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La
democracia crece en Panamá mientras la economía se
deteriora. El indicador de libertades y derechos muestra
una trayectoria de ascenso, en tanto que el de bienes,
empleos y servicios pierde altura. El respetado informe
de Freedom House califica muy favorablemente a la democracia
panameña, a la par que el reporte de la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (CEPAL), indica que la
economía sufre, por tercer año consecutivo, de un retroceso
en su ritmo de crecimiento. ¿Puede continuar indefinidamente
este contrapunto de antinomias o prevalecerá eventualmente
una tendencia sobre la opuesta? La experiencia histórica
indica lo segundo. La economía prospera mucho mejor en
el largo plazo bajo un sistema democrático, pero a la
vez la democracia no garantiza por sí misma el éxito económico;
y una economía consistentemente deprimida, sobre todo
si ocasiona un alto porcentaje de desempleo, erosiona
los cimientos democráticos y puede propiciar la búsqueda
falaz de un desenlace autoritario. En otras palabras,
la depresión económica pone en peligro, en el plazo mediano,
los logros y conquistas democráticas. Poco importa que
cualquier salida autoritaria sea tan engañosa como el
aceite de culebra en términos de progreso económico sostenido,
porque una vez desgarrado el tejido democrático, resulta
muy difícil recomponerlo. Esa es la situación y ahí el
desafío que enfrenta este gobierno y la sociedad en su
conjunto: cómo mejorar la economía en sinergia con la
democracia. Entre ambas no debe darse una relación de
antinomia, sino una de simbiosis. Para hacerlo, Panamá
tiene ventajas comparativas únicas, desde un empresariado
comparativamente superior al promedio latinoamericano,
hasta una tradición de resolución pacífica de conflictos,
que hoy deben ponerse imaginativamente en juego para convertir
la contradicción en concordancia.
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