Panamá, 22 de diciembre de 2000
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La democracia crece en Panamá mientras la economía se deteriora. El indicador de libertades y derechos muestra una trayectoria de ascenso, en tanto que el de bienes, empleos y servicios pierde altura. El respetado informe de Freedom House califica muy favorablemente a la democracia panameña, a la par que el reporte de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), indica que la economía sufre, por tercer año consecutivo, de un retroceso en su ritmo de crecimiento. ¿Puede continuar indefinidamente este contrapunto de antinomias o prevalecerá eventualmente una tendencia sobre la opuesta? La experiencia histórica indica lo segundo. La economía prospera mucho mejor en el largo plazo bajo un sistema democrático, pero a la vez la democracia no garantiza por sí misma el éxito económico; y una economía consistentemente deprimida, sobre todo si ocasiona un alto porcentaje de desempleo, erosiona los cimientos democráticos y puede propiciar la búsqueda falaz de un desenlace autoritario. En otras palabras, la depresión económica pone en peligro, en el plazo mediano, los logros y conquistas democráticas. Poco importa que cualquier salida autoritaria sea tan engañosa como el aceite de culebra en términos de progreso económico sostenido, porque una vez desgarrado el tejido democrático, resulta muy difícil recomponerlo. Esa es la situación y ahí el desafío que enfrenta este gobierno y la sociedad en su conjunto: cómo mejorar la economía en sinergia con la democracia. Entre ambas no debe darse una relación de antinomia, sino una de simbiosis. Para hacerlo, Panamá tiene ventajas comparativas únicas, desde un empresariado comparativamente superior al promedio latinoamericano, hasta una tradición de resolución pacífica de conflictos, que hoy deben ponerse imaginativamente en juego para convertir la contradicción en concordancia.

 
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