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Zapatero,
a tus zapatos
Ana Alfaro
Especial
para La Prensa
negocios@prensa.com
El
dicho anterior tiene más de una interpretación, pero la acepción
a la que me refiero hoy es aquella que indica que quien no sabe
de algo no debe criticar.
La expresión de esta semana la estaba guardando para alguno de
esos casos en que el ocio lleva al lector sin mayor oficio a escribir
peroratas contra asuntos de los que no tiene ni la más remota
idea. A pesar de los esfuerzos editoriales de depurar las columnas
de opinión, siempre hay alguien con una queja que considera ‘‘cuasiválida’’.
Sin embargo, me gustó tanto que la tenía que compartir lo antes
posible, ya que la desaceleración de la economía hace todo menos
desacelerar el mal genio colectivo.
Si te toca algún necio, y quieres ser diplomático sin pasar de
coprófago (del griego fagos, o sea, comer, y kopros,
excremento, sinónimo de coprívoro), le puedes llamar, sencillamente,
un ‘‘ultracrepidario’’.
La palabra -que, dicho sea de paso, no aparece ni remotamente
en el Diccionario de la Academia- se usó en inglés por
primera vez como adjetivo en 1819, cuando un tal William Hazlitt
la empleó en una carta.
El origen de la palabra, no obstante, se remonta a Alejandro Magno.
Cuenta la historia que Apeles, el artista favorito del Alejo,
estaba dibujando una sandalia cuando un zapatero vio su dibujo
y criticó cómo Apeles había dibujado la hebilla. Como el artista
acogió la crítica y corrigió la hebilla, el zapatero se entusiasmó
y comenzó a criticar cómo había dibujado la pierna. Pero ya había
colmado la paciencia de Apeles, quien le dijo: Ne supra crepidam
judicaret, o sea: ‘‘No critiques más arriba de la suela’’,
queriendo decir que el zapatero tenía autoridad para criticar
la sandalia, pero no la pierna, ya que no le competía. O sea,
‘‘zapatero, a tus zapatos’’.
Siglos más tarde, los anglohablantes comenzaron a utilizar ultra-crepidarian
(que, en latín, significa ‘‘más allá de la suela’’) para describir
a quienes opinan sobre asuntos de los que no saben ni jota, y
ultracrepidarianism, para indicar la práctica de estas
críticas sin fundamento.
Fundamento, sin embargo, es lo que tenía la señorita Jessica Young,
lectora de esta columna, quien amablemente me envió un correo
electrónico para indicar que la cita que mencioné la semana pasada,
respecto a quienes por no conocer el pasado están condenados a
repetir sus errores, pertenece a George Santayana, filósofo estadounidense
nacido en España (1863-1952).
En cuanto al tema de los ‘‘ultracrepidarios’’, palabreja a la
que extiendo licencia artística, Santayana decía también que ‘‘Nuestra
dignidad reside, no en lo que hacemos, sino en lo que entendemos’’;
otra forma elegante de mandar a alguien a freír espárragos, muy
útil frente a un interlocutor necio cuando estás tratando de hacer
negocios con un ignorante, de esos que tienen un foot-to- mouth
connection alucinante (‘‘conexión de pata a boca’’, o sea,
metepatas).
¿Podríamos,
entonces, llamarlos ‘‘podófagos’’? Pero recuerde que redundar
no es elegante, así que absténgase de llamar a alguien ‘‘podófago
ultracrepidario’’, ya que es como decir ‘‘metepatas metiche’’,
aunque suene mejor.
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