Ciudad de Panamá, 31 de julio de 2000
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Zapatero, a tus zapatos

Ana Alfaro
Especial para La Prensa
negocios@prensa.com

El dicho anterior tiene más de una interpretación, pero la acepción a la que me refiero hoy es aquella que indica que quien no sabe de algo no debe criticar.

La expresión de esta semana la estaba guardando para alguno de esos casos en que el ocio lleva al lector sin mayor oficio a escribir peroratas contra asuntos de los que no tiene ni la más remota idea. A pesar de los esfuerzos editoriales de depurar las columnas de opinión, siempre hay alguien con una queja que considera ‘‘cuasiválida’’.

Sin embargo, me gustó tanto que la tenía que compartir lo antes posible, ya que la desaceleración de la economía hace todo menos desacelerar el mal genio colectivo.

Si te toca algún necio, y quieres ser diplomático sin pasar de coprófago (del griego fagos, o sea, comer, y kopros, excremento, sinónimo de coprívoro), le puedes llamar, sencillamente, un ‘‘ultracrepidario’’.

La palabra -que, dicho sea de paso, no aparece ni remotamente en el Diccionario de la Academia- se usó en inglés por primera vez como adjetivo en 1819, cuando un tal William Hazlitt la empleó en una carta.

El origen de la palabra, no obstante, se remonta a Alejandro Magno. Cuenta la historia que Apeles, el artista favorito del Alejo, estaba dibujando una sandalia cuando un zapatero vio su dibujo y criticó cómo Apeles había dibujado la hebilla. Como el artista acogió la crítica y corrigió la hebilla, el zapatero se entusiasmó y comenzó a criticar cómo había dibujado la pierna. Pero ya había colmado la paciencia de Apeles, quien le dijo: Ne supra crepidam judicaret, o sea: ‘‘No critiques más arriba de la suela’’, queriendo decir que el zapatero tenía autoridad para criticar la sandalia, pero no la pierna, ya que no le competía. O sea, ‘‘zapatero, a tus zapatos’’.

Siglos más tarde, los anglohablantes comenzaron a utilizar ultra-crepidarian (que, en latín, significa ‘‘más allá de la suela’’) para describir a quienes opinan sobre asuntos de los que no saben ni jota, y ultracrepidarianism, para indicar la práctica de estas críticas sin fundamento.

Fundamento, sin embargo, es lo que tenía la señorita Jessica Young, lectora de esta columna, quien amablemente me envió un correo electrónico para indicar que la cita que mencioné la semana pasada, respecto a quienes por no conocer el pasado están condenados a repetir sus errores, pertenece a George Santayana, filósofo estadounidense nacido en España (1863-1952).

En cuanto al tema de los ‘‘ultracrepidarios’’, palabreja a la que extiendo licencia artística, Santayana decía también que ‘‘Nuestra dignidad reside, no en lo que hacemos, sino en lo que entendemos’’; otra forma elegante de mandar a alguien a freír espárragos, muy útil frente a un interlocutor necio cuando estás tratando de hacer negocios con un ignorante, de esos que tienen un foot-to- mouth connection alucinante (‘‘conexión de pata a boca’’, o sea, metepatas).

¿Podríamos, entonces, llamarlos ‘‘podófagos’’? Pero recuerde que redundar no es elegante, así que absténgase de llamar a alguien ‘‘podófago ultracrepidario’’, ya que es como decir ‘‘metepatas metiche’’, aunque suene mejor.

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