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El
juguete más preciado
El juguete es beneficioso para el niño. Lo necesita para afianzar
conocimientos, para revivir fantasías y para adquirir destrezas
Alicia
Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Decidir
qué regalo hacerle a un niño en estas navidades es cosa fácil:
encienda la televisión durante un rato, encuentre cuál es el juguete
con mejor formato publicitario y aparentemente acertará. Esto
no significa que cualquier otro no sea de su agrado porque, a
decir verdad, los niños los quieren todos, sí señor, todos. Y
es que ya nada parece satisfacerles; algo obsesionados, parecen
dejarse llevar por la pasión de la adquisición, y por el lema
de que cuanto más tengo, más quiero. Pero lo curioso es que muchos
de los juguetes casi ni los usan, se los das, los retiran de sus
empaques, agrandan los ojos con una gran sonrisa en los labios,
los disfrutan por un rato embriagados con la novedad, y ahí suele
quedar todo. Al menos esto es lo que le pasa a mi hijo al que
no le cabe un juguete más en la habitación. Pero eso sí, juego
nuevo que sale al mercado, juego que quiere. Y es que la fiebre
del consumo ya no distingue edades y ha hecho de los más pequeños
sus mejores víctimas.
¿Acaso
no le parecen familiares frases como ‘‘me compras’’, ‘‘yo quiero’’,
‘‘¿qué me trajiste?’’. Y ahí están los hermosos anuncios, con
sus pegajosas canciones representando situaciones ideales en las
que todos esos artilugios se hacen sumamente deseables para unos
seres a los que lo novedoso, lo diferente, lo suculento a los
sentidos, les llama la atención. Sin ir más lejos, ayer me encuentro
a mi hijo (varón de cuatro años) anonadado mirando la última propaganda
de la más famosa muñeca desde que tengo uso de razón. Me sorprendió
un poco el hecho de que un juguete típicamente de niña pareciera
interesarle tanto, pero me dije a mí misma: ‘‘no vayas a caer
en los estereotipos, si al muchacho le llama la atención el anuncio
tampoco pasa nada’’. Y me disponía a salir de la habitación cuando
lo oigo cantar emocionado, a la par que la voz de la tele, la
siguiente melodía: ‘‘Barbie, gran momento para ser niña’’. Y ese
miedo a que los renglones de los gustos sexuales de nuestros hijos
se tuerzan (que no queremos reconocer pero que está ahí) acarició
levemente mis entrañas. Miedo irracional, concluí, es solo una
canción, y sin irme me quedé haciendo uso de la pantalla chica
por un rato. Poco grata fue la sorpresa de descubrir que por cada
quince minutos de programación salía al aire un anuncio de juguetes.
Haciendo números calculé que a un niño que pasa varias horas frente
a la televisión se le somete a un número apreciablemente considerado
de ofertas. Evidentemente, ante este bombardeo, los niños no sólo
quieren consumir sino que tienen la necesidad de hacerlo, sea
lo que sea.
Pero que no nos lavemos las manos los padres. En un afán de materializar
los afectos somos propensos a llevar regalos a casa con relativa
frecuencia, y a comprarle al niño lo que quiere cuando se sale
a la calle con él, y no ante algún hecho, acuerdo o fecha concreta.
El sentimiento de culpa que nos embarga cuando creemos haber hecho
algo que le pueda perjudicar (como el haber estado mucho tiempo
fuera de casa) también invita a regalarles un juguete, como si
esto implicase un mecanismo de limpiar conciencias, compensar
vacíos y evadir culpas. No es de extrañar que los padres ausentes
(por ejemplo, por divorcio) otorguen los juegos más caros y aparatosos
cuando se encuentran con sus pequeños después de largas temporadas.
Es como si el grado de sofisticación del juguete tuviese que aumentar
en forma directamente proporcional al complejo de culpa.
Aunque tampoco quiero aguar la fiesta. Estamos en época de adviento,
y pretender que hay que someterles a carencias extremas con el
fin de controlar ese afán de consumo, es absurdo y además poco
oportuno. El juguete en sí mismo, y el hecho de recibirlo, es
beneficioso para un niño. Y es que un menor necesita jugar para
afianzar conocimientos, para revivir fantasías y deseos, para
adquirir destrezas, para aprender reglas de sociabilización, y
necesita que se le demuestre cariño a través del acto de recibir.
La emoción de encontrar los regalos bajo el árbol está por encima
de cualquier discernimiento psicológico.
Además, vienen varios meses de ocio con esto de las vacaciones
que se avecinan, y un buen juguete puede ser una herramienta con
la que el niño aproveche tanto tiempo libre. ¿El más indicado?
Hay muchos ideales para cada edad, pero el que un pequeño verdaderamente
apreciaría no es, en última instancia, el más popular, el más
anunciado, sino aquel que a corto y a largo plazo pueda depararle
algo más que la simple satisfacción de un capricho. Por ejemplo,
aquel que le haga volar la imaginación y ser creativo, aquel que
le haga descubrir el mundo a través de la manipulación de elementos,
el que invite al deporte o a habilidades intelectuales, o ese
otro que pueda disfrutar de alguna u otra manera con su progenitor.
Este último saldrá caro en tiempo y en ganas (qué padre no prefiere
tumbarse en el sofá después de una ardua jornada de trabajo en
vez de llevar al niño a montar en bicicleta o a jugar con el balón)
pero valdrá la pena, porque no es solo el artículo en sí mismo
el que pueda ser beneficioso o no, sino el uso (o abuso) que se
puede obtener de él. Si se rodea de afecto, si conlleva risas
y sana diversión compartida, si no pretende llenar carencias emocionales
y afanes consumistas, el juguete valdrá la pena.
Aparte de la sofisticación lúdica que proporcionan los juguetes,
conviene aprovechar su atractivo para usarlos como instrumentos
de aprendizaje. Por otra parte, el juego representa un campo de
ensayos donde el niño plasma, con sentido simbólico, lo que le
sucede en la vida real, e informa de sus conflictos inconscientes:
intereses sexuales reprimidos por mecanismos sociales, fobias,
defensa frente a la angustia o agresividad latente.
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