Fight Club

Director: David Fincher

EEUU, 1999

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Félix Zé

‘‘La gente me pregunta constantemente si conozco a Tyler Durden’’, nos dice la voz en off de Cornelius (o Rupert, o Travis, o cualquiera de los múltiples nombres que nuestro narrador decide adoptar en el filme). Cornelius (Edward Norton) está en crisis, no puede dormir. No ha dormido en seis meses. Su médico se niega a recetarle somníferos, y aunque Cornelius trata de conmoverlo con su dolor, el doctor le sugiere sarcásticamente asistir a un grupo de apoyo para pacientes con cáncer testicular (‘‘Eso sí es dolor’’). Es así como empieza una relación adictiva con los grupos de apoyo como antídoto contra su pertinaz insomnio.

Cornelius (o Rupert, o Travis) tiene 30 años. Puede ser perfectamente el niño símbolo de la Generación X, quien llena el vacío de su vida obteniendo todo objeto ingenioso que sea capaz de comprar. Mientras no esté trabajando, pasa su tiempo libre pensando en qué tipo de gabinetes de cocina definen mejor su personalidad. O por lo menos eso intenta hacer, hasta que cruzan su camino Marla Singer (Helena Bonham Carter) y Tyler Durden (Brad Pitt).

Nuestro protagonista termina viviendo con Durden, quien lo introduce en los placeres catárticos de un buen puñetazo, y en poco tiempo sus regulares peleas callejeras terminan reclutando nuevos seguidores.

Presenciar el desarrollo de la amistad entre Durden y Cornelius es descender al infierno particular del protagonista hasta que logra tocar fondo, tema más que apropiado para David Fincher, a quien muchos recordarán en pesadillas, gracias a su penúltimo filme, Se7en, que al igual que Fight Club, nos ofrece un viaje por los más oscuros laberintos de la psiquis humana.

La imagen lo es todo

Si fuera un crítico de cine muy formal, probablemente debería haber comenzado diciendo que estamos ante una comedia negra, un drama cargado de acción, o un thriller psicológico. Pero me gusta mucho más pensar que Fight Club es una película de horror, particularmente para todo aquel que confíe ciegamente en el capitalismo salvaje y la cultura de consumo masivo.

Fincher ha desarrollado gran parte de su técnica y estilo dirigiendo anuncios comerciales y videos musicales. En Fight Club utiliza todo su conocimiento publicitario para arremeter sin piedad contra el consumismo desenfrenado. Las obsesiones materialistas de Cornelius se traducen en detallados catálogos de compras que se despliegan ante nuestros ojos con gran elocuencia y dinamismo gráfico; las reuniones de los grupos de apoyo están filmadas como los anuncios de comercio electrónico de la IBM; ciertos relatos de acciones terroristas son manejados a la manera del trailer promocionar de una película.

En un mundo en que nuestra personalidad está definida por posesiones materiales, Fincher utiliza toda la parafernalia publicitaria para enriquecer una narrativa cinematográfica extraordinariamente dinámica, agresiva y provocadora. Gran parte de su éxito se debe al guión reflexivo y autoexplicativo de Jim Uhls, adaptado de una novela de Chuck Palahniuk. A partir de la extraordinaria estructura de este guión, la edición fílmica y sonora fue milimétricamente cuidada para generar una experiencia profundamente enriquecedora. A nivel visual, Fincher nos ofrece múltiples vehículos de distanciamiento que agilizan la trama y mantienen al espectador en estado de alerta.

En cuanto a la banda sonora, desde los ásperos temas de los Dust Brothers, hasta la inteligente selección de Pixies para el tema que cierra el filme, la música se convierte en el elemento que termina de configurar los perturbadores climas ya característicos de este joven director.

La primera regla es...

En una sociedad de consumo, como bien dijera Jean Baudrillard, el hombre tiende a rodearse cada vez menos de gente y cada vez más de objetos. Incluso en eventos colectivos (el béisbol norteamericano, por ejemplo) sigue siendo un individuo alienado, incapaz de establecer una relación grupal. El consumidor, además, es un ser inconsciente y desorganizado.

Este sistema es violentado cada noche en el Club de la Pelea de Tyler, quien a medida que ve aumentar su membresía, reconoce la necesidad de establecer reglas.

Enormemente ritualizados, los violentos intercambios semejan una búsqueda forzosa por establecer contacto, por intimar. En el Club un hombre no pelea contra su enemigo, pelea contra su igual, contra alguien a quien aprecia, contra quien comparte un vínculo afectivo. Los desenlaces son profundamente catárticos, semejando en ocasiones una celebración religiosa, y seguramente provocando más de una lectura homosexual entre el público.

La forma en que Fincher nos presenta las escenas de pelea poseen una crudeza que va más allá de la realidad. Todo sonido se amortigua para concentrarse en el estallido de los golpes de la carne contra un puño, contra el cemento, contra un charco de sangre.

Conforme pasa el tiempo, las peleas superan en intensidad al mundo exterior que empieza a convertirse, para los participantes, en una mala parodia de sí mismo. Las reglas del Club son las únicas que tienen sentido. Su realidad artificial se hace más vívida que la fabricada por la sociedad. De hecho la experiencia del Club empieza a bordear lo que Baudrillard define como la hiperrealidad, un estado en el que lo imaginario o artificial reemplaza a la realidad misma, al igual que un enfermo psicosomático cree estar genuinamente enfermo, o que un paciente psicótico reconoce como real lo que sugiere su inconsciente al tiempo que ignora su lado consciente.

Mi neurosis colectiva

Definitivamente Fincher tiene un talento natural para encontrar locaciones espectacularmente sórdidas y mágicas a la vez. También tiene gran talento para trabajar con personajes creativamente críticos y antisociales.

En Fight Club el descenso a los abismos emocionales del protagonista no puede encontrar mejor metáfora que la pútrida residencia que habita junto a Tyler y los oscuros sótanos que acogen sus peleas nocturnas.

Todo en esta película parece funcionar como una metáfora de algo más profundo y universal. El infierno de Cornelius no es el infierno de un solo hombre.

Carl Jung sugería que el psicoanálisis resultaba un suplicio para algunos hombres, puesto que se veían obligados a ‘‘renunciar a sus ilusiones más queridas para hacer brotar dentro de sí algo más profundo, más bello, más amplio (...) Una vez alcanzado este punto, el conflicto aparentemente individual del enfermo, se manifiesta como un conflicto general de su ambiente y de su época’’. En el filme, Tyler resume el dilema de su generación, que despojada de grandes causas comunes y abandonada al individualismo nihilista y autocomplaciente, parece no tener un norte en comparación con generaciones anteriores: ‘‘Nuestra generación no vivió una Gran Depresión y no luchó una Gran Guerra. Nuestra guerra es espiritual. Nuestra Gran Depresión son nuestras propias vidas’’.

En sus escritos sobre el inconsciente colectivo, Jung anotaba que el rápido desarrollo de las ciudades había privado al hombre moderno del desahogo de sus energías afectivas. La satisfacción que el hombre podía experimentar a través de las labores del campo, estaba demasiado lejos del habitante de las ciudades modernas. Es por eso que Tyler alude continuamente a un ideal primitivo, casi agrario, de recolectores y cazadores. Pero en esta ocasión su utopía no tiene lugar en un paisaje bucólico y pastoril. El ideal anárquico de Tyler habita las ruinas de nuestra decadente civilización.

Planet Tyler

Para desestabilizar el sistema, Tyler organiza un elaborado plan orquestado por su particular ejército de trabajadores comunes dedicados a las labores más rutinarias y menos valoradas dentro de la escala social y económica capitalista.

No debe extrañamos entonces que su principal víctima sea aquella que nuestra sociedad valora por sobre todas las cosas: la propiedad privada.

El iconoclasta Proyecto Caos utiliza las mismas herramientas del mundo corporativo para generar un estado anárquico. El plan incluso produce una suerte de franquicias en distintas partes del país que actúan con ciertos niveles de independencia. La elaborada fantasía de este proyecto refleja la farsa del sistema, de la misma manera que sucede con la relación entre Cornelius y Marla al asistir a los mismos grupos de apoyo.

Los lujosos jabones de tocador (etiquetados con querubines y todo) que financian el proyecto, están fabricados con grasa humana robada de los basureros de las clínicas de liposucción.

La mística orientalista que nutre espiritualmente al ejército de Tyler, es la misma que utilizan los grupos new age para adormecer su conciencia social.

El oscuro vínculo que existe entre los dos protagonistas se ilustra constantemente a través de una perversa parodia de la serie del Selecciones del Reader’s Digest: ‘‘Soy el pulmón (corazón, higado, etc ... ) de Juan’’. Con cada giro de la tortuosa relación, la voz en off de Cornelius nos revela su oscuro significado: ‘‘Soy la vida desperdiciada de Juan’’; ‘‘Soy la perversa venganza de Juan’’; ‘‘Soy el enardecido sentimiento de rechazo de Juan’’.

En busca de la esperanza perdida

Implacablemente irónica y visualmente fascinante, Fight Club escapa el efectismo banal, ya que cada ejercicio visual, cada efecto especial está diseñado para aportar profundidad tanto a la trama como a los personajes principales, sagazmente interpretados por Norton, Pitt y Bonham Carter. Vale la pena mencionar que Meat Loaf hace el papel de su vida en un rol perturbador e inolvidable.

La historia, excepcionalmente desarrollada, ofrece una multiplicidad de lecturas sin dejar por ello de aportar una visión personal, así como una aguda crítica de las opciones que la sociedad ofrece a las generaciones más jóvenes.

Bajo esa óptica, la última escena del filme, en una cínica versión del clásico final feliz, me resulta memorable y perversamente apropiada para la historia de un protagonista que fervientemente cree que la verdadera libertad se consigue al perder toda esperanza.

 

Publicado originalmente el 17 de septiembre del 2000