Arquitectura viva
Foto: Silvia Grünhut

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pasillo de la Facultad de Humanidades, 1948. Arquitectos: Ricardo J. Bermúdez, Guillermo De Roux y Octavio Méndez Guardia.

 

 

 

 

 

Ricardo J. Bermúdez

El ciudadano urbano ya no se conforma con resolver los problemas de la vivienda individual; le molesta el que la colectividad esté mal repartida en cuanto a las diferencias funcionales inherentes a una gran ciudad. Desde este momento, la arquitectura es un problema moral; y si recientemente han demostrado los estudiantes universitarios tanto interés por preocuparse por las cuestiones nacionales, es natural que sean los arquitectos los que inicien la gran serie de contactos del estudiantado con los profesionales jóvenes panameños, para discutir lógicamente las probables normas de nuestra reconstrucción imprescindible.

La primera pregunta que debemos formularnos es qué es arquitectura. ¿Será un método convencional, estático, definido, invariable, decorativo y tiránico de construir edificios? La arquitectura es ante todo el refugio contra los elementos. El hombre siente frío, la humedad de la lluvia, el escozor del sol, la mano del viento, y tiene que guarecerse. Con refugiarse en una caverna esto es muy fácil. Pero a medida que piensa que puede vivir más lógicamente, se da cuenta de que es prisionero en un paisaje con marcadas características topográficas y climáticas, y que la fauna, la flora y la geología de su medio ambiente ofrecen determinados materiales útiles para su anhelo de sobrevivir. En la ejecución primitiva y sincera de sus proyectos de confort, no puede el hombre entonces, como no lo podrá nunca so pena de error, substraerse a las variantes formas de refugio impuestas por sus diferentes actividades y modos de vida.

Pero también descubre lo que llaman el impulso artístico. No sólo son las formas de su actividad las determinantes de su ingeniosidad creativa, sino también lo que hace en el arte, de modo que satisfaga sus sentidos. Existe ya un proceso lógico mental, probablemente lleno de recursos insatisfechos y raciocinios incompletos, pero desde entonces se ve la tendencia a hacer cosas lógicas, a tratar de resolver los problemas y usar la inteligencia para ello.

Edificio de apartamentos de I. L. Maduro Hnos., 1949. Arquitectos: Ricardo J. Bermúdez, Guillermo De Roux y René Brenes.

 

En el principio los hombres nunca estuvieron preocupados por lo que hoy tan incompletamente denominamos estilos; no es pues ésta una necesidad importante y biológica. Con las potencialidades a su alcance, elaboraron lo mejor que pudieron sin lograr la ventaja de más experimentación en el recuerdo de sus propias experiencias. Es necesario tener en cuenta esta profunda verdad para no volver a pensar que la arquitectura es un conjunto de estilos; pero sí, la necesidad de protegerse, de vivir mejor; y nada más.

Probablemente nos mortificará esta pregunta: a través del tiempo y del espacio, ¿cómo podemos saber cuándo se ha realizado ampliamente el propósito inicial y eterno de la arquitectura? El hombre, en la medida tiempo-espacio ha estado en lo cierto cuando ha tenido en cuenta para qué era la vivienda, cuando se ejecutaba con la seguridad de que el techo no le caería encima, de que la brisa no le derribaría la estructura, de que las paredes sujetarían el espacio dentro del cual él realizaba su función de vivir humanamente. Así, en el tiempo y el espacio, aun cuando no hay nada eterno, tenemos ejemplos de modalidades que poseen su razón explícita y exacta.

Podemos averiguar, igualmente, si el hombre hizo buen uso de los materiales; podemos analizar la parte útil. ¿Cómo fue manifestada la función? ¿Cómo realizó la estructura? ¿Es un volumen proporcionado? ¿El deseo de copiar la naturaleza prevalece sobre la construcción del edificio? Podemos garantizar que cada vez que la estructura ha sido la idea primordial del constructor y la decoración ha sido así subordinada, existe sentido de arquitectura. Cuando pasa lo contrario, siempre resulta que la arquitectura es incompleta, porque la decoración no puede ser la expresión de la lógica de un edificio, ni siquiera puede esconder decentemente su falta de organización y de propósito.

Los entendidos han tratado de dividir la arquitectura de varias maneras; algunas de las más interesantes son las siguientes: la arquitectura orgánica y la arreglada o manipulada. La arquitectura orgánica es la resultante de un proceso mental que analiza biológicamente, por medio de los diferentes elementos que componen el todo arquitectónico, las funciones a que se ha de someter el edificio erigiendo los volúmenes concebidos dentro de las normas técnicas más exactas y precisas. La arquitectura arreglada o la manipulada, cuya modalidad ejemplar es el estilo churrigueresco, trata de esconder la estructura bajo una superficie de normas falsas y silvestres, con la consecuente relegación de las funciones orgánicas que trata de expresar.

La arquitectura no puede ser una colección de estilos, un manual histórico y frío de proporciones y normas universales y eternas. A este respecto creo que ya estamos de acuerdo al comprobar el papel definitivo que desempeña ésta al servicio del hombre. Sin embargo, muchas de las cosas que aún se hacen en el mundo son resabios de los siglos pasados, porque el arquitecto sigue claudicando, cediendo al capricho profano que exige despiadadamente ilógicos monumentos a su orgullo y su ignorancia. Quien así se entrega no está realizando honestamente el ejercicio de la arquitectura sino simplemente reconstruyendo, como cualquier otro embalsamador, horrorosos cadáveres de arquitecturas de tiempos pasados.

Al lado de un edificio de modalidad griega se levantan hoy construcciones completamente exóticas, españolas, inglesas, suizas, etc. Pero eso no puede continuar así, desde el punto de vista del aporte que la arquitectura presta a la técnica y a las manifestaciones típicas dentro del proceso histórico. Es imposible que con nuevos medios y una vida mejor, urbanamente hablando, no haya sentido de vida privada, ni estímulos para el trabajo, el descanso, el comercio y el juego. Vivimos cerca del mar, pero se obstaculizan todas las posibilidades para que el aire penetre al corazón de nuestras ciudades principales. Nuestras oficinas son un gran desorden cívico, con sus pequeños elevadores estrechos, sofocantes y llenos de gente; nuestros hospitales no pueden crecer porque no han sido planeados para tal propósito, o porque se vende impunemente el terreno arreglado para ese fin; nuestras carreteras son estrechas, dan curvas con el criterio de las personas que delinean sus cursos de acuerdo con la localización de sus predios. En el interior de la República, los caminos se han establecido de conformidad con los lugares donde operan ciertos señores irresponsablemente egoístas. Nuestros pueblos no existen porque produzcan comodidades útiles y necesarias, sino porque votaron por tal o cual candidato electoral. Aún tenemos la infamia del tugurio, termómetros latentes de nuestras estadísticas de casos de tuberculosis, sífilis y crímenes sociales. No podemos, ni siquiera, planear adecuadamente espacios curativos, mientras no se eliminen los centros donde el malestar se engendra. No tenemos nada propio, nada de nosotros.

Esto es lo que tenemos que hacer en las pequeñas reuniones de divulgación científica: discutir estos asuntos con valentía, con egoísmo. Las cosas deben ser buenas o deben estar bien hechas, por puro egoísmo, porque de ese modo todos gozamos individualmente de más garantías, de mayores ventajas.

Al considerar todos estos asuntos nos podríamos preguntar: ¿puede existir una arquitectura nacional dentro de nuestro clima, de nuestra topografía, de nuestras posibilidades en materiales de construcción y de nuestra biología urbana? Opino que las cosas no son nacionales sino universales. Pero podemos tener una arquitectura nacional en cuanto a estos elementos se refiere.

En el Brasil, por ejemplo, dejaron que sus arquitectos desarrollaran las potencialidades del país, y hoy marchan a la vanguardia del mundo en soluciones aceptables dentro de su caprichosa zona tropical.

Cuál es nuestro problema, es lo que debemos preguntar nosotros. Tenemos aquí un clima infernal; pues bien, hay que ver cómo se resuelve esta desventaja geográfica. Nuestros abuelos usaban chaleco de lana y sus románticas compañeras vestían a la moda de París. Ya es hora de que nos demos cuenta de que el reajuste debe ser integral y que tenemos que ejecutar nosotros. Así como ahora nos vestimos tropicalmente y hemos abandonado las exóticas comidas impropias a nuestra capacidad digestiva, igualmente debemos ajustar nuestra arquitectura: debemos aprender a vivir, porque si no evolucionamos, seguiremos haciendo como antes, y será un caos horrible y cada día peor, hasta que la naturaleza nos devore irremediablemente. Tenemos que hacerlo hoy; no podemos esperar un día más, no podemos esperar que esto lo hagan otras generaciones. No podemos eludir nuestra responsabilidad. Tenemos que hacerlo todos, y si hay que ser violento para ello, habrá que serlo. Porque es necesario aprender a vivir y tenemos que insistir mucho sobre esta necesidad hasta que nuestra filosofía se popularice y sirva para que nuestros problemas tengan una solución. ¿Cómo? Ya veremos. Tenemos que hacerlo con sinceridad. La arquitectura urbanizada es algo serio, honesto, algo que no pueden ser caprichos decorativos, sino vitalidad que brota de nosotros, libre de la maldad organizada y mezquina.

Residencia de Antonio De Roux, 1950. Arquitectos: Ricardo J. Bermúdez y Guillermo De Roux .

 

Tenemos en el trópico grandes calores; ¿qué vamos a hacer con ellos? Simplemente orientar nuestros edificios para que siempre tengan aire. Tenemos que hacer ciudades y viviendas para nuestra geografía. Tenemos que usar materiales que nos eviten el calor, que dominen nuestras lluvias, que permitan a nuestros paisajes penetrar por maestras aberturas y ventanas sin detrimento de la seguridad ni menoscabo de la salud.

¿Por qué tenemos que seguir rigiéndonos por lo que hacían nuestros abuelos? Ellos dieron muestra de una gran energía, pero hay otras cosas que la ciencia nos ha dado, y existen otros medios de expresión. De manera que hay que planear y ejecutar todos estos cambios, hay que luchar y no ceder; y a la oposición malévola que se nos oponga, hay que demostrarle que no entiende absolutamente nada, y que la arquitectura urbana es algo serio y vital. Es un lenguaje muy superior al gusto caprichoso del esteta superficial.

El aprendizaje de la arquitectura es hora de desvelos, mucho vivir con los ojos pegados a las cosas, sufriendo la lucha de arrancarle a la vida su verdad pletórica y oculta. ¿Vamos a seguir creciendo desorganizadamente? ¿Vamos a seguir viviendo en tugurios con pretensiones de ciudades modernas? No podemos tolerar que las enfermedades y los males sociales sigan aumentando. Es una inmoralidad el saber estas cosas y no luchar porque terminen, no tratar de que todos los que lo ignoran lo aprendan, porque todo esto es un gran problema que hay que resolver, y todo aquel que a sabiendas no lo practique, está cometiendo un gran crimen a la raza humana; está prevaricando lastimosamente.

 

De Ingeniería y Arquitectura, febrero de 1944

 

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