Panamá, 14 de diciembre de 2000
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La nitidez del discurso de Gore debe ser bien ponderada: reconoció a George W. Bush como el presidente electo, pero no dijo que había perdido la Presidencia en un torneo justo. Afirmó sin ambigüedades que acata la decisión de la Corte Suprema – lo que quiere decir que el pleito terminó, y con él toda la ansiedad que la vía judicial implica–, sin embargo, no dejó de recalcar que está en desacuerdo con el fallo del máximo tribunal que impidió un ulterior recuento manual de votos, el cual pudo haberle dado un triunfo definitivo. Como todo buen estadista, reiteró su lealtad a sus seguidores y su compromiso con la democracia de su país. Fue, a fin de cuentas, uno de los discursos más importantes que un candidato perdedor haya pronunciado en unas elecciones estadounidenses. Con las palabras de Gore se cierra el telón de lo que es, sin lugar a dudas, el más prolongado suspenso electoral en los últimos tiempos. Asimismo, se inicia apenas una nueva historia con un presidente que deberá fortalecer su hoy cuestionada legitimidad. Bush, por su parte, pasará a la historia como el primero que obtuvo la Presidencia estadounidense con los votos de la Corte Suprema, tras haber perdido en la votación popular. Resta ver ahora con qué inteligencia asume el mando, pero sobre todo con qué estrategia aborda eso que un analista estadounidense llamó anoche ‘‘el proceso de curación’’ de la democracia americana.

 
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