Ciudad de Panamá, 17 de julio de 2000
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Un delicado equilibrio

Los padres tienen la ardua labor de ayudar a los niños a construir un puente entre su lado positivo y sus reacciones impulsivas

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

El modo en que disciplinamos a nuestros hijos depende de lo que pensemos de ellos. Si creemos que son naturalmente salvajes o traviesos, solemos basarnos en el control y en las limitaciones para ejercer autoridad. Si consideramos que tienen un buen criterio y una inclinación innata a hacer las cosas bien, los alentamos a que tomen sus propias decisiones. Si estimamos que sus mentes inmaduras son incapaces de razonar, les damos órdenes en vez de explicaciones; pero, si pensamos que son naturalmente capaces de razonar, utilizamos una persuasión lógica y amable. El problema es que los niños son todas esas cosas: racionales y cándidos, impulsivos y traviesos. De modo que tendemos a reprenderlos o alabarlos sin seguir ningún criterio.

Y es que nos desconciertan. Hay días en que nos sorprenden con acciones angelicales, y otros (los más, por lo menos en mi caso) en que se comportan como seres obstinados, preocupados solamente por hacer lo que quieren, ajenos a las necesidades, capacidades, salario o tiempo de los demás. Muchos expresan sentirse divididos en un ser positivo y otro negativo, o un ser profundo y otro superficial. Pero a la vez que se dejan llevar por conductas tontas o conflictivas parecen desear nuestra ayuda para que los salvemos de ellas, para ser ‘‘buenos’’.

Hace unos días, mi hijo (de cinco años) que jugaba con su primo menor, a quien adora y odia a la vez por los celos que le despierta, le negaba a este sus juguetes. Y por más que yo le dijera que se los prestara, se rehusaba una y otra vez. Cuando esto pasa no hay forma de que conecten, pues uno se la pasa quejando y el otro, el verdugo, más se empecina en no compartir. ‘‘¡Así no hay forma de jugar!’’, repliqué enfadada, y como ya estaba con los nervios de punta, le quité las pertenencias a mi hijo para dárselas al otro, al tiempo que soltaba un acalorado discurso sobre la importancia de no ser egoísta. Pero mi querido vástago, lejos de comprender mis razones y aceptar la reprimenda, se echó a llorar diciendo tristemente que era muy malo. Me quedé perpleja. Y aunque en repetidas ocasiones lo volvió a hacer a manera de chantaje, puesto que ya conocía mi reacción, en ese momento le salió del alma.

A menudo, cuando los regañamos olvidamos la intención que está detrás de las rabietas, los gemidos o las protestas, y la dualidad que aflora cuando describen su pesar por ser ‘‘malos chicos’’, lo que evidencia su deseo de ser buenos y su incapacidad de lograrlo por sí mismos. A los 16 años Ana Frank escribió en su diario lo siguiente:

‘‘Ya te he dicho antes que tengo una doble personalidad. Una parte encarna mi exhuberante alegría, divirtiéndome con todas las cosas, mi buen estado de ánimo. Y, por encima de todo, mi forma de vivir ligeramente todo lo que me sucede... Este lado normalmente está a la espera y empuja al otro que es mejor, más profundo y más puro. Debes darte cuenta de que nadie conoce el mejor lado de Ana y que por ello la mayoría de la gente me encuentra insufrilble... Mi lado superficial y más ligero siempre será demasiado rápido para mi lado profundo y por eso siempre gana’’.

 

Disciplina afectiva

Con demasiada frecuencia nos empeñamos en comunicarles lo que ya saben: que son una molestia, que son muy egoístas, que solo piensan en hacer lo que ellos quieren. También con demasiada frecuencia se le dice al adolescente que es tonto, frívolo o trivial, cuando, como Ana Frank, tiene un lado distinto esperando subir a flote. Ardua labor la que tenemos entonces: construir un puente entre su interior positivo y su exterior de todos los días y ayudarle así a controlar sus impulsos, confiar en su criterio y desarrollar sus talentos.

Y muchos dirán que estas son palabras mayores, que lo mejor es ser rígidos e inflexibles y que no viene mal un buen tortazo dado a tiempo. Pero no es así. No es así porque si bien es cierto que en ocasiones perdemos el control después de haber agotado nuestros bien intencionados recursos, este no es el camino para que los pequeños ganen en autoestima y desarrollen modelos internos. No se trata solo de que obedezcan en el momento (tras un grito o una paliza), sino de enseñarles a juzgar por sí mismos sus propias conductas. Porque no tiene mucho sentido castigarles si luego se comportan mal a nuestras espaldas.

Un niño necesita comprender que algunas conductas son censurables, pero también necesita saber que hay muchos comportamientos que son aceptables. De modo que en vez de mencionar únicamente lo que no se debe hacer, debemos indicarle lo que debería hacer y ayudarle a reconocer muchas formas de comportarse adecuadamente.

Si queremos disciplinarlos debemos trabajar con ellos en vez de estar en la oposición. Y nuestro amor (y no por casualidad estas columnas suelen terminar invocándolo, aunque pueda sonar a sensiblería barata) es la mejor protección cuando sus conductas son reprobables y cuando lo que queremos es que aflore lo mejor de sí mismos.

 

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