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El
código de silencio que se imponen los miembros de
una organización, lícita o ilícita, puede ser indicativo
de su sentido de lealtad, o de su grado de cohesión. Cuando
a los funcionarios de una institución se les impone un
código de silencio, sobre la existencia del cual, a su
vez, no se puede decir palabra, parecería entonces que
hay una situación de crisis interna que la jefatura se
propone evitar que llegue a los medios, sin necesariamente
brindar una solución eficaz. Más que un código de silencio
es la actitud del avestruz, que hasta ahora no ha dado
resultados en ninguna parte del mundo. El propósito de
que los casos judiciales no sean decididos en los medios
de comunicación es una verdad a medias, o el principio
de una mentira. Cuando a las autoridades les interesa
crear un clima en contra de algún detenido, son ellas
las primeras que acuden a sus contactos periodísticos
para divulgar la historia. Que el periodismo panameño
no quiera quedarse solamente con la versión que le interesa
a las autoridades no es solamente una virtud, sino que
es, además, un bien ciudadano. En los medios nunca se
decide nada, solo se denuncia, se informa para que cada
uno saque sus conclusiones. Por ello, es el temor a la
opinión pública el que requiere imponer un código de silencio.
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