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Lo que nunca leí |
Leí el Ulysses a los 50 años de mi edad, en Iowa City, gracias a la doble presión de ventiscas interminables que no me dejaban salir de casa y a la amistosa del profesor irlandés de una materia que se llamaba Metanovela. (Trató de inducirme a leer también a Pynchon, pero me paré firme. Ni un paso atrás.) Yo leía en cama, arropado de pies a cabeza, con un cuaderno al lado, en el que iba apuntando todas las palabras que no conocía y que no encontraba en el diccionario. En la noche nos reuníamos frente a un máquina que orinaba un café con leche abominable y él me iba explicando, entre sorbo y sorbo, qué significaba cada término, alguno que otro tomado en bruto del gaélico. Para mi sorpresa, terminé el ladrillo sin morirme de aburrimiento. Y hasta lo disfruté. A Proust intenté leerlo varias veces, pero siempre se interponía entre los dos el sueño. Nuestra América tiene el dudoso honor de haber parido algunos de los escritores más latosos de la historia. Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Julio Cortázar (el de Rayuela y otras novelas, no el de los cuentos geniales), Lezama Lima, todos me han derrotado en épicas y singulares (con permiso de Don Quijote) batallas. Mi reino no es de este mundo, por eso sólo pude leer 20 páginas de El reino de este mundo. Nunca me gustó el juego de rayuela. Esos brincos de rana, esos avances y retrocesos me resultaban sospechosos. Cuando me enfrenté a Rayuela, no pude menos que, dando un salto de muchos años, felicitar al talentoso padre (El niño es el padre del hombre, dice Wordsworth) del hombre maduro que era cuando abrí un volumen que no debía leerse de corrido, como me enseñaron en la escuela primaria, sino en un orden que nunca pude seguir de lo enredado que era. Con Cambio de piel, ya había mudado de ídem, como una culebra, a la página 30. La lista de los libros fundamentales que no he leído es más larga que la de los nombres que pueblan las guías telefónicas de todas las ciudades del mundo.
De Talingo No. 8, del 18 de julio de 1993.
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| José María Sánchez |
(...) Sus últimos cuentos son de 1950. ¿Por qué dejó de escribir? Aunque hacia 1944, cuando vine a vivir con él a la capital, el tiempo había salvado el abismo de los seis años que me llevaba, y estuvimos muy cerca, nunca logré averiguar la verdadera causa de su extraña decisión (tal vez él mismo tampoco la supiera), justamente en el momento de su madurez intelectual y en pleno dominio del género. No conozco las razones, pero puedo especular. El se había hecho, con las vivencias de su infancia y mocedades, su mundo interior, la sustancia novelesca. Y tal vez sintió, erróneamente a mi juicio, que lo había agotado. Y ya no podía hacerse con uno nuevo, porque insensiblemente se había convertido en un hombre maduro. Ya era demasiado tarde para volver a empezar. Dicen que cuando a Kipling le reprocharon que su mejores obras se desarrollaran en la India y no en Inglaterra, respondió que no se puede ser niño en dos países a la vez. (...) En el caso de mi hermano, hay una pista muy importante: sus últimos cuentos se desarrollan todos no en la pluviselva, donde se hizo hombre, sino en el archipiélago, que es la otra cara de nuestra provincia. Sin hacer ningún esfuerzo puedo reconstruir sus amores de la época y la identidad de sus amigos que en estos cuentos aparecen con otros nombres y con rasgos muy distintos de los que tenían originalmente. Quiso reemplazar las tupidas selvas con las grandes extensiones de mar, donde pasó los años de su juventud (...) Hay en estos cuentos últimos una sabiduría literaria ausente en los primeros, pero uno echa de menos la frescura y felicidad de las obras que escribió el muchacho cuando todavía andaba por el mundo con su chopo al hombro. Quiero evitar malas inteligencias. Conocía, tan bien como cualquiera, el universo hermético del archipiélago. Recuerdo que una noche de luna (nueva o menguante, no estoy seguro) me arrastró a un calvero donde se celebraba la ceremonia iniciativa de la Pocomía. Casi se me paralizó el corazón. Otra noche me llevó casi empujado a un velorio, pavorosa mezcla de alegría y desesperación, que me heló los intestinos. En esa región buscó el último refugio para su musa. Hasta que sintió que también la había esterilizado por el monocultivo. En este, como en el caso de la selva, también se equivocó. Todavía le faltaba por explotar el terreno más fértil de un universo prácticamente ilimitado. Un día, como los boxeadores a quienes tanto admiraba, colgó los guantes. (...)
Extractos de José María Sánchez, publicado en Talingo No.113, del 23 de julio de 1995.
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| Ramón H. Jurado |
(...) Por esas fechas yo era un fanático de Vicente Huidobro, a quien, con la misma pasión, Monchi detestaba. Nos peleamos a muerte. Hoy me enternece la sola idea de que dejáramos de hablarnos durante un año por una cosa así. Pero era típico del clima intelectual en que nos formamos los dos. Jamás discutimos por cuestiones personales; jamás tuvimos ninguna diferencia, ni roce, de esa índole. Vivíamos a las greñas, pero siempre por ideas, escritores, posiciones políticas. En 1948, cuando dirigía la página literaria de El Panamá América, con motivo de la muerte de Vicente Huidobro a quien noblemente le hizo justicia en esa oportunidad relató, en un escrito muy divertido, el pleito que tuvimos por él. (...) Yo estaba viendo televisión, cuando un locutor interrumpió el programa para darnos la terrible noticia de su muerte. Lloré como un niño. Todo el pasado vino de golpe a mi memoria, incluyendo discusiones y peleas literarias y políticas, incluyendo momentos inolvidables, incluyendo la felicidad que me daba su compañía, las bromas, las risas, su sentido incomparable del humor, lo mucho que nos divertíamos juntos. El don tan extraño que tenía para ver, y hacernos ver, el ridículo que acecha en el fondo hasta de los personajes y situaciones más solemnes, la seriedad que se apoderaba de él cuando el tema o las circunstancias así lo demandaban. Hoy, al cabo de los años, escribo sobre él con la misma nostalgia de los primeros días. Nostalgia del gran escritor, del amigo querido con quien compartí algunos de los mejores momentos de mi juventud.
Extractos de Ramón H. Jurado, publicado en Talingo No. 262, del 31 de mayo de 1998.
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En pocas palabras
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(...) Para un domingo que no tenía tema, inventé una vasta red de espionaje al servicio de la columna. Mis agentes estaban en todas partes, hasta en la oficina del Comandante. Y aunque parezca mentira, ese cuento fantástico, ligeramente kafkiano, empezó a cobra realidad. Todos los ciudadanos, como en una pesadilla de Stalin, se transformaron en espías y conspiradores. Manos anónimas me hacían llegar documentos comprometedores, voces descarnadas vertían en mi oído, por el auricular del teléfono, confidencias terribles, desconocidos me citaban en lugares inverosímiles, para contarme escalofriantes secretos de Estado. La red se fue tupiendo y extendiendo en la realidad y en mi columna hasta cubrir todo el país, aun las recámaras del poder supremo. De la noche a la mañana, yo, que apenas salía de mi casa, me convertí en el hombre mejor informado de Panamá. Lo puedo decir sin pecar de inmodestia, porque el fenómeno se produjo no por méritos míos; brotó de una broma inocente, en una población indignada por las inmoralidades del régimen. Por eso precisamente nunca quise publicar, con mi nombre, una antología de escritos que en rigor no eran míos, sino de todo el pueblo panameño. Al poco tiempo, la columna tenía dos juegos de lectores: los que la leían para divertirse y los que la leían para enterarse. (...) El carácter mismo de la columna me impuso un tono de intimidad con su destinatario, un tuteo juguetón y cómplice. A las dos o tres semanas de haber empezado a escribirla, harto de ficciones, cité una frase genial de Mark Twain: Los únicos con derecho a emplear la primera persona del plural son aquellos que tienen lombrices". Desde entonces utilizo la primera persona del singular para mí y la segunda para dirigirme al lector-coautor. La colaboración y el trato diario autorizan el tuteo. (...)
Extractos del prólogo a En pocas palabras, antología de la columna homóloga editada por su autor, Ed. SIBI, Miami, 1989.
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