X-Men

Director: Bryan Singer

EEUU, 2000

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Humberto Vélez

De niño era un aficionado a los pasquines de superhéroes, en especial aquellos personajes con extraños y limitados poderes, y problemas económicos y personales, como el Sorprendente Hombre Araña, quien resultaba mucho más real, y por ello menos irritante, que el omnipotente y casi perfecto Superman. Es así como el reciente estreno de X-Men significó una refrescante oportunidad para recordar mi antigua afición infantil y observar en qué medida algunos de los controversiales temas y personajes de estos pasquines han sobrevivido al Hollywood del nuevo milenio.

X-Men, dirigida por Bryan Singer, es la versión cinematográfica de la serie de pasquines Marvel Comics, que se centraba en las aventuras e infortunios de una raza de mutantes con poderes sobrenaturales ‘‘en un futuro no muy distante’’. La serie, que apareció en 1963 bajo el título de The Uncanny X-Men, fue creada por la mítica pareja de artistas y empresarios de cómics Stan Lee, guionista, y Jack Kirb, dibujante. Esta serie cuenta los avatares de un grupo de seres marginales, desadaptados y discriminados, en parte por sus poderes, a veces debido a problemas de personalidad o, sencillamente, por infortunios del destino. Estos ‘‘anti—héroes’’ tienen superpoderes restringidos, y cada uno tiene un único poder —contrario al casi invencible Superman, que pertenece a la competencia: los DC Comics—. Son considerados monstruos, e incluso un peligro para la humanidad, por lo que han optado por agruparse y crear una especie de subcultura, lo que no significa que se lleven de rosas sino todo lo contrario, pues la mayoría de los clanes están en constante antagonismo.

Como colectividad, los mutantes son una minoría oprimida y amenazada —al menos en el filme— que algunos políticos de los Estados Unidos desean identificar a través de un Registro de Mutantes (Mutant Register Act ), bajo la excusa de que son un riesgo a la seguridad nacional. Un paralelo no solo de las sesiones anticomunistas del Congreso de los Estados Unidos en la época mackartista sino, especialmente, de las leyes racistas contra los judíos en la Alemania nazi. Esta paranoia colectiva de la ‘‘amenaza mutante’’, provocada por la incomprensión e intolerancia hacia esta nueva raza de seres, está a punto de provocar una guerra en este, aparentemente, superficial filme sobre superhéroes de tebeos.

Un mutante con causa

Para hacer frente a la agresión humana, los mutantes se han dividido en dos grupos con posiciones opuestas e irreconciliables. El primero está dirigido por el benevolente y generoso Profesor Charles Xavier (Patrick Stewart), un poderoso telépata en silla de ruedas con la capacidad de controlar la voluntad de las personas y que utiliza sus habilidades para enseñar a jóvenes mutantes a utilizar sus poderes. Para ello, el ‘‘Profesor X’’ —su nombre de batalla en la jerga mutante— ha fundado una escuela (School for Gifted People), una especie de santuario para adolescentes mutantes, pues los signos genéticos diferenciadores aparecen en la pubertad. Su cruzada también consiste en hacer comprender a la enfurecida raza humana que los nuevos hijos de la evolución no son un peligro: ‘‘La humanidad no es malvada... solo esta malinformada’’, asevera, en una curiosa mezcla de pedagogía filosófica y relaciones publicas.

Al ‘‘Profesor X’’ le acompaña un grupo de jóvenes alumnos aventajados, una especie de guardia y comando de elite con distintos superpoderes: ‘‘Storm’’ (Halle Berry), un chica negra de cabellera blanca que, al iluminar sus ojos, puede controlar los vientos y rayos; ‘‘Cyclops’’ (James Marsden), quien esconde detrás de unas gafas Ray-Ban una mirada láser; y la inteligente y guapa Dra. Jean Grey (Famke Janssen), quien no tiene ningún apodo mutante, pero que en los pasquines se la conoce como ‘‘Marvel Girl’’ o ‘‘Phoenix’’, y tiene poderes telekinéticos.

En el otro bando está el movimiento guerrero y rebelde, liderado por ‘‘Magneto’’ (Ian McKellen), quien cree que la guerra entre humanos y mutantes es inevitable, y que estos tienen el derecho a utilizar ‘‘cualquier medio’’ necesario para asegurar su subsistencia. ‘‘Magneto’’, que ha formado la ‘‘Hermandad de Mutantes’’, es una especie de Uri Geller potenciado, pero más que doblar tenedores posee extenso control sobre los campos electromagnéticos y mantiene una antigua y no explicada rivalidad con el ‘‘Profesor X’’, que recuerda, en cierta manera, a la de Obi-Wan- Kenobi con Darth Vader en Star Wars (1977). Tanto Stewart como McKellen formaron parte del Royal Shakespearean Company y son famosos por interpretar personajes relacionados con la ciencia ficción: Stewart es el Capitán Picard en Star Trek, The New Generation y McKellen fue nominado a un Oscar hace un par de años por su espléndida actuación en Gods and Monsters.

El guión, escrito por David Hayler, y en el que también participó Singer, cojea, en especial a la hora de eliminar el acartonamiento propio de los personajes de pasquines; a veces es demasiado explicativo —por ejemplo el discurso sobre los fines de la escuela de mutantes del ‘‘Profesor X’’—, y, sobre todo, no consigue que el público se identifique plenamente con los personajes o que desee, subliminal e infantilmente, tener sus poderes. Su más encomiable logro es que resume en dos horas, y de manera coherente, una compleja serie de enrevesadas historias de aventuras acumuladas en estos pasquines por más de treinta años. Por otra parte, la estrategia de dirección de Singer en los X-Men es combinar entretenidos escenarios de pelea con atmósferas de alta tecnología para aminorar la violencia y hacerlo accesible al público joven. Pero, al contrario de Tim Burton, con sus dos Batman, su sentido del humor es menos incisivo y más circunspecto, lo que da cierto tono de seriedad al filme.

Mutaciones del nazismo

La ciencia ficción posee un magnetismo que deriva de la mezcla literaria de las novelas de aventuras de Julio Verne y los cuentos góticos que filosofaban sobre los avances de la ciencia y la sociedad, como Frankenstein de Mary Shelley. El cine de ciencia ficción —o ‘‘fantástico’’, como se le llama ahora— tiene como premisa violentar la realidad para reinterpretarla. En el fondo, siempre especula sobre la idea del desarrollo científico o tecnológico, y habla sobre la influencia que un mundo en transformación ejerce sobre las personas, invirtiendo las perspectivas. Asimov decía que la verdadera estrella de las películas de ciencia ficción es el argumento.

En los años treinta, con escasas excepciones y en especial los filmes de James Whale, el cine de ciencia ficción en los Estados Unidos se había desarrollado a través de los seriales con superhéroes de tebeos como Flash Gordon, Superman o El Capitán América. En los cincuenta, se convirtió en una plataforma ideológica para alimentar la xenofobia, asentar con firmeza la excelencia del sistema social y político estadounidense, y denunciar las asechanzas y maquinaciones del enemigo, personificado por el comunismo de la Unión Soviética en películas como La invasión de los ladrones de cuerpos (1956). Solo unas cuantas películas del género fueron la excepción a la regla, como El increíble hombre que se achicó (1954) de Jack Arnold, El planeta prohibido (1956) de Fred Mcleod o La mosca (1958) de Kurt Newman.

En los sesenta, con la Guerra de Vietnam y el movimiento hippie, un nuevo tipo de héroe habría de sugir de una sociedad en constante cuestionamiento de sus principios. El enemigo extranjero o el ‘‘alienígena’’ desaparecían, y su lugar lo ocuparon problemas de índole social y personal, un mundo de jóvenes descontentos y desorientados, como los de Un rebelde sin causa.

Aparecen entonces en las revistas de cómics, y luego en televisión, superhéroes como el Sorprendente Hombre Araña, un joven científico, antisocial y desempleado, o Los 4 Fantásticos, que, a pesar de pelear constantemente entre ellos, no tienen más remedio que mantenerse juntos, como un matrimonio a regañadientes.

Pero el caso de la película X-Men es distinto. Los mutantes no adquirieron sus poderes como resultado de radiacciones nucleares, solares o accidentes químicos, sino a través de un proceso de ‘‘evolución’’ que ocurre cada varios miles de años. Tampoco sufren de ninguna discapacidad o deformidad, con la excepción de ‘‘Mystique’’, que puede adoptar cualquier forma. Todo lo contrario; en términos generales son muy bien parecidos, y con enormes habilidades paranormales, físicas, químicas y hasta meteerológicas. Lo que el filme plantea, poniéndose al día con los tiempos, es la manera como abordaríamos las diferencias étnicas, económicas y culturales, o inclusive biológicas —como también vaticina la película Gattaca (1997)— en un futuro dominado por la perfección de la ingeniería genética.

La película comienza en 1944, en un campo de concentración en Polonia, donde el joven ‘‘Magneto’’ descubre sus poderes cuando, al ser separado de sus padres, convierte en metal retorcido la verja del camino que los conduce a la cámara de gas. ‘‘Magneto’’, un judío polaco, ha sufrido en carne propia la discriminación y, ante la posibilidad de que se repita la historia con el Registro de Mutantes, prefiere atacar que esperar. De esta manera las comparaciones en el filme entre el movimiento rebelde mutante y el zionismo están servidas. Luchar o dialogar fueron las dos posiciones que adoptaron los judíos en Palestina y en el continente europeo a finales de los treinta, y ‘‘Magneto’’ y el ‘‘Profesor X’’ las representan. Pero todavía hay más. El senador Robert Kelly (Bruce Davison), quien impulsa el Registro de Mutantes en el Congreso, piensa que todos los que no son estadounidenses son mutantes, haciendo con ello una especie de declaración global de la diferenciación sobre la base de la nacionalidad y el poder.

La osadía de Singer va un poco más allá, al situar en la Isla de Ellis, en Nueva York —el antiguo centro de migración para los extranjeros que venían de Europa— la sede de la conferencia para tratar el ‘‘problema mutante’’. ‘‘Magneto’’ planea, con una máquina que ha inventado, convertir en mutantes a todos los jefes de Estado que asistirán, sin saber que así les causará la muerte. Esto representa un acto de conversión que me recuerda las batalla entre moros y cristianos que se celebran en las fiestas de Semana Santa en Almería. En la Reconquista, los infieles, después de perder, tenían dos opciones: convertirse al cristianismo o morir. Según ‘‘Magneto’’, la mejor forma de terminar con el problema de la discriminación es eliminando las diferencias, aunque sea a la fuerza, convirtiendo su ideario libertario en autoritarismo. Para rematar la ironía de escenarios, Singer coloca la ‘‘máquina de conversión mutante’’ en la antorcha de la Estatua de la Libertad, que es también un emblemático escenario cinematográfico pues Hitchcock lo utilizó en Saboteador (1942) para mostrar la persecución y muerte de un espía nazi. Bajo las capas de cuero de los trajes de estos superhéroes, Singer, junto con los X-Men, retrata el lado cojo de los principios de la democracia de los Estados Unidos: la fantasía de una sociedad de oportunidades e igualdad, de tolerancia y multiculturalidad. Y, sobre todo, trae a colación, como anteriormente lo hizo con Apt Pupil, su filme anterior, la influencia del nazismo en la actual sociedad estadounidense.

 

Publicado originalmente el 10 de septiembre del 2000