Panamá, 22 de diciembre de 2000
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El juguete más preciado

El juguete es beneficioso para el niño. Lo necesita para afianzar conocimientos, para revivir fantasías y para adquirir destrezas

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Decidir qué regalo hacerle a un niño en estas navidades es cosa fácil: encienda la televisión durante un rato, encuentre cuál es el juguete con mejor formato publicitario y aparentemente acertará. Esto no significa que cualquier otro no sea de su agrado porque, a decir verdad, los niños los quieren todos, sí señor, todos. Y es que ya nada parece satisfacerles; algo obsesionados, parecen dejarse llevar por la pasión de la adquisición, y por el lema de que cuanto más tengo, más quiero. Pero lo curioso es que muchos de los juguetes casi ni los usan, se los das, los retiran de sus empaques, agrandan los ojos con una gran sonrisa en los labios, los disfrutan por un rato embriagados con la novedad, y ahí suele quedar todo. Al menos esto es lo que le pasa a mi hijo al que no le cabe un juguete más en la habitación. Pero eso sí, juego nuevo que sale al mercado, juego que quiere. Y es que la fiebre del consumo ya no distingue edades y ha hecho de los más pequeños sus mejores víctimas.

¿Acaso no le parecen familiares frases como ‘‘me compras’’, ‘‘yo quiero’’, ‘‘¿qué me trajiste?’’. Y ahí están los hermosos anuncios, con sus pegajosas canciones representando situaciones ideales en las que todos esos artilugios se hacen sumamente deseables para unos seres a los que lo novedoso, lo diferente, lo suculento a los sentidos, les llama la atención. Sin ir más lejos, ayer me encuentro a mi hijo (varón de cuatro años) anonadado mirando la última propaganda de la más famosa muñeca desde que tengo uso de razón. Me sorprendió un poco el hecho de que un juguete típicamente de niña pareciera interesarle tanto, pero me dije a mí misma: ‘‘no vayas a caer en los estereotipos, si al muchacho le llama la atención el anuncio tampoco pasa nada’’. Y me disponía a salir de la habitación cuando lo oigo cantar emocionado, a la par que la voz de la tele, la siguiente melodía: ‘‘Barbie, gran momento para ser niña’’. Y ese miedo a que los renglones de los gustos sexuales de nuestros hijos se tuerzan (que no queremos reconocer pero que está ahí) acarició levemente mis entrañas. Miedo irracional, concluí, es solo una canción, y sin irme me quedé haciendo uso de la pantalla chica por un rato. Poco grata fue la sorpresa de descubrir que por cada quince minutos de programación salía al aire un anuncio de juguetes. Haciendo números calculé que a un niño que pasa varias horas frente a la televisión se le somete a un número apreciablemente considerado de ofertas. Evidentemente, ante este bombardeo, los niños no sólo quieren consumir sino que tienen la necesidad de hacerlo, sea lo que sea.

Pero que no nos lavemos las manos los padres. En un afán de materializar los afectos somos propensos a llevar regalos a casa con relativa frecuencia, y a comprarle al niño lo que quiere cuando se sale a la calle con él, y no ante algún hecho, acuerdo o fecha concreta. El sentimiento de culpa que nos embarga cuando creemos haber hecho algo que le pueda perjudicar (como el haber estado mucho tiempo fuera de casa) también invita a regalarles un juguete, como si esto implicase un mecanismo de limpiar conciencias, compensar vacíos y evadir culpas. No es de extrañar que los padres ausentes (por ejemplo, por divorcio) otorguen los juegos más caros y aparatosos cuando se encuentran con sus pequeños después de largas temporadas. Es como si el grado de sofisticación del juguete tuviese que aumentar en forma directamente proporcional al complejo de culpa.

Aunque tampoco quiero aguar la fiesta. Estamos en época de adviento, y pretender que hay que someterles a carencias extremas con el fin de controlar ese afán de consumo, es absurdo y además poco oportuno. El juguete en sí mismo, y el hecho de recibirlo, es beneficioso para un niño. Y es que un menor necesita jugar para afianzar conocimientos, para revivir fantasías y deseos, para adquirir destrezas, para aprender reglas de sociabilización, y necesita que se le demuestre cariño a través del acto de recibir. La emoción de encontrar los regalos bajo el árbol está por encima de cualquier discernimiento psicológico.

Además, vienen varios meses de ocio con esto de las vacaciones que se avecinan, y un buen juguete puede ser una herramienta con la que el niño aproveche tanto tiempo libre. ¿El más indicado? Hay muchos ideales para cada edad, pero el que un pequeño verdaderamente apreciaría no es, en última instancia, el más popular, el más anunciado, sino aquel que a corto y a largo plazo pueda depararle algo más que la simple satisfacción de un capricho. Por ejemplo, aquel que le haga volar la imaginación y ser creativo, aquel que le haga descubrir el mundo a través de la manipulación de elementos, el que invite al deporte o a habilidades intelectuales, o ese otro que pueda disfrutar de alguna u otra manera con su progenitor. Este último saldrá caro en tiempo y en ganas (qué padre no prefiere tumbarse en el sofá después de una ardua jornada de trabajo en vez de llevar al niño a montar en bicicleta o a jugar con el balón) pero valdrá la pena, porque no es solo el artículo en sí mismo el que pueda ser beneficioso o no, sino el uso (o abuso) que se puede obtener de él. Si se rodea de afecto, si conlleva risas y sana diversión compartida, si no pretende llenar carencias emocionales y afanes consumistas, el juguete valdrá la pena.

Aparte de la sofisticación lúdica que proporcionan los juguetes, conviene aprovechar su atractivo para usarlos como instrumentos de aprendizaje. Por otra parte, el juego representa un campo de ensayos donde el niño plasma, con sentido simbólico, lo que le sucede en la vida real, e informa de sus conflictos inconscientes: intereses sexuales reprimidos por mecanismos sociales, fobias, defensa frente a la angustia o agresividad latente.

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