BUZON

 

10 de diciembre del 2000

Días atrás, mi nieta de ocho años anunció una de tantas invitaciones a fiestas de cumpleaños. Lo curioso es que en esta ocasión la fiesta no se celebraba en un restaurante o sala de fiestas infantiles, sino en el mismísimo Museo de Arte Contemporáneo (MAC). Cuando se me pasó un poco el asombro, pensé que este debe ser uno de los pocos museos del mundo con suficiente polivalencia como para festejar cumpleaños infantiles. Estos niveles de hibridación (que podrían confundirse con saludable eclecticismo) son muy peligrosos cuando constatamos que el MAC no posee o no demuestra tener una política museística clara y bien orientada. Da la impresión de que ‘‘vale todo’’, en una gestión de vaivén que puede ligar aciertos y despropósitos con facilidad. Lo que hace falta es un trabajo de curaduría seria. Y no me refiero a una exposición en particular: el MAC requiere un curador de planta capaz de generar una política específica, seria y bien definida. Es evidente que cualquier museo puede tener actividades paralelas (aunque no estoy muy seguro con respecto a los cumpleaños infantiles), pero estas deben mantener cierta coherencia con los lineamientos institucionales. Y si se trata de recabar fondos, creo que para eso hay una junta directiva, cuya función en cualquier museo que se precie, es recoger recursos económicos para mantener, fortalecer y engrandecer la institución.

Ramiro Méndez

 

El señor Tapia [ver carta publicada en Talingo No. 391, del 19 de noviembre] está bien perdido. Yo asistí al concierto al que la reseña del señor Arosemena se refiere. Primero que todo, la reseña es bien amable en relación a la calidad del concierto. El no dice que las piezas fueran malas, y lo del dolor de estómago tiene que ver con la mezcla de estilos y géneros, tan dispares como las Miniaturas de Cordero y la Cucarachita mandinga de Brenes. O la pieza del señor Tapia (que Arosemena elogia como de rica orquestación) con la composición de Quintero. Yo no digo que una sea mejor que la otra, pero la combinación fue de muy mal gusto, y que este sea el programa del compacto es verdaderamente triste y deja mucho que pensar del ‘‘genio’’ al que se le ocurrió tal combinación.

Sobre eso de que Arosemena no sea idóneo para reseñar conciertos, tampoco estoy de acuerdo. Lo de la flauta y la pintura, ni sé ni me interesa, pero me di gusto por años escuchando El amor a las tres naranjas, programa de radio que dirigía Arosemena, presentando música pesada, con las mejores orquestas y los mejores intérpretes. Es decir que Arosemena ha escuchado (e imagino que sigue escuchando) muy buena música. Pero quiero aclarar que no hace falta tener un programa de radio; cualquier ciudadano con una oreja a cada lado de la cabeza es idóneo y tiene derecho a expresar su opinión con respecto a un concierto público. Los créditos y estudios ayudan, pero no son esenciales. Un genuino gusto y respeto por la música es más que necesario.

En cuanto a las ‘‘contramatadas’’ que se dio el señor Tapia interpretando su propio concierto de guitarra, fueron ciertas y las pudo escuchar cualquiera que prestase atención.

Talingo es el único suplemento que no tira flores a diestra y siniestra, o que elogia a un músico hoy cuando el concierto es mañana. Si los artistas panameños, que hay muchos y talentosos, quieren superarse, deben dejar la pésima costumbre de defenderse las mediocridades unos a otros. Hay que ser autocrítico, aceptar la crítica y dejar el ego (alimentado la mayor parte de las veces por manzanillos que dicen ser nuestros amigos y admiradores) a un lado.

Alfredo Vargas

 

26 de noviembre del 2000

carta gráfica de RAC

 

19 de noviembre del 2000

A título personal quiero llamar la atención sobre el análisis publicado en Talingo del domingo 22 de octubre, a cargo del periodista Octavio Arosemena, acerca del proyecto de la Sony Music, del lanzamiento del primer CD que graba la Orquesta Sinfónica, de la interpretación en general de la Orquesta Sinfónica, y muy en particular de la interpretación que yo hice de la obra de mi autoría Concierto panameño para guitarra y orquesta. En dicho análisis, el señor Octavio Arosemena, en forma temeraria y arrogante, expone, según su criterio, lo desafortunado de la ejecución, especialmente en mi propia obra. Por segundas personas he sabido que a la formación cultural del señor Octavio Arosemena, se le suma el hecho de que realizó estudios desafortunados en la flauta traversa y en la pintura. Es decir que nunca en su vida ofreció ningún concierto público, y menos realizó alguna exposición de pintura.

Lo que quiero expresar es que el anhelo de toda sociedad culta es que las personas que tienen a su cargo esgrimir la pluma para denunciar lo malo o resaltar lo sublime sean personas idóneas en lo espiritual, lo científico, sociológico, tecnológico, artístico, político y cultural, y sean, precisamente, las personas más idóneas para crear conciencia en nuestro pueblo.

El señor Octavio Arosemena, de principio a fin de su reportaje, recalca que este concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional le causó trastornos estomacales. Lo único que no sucumbió, según el criterio del señor Arosemena, fueron las 8 miniaturas de Roque Cordero.

Es importante destacar que esta grabación es la primera en la historia de la Orquesta Sinfónica. Es por eso que la comunidad panameña merece que los diarios locales de prestigio encomienden estos temas a personas idóneas, para informar con serenidad e imprimir su sello de profesionalismo, basado en una sólida formación académica y ética, para que en ningún momento se distorsione la verdad absoluta con verdades personalistas.

El reverendo padre Blanquer, director del Canal 5 de Televisión, estuvo presente en este polémico concierto de la Sinfónica Nacional, al cual me remito y espero que pueda ayudar a esclarecer este malentendido del señor Octavio Arosemena.

Gabriel Tapia,

Compositor panameño.

 

12 de noviembre del 2000

De veras que están haciendo milagros con el poco espacio que les ha quedado. El contenido del número 387, del 22 de octubre, fue excelente. Yo, en lo personal, fui fiel oyente de La esquina rota, programa radial que conducían Margot López y Eduardo Irving hace unos años en Tropical Moon, emisora cuya desaparición dejó un tremendo vacío en el ambiente musical. La cosa es que fue en ese programa donde le tomé el gusto a la música de Ornette Coleman y hasta adquirí varios de sus discos, incluyendo Free Jazz, el más controversial de todos. Agradezco al señor Eduardo Irving por hacer un interesante recuento de una porción importante en la historia musical del saxofonista, y sobre todo por la pintoresca reseña de Free Jazz, himno nacional para todos los adeptos al jazz libre.

En cuanto a la reseña del concierto ‘‘Así suenan mis raíces’’, debo decir que todo lo que escribe el señor Arosemena es cierto. Por ejemplo, yo estaba sentado a pocos metros de la orquesta y esta apenas se escuchaba. A las cuerdas les falta vigor, ataque, convicción. No me acuerdo quién fue, creo que Mahler, el que dijo: ‘‘no hay malas orquestas sino malos directores’’. Al maestro Ledezma es a quien le toca poner orden, elevar el nivel técnico de los músicos, levantarles la moral, lograr que estos se sientan orgullosos de formar parte de la principal orquesta del país y hacerles ver la gran responsabilidad y seriedad que conlleva interpretar las obras maestras de la música. El señor Ledezma, como director, es el indicado para lograr todo esto, y mientras más pronto mejor.

Luis Morgan

 

5 de noviembre del 2000

Al aceptar que Talingo y sus innumerables colaboradores hacen un eficiente trabajo de divulgación de las artes, es preocupante observar que, últimamente, se inclinan a dar más espacio — en aquellos temas locales— a las voces de los artistas o de los organizadores o curadores de exposiciones —voces siempre subjetivas y parciales— que a un análisis crítico y objetivo de los valores expositivos. Este particular enfoque puede conducir a tergiversaciones penosas para el arte de Panamá.

Para argumentar sobre esta opinión, sería necesaria una referencia al elogio artístico hecho, semanas atrás, a las instalaciones, las fotografías y otras artes gráficas que, como corolario, traía el epitafio de la pintura — ‘‘la vieja pintura’’, como diría irónicamente Hilton Kramer. Como si, para incentivar la aceptación de novedosas técnicas artísticas, tuviéramos que decretar la desaparición de otras.

También debería discutirse si es válido empezar ‘‘a pensar en Comanche III’’, pues un análisis más detenido de la temática crítico-social de Comanche II, con resabios de aquellos temas político-iconoclastas de finales de los sesenta, junto a la observación de las técnicas usadas para su expresión nos llevaría a concluir que no se ha logrado aquella unidad técnica, aquella calidad estética y armonía de conjunto requeridas para bautizarse ‘‘como la instalación más compleja, a nivel conceptual y formal’’, rematada por la frase lapidaria ‘‘que se haya realizado en Panamá’’. Aunque el éxito entre el público justificaría, quizás, a la manera de las películas taquilleras, su secuencia numérica.

Debemos recordar que hace 16 años una de las grandes artistas de Panamá, Alicia Viteri, expuso en el MAC un conjunto de obras bajo el nombre de ‘‘Espacios pictóricos’’, en que óleos, grabados, serigrafías, litografías, colores móviles, integración del espectador al conjunto y el sonido se sumaban estéticamente en una instalación cinética que, por su complejidad temática y por la multiplicidad de técnicas, bien podría competir, como lograda instalación, en estos tristes certámenes de superlativos estéticos.

Un mural de 3x7 metros, con figuras de tamaño natural, formando un doble friso humano, rodeado de 14 ‘‘óleos de colores vibrantes e intensos donde las figuras y las multitudes reproducen el ambiente del cuadro principal’’. En primer plano, Los funerales, con ejes rígidos, y Los carnavales, con curvas predominantes, enmarcando y dando movimiento al primero. Mediante un juego de luces se distribuyen variantes de colores sobre su superficie que adquiere así el valor cinético de una instalación, coadyuvada por el movimiento del público que se integra a la dinámica de lo representado, ‘‘mimetizándose con el telón’’.

Sin embargo es, en su temática, que esta creación merece calificativos de excelencia que la ubican como una de las primeras instalaciones de valor estético en Panamá. Partiendo del análisis introspectivo del hombre, cada personaje de estos dos frisos o del conjunto de obras que lo complementan es un estudio crítico de las condiciones y vivencias humanas. Ahí está Pedro, casi un insecto humanizado, están los zonians con sus corbatas llamativas o sus cortes de pelo rígidamente militar, está la ‘‘Latin Lover’’ con un curvilíneo dinamismo de motivo sensual caribeño, están las cabelleras oxigenadas y fijadas, pelo a pelo, con pesadas laca, están los gruesos collares de oro en figuras que forman una galería humana que transpira el análisis y la crítica social, de tonalidades satíricas. Más allá del estudio individual se refleja una realidad panameña, una verdadera comedia social en que los trajes no cubren la deformación humana.

Pero, como toda obra de valor estético, su concepto nos transporta del testimonio social a la indagación filosófica que explica el contraste vital en el hombre. ‘‘Un proceso de soledad-multitud, de muchedumbre-aislamiento’’ que, en esta creación, es la síntesis de la siempre perseguida búsqueda interior de un artista que innova técnicamente, sin ser infiel a su temática.

‘‘Espacios pictóricos’’ sigue representando, en el desarrollo del arte panameño, una innovación formal por la suma de técnicas pictóricas y gráficas, por el valor participativo del espectador en el conjunto total, por la incorporación del ruido confuso de los centros urbanos a su profunda temática, anticipando, con creces de valores estéticos, la fiebre insensata por las instalaciones que invade, hoy, museos y galerías de Panamá.

Angela de Picardi

Respuesta a esta carta.

 

29 de octubre del 2000

Quisiera responder a la carta del Sr. Riley, publicada el pasado domingo. El asegura que la asistencia al documental Buena Vista Social Club fue ‘‘paupérrima’’ y yo, en cambio, le aseguro que no. Fui dos veces a verla y la sala estaba más llena de lo usual (para películas que no son blockbusters hollywoodenses). Al sexto día, cuando iba a ir por tercera vez para acompañar a mi familia, y ya la habían quitado.

No es cierto que, como dice el Sr. Riley en un tono bastante condescendiente, ‘‘somos un conglomerado de casi tres millones de personas, para el cual la palabra cultura resulta una aberración producida por extraterrestres’’. En este país hay mucha sed de buena cultura. Prueba de ello es la popularidad y la alta estima en la que se tiene este suplemento dominical. El problema grave, como el mismo Talingo repite a menudo en sus editoriales, es la falta de compromiso de aquellos que tienen los medios para ofrecernos productos culturales más dignos. Tampoco hay que esperar un éxito de taquilla; eso es pedir lo imposible incluso en Europa. Pero se cae de su peso que la supuesta nueva sala alternativa de cine debe ir acompañada de una campaña inteligente que logre atraer al público adecuado (y si van a dejar la película solo una semana, que lo adviertan. Siempre queda la posibilidad de extenderla). En el caso del documental de Wenders, no había que esforzarse mucho. ¡Somos un país de salseros, hombre! Con promocionarlo como el mejor concierto de salsa del año, habrían llenado la sala de gente de todas las edades y clases sociales. Además, si el número de asistentes estuvo por debajo de lo requerido por las ‘‘malvadas’’ distribuidoras, sería por muy poco, me consta. Si hubiese existido un verdadero compromiso por parte de los cines Alhambra, habrían puesto el poco dinero que necesitaban para cubrir la pequeña diferencia. Hay que admitir que hasta ahora nadie se gana al Cine Universitario.

Eso, por parte de los cines. Pero la verdad es que las distinguidas embajadas del Primer Mundo tampoco ayudan mucho en este terreno. Inglaterra y Estados Unidos son un desastre; la primera no hace nada, y la otra, para lo que hace, mejor que ni haga. En cuanto a aquellas que se han portado mejor con nosotros, como Francia, España o Alemania, debo decir que falta un poquito más de empeño a la hora de divulgar las películas del país que representan. Ejemplo contundente es lo que acaba de hacer la embajada de España. Para el festival de Buñuel reservó una sala durante más de una semana en el costoso cine Alhambra, y en lugar de permitir la entrada libre o a muy bajo precio para el público en general, tuvo la brillante idea de restringirla solo a aquellos con invitaciones. Resultado: nadie sabía cómo conseguir las invitaciones (llamé a la embajada y parecía que les estuviera hablando en chino), y no se podía entrar sin una, ni rogando ni pagando ni gritando, a pesar de que había literalmente tres gatos en la sala a toda hora. ¡Buen trabajo!

Fátima Alvarado Rego

 

22 de octubre del 2000

Felicitamos —antes que todo— al suplemento Talingo (No. 380 del domingo 3 de septiembre de 2000), por la cobertura crítica del Sr. Félix Zé sobre el documental del cineasta alemán Win Wenders, titulado Buena Vista Social Club (BVSC). Para nadie es nuevo que la música es una manifestación de cultura, y BVSC es un trabajo fílmico acerca de música cubana —la música que constituye en sí la base de lo que hoy denominamos salsa—. Lamentablemente el filme tuvo que salir de su pactada proyección de 15 días en una de las salas de los cines Alhambra de Vía España.

La paupérrima asistencia de espectadores obligó —por lógica— a los dueños del local a sacar BVSC de cartelera en tan sólo seis días, ya que con ese ‘‘respaldo’’, el documental significaba una pérdida monetaria. Tal situación nos demuestra con claridad la concepción de cultura que subyace en la conciencia del panameño.

Discrepamos radical y rotundamente de la tesis de que la casi nula asistencia se debió a la falta de publicidad. Si en vez de BVSC se hubiese presentado una película que explicase cómo ser un narcotraficante ‘‘próspero’’ y totalmente inmune a la justicia, entonces se hubiese corrido masivamente la voz, y por ende, se hubiese obtenido un éxito masivo tanto de taquilla como de asistencia. Lo mismo se hubiera logrado con un documental sobre cómo lograr ‘‘felicidad’’ a través de la prostitución infantil.

En fin, somos un conglomerado de casi tres millones de personas, para el cual la palabra cultura resulta una ‘‘aberración producida por extraterrestres’’. Si por BVSC se hubiera proyectado un documental sobre los niños cantores de Viena, el resultado hubiera sido igual y quizás hasta peor. BVSC ha sido muy exitoso en otros países. Lo ocurrido en Panamá es para pensar seriamente.

Diógenes Iván Riley

 

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