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Por
cierto....
Por increíble que parezca, había más urgencia en acabar rápido
con la controversia, que en exigir que la resolución fuera justa
Betty Brannan Jaén
laprensaDC@aol.com
En los años que tengo de estar escribiendo para La Prensa,
he criticado mucho la política exterior de Estados Unidos, pero
nunca su integridad democrática. Todo lo contrario, siempre tuve
fe en Estados Unidos como país modelo. Tuve fe en que las elecciones
fueran limpias, los jueces imparciales y el pueblo soberano. Esta
semana, en un golpe mortal, el desenlace de la elección presidencial
me ha destruido la fe. Y siento que el corazón se me esta rompiendo
de la decepción.
En primer lugar, ha sido penoso constatar que en verdad, el sistema
electoral de Estados Unidos no es democrático. En Estados Unidos,
los ciudadanos no tienen un derecho constitucional a votar por
el presidente. Ese privilegio está enteramente en manos de los
‘‘electores’’ del Colegio Electoral, que son designados de la
manera que la Legislatura escoja. Si la Legislatura del estado
de Florida, por ejemplo, decidiera que esto de contar votos es
demasiado trabajo y que para el futuro, ellos mismos designarán
los electores sin molestarse con una votación popular, sería perfectamente
permisible bajo la Constitución estadounidense. Además, esos electores
pueden escoger al presidente que se les antoje, sin acatar la
votación en su estado.
El resultado es que cuando los electores se reúnan el próximo
18 de diciembre, no hay controles eficaces en el sistema para
impedir que los electores voten por Mickey Mouse, si quieren.
Es evidente que eso no ocurrirá (salvo para quienes opinen que
Mickey y George W. son equivalentes) pero aun así, el hecho innegable
es que este año, los electores entregarán la presidencia a un
hombre que no ganó por votación popular. Todas las supuestas justificaciones
históricas para el Colegio Electoral, no alteran el hecho de que
es una figura artificial y antidemocrática. Lo critiqué en 1992
y 1996 (cuando el Colegio Electoral no tuvo impacto en la elección),
lo advertí una semana antes de la elección de este año y hoy lo
encuentro totalmente inaceptable.
Mi objeción no se centra en la persona del próximo presidente,
sino en la forma en que se llegó a ese desenlace.
Veamos lo que ocurrió en Florida, donde –¡qué casualidad!– el
gobernador es hermano del candidato que sin Florida hubiera perdido.
Hay razones para sospechar que en Florida hubo trampa y que la
gente de Bush tenía el temor de que el recuento la revelara. Entre
otras irregularidades, los líderes negros dicen que los republicanos
hicieron un esfuerzo sistemático por reducir la votación de la
población negra de Florida. La NAACP (siglas en ingles para la
Asociación para el Avance de Personas de Color) ha pedido que
el Departamento de Justicia haga una investigación (que, lamentablemente,
tendrá que celebrarse bajo el gobierno de Bush).
En todo el país, el 91% de los negros votó por Al Gore. Los republicanos
de Florida sabían que eso sería un problema. Salon.com y
otros medios reportan que Katherine Harris, secretaria de Estado
de Florida, contrató a la empresa Choice Point (con prominentes
republicanos en su junta directiva) para ‘‘limpiar’’ las listas
de votantes, quitando a las personas que habían perdido su derecho
a voto debido a condenas penales. Se sabía que esta medida tendría
gran impacto en la comunidad negra, donde uno de cada tres varones
tiene antecedentes penales. Choice Point proporcionó una lista
con 173 mil nombres pero, se alega que aproximadamente un 15%
estaban equivocados. Algunos condados eliminaron esos nombres
de su lista de votantes sin tratar de verificar la información;
cuando estas personas se presentaron a votar, no pudieron hacerlo
porque sus nombres no estaban en la lista. Si el margen de error
fue 15%, esta táctica privó a miles de personas inocentes de su
derecho a votar y le costó votos cruciales a Gore.
Además, queda el hecho de que las encuestas de salida mostraban
a Gore como ganador en Florida. Esas encuestas no estaban equivocadas,
dijo el analista de CNN, William Schneider, en una entrevista
el viernes en Washington. En Florida hubo indiscutiblemente más
votos por Gore que por Bush, pero las papeletas confusas, la impugnación
masiva de votos y el conteo mecanizado, le quitó más votos a Gore
que a Bush. Resulta que los condados más ricos (léase republicanos)
tienen maquinas nuevas de votar que rechazan muchos menos votos
que las máquinas viejas que se usan en los condados de población
negra y pobre (léase demócrata).
Esa desigualdad no preocupó a la Corte Suprema, que congeló los
recuentos en Florida hasta después que se hubiera extinguido el
tiempo para completarlos.
Dejando para otro día un análisis detallado del fallo, hoy solo
diré que lo encontré sin sustento, politizado y sujeto a preocupantes
conflictos de interés. Siendo abogada, perder la fe en la imparcialidad
de la Corte Suprema, es como una daga al corazón.
Por último, quizás lo más decepcionante ha sido la actitud de
la ciudadanía. Existía más urgencia en acabar rápido con la controversia,
que en exigir que la resolución fuera justa. Ahora, desean silencio
con el argumento de la necesidad de ‘‘sanar heridas’’. Temo estar
muy sola en la percepción de que el gran dolor de esta experiencia
no sanará con un presidente de cuestionable legitimidad, una conspiración
de silencio sobre lo que pasó y un sistema antidemocrático sin
reformar.
La
autora es corresponsal / WASHINGTON, D.C.
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