| "Vishnú llevando a una mujer sobre el pájaro Garuda", miniatura c. 1770. | |
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Mahabharata La niebla del comienzo |
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Vyasa Apareció un hombre que salía de la profundidad de los bosques. Viejo, sucio y mal vestido, con tierra y ramitas entretejidas en los cabellos y la barba, caminaba silenciosamente, como si su espíritu viviera al mismo tiempo en muchos mundos. Insensible a la lluvia y el viento, pisando las espinas sin sufrirlas, buscaba a alguien. Se cuenta también pero más de cuarenta siglos han pasado sobre estos recuerdos que ese hombre encontró primero a un niño, cuyo nombre se desconoce. Ese niño, que seguía a los pájaros en el campo, se tendió a orillas de un estanque para apagar su sed. Al levantarse, vio al hombre, que le estaba contemplando. Los dos se quedaron un momento cara a cara, sin hablar. El niño no tenía ningún miedo y no trató de huir. Después, a través de la masa grisácea de sus pelos, el hombre trató de sonreír y preguntó: ¿Sabes escribir? No contestó el niño. ¿Por qué? Más tarde se hicieron muchos comentarios acerca de ese comienzo. Algunos comentaristas subrayaron la urgencia de la pregunta, que prescindía de todas las cuestiones habituales sobre nombre, edad y pueblo. Otros dijeron que en aquellos tiempos sólo los hijos del rey sabían escribir, y que el anciano nunca debió plantear esa cuestión. Todavía hay otros que replicaron que el hombre acababa de salir lentamente de la sombra de los bosques, en donde todo se olvida. Pero si todo se olvida, contestaron los primeros, ¿por qué el anciano sabía todavía hablar? Dejando de sonreír, le dijo al niño: He compuesto un gran poema. Lo he compuesto entero, pero nada he escrito. Necesito a alguien que escriba lo que yo sé. ¿Cómo te llamas? Vyasa. ¿De qué habla tu poema? Habla de ti. Los comentaristas también se encuentran divididos sobre este punto; y algunos incluso han rechazado esa réplica. Pero no vamos a detenernos a cada frase, pues si el mundo existe desde hace mucho tiempo, ningún hombre puede estar seguro de que acabará la lectura de este libro antes de la destrucción inevitable de la Tierra. El niño se sorprendió de lo que el anciano acababa de decirle. ¿Habla de mí tu poema? Y he aquí la respuesta, esta vez cierta, que le dio Vyasa: Sí. Cuenta la historia de tu raza, cómo nacieron tus antepasados, cómo se engrandecieron, cómo se desarrolló una enorme guerra. Este es el gran poema del mundo. Si lo escuchas con atención, al final serás otro, pues es ésta una historia pura y total que borra las faltas, que aviva la inteligencia y concede una vida larga. Apenas había pronunciado el viejo sabio estas ambiciosas palabras cuando se escuchó una música sin que pudiera verse de dónde procedía. Hombre y niño se dieron la vuelta y vieron a Ganesha, que se acercaba a ambos. Caminaba a la vez con pesadez y con gracia. Tras la trompa sonreía su rostro de elefante. Bajo el brazo llevaba un grueso libro. ¿Quién es? preguntó el niño. Es Ganesha respondió Vyasa. ¿El propio Ganesha? Con voz rotunda y dulce, el dios de cabeza de elefante respondió: En persona. ¿No me reconoces? Era imposible no reconocerlo. Se le veía en todas partes, en todos los templos, en todos los lugares sagrados. Ganesha, al que Parvati, esposa del gran dios Shiva, creó con sus propios medios. Al nacer era un soberbio muchacho. Su madre le pidió que guardara la puerta de su morada, que no dejara entrar a nadie porque deseaba tomar un baño. Entonces llegó Shiva, ignorante de la presencia de ese niño. Quiso entrar en su casa, pero Ganesha le interrumpió el paso: ¡Mi madre me ha dicho que no deje entrar a nadie y nadie entrará! Encolerizado, Shiva convocó a sus feroces tropas y les ordenó desalojar a ese obstinado niño, pero Ganesha se resistió, los rechazó, los dispersó, los aplastó. Resplandecía en él una fuerza sobrenatural. Incluso las hordas de demonios fracasaron en su intento de abrirse paso, pues el niño defendía a su madre. Shiva sólo pudo vencerle por medio de la astucia. Se deslizó tras él y súbitamente le cortó la cabeza, que arrojó lejos. Entonces Parvati, al encontrar decapitado a su hijo, se sintió enfurecida y amenazó con destruir a todas las fuerzas del cielo. Shiva sabía que su cólera era tan alta y tan justa que tenía poder para suprimir a los dioses. Y rápidamente, para apaciguarla, ordenó que pusieran sobre el cuerpo del niño la cabeza de la primera criatura que encontraran en el camino. Fue un elefante. Así nació el dios de los escritores, de los músicos, a veces incluso de los ladrones, Ganesha, glotón, irónico y tierno, el que calma las disputas. Es de suponer que Vyasa y el niño se quedaron sorprendidos un momento, como cada vez que alguien se encuentra con un dios. Ganesha, que llevaba un casco dorado en el que brillaban las piedras preciosas, se sentó tranquilamente en el suelo y le dijo a Vyasa: He oído decir que buscábais un escribano para el gran poema del mundo. Pues bien, aquí estoy yo. ¿Has venido verdaderamente para escribir mi poema? Ya te lo he dicho. ¿Por orden de quién? preguntó Vyasa. Ganesha se permitió una ligera vacilación antes de responder. Abrió su grueso libro por la primera página y colocó el tintero cerca de él. Después dijo: Brahma me ha enviado aquí. Al escuchar el nombre del Creador, Vyasa se posternó en tierra. Ganesha se arrancó el colmillo derecho, que utilizaba para escribir, y lo mojó en el tintero. Tras lo cual, con la mano suspendida, le dijo a Vyasa: Estoy preparado, puedes comenzar; pero te prevengo: cuando escribo mi mano no puede detenerse. Debes dictar sin una vacilación, sin ninguna detención. Vyasa se levantó y se sentó luego junto al dios, diciéndole: Por tu parte, antes de escribir debes comprender primero el sentido de lo que digo. Cuenta con ello. El niño se sentó entre los dos, muy atento. Se encontraban a escasa distancia del bosque, cerca de un río tranquilo. El primer sol de la mañana calentaba la tierra. A su alrededor estaba la conversación de los pájaros, el paso del viento por la hierba, la actividad múltiple de los insectos. ¿Esperamos a alguien? preguntó Ganesha tras un momento de silencio. No. ¿Entonces? Los principios a menudo son secretos. Al principio no sé qué decir. Vyasa, ¿puedo hacerte una sugerencia? preguntó el dios. Hazla, te lo ruego. Ya que dices ser el autor de este poema, ¿y si comenzaras por ti mismo? Sea. Vyasa se enderezó. Quizá sólo esperaba esa sugerencia. Mucho más tarde, algunos espíritus adustos han puesto en duda la veracidad de este relato. Han afirmado que Vyasa había creado un origen imaginario. Otros respondieron que Vyasa, semejante a su personaje principal, llevaba en sí mismo la incapacidad de mentir. Los primeros objetaron a éstos que sin duda así era, pero que tenía la cabeza extraviada por tres años de ascesis y no sabía ya lo que decía. Y a esto replicaban vivamente los otros que cómo podían pretender que Vyasa chocheara, puesto que iba a darnos el poema más grande del mundo. Y así continuaron. Los pedantes no callan jamás. Prefieren la muerte a la sumisión en una disputa. Pero sea como sea, así es como Vyasa hablaba de sí mismo. Estas palabras nos fueron transmitidas por la mano regordete de Ganesha, que corría sobre el papel tostado: Un rey que cazaba en un bosque se durmió. Soñó con su mujer y brotó su esperma. Esto empieza muy bien dijo el dios sacudiendo la cabeza. Cuando despertó el rey y vio el esperma sobre una hoja, llamó a un halcón y le dijo: lleva veloz mi esperma a la reina. Pero el halcón fue atacado por otro halcón, el esperma cayó en un río y un pez lo engulló. Algunos meses más tarde, un pescador cogió el pez, lo abrió y encontró en su vientre una niña muy pequeña a la que dio el nombre de Satyavati. Creció y se volvió muy bella, pero por desgracia desprendía un espantoso olor a pescado. Mientras escribía, Ganesha se maravillaba, sonreía, balanceaba la trompa y dejaba escapar unos ruidos guturales que demostraban el placer que le producía ya la historia. Alrededor, en cambio, los pájaros se callaban, e incluso el agua del río parecía presa del silencio. Vyasa prosiguió: La joven de olor repugnante se mostraba inabordable y triste. Un día encontró a un eremita vagabundo que le dijo: me gustas, hagamos el amor aquí mismo, enseguida, y prometo que convertiré tu olor repugnante en el más encantador de los perfumes. Y ella gritó: ¡No, ahora no! ¡Aquí, bajo la luz del día, no puedo! Entonces el eremita, con un gesto simple, hizo nacer una espesa niebla que engulló el río y el campo, fueron hasta una isla, Satyavati se abrió al eremita y de pronto su olor se volvió irresistible. ¿Tuvieron un hijo? preguntó el niño, haciendo su primera pregunta. Sí, yo. Vyasa. Satyavati se fue junto al pescador, a quien ella llamaba padre. Y el eremita me tomó con él. He crecido en la soledad. Vyasa se calló un momento, los ojos medio cerrados al recordar su infancia. Una música ligera parecía animar el bosque. Una música cuyos músicos no eran visibles. Ganesha golpeó el libro con la palma de la mano y con tanta viveza que sobresaltó a Vyasa gritó: ¡Vamos! ¡Espabila! ¡Todavía no has comenzado! ¡Ya te dije que mi mano no puede detenerse! Al principio, hijo de la niebla, ¿qué sucedió? Vyasa respiró profundamente antes de decir: Ya comienzo.
Adaptación de Jean-Claude Carriere, 1989.
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