El héroe de Río Abajo

 

Shaft

(EEUU / Alemania, 2000)

Director: John Singleton

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Richard Roundtree en Shaft, 1971.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Samuel L. Jackson en Shaft, 2000.

 

 

 

 

 

 

 

Humberto Vélez

En los años setenta, uno de los mayores elogios que un ‘‘riobajense’’ podía recibir era el ser comparado con Shaft. Mucho mejor si el piropo se lanzaba en una boite, antro mitad cantina, mitad discoteca, decorado en rojo aterciopelado y con espejos en forma de diamantes; o, mejor aún, en un night n’ fun. Los night n’ fun eran fiestas bailables que un vecino organizaba para recolectar dinero por alguna necesidad doméstica: desde la compra de un estéreo hasta un viaje a los States, y en las que se cobraba la entrada, la comida y los tragos. Me imagino que reuniones similares se repetían en Colón y, quizás, en Bocas del Toro. Pero las de Río Abajo, Parque Lefevre y San Pedro tenían un especial encanto porque atraían invitados de otros barrios de la capital. Para asistir, había que vestir impecablemente, aunque, después de pasar el control de la verja, el boleto de entrada engrapado al cuello de la camisa demeritaba el esfuerzo. Las comparaciones con aquel héroe de películas de los fines de semana del Teatro Río eran motivo de orgullo, pues eran un sinónimo de elegancia y virilidad. Shaft significaba también, como la emisión instantánea de un certificado de nacimiento, ser un hermano. Era ser negro y anglohablante: un chombo, palabra que hace poco me recordó un conocido panameño en Londres, dicha en un tono que me sacudió la memoria y sacó a relucir las diferencias y miserias de la sociedad panameña.

Shaft, nombre del personaje y el filme de Gordon Parks de 1971, basado en la novela de Ernest Tidyman —quien ese mismo año recibió un Oscar por el guión de The French Connection— no solo fue el primer héroe negro de películas de acción en la historia del cine que alcanzó popularidad internacional, sino que, novedosamente, dejaba atrás a aquellos rebeldes, disconformes e inadaptados sociales y existenciales de los años cincuenta y sesenta para revelar otro tipo de marginalidad: la étnica y cultural. Shaft no era el gentil y educado Sidney Poitier, que con sus finos modales y su claro acento podía ser socialmente aceptado por la clase media alta anglosajona, que blanqueaba mentalmente su negrura. Shaft, desafiante, al margen de la ley aunque no en contra de ella, como un Cassius Clay de las calles de Nueva York, mostraba el cinismo, descreimiento y las reglas de sobrevivencia de los negros estadounidenses en una sociedad predominantemente anglosajona y racista. El mayor atractivo del filme —que entendieron muy bien los productores, quienes rapidamente colocaron en el mercado más películas similares, inventando así un nuevo género, el de Blaxploitation—, es la marginalidad del personaje basada en el color de su piel. Gran parte del mérito por el éxito de Shaft le corresponde a Richard Rountree, hasta ese momento, un actor desconocido, que, con su grueso bigote, cuellos de tortuga y colección de chaquetas de cuero, supo convertir el personaje en un símbolo sexual a la vez que en un icono de la negritud. Antes de Shaft, nunca se había visto —o permitido— en la pantalla a un héroe negro, rudo y sexy.

Por eso, cuando se anunció la nueva versión de Shaft, las expectativas que surgieron fueron altas. Más de uno respiramos con alivio cuando supimos que Samuel J. Jackson encarnaría el papel principal, haciendo del sobrino del legendario detective privado, y que la dirección estaría a cargo de John Singleton, realizador de Boyz N the Hood, uno de los más talentosos y prometedores directores negros de la última generación. Pero ni uno ni otro pudieron darle autenticidad a la historia ni vida al personaje, cuyo mayor enemigo en el nuevo milenio parece ser el Hollywood corporativo que posee la franquicia de su nombre.

 

Más violencia y menos sexo

El principal problema del filme es que posee objetivos demasiado ambiciosos, y casi ninguno llega a cumplirse cabalmente. Por una parte, da la impresión de que se esfuerza por ser tomado en serio con una historia de denuncia social que critica el racismo, las deficiencias del sistema de justicia estadounidense, y la violencia y corrupción policiaca. Una línea argumental facilista si tomamos en cuenta la consabidísima historia del personaje, y confusa también, si vemos que la crítica a la corrupción toca incluso al mismo Shaft, quien apalea a un chiquillo matón bajo la mirada complaciente de un patrullero, pero que, contradictoriamente, renuncia al cuerpo de policía, desilusionado por el favoritismo de las cortes al acaudalado e influyente asesino.

Richard Roundtree en Shaft, 1971.
Samuel L. Jackson y Toni Collette en Shaft, 2000.

 

En la versión original, Shaft es un detective privado que solo colabora incidentalmente con la policía a través de su amigo, el teniente Victor Anderozzi, y la historia se centra en las disputas entre las distintas bandas y minorías de los barrios de Nueva York. La filosofía es diametralmente opuesta: no se cree en las instituciones, se vive a pesar y fuera de ellas, lo que existe es un código de ética no escrito en una sociedad marginal que va desde Harlem hasta Village. Esta es una de las claves esenciales de su popularidad. En cuento al racismo, solo en una secuela posterior, Shaft In Africa (1974), en que Shaft viaja a Africa para desarticular una red de traficantes de esclavos, y cuando la serie ya mostraba aires panfletarios y de desgaste, el tema racial se convierte en el centro de la historia. Un último punto: curiosamente, en el nuevo Shaft, hay muchísimas escenas de violencia y casi ninguna de sexo, al contrario de la versión original, lo que pareciera ser un triste signo de la política comercial y moral de Hollywood.

La nueva película también quiere —y debe— ser un filme de acción Singleton desarrolla elaboradas y efectivas escenas de persecución y tiroteos entre el detective y la banda de dominicanos, que hacen la película entretenida y cubren, relativamente, las deficiencias del guión. A manera de homenaje, Singleton trata también de recrear ciertos elementos de la fotografía de la película original. Por ejemplo: la iluminación y la ambientación de los pasillos del edificio en que unos ladronzuelos tratan de escapar; el cadillac de Shaft, y las transiciones tipo ventanilla, en este caso digitales, entre secuencias, que más bien lo que logran es darle un toque televisivo setentero. Sin embargo, en relación al contexto, las referencias a lugares distintivos de la ciudad de Nueva York son pocas, al contrario de la primera versión, en que Shaft se ve, en casi todo momento, rodeado de rascacielos. La única excepción es el famoso Lenox Lounge, en Harlem, en donde el Shaft original, Richard Roundtree, con exceso de maquillaje, le da unos cuantos consejos a su sobrino mientras, en cada brazo, lleva agarradas a un par de chicas por la cintura.

Pero lo que es verdaderamente imperdonable de este filme es su insulsa y mediocre banda de música. Si bien la versión de 1971 tiene, quizás, una de las peores bandas de sonido de la historia del cine —los dialogos están grabados a distintos niveles y el sonido ambiente, que los suaviza y equilibra, es casi inexistente—, por lo menos tiene el mérito de contar con la pieza de Isaac Hayes, que, aunque ahora la letra resulte un poco cursi, no por eso es menos divertida.

 

Reposiciones y actuaciones

Los guiones de las reposiciones de películas clásicas son mucho más difíciles que los de adaptaciones literarias. No solo es parte del concepto y del guión original, dos cosas totalmente distintas, sino de la acumulación de experiencias culturales producto de años de relación con el público. La puesta al día de un personaje creado en un momento específico —en el caso de Shaft, el final de los sesenta y principios de los setenta, en medio de la guerra de Vietnam y las protestas por la igualdad en los derechos civiles— debe escoger con lucidez los temas y actitudes que le sobreviven. Mucho se ha escrito de las dificultades que Singleton tuvo en el guión, principalmente sus problemas con Richard Pryce, y de sus choques en la filmación con Samuel L Jackson, quien, en una entrevista que leí, insinuaba que su actuación era lo único salvable del filme. Independientemente de las rivalidades y egocentrismos propios del mundo del cine, casi ninguno de los que colaboraron en la película puede decir que haya salido totalmente bien parado. Incluso Jackson, quien, a pesar de su presencia y energía escénica, y de sus elegantes chaquetas de Armani, no fue capaz para darle el carácter y la solidez necesaria al personaje.

Un domingo, meses atrás, paseando por la Plaza de Santa Ana, vi que un cine de doble tanda anunciaba el primer Shaft. No pude resistir la tentación y entré. El público se lo pasaba de lo lindo: le hablaba a la pantalla y se reía con la famosa escena sicodélica en que Shaft le hace el amor a una de sus tantas amantes, quien, en el momento de éxtasis, le clava las uñas en la espalda. Hace poco volví a verla, esta vez en Inglaterra, pero ahora en una sala de películas de arte. A pesar de los murmullos de entusiasmo de los asistentes, el aire general era más bien irónico, cerebral, distante. Cuando pienso en el nuevo Shaft y en el público que asiste a los pocos cines de doble tanda que quedan en Panamá, lo único que se me viene a la cabeza son sus rostros de indiferencia ante una película intrascendente. Si Tarantino, con Jackie Brown (1997), volvió a poner de moda el género de Blaxploitation, Singleton, en la nueva versión de Shaft, perdió la gran oportunidad de renovar y ampliar esta línea de historias populares con uno de los personajes más carismáticos del cine.

 

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