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Un
delicado equilibrio
Los
padres tienen la ardua labor de ayudar a los niños a construir
un puente entre su lado positivo y sus reacciones impulsivas
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
El
modo en que disciplinamos a nuestros hijos depende de lo que pensemos
de ellos. Si creemos que son naturalmente salvajes o traviesos,
solemos basarnos en el control y en las limitaciones para ejercer
autoridad. Si consideramos que tienen un buen criterio y una inclinación
innata a hacer las cosas bien, los alentamos a que tomen sus propias
decisiones. Si estimamos que sus mentes inmaduras son incapaces
de razonar, les damos órdenes en vez de explicaciones; pero, si
pensamos que son naturalmente capaces de razonar, utilizamos una
persuasión lógica y amable. El problema es que los niños son todas
esas cosas: racionales y cándidos, impulsivos y traviesos. De
modo que tendemos a reprenderlos o alabarlos sin seguir ningún
criterio.
Y es que nos desconciertan. Hay días en que nos sorprenden con
acciones angelicales, y otros (los más, por lo menos en mi caso)
en que se comportan como seres obstinados, preocupados solamente
por hacer lo que quieren, ajenos a las necesidades, capacidades,
salario o tiempo de los demás. Muchos expresan sentirse divididos
en un ser positivo y otro negativo, o un ser profundo y otro superficial.
Pero a la vez que se dejan llevar por conductas tontas o conflictivas
parecen desear nuestra ayuda para que los salvemos de ellas, para
ser ‘‘buenos’’.
Hace unos días, mi hijo (de cinco años) que jugaba con su primo
menor, a quien adora y odia a la vez por los celos que le despierta,
le negaba a este sus juguetes. Y por más que yo le dijera que
se los prestara, se rehusaba una y otra vez. Cuando esto pasa
no hay forma de que conecten, pues uno se la pasa quejando y el
otro, el verdugo, más se empecina en no compartir. ‘‘¡Así no hay
forma de jugar!’’, repliqué enfadada, y como ya estaba con los
nervios de punta, le quité las pertenencias a mi hijo para dárselas
al otro, al tiempo que soltaba un acalorado discurso sobre la
importancia de no ser egoísta. Pero mi querido vástago, lejos
de comprender mis razones y aceptar la reprimenda, se echó a llorar
diciendo tristemente que era muy malo. Me quedé perpleja. Y aunque
en repetidas ocasiones lo volvió a hacer a manera de chantaje,
puesto que ya conocía mi reacción, en ese momento le salió del
alma.
A menudo, cuando los regañamos olvidamos la intención que está
detrás de las rabietas, los gemidos o las protestas, y la dualidad
que aflora cuando describen su pesar por ser ‘‘malos chicos’’,
lo que evidencia su deseo de ser buenos y su incapacidad de lograrlo
por sí mismos. A los 16 años Ana Frank escribió en su diario lo
siguiente:
‘‘Ya
te he dicho antes que tengo una doble personalidad. Una parte
encarna mi exhuberante alegría, divirtiéndome con todas las cosas,
mi buen estado de ánimo. Y, por encima de todo, mi forma de vivir
ligeramente todo lo que me sucede... Este lado normalmente está
a la espera y empuja al otro que es mejor, más profundo y más
puro. Debes darte cuenta de que nadie conoce el mejor lado de
Ana y que por ello la mayoría de la gente me encuentra insufrilble...
Mi lado superficial y más ligero siempre será demasiado rápido
para mi lado profundo y por eso siempre gana’’.
Disciplina
afectiva
Con
demasiada frecuencia nos empeñamos en comunicarles lo que ya saben:
que son una molestia, que son muy egoístas, que solo piensan en
hacer lo que ellos quieren. También con demasiada frecuencia se
le dice al adolescente que es tonto, frívolo o trivial, cuando,
como Ana Frank, tiene un lado distinto esperando subir a flote.
Ardua labor la que tenemos entonces: construir un puente entre
su interior positivo y su exterior de todos los días y ayudarle
así a controlar sus impulsos, confiar en su criterio y desarrollar
sus talentos.
Y muchos dirán que estas son palabras mayores, que lo mejor es
ser rígidos e inflexibles y que no viene mal un buen tortazo dado
a tiempo. Pero no es así. No es así porque si bien es cierto que
en ocasiones perdemos el control después de haber agotado nuestros
bien intencionados recursos, este no es el camino para que los
pequeños ganen en autoestima y desarrollen modelos internos. No
se trata solo de que obedezcan en el momento (tras un grito o
una paliza), sino de enseñarles a juzgar por sí mismos sus propias
conductas. Porque no tiene mucho sentido castigarles si luego
se comportan mal a nuestras espaldas.
Un niño necesita comprender que algunas conductas son censurables,
pero también necesita saber que hay muchos comportamientos que
son aceptables. De modo que en vez de mencionar únicamente lo
que no se debe hacer, debemos indicarle lo que debería hacer y
ayudarle a reconocer muchas formas de comportarse adecuadamente.
Si queremos disciplinarlos debemos trabajar con ellos en vez de
estar en la oposición. Y nuestro amor (y no por casualidad estas
columnas suelen terminar invocándolo, aunque pueda sonar a sensiblería
barata) es la mejor protección cuando sus conductas son reprobables
y cuando lo que queremos es que aflore lo mejor de sí mismos.
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