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El
aumento de las tarifas telefónicas es el resultado
del contrato que el Estado Panameño firmó con la empresa
de capital británico Cable & Wireless en 1997. Dicha contratación
puso en práctica la privatización del servicio de telefonía
que formaba parte de los acuerdos a los que había llegado
la clase política panameña en la década del noventa. No
fue, pues, una cuestión de política partidaria, sino de
la reforma económica concertada en el nuevo marco democrático.
Como siempre hay un margen en la negociación, el Gobierno
solicitó a la empresa telefónica la inclusión de una tarifa
‘popular’ –a lo que accedió la concesionaria– con el fin
de que la disponibilidad del servicio no fuese demasiado
costosa para los estratos menos pudientes. Hay dos cosas
que el Gobierno no puede hacer en las actuales circunstancias:
desconocer las estipulaciones del contrato que dan derecho
a la empresa a solicitar el ajuste, y tratar de mantener
el anterior sistema anticompetitivo cuando una empresa
pública, con otros criterios, manejaba las comunicaciones
telefónicas. Es, por supuesto, desagradable aceptar que
el ajuste en las tarifas significa un alza para los sectores
más necesitados y una rebaja para las empresas; pero ello
solo revela que no se han encontrado las fórmulas aceptables
para financiar un nuevo subsidio a la pobreza. Mientras
alguien encuentre las respuestas, es natural que sectores
representativos de los estratos populares manifiesten
su malestar.
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