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Todo
presupuesto es ante todo un instrumento que se pone
al servicio de unas metas y objetivos que se quieren lograr.
Nunca es un fin en sí mismo, de allí que su planificación
y ejecución sean vistos como un medio para evaluar tanto
la intención de quienes lo conciben, como la capacidad
de quienes deben ejecutarlo. Este hecho innegable adquiere
gravedad cuando se trata del presupuesto de la nación,
pues el asunto se convierte en la carta de navegación
que inspira, orienta y define el bienestar de los asociados
y un ejercicio fiscal sano por parte del Gobierno. Previendo
que las pasiones humanas pudieran entorpecer este proceso,
la Constitución establece previsiones para que la acción
del Gobierno no se paralice en caso de no lograrlo en
el tiempo estipulado. Conformarse con esta disposición
sería un claro mensaje de que el Ejecutivo y los legisladores
tienen en muy poca valoración la condición de servidores
públicos. La relación armónica entre los poderes del Estado
tiene momentos en los que el rejuego político no solo
no tiene cabida, sino que puede atentar abiertamente contra
lo debido en justicia. Este es sin duda uno de ellos y
la ciudadanía tiene derecho a reclamar mucho más de sus
dirigentes.
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