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La
peor derrota de un país no es aquella que pueda sufrir
como consecuencia de una guerra o conflicto, sino aquella
que sucede cuando su gente pierde el entusiasmo, porque
el entusiasmo es esa fuerza interior que nos hace aportar
de manera colectiva para construir algo, un proyecto que
podamos sentir que nos pertenece a todos. El entusiasmo
ha permitido a los vencidos, no sólo sobrevivir sino hasta
influenciar al vencedor como lo demuestra la historia.
Para los panameños, el inicio del año nos enfrenta, sin
duda, con una realidad matizada por la incertidumbre que
deja el resultado del año recién terminado. Como en el
caso del vaso a la mitad, todo es cuestión de cómo se
mire: medio lleno o medio vacío. El entusiasmo que se
requiere para la construcción del país que todos queremos
descansa sobre una mezcla de confianza y liderazgo. Confianza
en nuestras autoridades, que ante todo están llamadas
a ser los primeros servidores. Liderazgo que, sin desconocer
el estado de cosas, brinde esperanza frente al cinismo
y el pesimismo. Los últimos días han traído su propia
cuota de reclamos por justicia sin revanchas, los que
deben unirse a los temas de la agenda económica, social
y política todavía pendientes y que requieren de un gran
consenso nacional. El país quiere ver a esos hombres y
mujeres que se caracterizarán por su entusiasmo y su liderazgo.
¿Dónde están?
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