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Todavía
hace menos de un año, cuando el ex dictador Augusto Pinochet
se encontraba bajo el largo arresto preventivo en Londres,
que duró 503 días, el debate se centraba en la cuestión
de la territorialidad del derecho penal. Es decir, se
cuestionaba que otros Estados pudieran llevar adelante
un proceso por crímenes cometidos en Chile, e incluso
que la materia fuese competencia de una Corte internacional.
Algunos, entre los que se encontraban defensores de Pinochet,
argüían que solo la justicia chilena debía juzgar los
crímenes ocurridos en su territorio. La mayoría descartaba
la posibilidad de que los tribunales del país del cono
sur se atrevieran a llevar a juicio a quien gozaba de
inmunidad como senador vitalicio, y que era aún reverenciado
por una buena parte de la sociedad chilena. Para sorpresa
de unos y otros, la justicia chilena ha demostrado que
se encuentra a la altura de su deber y, luego de abrir
causa penal contra el ex dictador, ha decretado su arresto
por homicidios cometidos en las primeras semanas que siguieron
al golpe de Estado de 1973. Cierto es que la medida ha
causado malestar entre los militares y que no dejará de
haber manifestaciones callejeras en apoyo a Pinochet.
Pero más allá de los acontecimientos del día, hay que
reconocer en el sorpresivo fallo del juez Guzmán la madurez
de la democracia chilena. Es un día de regocijo para América
Latina, porque se ha demostrado con el ejemplo que la
democracia cuando es auténtica no conoce complicidades
con los criminales. Que sea larga la vida de la democracia
chilena y que su ejemplo brille para que sea imitado en
todo el continente.
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