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Del
Ministerio Público se espera que investigue de modo
imparcial la comisión de los delitos. También se espera
que actúe de una manera pronta y eficaz. No está de más
decirlo, pero también se supone que cualquier funcionario
del Ministerio Público, incluyendo su titular, debe declararse
impedido cuando así lo requieran las circunstancias. Por
el contrario, la jefatura de esa institución ha expresado
una serie de argumentos que constituyen una aberración
para cualquier mente entrenada en el arte de la pesquisa
criminal y que solo tratan de defender lo indefendible.
Las cámaras de televisión han hecho de conocimiento público
la aprensión de este funcionario a la atribución de plenas
facultades a una Comisión de la Verdad que investigue
los crímenes de la dictadura. Uno debe preguntarse si
el procurador comete un error, o si solo él entiende la
lógica con la que funciona. ¿Cómo, si no, se explica su
increíble renuencia a interrogar a los militares sospechosos
de haber participado en o conocido de las desapariciones
y enterramientos clandestinos? ¿Cómo se justifica su decisión
de no interrogar a un militar cuya placa de identidad
fue encontrada entre los restos de una víctima? Pero mientras
tanto, la institución sigue haciendo uso de sus recursos
para perseguir a los que ‘‘pecan’’ con la opinión, escrita
o gráfica. Demandar e intentar conducir a la fuerza a
periodistas a indagatorias: eso es parte de la jornada
normal de trabajo del Ministerio Público. Interrogar a
un presunto violador de Derechos Humanos, eso, ni se le
ocurre.
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