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Buena Vista Social Club Director: Wim Wenders Alemania, 1998 |
Félix Zé Celebro los esfuerzos por dedicar, finalmente, una sala que resulte una alternativa al cine comercial. Esta sala, ubicada en los Cines Alhambra de la Vía España, presenta como primera proyección no oficial, el muy aclamado documental Buena Vista Social Club dirigido por el cineasta alemán Wim Wenders. Buena Vista Social Club documenta la grabación de un disco de tradicionales temas cubanos interpretados por extraordinarias leyendas de la isla, entre ellas Omara Portuondo, Compay Segundo y Pío Leyva. El disco fue producido por Ry Cooder, el reconocido bluesista norteamericano, quien en un viaje a La Habana encontró a los talentosos músicos. Más allá de la grabación, el documental también intercala entrevistas a los intérpretes con pietaje de dos importantes conciertos que se organizaron en Amsterdan y Nueva York como parte de la promoción del disco. Quien sienta verdadero amor por la música cubana tiene razones para agradecer el inesperado éxito de la grabación y el documental, ya que ha cambiado radicalmente el status de los integrantes del Buena Vista Social Club. En muy poco tiempo la grabación empezó a encabezar las listas de popularidad tanto en América como en Europa, cosa que habría que agradecer a los orichas, particularmente cuando las que acaparan las ventas en este género son cantantes tan sosas como Albita y Gloria Estefan. |
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Mientras veía las primeras escenas del documental, en las que un hablantín y muy simpático Compay Segundo pide direcciones en La Habana, recordaba las populares entrevistas que el panameño Eduardo Irving ha venido haciendo a varios jazzistas panameños para Talingo. Proporciones guardadas, tanto a Ry Cooder como a Irving los mueve la necesidad de rescatar músicos valiosos que viviendo al margen de los grandes mercados, mantienen una integridad musical ausente en las estrellitas de moda. Dolorosamente, en la producción de Wenders ha faltado precisamente lo que hace tan valioso el trabajo de Irving, y eso es la habilidad para poner en perspectiva a las figuras que entrevista. Es evidente en el documental la forzada voluntad de no tocar el tema de la política, una decisión bastante cuestionable, particularmente en los últimos años, cuando tantos documentales y películas (realizados dentro y fuera de Cuba) enfrentan la realidad contemporánea de la Revolución con cierta apertura. Y es que hay que reconocer que es difícil hablar de un fenómeno cultural cubano contemporáneo, ignorando la influencia de la Revolución, ya sea para bien o para mal. De hecho una de las cosas más llamativas del documental es que la palabra Revolución nunca se menciona. Esta decisión de despolitizar el documental lo único que hace es presentar información a medias que deja preguntas cruciales sin responder, y en el peor de los casos, sugiere una distorsionada lectura de la realidad. |
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Wenders hace hincapié en el olvido en que estos extraordinarios músicos vivían en La Habana. Pero un documentalista serio debería aclarar en qué consiste ese olvido, y más importante aún, quiénes los habían olvidado. Cualquier amante de la música cubana (y no aquellos que solo leen las listas de popularidad de Miami), reconoce el lugar de muchos de los músicos del BVSC. El documental da la sensación de que vivir (o incluso grabar) fuera de los circuitos masivos y sin grandes estrategias de mercadotecnia es vivir en el olvido. En ningún momento nos enteramos de las razones por las cuales algunos de los músicos habían dejado de cantar o tocar. Aparte de esto, se ha descontextualizado a los músicos, sin ofrecer ningún elemento de comparación con intérpretes contemporáneos que también tocan música cubana o de raíces cubanas. Por ejemplo, nunca se analiza en el documental la diferencia entre ser músico contratado por una enorme disquera y ser un músico en La Habana de fin de siglo. Aunque en la agrupación hay intérpretes de distintas generaciones, nunca se les pregunta cómo vislumbra cada uno de ellos la música cubana o la manera en que es divulgada. Nadie pide su opinión sobre los abanderados de la música latina en el extranjero, siendo Cuba la madre de gran parte de sus principales movimientos. De hecho el documental habla extraordinariamente poco de la música. Resulta interesante anotar que son los músicos más jóvenes, como Barbarito Torres, los que hablan con mayor lucidez sobre su instrumento. ¿Dónde tocaban los músicos activos antes de la grabación de Buena Vista Social Club? ¿Dónde se escucha la música popular en La Habana? ¿Cómo se formaron los músicos más jóvenes del conjunto, y por ende, cómo se trasmite esta tradición musical? ¿A quiénes escuchaban los músicos más jóvenes? Son preguntas esenciales a la hora de hacer un perfil como este, las que sin embargo se dejan de lado prefiriendo en cambio presentar gran cantidad de tomas prescindibles de los músicos paseándose como turistas extraviados por Manhattan. Francamente no sé cuál es el mensaje que quiere dejar Wenders con el contraste entre la estrechez económica (románticamene fotografiada) que vive el pueblo cubano, y la abundancia neoyorkina. Detrás existe una historia demasiado compleja como para sortear el asunto de manera alegre y simbólica. En una entrevista para Sight & Sound, Wenders comenta que para el final decidió intercalar imágenes de La Habana con pietaje del concierto en Carnegie Hall. Le pareció apropiado en vista de que los músicos han decidido quedarse en La Habana, en parte porque no se imaginan viviendo en otro lugar, y en parte porque son dedicados socialistas. Por supuesto, si fuera por el documental, nunca nos enteraríamos de esto. |
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Resulta revelador el momento en que, con la ayuda de un intérprete, Ry Cooder hace preguntas sobre los autores de algunas de las canciones del disco. Acto seguido nos aclara en cámara, que siempre hay que preguntar si están vivos, porque podrían estar a la vuelta de la esquina sin que nadie se entere. Por supuesto el mayor desinformado es el propio Cooder, que pareciera no haberse percatado de la cantidad de excelentes musicólogos cubanos que viven dentro y fuera de la isla, que podrían haberle facilitado mucha más información. Lo cierto es que se conforman con pocos y superficiales datos (dónde nacieron y cómo empezó su contacto con la música) que el documental dosifica muy esquemáticamente. Tomando en cuenta la asepsia cultural y política que guiaba el proyecto, probablemente lo más indicado hubiese sido editar el pietaje del concierto en Amsterdam (ciudad de grandes conocedores de la música latina). Las tomas de este evento son excepcionales, cosa de esperarse si detrás de las cámaras está el talentoso Robby Müller. Pero una vez penetras en el mundo de estos músicos y empiezas a invocar el famoso olvido, creo que existe la urgencia de analizar más a fondo el asunto, porque lo contrario es desaprovechar, sin razón válida, la oportunidad de documentar con seriedad algo verdaderamente importante. El BVSC resultante, es más un video musical promocional, que un documental que pretenda develar la realidad de estos músicos. Sin embargo, así como reconozco sus deficiencias, debo insistir en el especial talento de Wenders para captar el espíritu de una ciudad. La Habana de los noventa da la impresión de ser irreal. La pequeña cámara digital de Wenders que deambula esencialmente por Centro Habana, capta esa sensación onírica en la que el transcurso del tiempo simplemente ha dejado de tener sentido. Por otro lado, la calidad y el carisma de los músicos hacen de BVSC un documento que es indispensable ver, particularmente si se es un aficionado de la música. Además, al ir a verlo pude experimentar otra vez un fenómeno que no deja de conmoverme. Desde hace muchos años se hace difícil presenciar en Panamá músicos en vivo de gran calidad, sobre todo en lo que a música popular se refiere. Llamó mi atención que para ciertas personas (sobre todo las de avanzada edad) la experiencia de ver el documental en una sala de cine resultaba similar a la de asistir a un concierto, y así muchos aplaudían los solos y a cada intérprete al final de la proyección. Y es que no podemos olvidar que la música popular siempre gana mucho cuando se disfruta en público. En esta época de DVDs, Blockbusters y discos compactos, la sala de cine sigue siendo fundamental a la hora de trascender nuestro creciente y tenaz individualismo.
Publicado originalmente el 3 de septiembre del 2000
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