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El ahogado
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(...) Al mes de estar en Bocas del Toro, inicié con Rafael el proyectado estudio del paisaje. El padre de Carmen nos facilitó su bote con motor fuera de borda. Salíamos del muelle fiscal a las dos de la tarde, para regresar en el crepúsculo. Empezó entonces la etapa más extraordinaria de mi vida. No tanto por lo que veía, de suyo extraordinario, sino por las explicaciones fantásticas de Rafael. Se notaba que el pequeño había consagrado mucho tiempo a hurgar en los secretos de las islas. No había paraje ni rincón que no se supiera de memoria. A veces, ya exhaustos de caminar por la maleza, desembocábamos en un claro paradisíaco y entonces, a la sombra propicia de un mango, Rafael procedía a hacer sus revelaciones. Yo, al principio, las seguía con una sonrisa en los labios, con cierta condescendencia a la manera de un adulto que simula tomar en serio los juegos de los niños y sus extravagantes personificaciones. Y un atardecer inolvidable, vi. Vi un orden debajo del orden, como en un palimsesto. Vi las palmeras inmóviles perfiladas contra el poniente; las sombras condensándose por entre los claros del ramaje; el enmarañamiento alusivo del manglar; el ascenso regular y rítmico de la marea. Oí el envolvente paso de la noche, las crujientes vestiduras, los desgarrones del aire, la materialización de mil metáforas escuchadas y leídas miles y miles de veces; sentí el peso que se apoyaba en mis hombros, el aliento fétido; percibí una certidumbre de castigo en las márgenes del tiempo; vi al tiempo buceando en el fondo del mar constelado de estrellas, lo sentí discurriendo, por vez primera, por las cosas y mi cuerpo como si al fin se hubiera soltado, para hendir mi carne como un cuchillo amellado. Entonces, alzando los ojos del hechizo cegador, vi el rostro de Rafael, lívido y exangüe, muriendo de verdad y belleza, recortado contra un fondo de oro de aguas en paz y lejanas islas. Comprendí, entonces, el porqué de ese milagro poético llamado Rafael. Comprendí... y me entraron ganas de rezar. (...)
Fragmento de El ahogado, Ed. Manfer, S.A., Panamá, 1955
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| La serpiente de cristal |
(...) No había caminado media cuadra, cuando me hirió el absurdo de lo ocurrido. ¡Rolando van Grog, la última persona en el mundo a quien hubiera creído capaz de dispararme! Es cierto que era un poco excéntrico, pero sus excentricidades eran más bien inofensivas: solterón empedernido, vivía solo en un apartamento de Bella Vista. Un amigo mío sospechaba que tenía escondida en su casa una mujer con dos cabezas. Había leído todos los clásicos españoles traducidos al inglés. Al principio supuse que le resultaban más comprensibles en inglés moderno que en el español del Siglo de Oro; pero no era esa la razón, porque había leído a todos los cronistas de la Conquista en el macarrónico idioma en que fueron escritas sus obras. A Prescott, en cambio, lo devoró en español. Después de ver la película, leyó el Tom Jones traducido a nuestra lengua. Tal vez este sistema respondiera a consideraciones difíciles de comprender para las personas corrientes; tal vez prefería que no se interpusieran entre él y la trama las preocupaciones idiomáticas y estilísticas que atormentan a todos los grandes escritores, en cuyo caso Rolando era mucho más inteligente que quienes nos reíamos de él. Menciono otras peculiaridades: comía fuera, pero llevaba a los restaurantes, en el bolsillo de la camisa, un trocito de margarina envuelto en papel de estraza para asegurarse de que no le metieran gato por liebre, mantequilla por margarina. Estaba construyendo, con sus propias manos, una casita de playa en Gorgona; pero como era un hombre muy ocupado (trabajaba con la Lloyd de Londres), sólo podía ir los domingos. En vista de que acarreaba los materiales desde la capital y no viajaba sino en motocicleta, sólo podía llevar un ladrillo o una tabla. Naturalmente, al llegar con su próximo ladrillo o tabla, no encontraba los del viaje anterior, se los habían robado, molestia que no lo arredraba (nadie lo oyó quejarse), porque el domingo siguiente volvía con su ladrillo o con su tabla. Era inútil razonar con él. La margarina es más barata que la mantequilla. Para los restaurantes sería más provechosa la sustitución contraria. O, ¿por qué no alquilas un camión y les llevas en un solo viaje todos los materiales de construcción a tus ladrones de Gorgona? Los argumentos no hacían mella en él, ni siquiera se dignaba refutarlos; mas todos concordaban en que Rolando van Grog era una bella persona, incapaz de matar una mosca. A la luz del atentado de esa noche los viajes a Gorgona, con su solitaria tabla o con el ladrillo huérfano, se cargaban de siniestras posibilidades. (...)
Fragmento de La serpiente de cristal, Ed. Libertad Ciudadana, Panamá, 2000.
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