| "Untitled Cosmogony", de Yves Klein, 1961. |
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Alberto Gualde Todo nació como un juego de fin de siglo, aunque la época no invite demasiado a los ejercicios lúdicos. La propuesta realizada por Victorino Polo (catedrático de literatura hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid) a una serie de escritores latinoamericanos, consistía en que cada uno formulase una lista de libros que se llevaría consigo a la hipotética isla del siglo XXI. Más que definir un canon universal, el juego sugería la elección personal de las obras literarias que cada participante considerase más dignas de relectura. Me autoinvité a participar y decidí que la lista estuviese compuesta por catorce títulos, número perfectamente arbitrario y tan válido como cualquier otro. Más allá de compartir las razones de algunas lecturas reincidentes y apasionadas, no pienso justificar inclusiones ni exclusiones, aunque mientras elaboraba la lista, no faltaron comentarios escandalizados que reclamaban la presencia del Quijote o la Divina Comedia. Mi lista presenta un claro predominio de obras nacidas durante el siglo XX, con el que me siento estéticamente vinculado, además de concordar con Cabrera Infante cuando señala que el siglo que termina es el mejor de los siglos literarios. He aquí los catorce títulos elegidos.
Dos orígenes
Estas son las dos excepciones al siglo XX, aunque técnicamente Iluminaciones de Rimbaud pertenece a este grupo, pues fue escrita al finalizar el siglo XIX, pero por su proximidad y absoluta modernidad decidí incorporarla en otra categoría. Si tuviese que optar por un texto fundamental e imprescindible, este sería, sin dudarlo un segundo, el Mahabharata. Este inmenso poema-relato épico atribuido a Vyasa, entreteje un fascinante discurso narrativo violento y sensual, mágico y poético, en una destilación que prodigiosamente aúna ligereza y profundidad. Pese a su autonomía cultural, la obra de Vyasa goza de seductora universalidad. La versión moderna de Jean Claude Carriere sabe resumir los miles de páginas del original (excede a la Odisea y la Iliada sumadas y multiplicadas por siete) en un relato esencial de centenares de páginas que recogen y multiplican una sensación de sedimento y vértigo. En cuanto a Ovidio, sus méritos no se reducen a obsequiarnos el extraordinario legado cultural grecolatino. Además está la modernidad embrionaria a lo largo del texto, la sucesión fluida de acontecimientos apasionantes, la sutileza sicológica, la profundidad humana, la precisión poética del lenguaje y la economía de medios.
Trilogía del siglo XX
Se dice que toda la riquísima literatura del siglo XX bebe de tres fuentes directas: Joyce, Kafka y Proust, lo que equivale a decir: el lenguaje como protagonista y enriquecedor de la trama, el absurdo del individuo dentro de un mundo hostil y muchas veces incomprensible, y la memoria como fuente de gestación literaria. De Joyce me quedaría con Ulises, por su feroz modernidad en constante diálogo con el clasicismo; su extraordinaria estructuración y su capacidad de recoger y sintetizar una ciudad y desplegarla frente a nuestros ojos desde una polifonía de voces. De Kafka escogería La metamorfosis, relato perfecto al revelar el extrañamiento del hombre contemporáneo, en un texto que se vale del rigor de un lenguaje conscientemente austero como transmisor de una alucinada situación intolerable. De Proust, no me quedo con nada, pero elijo al incomparable uruguayo Felisberto Hernández, como audaz representante del arte de la evocación, y una percepción fascinante y particular de personas, espacios y objetos
Tres poetas
Rimbaud es el maestro, el gran iniciador y el orfebre supremo de la imagen independiente, liberada de las tiranías de la ilustración, signo clave en el desarrollo de toda la poesía moderna. Me refiero a la imagen que no busca representar nada más allá de sí misma, con una poderosa autonomía que se apoya en el ritmo y en los elementos que la componen (no alude a nada, no guarda símbolos: es significado puro). Gran revolucionario y liberador de la poesía, Rimbaud inició la transformación desde una aguda conciencia de la tradición formal y la anticipación radical de un visionario. La poesía de Valente es un espacio en el que el poeta ejerce la ardorosa tensión entre la palabra y su propio silencio. Si Valente alude al vacío, Saint John Perse (poeta elegido como extraordinaria contraparte) traza la plenitud y se zambulle en ella. Su Anábasis es una épica contemporánea. En ella el individuo se multiplica y deshace en el colectivo, mientras que en Valente el individuo se extravía entre los contornos del misterio.
Dos cuentistas
Es lamentable que el prejuicioso predominio de la novela en los mercados literarios haya limitado el prestigio del cuento como género. Sus posibilidades de síntesis y precisión, de poder contener un mundo y reproducirlo en pocas páginas, tienen notables ejecutores en Latinoamérica. Cortázar es el mayor cultivador del género. Nadie como el narrador argentino ha sabido explorar la irrupción o presencia de lo fantástico dentro de lo cotidiano. Sus tramas inolvidables, los personajes próximos, el ritmo perfecto de la mayoría de los relatos, hacen de Cortázar el cuentista imprescindible, tanto, que resulta imposible decidirse por un título concreto en su vasta obra cuentística. Por ello opté por sus Cuentos completos. En cuanto a Borges, Ficciones contiene, dentro de su brevedad, lo mejor de sus cualidades narrativas: la pedagógica economía de medios (antídoto inmejorable contra los excesos de tanta prosa española y latinoamericana), la intensa brevedad, la inteligencia, el rigor y la búsqueda en ocasiones el encuentro de la perfección formal.
Tres vértigos novelísticos
Cuando comencé a leer novelas, mi preferencia se inclinaba por las novelas-mundo, aquellas que abarcaban épocas enteras, interminables tramas centrales enriquecidas por infinidad de subtramas paralelas. Con los años me he ido decantando por las novelas-ciudad, aquellas capaces de guardar entre sus páginas el espíritu multiplicado de una urbe concreta a través de las peripecias de los personajes. Sobre héroes y tumbas es una novela polifónica, abarcadora, atormentada y lúcida. Feroz radiografía doble: la de una ciudad, Buenos Aires, vital y turbulenta; y la del alma crispada de su autor. Tres tristes tigres es una novela de herencia joyceana aunque profundamente habanera. Funciona como galería de voces, y detrás de su humor vivo se agazapa una melancolía invencible ante un mundo próximo a desaparecer; en un texto vivazmente elegíaco y bufo. El de Georges Perec es un vértigo diferente, nacido de la restricción como metodología y elemento potenciador de la libertad creadora. Pocos escritores, como Perec, se pusieron tantos límites conscientes y los supieron utilizar con mayor eficacia. La vida: instrucciones de uso es una vertiginosa épica de lo cotidiano, una audaz exaltación del placer de nombrar y enumerar, como antídotos ejemplares contra la vaguedad literaria.
Un ensayo
En un principio incluí este título y luego pensé que no me haría falta en la isla del siglo XXI. Sin embargo, se me hace indispensable un ensayo que me recuerde con perspicacia y lucidez la imperiosa y permanente necesidad de mantener un diálogo fértil con la literatura. El texto póstumo de Calvino ayuda a mantener aceitada la inteligencia literaria. Lo escojo como último eslabón o elemento de este mosaico de lecturas, vaso comunicante entre los otros trece libros elegidos y entre todos aquellos que olvidé, dejé a un lado o simplemente no he leído: doble conducto entre el atemporal e incomparable placer de formular textos y el no menos enriquecedor de leerlos.
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