hall (1977), The Deer Hunter (1978)
y Kramer vs. Kramer (1979).
Por otra parte, a lo largo de esta década debutaron personalidades
como Jeff Bridges, Diane Keaton, Stockard Channing, Keith Carradine,
Bill Cosby, Teri Garr, Jodie Foster, Bette Midler y Bill Murray.
Entre las interpretaciones memorables tuvimos las de George C.
Scott por Patton, Jack Nicholson por Carnal Knowledge, Marlon
Brandon y Al Pacino en The Godfather, Dustin Hoffman en Papillon,
Sissy Spacek en Badlands, Faye Dunaway por Network y Diane Keaton
por Annie Hall.
En cuanto a temas, la variedad se impuso. Hubo desde buenos ejemplos
de cine negro como Chinatown; hasta religiosas como La vida de
Brian; dramas familiares como Kramer contra Kramer; en contra
de la guerra como Apocalypse Now; antifascistas como Novecento
y parodias como The Rocky Horror Show.
La censura cinematográfica no fastidió mucho. Y como la libertad
tuvo carta blanca se revisaron asuntos delicados como la homosexualidad
(Los chicos de la banda) y la prostitución (de Taxi Driver a Pretty
Baby). Sin olvidar los desnudos gratuitos y el erotismo con clase,
que tuvieron como emisarios a Carnal Knowledge (1971), de Mike
Nichols, Amacord (1974), de Federico Fellini, Emanuelle (tres
de sus seis partes se hicieron en los 70) y 10, la mujer perfecta
(1979), de Blake Edwards, entre otros.
El terror estuvo presente gracias a La masacre en Texas (1974),
de Tone Hooper, y Carrie (1976), de Brian De Palma. Igual de tenebroso,
pero con un miedo que nos venía del mar llegaron con las dos Tiburón
(1975), de Steven Spielberg; el infierno tomó forma de niño en
La profecía, de Richard Donner (1976); los horribles experimentos
biológicos en Los niños del Brasil (1978), de Franklin J. Schaffner,
y la sicodélica La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick.
Por su parte, un neurótico y genial comediante, guionista y director,
Woody Allen, hizo tres joyas cinematográficas, cuyo corazón de
celuloide se encontraba en las calles y avenidas de Nueva York:
Annie Hall (1977), Interiores (1978) y Manhattan (1979). Gracias
a este trío de filmes nació un nuevo concepto de heroína bella
y seductora, sencilla y sofisticada a la vez, Diane Keaton.
Los sueños y amores juveniles estuvieron representados por extremos:
lo cándido de American Grafitti (1973), de George Lucas, a la
dura y realista The Last Picture Show (1971), de Peter Bogdanovich.
Pero la historia de amor clásica de los setenta fue la de Love
Story, que convirtió a Ryan ONeal y Ali MacGraw en la pareja sufrida
por excelencia. El público de mayor edad no se quedó atrás, ya
que no hubo romance otoñal más lindo que el conformado por Audrey
Hepburn y Sean Connery en Robin y Marian (1976), de Richard Lester.
Pero si de dúos se trata, el conformado por Marlon Brandon y María
Schneider se ganó todas las preseas del escándalo gracias a la
película El último tango en París, de Bernardo Bertolucci.
La mancuerna Robert Redford y Paul Newman, la versión estadounidense
de los franceses Alain Delon y Paul Belmondo, provocó largas filas
en los cines del Norte gracias a Butch Cassidy y Sundance Kid
(1969), de George Roy Hill. La fórmula fue repetida por Hill en
The Sting (1973). Después Redford, sin su compañero de parrandas,
daría clases de excelencia en Todos los hombres del presidente
(1976), de Alan Pakula; El gran Gatsby (1974), de Jack Clayton,
y Tres días en el Condor (1975), de Sydney Pollack.
En cuanto a los musicales, nadie se pone de acuerdo. Los puristas
opinan que fue un género que pasó de largo, y el público piensa
exactamente todo lo contrario. Ambos sectores basan sus apreciaciones
a partir de producciones como The Boy Friend (1971), de Ken Russell;
Cabaret (1972), de Bob Fosse; A Star is Born (1976), de Frank
Pierson; Fiebre de sábado por la noche (1977) y Grease (1978),
ambas protagonizadas por John Travolta, aunque dirigidas por John
Badham y Randal Kleiser, respectivamente.
Tanto en el cine como en la fotografía de aquel entonces se impusieron,
por suerte brevemente, las imágenes llamadas flou, creación del
británico David Hamilton. Gracias a esta técnica, los sets de
grabación quedaban inundados de los vapores de un baño maría.
Ejemplos lo tenemos en Jardín de los Finzi Contini (1970), de
Victorio De Sica; Asesinato en el Oriente Express (1974), de Sidney
Lumet y Bilitis (1977), del propio Hamilton.
Antes de que el hombre llegara a la Luna, el 21 de julio de 1969,
Hollywood ya había recorrido cada rincón del espacio sideral.
En los setenta ese gusto por las ciencias de las alturas se manifestó
principalmente por Encuentros cercanos del tercer tipo (1977),
de Steven Spielberg; Alien (1979), de Ridley Scott; Star Trek,
la conquista del espacio (1979), de Robert Wise; La guerra de
las galaxias (1977), de George Lucas, y Superman (1978), de Richard
Donner.
Clint Eastwood no nació en Marte ni le debilita la criptonita,
pero en 1971 puso de manifiesto que era un hueso duro de roer
en Dirty Harry, en la que era Harry Callahan, el inspector de
homicidios más frío y justiciero de los setenta. El amigo Callahan
regresó en Magnum Force (1973), y tres años después se trasladó
a la guerra civil estadounidense y se llamó Josey Wales en The
Outlaw Josey Wales. Volvió a la piel del inspector de San Francisco
en The Enforcer (1976) y paso a ser policía en The Gauntlet (1977).
El cine de catástrofes brilló con esplendor. Todo comenzó con
un melodrama titulado Aeropuerto (1970), dirigido por George Seaton,
y fue tal el revuelo en boletería que las secuelas estuvieron
a la orden del día: Aeropuerto 75 y Aeropuerto 77. Esta tendencia
temática se mantuvo con filmes como Incendio en la torre (1974),
de Irvin Allen y John Guillermin, y lo apocalíptico terminó con
Las aventuras del Poseidón (1979), de Irwin Allen.
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