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La
nitidez del discurso de Gore debe ser bien ponderada:
reconoció a George W. Bush como el presidente electo,
pero no dijo que había perdido la Presidencia en un torneo
justo. Afirmó sin ambigüedades que acata la decisión de
la Corte Suprema – lo que quiere decir que el pleito terminó,
y con él toda la ansiedad que la vía judicial implica–,
sin embargo, no dejó de recalcar que está en desacuerdo
con el fallo del máximo tribunal que impidió un ulterior
recuento manual de votos, el cual pudo haberle dado un
triunfo definitivo. Como todo buen estadista, reiteró
su lealtad a sus seguidores y su compromiso con la democracia
de su país. Fue, a fin de cuentas, uno de los discursos
más importantes que un candidato perdedor haya pronunciado
en unas elecciones estadounidenses. Con las palabras de
Gore se cierra el telón de lo que es, sin lugar a dudas,
el más prolongado suspenso electoral en los últimos tiempos.
Asimismo, se inicia apenas una nueva historia con un presidente
que deberá fortalecer su hoy cuestionada legitimidad.
Bush, por su parte, pasará a la historia como el primero
que obtuvo la Presidencia estadounidense con los votos
de la Corte Suprema, tras haber perdido en la votación
popular. Resta ver ahora con qué inteligencia asume el
mando, pero sobre todo con qué estrategia aborda eso que
un analista estadounidense llamó anoche ‘‘el proceso de
curación’’ de la democracia americana.
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