Panamá, 7 de enero de 2001
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La peor derrota de un país no es aquella que pueda sufrir como consecuencia de una guerra o conflicto, sino aquella que sucede cuando su gente pierde el entusiasmo, porque el entusiasmo es esa fuerza interior que nos hace aportar de manera colectiva para construir algo, un proyecto que podamos sentir que nos pertenece a todos. El entusiasmo ha permitido a los vencidos, no sólo sobrevivir sino hasta influenciar al vencedor como lo demuestra la historia. Para los panameños, el inicio del año nos enfrenta, sin duda, con una realidad matizada por la incertidumbre que deja el resultado del año recién terminado. Como en el caso del vaso a la mitad, todo es cuestión de cómo se mire: medio lleno o medio vacío. El entusiasmo que se requiere para la construcción del país que todos queremos descansa sobre una mezcla de confianza y liderazgo. Confianza en nuestras autoridades, que ante todo están llamadas a ser los primeros servidores. Liderazgo que, sin desconocer el estado de cosas, brinde esperanza frente al cinismo y el pesimismo. Los últimos días han traído su propia cuota de reclamos por justicia sin revanchas, los que deben unirse a los temas de la agenda económica, social y política todavía pendientes y que requieren de un gran consenso nacional. El país quiere ver a esos hombres y mujeres que se caracterizarán por su entusiasmo y su liderazgo. ¿Dónde están?

 
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